Vista aérea de la laguna y estancia San Antonio (circa 1930)
Vista aérea de la laguna y estancia San Antonio (circa 1930)

La expansión de la frontera sur bonaerense durante la primera mitad del siglo XIX se sostuvo en un entramado de fortines, cantones y fuertes que funcionaron como puntos de avanzada militar, control del territorio y disciplinamiento de la población rural. Entre esos dispositivos de control, el cantón ubicado junto a la estancia San Antonio operó como un núcleo de vigilancia, reclutamiento y sociabilidad, inserto en una frontera que no era una línea estática, sino un espacio permeable de conflictos, intercambios y tensiones.

Desde el aire, en esta imagen tomada hacia 1930, se despliega la laguna y la estancia San Antonio como un tapiz de pastos, espejos de agua y manchones de monte implantado que marcan las líneas de propiedad y de trabajo humano sobre la planicie. Se distingue, en la inmensidad horizontal, la geometría irregular de las chacras y los rectángulos oscuros de las cortinas de álamos y eucaliptos, que resguardan del viento a los ranchos y a los galpones blancos, visibles como puntos diminutos en el horizonte, testimonios de una historia de cercamientos y apropiaciones.

Bajo esta serenidad aparente se encuentran las huellas de un pasado de violencia, disciplinamiento y disputa. Este paisaje, que hoy puede parecer calmo, fue espacio de frontera y de tensión: la laguna era lugar de paso de tolderías, de aguadas utilizadas por las partidas indígenas y de recorridas de patrullas criollas que vigilaban el horizonte en busca de rastros de caballadas y humaredas. Los espejos de agua, que reflejan el cielo sin sobresaltos, funcionaban como puntos estratégicos en la geografía de la frontera, disputados por las comunidades indígenas que encontraban allí recursos vitales y por las autoridades militares y los y las estancieras que avanzaban con el alambre y la lanza en mano, dispuestos a consolidar un orden que permitiera transformar la tierra en mercancía.

En este espacio se erigía el cantón San Antonio, no como un fortín de empalizadas y torreones, sino como un rancho rodeado por un foso y con un cañón de aviso que perforaba el silencio del desierto para ser escuchado a treinta kilómetros de distancia. Este cantón se articulaba con la empalizada de la estancia misma, recordando que la defensa de la frontera era, en definitiva, la defensa de la propiedad privada en expansión y de la consolidación de un orden capitalista sobre el territorio pampeano.

Aquí, las milicias de Otamendi resistieron el avance de Yanquetruz, y en esas mismas tierras los gauchos eran reclutados bajo el imperio de la ley de vagos, forzados a servir en patrullas, a trabajar en las chacras de los coroneles locales y a sostener con su fuerza de trabajo las estructuras de las estancias que, como esta, se alzaban sobre el despojo y la violencia. Este espacio, donde se superponen las huellas de las tolderías, las rutas de arreos, los fogones de las partidas y los cercos de las estancias, constituye un escenario material que permite comprender las condiciones de existencia del gaucho y de las comunidades indígenas en la frontera bonaerense.

Las aguas de la laguna San Antonio, hoy quietas, guardan la memoria de un tiempo en que la frontera se vivía como tensión cotidiana, en que la vista del centinela se dirigía hacia el horizonte bajo la luz de la luna y en que el estruendo de un cañonazo rompía la noche para anunciar la inminencia de un ataque o el paso de una partida de maloneros.

Este capítulo se propone recuperar esa historia vivida en la frontera, vinculando las experiencias de Martín Fierro, atrapado en el fortín Miñana, con las de los y las jóvenes reclutadas en el cantón San Antonio; comprendiendo que el espacio geográfico que hoy observamos desde el aire fue, en el siglo XIX, escenario de la disputa por el orden, por la tierra y por la libertad, bajo un régimen de disciplinamiento que consolidaba el avance del capital en la pampa húmeda.

Un cantón de foso y cañón: especificidades materiales

El cantón de San Antonio no era un fortín en el sentido estricto que transmiten las imágenes más comunes. Era, en esencia, un rancho con paredes de adobe, rodeado por un foso, un brocal y un cañón de aviso. Este cañón no se utilizaba para la defensa directa, sino para lanzar un disparo que resonaba en la madrugada del desierto, de modo que su estampido pudiera escucharse en el fortín más cercano, ubicado a unos treinta kilómetros de distancia. La ausencia de empalizada en el cantón obligaba a que, en caso de ataque, se utilizara la empalizada de la estancia San Antonio como espacio de defensa, como sucedió en la madrugada del 13 de septiembre de 1855, cuando las milicias de Otamendi se enfrentaron a Yanquetruz.

Este dato reviste importancia para comprender las dinámicas de la frontera, pues la defensa en estos espacios no se sostenía exclusivamente en la fortificación militar, sino que se entrelazaba con la infraestructura de las estancias. El límite entre la esfera estatal y la privada se desdibujaba, mostrando cómo la defensa del territorio era, en última instancia, la defensa de la propiedad y de la expansión del orden estanciero en articulación con el poder militar.

El cantón como espacio de sociabilidad forzada

El cantón funcionaba como un espacio de control territorial y vigilancia, pero también como un ámbito de sociabilidad donde se reunían soldados de línea, milicianos reclutados entre los y las pobladoras de la zona y lanceros indígenas aliados. Allí se organizaban patrullas, se velaban las armas durante la noche y se transmitían relatos de incursiones, presencias de malones y avistamientos de columnas de humo en el horizonte.

Como en El gaucho Martín Fierro, donde Hernández describe con crudeza la injusticia de las levas y el sometimiento del gaucho a la frontera, el cantón operaba como un engranaje de disciplinamiento social, donde la ley de vagos y mal entretenidos se utilizaba para reclutar forzosamente a hombres jóvenes bajo el argumento de la defensa frente a los malones.

El carácter disciplinario de la frontera: una lectura crítica

Una de las contribuciones de la investigación arqueológica reciente ha sido subrayar que estos espacios no se limitaban a la función defensiva frente a los ataques indígenas, sino que, en muchos casos, operaban como centros de disciplinamiento de la población rural y de introducción de formas de trabajo capitalistas en la región pampeana.

En palabras del arqueólogo Facundo Gómez Romero, los fortines y cantones deben entenderse en el marco de la inserción del capitalismo en las pampas, en un contexto donde la mano de obra disponible — el gaucho — vivía con autonomía relativa, obteniendo medios de subsistencia mediante la caza, la cría de ganado propio y la circulación libre por el territorio. Frente a esta realidad, el poder buscó disciplinar al gaucho a través de dos mecanismos: su incorporación como peón en las estancias y su reclutamiento en los cantones y fortines.

La frontera, en este sentido, se consolidó como un espacio de reconfiguración de las relaciones de trabajo, donde los hombres eran obligados a aprender prácticas de disciplina y obediencia bajo la forma de patrullajes, trabajos de mantenimiento de las instalaciones, recolección de leña y pasto para los caballos y actividades rutinarias de control del ganado y la circulación de personas. El sistema de guardias y las recorridas entre los fortines cercanos configuraban un panóptico territorial, donde el control se ejercía tanto sobre el enemigo externo como sobre los y las pobladoras rurales.

La “descubierta”, práctica habitual en la frontera, consistía en el envío de grupos de milicianos a encontrarse con otros grupos provenientes de fortines cercanos, para intercambiar partes de novedades diarias, que rara vez variaban: se trataba de capturas de algunos animales o del avistamiento de movimientos lejanos. Esta monotonía, descrita por testigos de época como una “barbarie monótona”, implicaba, sin embargo, una forma de organización que anticipaba las disciplinas del trabajo capitalista en el campo bonaerense.

El cantón como frontera disciplinaria: geografía, trabajo y control en el mundo del gaucho

La geografía física y humana de la frontera en Azul, tal como la reconstruye Florángel Turón, constituye un escenario que permite comprender de manera más concreta las experiencias vividas por Martín Fierro en el fortín, así como las de otros gauchos forzados a servir en cantones como el de San Antonio. La autora subraya que el fortín y el cantón, junto a la estancia y la pulpería, conforman los tres espacios fundamentales en el devenir vital del gaucho en la frontera: la estancia, lugar de subsistencia con libertad relativa; el fortín, espacio de sometimiento bajo la forma de servicio militar obligatorio; y la pulpería, como reducto de sociabilidad y encuentro en un territorio de tensión y violencia permanente.

Turón sostiene que la experiencia de Martín Fierro en Azul se inscribe en la frontera concreta de 1870, en una zona de serranías, arroyos y pastizales donde se encontraban dispersas estancias como Santa Catalina y fortines como el Miñana. En este último, Melitón Fierro (nombre registrado en los documentos de época) habría cumplido su condena impuesta por la justicia de Monsalvo, bajo las órdenes de Álvaro Barros, siendo destinado a un fortín que más parecía una cárcel que un cuartel, en un lugar peligroso y alejado de la naciente población de Azul.

El fortín Miñana, al igual que el cantón San Antonio, carecía de empalizada significativa y estaba rodeado por un foso, utilizado tanto para resguardar animales como para una defensa precaria, en tanto los ranchos de barro de soldados y milicianos se ubicaban fuera del cerco, permitiendo que en caso de malón ingresaran hombres y animales al núcleo de resguardo. El cañón de aviso que poseían estos cantones no era un arma de defensa efectiva, sino un medio de comunicación sonora que, en el silencio del desierto, permitía enviar señales al fortín más cercano, ubicado a treinta kilómetros de distancia, alertando sobre incursiones indígenas o sobre la presencia de rastros en las inmediaciones.

Las condiciones de vida en el fortín y el cantón eran extremadamente duras y deshumanizantes. Turón ilustra cómo, en Azul, los soldados, entre quienes se encontraban gauchos reclutados por la fuerza, vivían en ranchos de barro, descalzos y vestidos con ropa precaria, realizando tareas de mantenimiento del foso, cuidando la caballada y, en muchos casos, trabajando en las chacras de los comandantes o coroneles locales, como Ventura y Matías Miñana.

El servicio militar en la frontera se articulaba con el disciplinamiento del gaucho, que, como bien explica Turón, provenía de una economía premercantil donde subsistía mediante la caza y la pequeña cría de ganado, manteniendo una vida de relativa libertad que chocaba con las necesidades del incipiente capitalismo agrario y con la inserción del espacio pampeano al mercado mundial. El Estado y la oligarquía terrateniente precisaban de esta mano de obra y, en consecuencia, utilizaban el fortín y el cantón como dispositivos de disciplina y control, modelando las conductas y hábitos de trabajo de los y las gauchas bajo las nuevas reglas del orden capitalista emergente.

En este contexto, se comprende el testimonio de Fierro en el Canto III, cuando afirma:

“¡Y qué indios, ni qué servicio;
si allí no había ni cuartel!
Nos mandaba el coronel
a trabajar en sus chacras,
y dejábamos las vacas
que las llevara el infiel.”

La cita no es un mero recurso literario, sino que se corresponde con la práctica documentada en Azul, donde los coroneles Miñana enviaban a los milicianos a realizar trabajos en sus estancias mientras el servicio en el cantón se transformaba en una forma de trabajo forzado y gratuito, en un régimen de disciplina que se extendía a los cuerpos y a las rutinas de los y las jóvenes que allí quedaban reclutados.

La vida en estos cantones era de monotonía violenta, combinando momentos de espera, tedio y trabajo pesado, con la tensión de las alertas por malones y las prácticas punitivas internas, que incluían el estaqueo como forma de disciplina, como ocurrió en el cantón donde estuvo Fierro:

“Los más viejos rezongaron,
pero a uno que se quejó
en seguida lo estaquiaron,
y la cosa se acabó.”

Este fragmento da cuenta del poder absoluto de las autoridades militares sobre los gauchos, en un espacio donde la ley se confundía con la arbitrariedad y donde el servicio militar obligatorio en la frontera operaba como un mecanismo de disciplinamiento y de inserción forzada al orden capitalista y estatal en expansión.