Con la llegada del ferrocarril, el tiempo dejó de ser clima y el espacio dejó de ser suelo. Lo que antes era recorrido — camino, posta, vaivén — pasó a ser trayectoria recta y medida, insertada en un plan nacional. El mapa reemplazó al relato; el riel, a la huella. Desde entonces, ya no se viajaba sólo con las patas del caballo, sino con los ojos del ingeniero. El pueblo fue una estación más. Y en el vagón del tren, también viajaban la ley, el mercado y la historia.

Estación de trenes Benito Juárez (1915) FF.CC. Sud
Estación de trenes Benito Juárez (1915) FF.CC. Sud

La imagen de la estación del Ferrocarril Sud en Benito Juárez, tomada hacia 1915, no muestra simplemente una infraestructura de tránsito. Representa una cristalización material de un cambio de época. Allí donde antes resonaban las ruedas irregulares de las galeras y las voces de mayorales y postillones, ahora se yergue un edificio de ladrillo inglés, previsible y ordenado, con su reloj sincronizador, sus andenes compartimentados, su lenguaje visual codificado. Como lo advierte David Harvey, el capital, para poder reproducirse y expandirse, necesita imponer nuevas configuraciones del espacio y del tiempo. La estación es una de esas matrices.

Lo que aquí se observa, entonces, no es solo una postal pintoresca del interior bonaerense a comienzos del siglo XX. Es la manifestación concreta de una lógica más profunda: la aniquilación del espacio mediante el tiempo, tal como la define Harvey. La aceleración de los flujos, la previsibilidad de las llegadas y partidas, la subordinación del calendario rural a los horarios del tren, forman parte de esta transformación. La estación de Juárez es, en este sentido, una maquinaria temporal, donde el tiempo ya no es el de la naturaleza, ni el del relato oral, ni el del ritmo humano, sino el del capital: homogéneo, abstracto, mensurable.

Un nuevo tipo de espacio

La arquitectura misma de la estación es elocuente. Su estilo responde a la tipología estándar de las estaciones del Ferrocarril Sud: edificaciones de perfil bajo, sobrias pero eficaces, diseñadas según planos repetidos a lo largo del trazado pampeano. Como si cada estación fuera una clonación espacial, destinada a disciplinar el territorio. No hay lugar para la singularidad ni para el color local. Esta homogeneización de lo visible, como advertía Jacques Le Goff — y que retoma Harvey — , responde a una necesidad histórica del capital: la representación del espacio debe ser medida, legible, cartografiada, funcional a la acumulación.

Estación ‘Mariano Roldán’ en el partido de Benito Juárez
Estación ‘Mariano Roldán’ en el partido de Benito Juárez

Vista a través de los ojos de Peter Burke, esta imagen también nos advierte sobre lo que muestra… y lo que oculta. Lo que aparece en primer plano es la formalidad del edificio, la presencia civilizada del ferrocarril. Pero ¿quiénes no están en la imagen? ¿Dónde están los peones que descargan lanas y cueros? ¿Dónde las mujeres que despiden a sus maridos que parten hacia los frigoríficos o los campos más alejados? ¿Dónde los cuerpos no regulados, no fotografiables, no portadores de autoridad? La imagen opera como documento histórico, sí, pero también como dispositivo ideológico, que inscribe el relato de una “modernización feliz”, dejando fuera los conflictos y desigualdades que esa modernización engendra.

La estación como frontera simbólica

Así como la galera condensaba en su trayecto la convivencia de lo múltiple — curas, presos, músicos, estancieros — la estación separa, jerarquiza, regula. Ya no hay encuentros fortuitos ni trayectos compartidos: hay clases preferenciales, boletos diferenciados, zonas de carga y de espera. Como señala Harvey, el capital necesita producir no solo mercancías, sino también espacios diferenciados, aptos para distintos usos y usuarios. La estación es una de esas divisiones del mundo, donde cada cuerpo tiene su lugar (y su tarifa).

La llegada del ferrocarril a Juárez en 1885 no puede entenderse al margen de este proceso global. Como recuerda Hobsbawm, el crecimiento exponencial de los tendidos férreos en las economías periféricas fue una de las formas que adoptó la expansión imperialista del capital europeo. Lejos de responder a necesidades locales, la red ferroviaria respondía a imperativos de exportación: sacar la lana, el cuero, la carne, hacia los puertos y de allí al mundo. La estación de Juárez, entonces, no conecta simplemente pueblos: conecta una economía extractiva con el mercado mundial, subordinando la vida local a los ritmos del comercio internacional.