
Mucho antes de que se alzaran los álamos sobre el campo polvoriento de Juárez, cuando la tierra todavía se abría en grietas anchas bajo el sol de diciembre y los caranchos planeaban en silencio sobre el río, Leonardo Buendía Pereyra de Castro llegó a Buenos Aires con el mar salado pegado en las suelas de sus botas.
El barco había atracado una mañana clara del año 1767, cuando el sol apenas asomaba como un brasero opaco sobre las aguas del río ancho y espeso que se extendía, rumoroso, hasta confundirse con las nubes bajas del horizonte. El puerto despertaba con un concierto de ruidos que se entremezclaban sin descanso: el chirrido de las roldanas al subir y bajar toneles, el quejido de las cuerdas tensas, el crujir de la madera vieja de las planchadas empapadas en sal, y los gritos de los marineros que se mezclaban con el llanto de los niños y las niñas que abrazaban a sus madres mientras esperaban que los bueyes cargaran las mercaderías.
Los negros cargadores se movían como sombras rápidas bajo el sol que ya quemaba, con las moscas pegadas a sus cuerpos brillantes de sudor, llevando sobre los hombros los cueros húmedos que chorreaban un olor acre, o los toneles de vino que goteaban entre las rendijas de la madera. Las balandras, cargadas de cueros y sebo, iban y venían desde los barcos mayores, donde marineros descalzos gritaban órdenes en castellano y en portugués, y entre los botes a remo se escuchaban las risas de los pescadores que traían en sus redes corvinas plateadas y sábalos brillantes, todavía vivos, que saltaban con un último estremecimiento antes de ser arrojados en canastos de mimbre.
Leonardo descendió por la planchada con paso firme, con un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro curtido por los vientos del Atlántico, y se detuvo un instante a contemplar aquel río color de tierra donde se mecían las embarcaciones ancladas en la costa: algunas, con velas recogidas, esperaban la orden de descargar sus toneles de sal, otras estaban ya rodeadas de hombres que llenaban carretas con bolsas de harina, de tasajo o de cuero crudo que iba impregnando el aire con su olor agrio.
Llevaba consigo un arcón de madera con bisagras de hierro, pesado como un secreto, donde guardaba un rosario de cuentas negras, una camisa de lino con olor a agua de lluvia, una daga de hoja corta que había heredado de su abuelo, y una libreta de tapas de cuero donde anotaba con letra pequeña y cuidadosa los nombres de quienes le debían favores y pesos fuertes. En sus bolsillos, crujían al caminar las cartas de recomendación con sellos lacrados que brillaban al sol, dirigidas a comerciantes que ya calculaban sus ganancias con el pulso rápido del nuevo virreinato, y a sacerdotes que ofrecían bendiciones a cambio de una caja de vino de Cádiz o de un paquete de sal traído en las bodegas de las naves.
Buenos Aires olía a cuero húmedo, a estiércol de los bueyes que esperaban junto a las carretas hundidas en el barro, a salitre de redes recién sacadas del río, y a sudor de hombres y mujeres que trabajaban sin descanso. Las casas bajas de adobe, pintadas con cal que se desprendía en escamas tras cada lluvia, formaban un caserío compacto donde se alzaban, como custodios de piedra, los campanarios de las iglesias que marcaban las horas con sus campanas roncas, avisando el paso de la vida y de la muerte en cada esquina. La cúpula de la catedral se distinguía en el horizonte polvoriento, junto con las torres de Santo Domingo y San Francisco, mientras el Cabildo, con sus arcos y corredores de sombra, guardaba en sus salas el murmullo de los acuerdos y las discusiones que se cocinaban entre paredes húmedas.
Leonardo se detuvo frente al hospital de los Betlemitas, donde hombres de rostro pálido y mujeres de mirada cansada esperaban un catre y un cuenco de caldo ralo, mientras un fraile recogía limosnas con una sonrisa serena. Más allá, en las esquinas, los vendedores ambulantes agitaban campanas para anunciar pescado fresco, velas de sebo que se consumían en una sola noche, sogas, o pequeños panes que se desmigajaban con el tacto, y un aguatero gritaba con voz de trueno ofreciendo agua traída de los pozos, en barriles que goteaban sobre el polvo.
La ciudad se extendía hacia el Retiro, que aún era un paraje agreste con árboles que se inclinaban con el viento que llegaba del río, donde algunos hombres y mujeres se reunían a beber mate en cueros extendidos sobre el pasto, mientras miraban pasar las nubes lentas del verano. Los soldados de la novena compañía de milicias de caballería se formaban en la plaza mayor, donde los tambores retumbaban bajo el sol, y los caballos relinchaban con ansias de salir al galope, mientras don Felipe Filiberto de Arguibel acomodaba su uniforme con la parsimonia de quien conoce el precio de cada botón dorado, de cada franja de galón, de cada montura de cuero curtido con manos de negros en los patios de las curtiembres.
Leonardo lo observó desde la sombra de un alero, mientras tachaba su nombre de la libreta de tapas de cuero con el mismo cuidado con que se borra un recuerdo que ya no se necesita. Don Felipe, con su porte de caudillo de puerto, dominaba con la mirada a los comerciantes que le juraban lealtad entre copas de vino oscuro, mientras los barcos esperaban su gesto para descargar su mercancía o quedar varados bajo el sol ardiente, con las velas flojas y las bodegas llenas del olor pesado del tasajo.
El río, mientras tanto, seguía latiendo con el pulso de la ciudad: balandras mercantes, botes de pescadores, barcazas de carga, y pequeñas embarcaciones que traían y llevaban cartas, cueros, vino, harina y sueños de fortuna, en un ir y venir constante, con el agua espesa golpeando los costados de las naves. Los marineros y las marineras cantaban canciones de Cádiz y de Galicia, mientras lanzaban las redes al agua o aseguraban las cuerdas con nudos que olían a sal y a algas podridas.
Era un Buenos Aires de barro y de bronce, de rezos y de cuchilladas en las esquinas polvorientas, de mujeres y de hombres que vendían su fuerza en los muelles y de comerciantes que contaban sus monedas detrás de cortinas de lino, mientras el sol encendía las cúpulas de las iglesias y el campanario de Santo Domingo se elevaba como un faro de piedra sobre el caserío de techos bajos.
Leonardo respiró aquel aire denso y cálido, sintió el murmullo de las olas que rompían contra los pilotes de madera, el olor a cuero y a sal que se pegaba en la piel, y el bullicio de una ciudad que latía con una energía que parecía provenir del mismo río que la alimentaba. Sabía que en aquel lugar, entre el barro y la brisa salada, entre los rezos de las campanas y las promesas de las cartas que guardaba en su bolsillo, comenzaba el verdadero viaje de su vida.





