
Una planilla de sueldos correspondiente al mes de septiembre de 1910, hallada entre los registros administrativos de la estancia Sol Argentino, permite acceder a una radiografía detallada de las relaciones laborales que organizaban el mundo rural bonaerense en los albores del siglo XX. Si bien esta información se encuentra ya fuera del período fundacional estricto del Partido de Benito Juárez, no cabe duda de que constituye una prolongación estructural del orden social instituido en la etapa de la acumulación originaria, y de sus dispositivos jurídicos y materiales. Esta continuidad refuerza la hipótesis de que la estancia no fue una forma transicional, sino una estructura estable de organización capitalista del espacio, del tiempo y de los cuerpos.
La nómina salarial está compuesta por veinticuatro cargos remunerados en pesos moneda nacional, cuya distribución permite observar con claridad el carácter jerárquico y funcionalmente segmentado del trabajo rural en una unidad capitalista madura, articulada en torno a la producción lanar y la explotación intensiva del suelo.
1. División técnica y social del trabajo: la jerarquía del salario como reflejo de la valorización
En la cima de la estructura se encuentran el capataz ($100) y el escribiente ($70). Este último ocupa un lugar notable, no solo por el monto que percibe, sino por el rol que encarna: la administración, el control, la contabilidad. No produce con las manos, pero garantiza la circulación del valor, el registro, la supervisión. Es, en términos de Marx y de Harvey, el trabajador que internaliza funciones del capitalista, reemplazando su presencia física pero operando bajo su lógica. La centralidad del “escribiente” da cuenta del grado de formalización administrativa alcanzado por la estancia hacia 1910: ya no basta con producir — es necesario ordenar, clasificar, medir, documentar.
Le sigue el capataz general, que encarna la mediación directa con el mundo del trabajo físico. En términos marxistas, podríamos decir que la subordinación real del trabajo al capital ya no se expresa solamente en la apropiación de la plusvalía, sino en la estructuración concreta de funciones diferenciales al interior del proceso productivo.
El segundo capataz ($50), los galponeros ($60 y $35), el carpintero y cocinera ($90) y el quintero ($40) configuran un cuerpo intermedio de oficios especializados y tareas logísticas, cuya función es mantener en funcionamiento el aparato productivo en sentido amplio: esquila, mantenimiento, cocina, horticultura. Aquí aparece lo que Marx — y luego Harvey — analizan como división técnica del trabajo, es decir, una fragmentación planificada de funciones que permite al capital controlar el proceso y aumentar su rendimiento sin ceder autonomía al trabajador.
2. La reproducción de la fuerza de trabajo: la lógica del mínimo vital
Un segundo conjunto de trabajadores recibe salarios menores: peones de campo ($30), peones de herrería ($15), cuidadores de capones ($20), cocineros ($30), aradores ($25 a $40), sembradores ($40), puesteros ($40), y peones de a pie ($35). Estos sueldos corresponden a tareas directamente asociadas con la fuerza física, la tracción animal, el laboreo de la tierra, el mantenimiento del rodeo y la alimentación de los trabajadores.
En este segmento se expresa con nitidez lo que Harvey define como el cálculo capitalista del tiempo socialmente necesario de reproducción, es decir, el costo mínimo indispensable para que esa fuerza de trabajo pueda regenerarse día a día, sin que eso implique una mejora en sus condiciones de existencia. El salario, aquí, no retribuye la totalidad del valor generado, sino apenas el valor de la fuerza de trabajo misma, lo cual garantiza la apropiación de plusvalía por parte del patrón sin interrupciones.
La amplia brecha entre los sueldos del capataz y el del peón herrero, por ejemplo, no responde a una simple diferencia de destreza, sino a un diseño económico que jerarquiza funciones según su cercanía con la gestión del capital, y devalúa las tareas manuales y repetitivas cuya única función es sostener la acumulación.
3. El salario como tecnología de control y segmentación
La planilla no solo informa sobre ingresos: también reproduce un orden simbólico y político. Al dividir, diferenciar, calcular y remunerar de manera desigual, el salario naturaliza jerarquías sociales, impone un ritmo de trabajo y desactiva solidaridades horizontales. No hay allí “trabajadores del campo” en bloque, sino una constelación ordenada de funciones, rangos y precios humanos, ajustados a las necesidades de un modo de producción capitalista en expansión.
Harvey señala que el espacio bajo el capitalismo no es homogéneo ni neutro, sino producido. En esta planilla puede leerse también esa producción del espacio: el galpón, el taller, la cocina, la caballeriza, el monte, el huerto, cada uno con su trabajador asignado, su tarea pautada, su paga establecida. La estancia ya no es territorio rural: es una empresa territorial.
4. Género, invisibilidad y reproducción social
Un dato llamativo en la planilla es el registro de “carpintero y cocinera” con un pago conjunto de $90, correspondiente a una pareja que residía en la estancia y cumplía funciones complementarias: él como trabajador técnico especializado, ella en las tareas de cocina. Este pago por unidad doméstica y no por individuo revela la persistencia de una lógica patriarcal en la estructura salarial: el ingreso es registrado como “familiar”, pero las funciones están sexualmente diferenciadas.
La mujer, en este esquema, trabaja, pero no figura como sujeto asalariado autónomo: su contribución está subsumida dentro de la figura masculina y su visibilidad queda absorbida en la unidad conyugal. Este tipo de registro refuerza lo que la historiografía ha identificado como invisibilización estructural del trabajo femenino, especialmente en el ámbito rural, donde las tareas de cocina, cuidado, limpieza y sostenimiento eran fundamentales para la reproducción del orden estanciero, pero raramente reconocidas en términos salariales.
La inclusión de esta familia trabajadora en la nómina permite, sin embargo, observar cómo el capital utilizaba las relaciones familiares como forma de organización laboral, beneficiándose de la naturalización de esas tareas como “deberes de género”, sin necesidad de retribuirlas plenamente.
Valor, cooperación y mando: anatomía del trabajo en Sol Argentino
Desde el punto de vista empírico, la planilla de sueldos de la estancia Sol Argentino en 1910 permite observar una división técnica y jerárquica del trabajo plenamente consolidada. Sin embargo, una mirada más fina, atenta a las lecturas de Marx que propone David Harvey, nos permite complejizar esta escena más allá de su dimensión funcional y económica. Lo que emerge en el corazón de la estancia no es solamente una segmentación del trabajo orientada a la extracción de plusvalía, sino también — y esto es clave — una forma embrionaria de cooperación social que revela una potencia humana colectiva aún no realizada.
Marx no condena en sí misma ni la cooperación ni la división del trabajo. Por el contrario, reconoce en ambas una capacidad generativa y emancipadora del género humano. La cooperación, señala, permite que los trabajadores se desprendan de sus limitaciones individuales y desarrollen su potencia como especie: lo que llama la “capacidad de la especie”. En esa dimensión, el trabajo colectivo organizado puede ser fuente de plenitud, dignidad y expansión de las capacidades humanas.
Lo que critica Marx — y Harvey refuerza — no es la cooperación en sí, sino la forma en que el capital se apropia de esa potencia y la subsume a su lógica particular de valorización. Es decir, transforma una facultad universal y creativa en una herramienta de explotación. Bajo el régimen capitalista, la cooperación se vuelve cooperación alienada, y la división del trabajo, una cadena de subordinaciones donde el trabajador queda reducido a una función mínima, repetitiva y fragmentada, lejos de la conciencia del conjunto.
En la estancia Sol Argentino, esta dinámica se expresa con nitidez. La producción lanar, las faenas agrícolas, el cuidado del rodeo, la administración de la huerta, la cocina, la herrería, la esquila, el transporte y el mantenimiento: todas esas tareas no son posibles sin un elevado grado de cooperación planificada. Los cuerpos están articulados en una red de interdependencias, donde cada uno sostiene el funcionamiento del conjunto. Y sin embargo, esa cooperación no les pertenece: es dirigida, gestionada y apropiada por el capitalista — en este caso, el patrón de la estancia — , que obtiene del trabajo común una ganancia privada.
Más aún, la planilla misma actúa como dispositivo de invisibilización del carácter colectivo del proceso: al listar salarios individuales, oculta las tramas de cooperación, los vínculos laborales horizontales, los aprendizajes compartidos, las reciprocidades cotidianas. Es decir, separando las cifras separa también los cuerpos. Lo que aparece como un conjunto de individuos asalariados es, en realidad, una maquinaria humana ensamblada por la cooperación planificada del trabajo. Pero esa maquinaria está regida por un principio ajeno: la valorización del capital, no la realización de la humanidad.
Esta es, en términos de Harvey, la gran paradoja marxiana: el capital necesita del trabajo cooperativo para funcionar, pero al mismo tiempo estrangula su potencia emancipadora, impidiendo que esa forma de organización se vuelva democrática, equitativa o deliberada. En lugar de liberar a los trabajadores de su aislamiento, los atrapa en funciones parciales, fragmentadas y subordinadas. Así, la posibilidad de desarrollo de la especie queda aplazada, diferida hacia un horizonte aún no alcanzado: el del socialismo o comunismo, donde esa misma cooperación podría ser reapropiada por los productores y transformada en fuente de emancipación.
‘Aquello no era trabajo’: la memoria ambigua del trabajo rural

En este punto, vale recuperar una voz fundamental del siglo XIX argentino, no por su valor documental, sino por su densidad simbólica y su potencia crítica: El gaucho Martín Fierro. Fiel a su propósito inicial, José Hernández construye en los primeros cantos una pampa mítica, casi idílica, que evoca la edad de oro pastoril: “Aquello no era trabajo / Más bien era una junción”. Allí, el trabajo no está impuesto ni fragmentado; no se impone como tiempo del capital, sino que fluye como parte del ritmo natural de la vida. “Era una delicia el ver / Cómo pasaba los días”, dice Fierro, y con ello celebra no el ocio, sino una forma de trabajo no separada del placer, no sometida a la ley ni al mercado.
Pero esa edad de oro es breve. Lo que la destruye no es el progreso técnico ni el alambrado en sí: es el ingreso de la autoridad estatal, la ley, el tintero, es decir, el proceso por el cual el capital y el Estado comienzan a organizar racionalmente la tierra y los cuerpos. “Estaba el gaucho en su pago / Con toda seguridá; / Pero aura… barbaridá! / La cosa anda tan fruncida, / Que gasta el pobre la vida / En juir de la autoridá”. La estancia ya no es solo espacio de trabajo y comida compartida, sino escenario de disciplinamiento, de vigilancia, de sometimiento.
Sin embargo — y esta es la ambigüedad más profunda del texto — , en medio de esa crítica, asoma la figura del patrón, no como enemigo, sino como parte del mundo perdido. “Después de un güen tirón… solía llamarlo el patrón”, recuerda Fierro. El patrón no es aún representación del capital abstracto, sino figura ambigua del mando tradicional, a mitad de camino entre el vínculo paternal y el mando autoritario. No es aún el juez con tintero, pero ya no es solo un criollo más.
Esta evocación no puede tomarse al pie de la letra. Como bien recuerda la crítica, la estancia sigue siendo el marco, el centro del orden simbólico, y la nostalgia que el poema condensa es una nostalgia de la armonía perdida, no del igualitarismo radical. Es una edad de oro sin ley, pero con Dios y con patrón. Es, en cierto sentido, la memoria melancólica de una cooperación prealienada, idealizada y contradictoria.
Frente al presente del capital — registrado en listas, salarios, papeles, sueldos y cercamientos — , Martín Fierro ofrece una imagen pasada de la cooperación como “junción”, como encuentro, como trama vital, que ya no existe, pero cuya ausencia ilumina la naturaleza profundamente violenta del orden estanciero moderno.
Así, el poema de Hernández no desmiente el análisis histórico: lo humaniza, lo tensa, lo complica. Frente a la racionalidad del valor y del salario, nos recuerda que hubo otra forma de trabajar, otra forma de vivir el tiempo rural, aunque fuera incompleta, desigual o mitificada. Lo que se perdió no fue solo el rancho o el potrero: fue una relación más densa, más vital y menos fragmentada entre el trabajo y la vida.