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Diarios/Series · 2018–2020

Don Quijote #Cervantes2018

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

Cap. 1

Retrato de Miguel de Cervantes y Saavedra (1547–1615)
Retrato de Miguel de Cervantes y Saavedra (1547–1615)

Primera parte

Capítulo 1

Portada de la (poco conocida) 2a edición lisboeta de DQ I (1605) por Pedro Craesbeeck.
Portada de la (poco conocida) 2a edición lisboeta de DQ I (1605) por Pedro Craesbeeck.

“‘La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura’” […] Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio”

La absurda e intrincada retórica enloquece a Don Quijote.

La apuesta de Cervantes es diametralmente opuesta. Un lenguaje lo más sencillo y claro posible, sin perder por ello calidad estética ni profundidad conceptual. Su estilo también forjó su trascendencia.

Prólogo con un prólogo de prólogos

El prólogo del Quijote narra su devenir prólogo en lucha contra las convenciones literarias. ¿Qué mejor inicio que ese? En el prólogo del Quijote la función autor comienza a resquebrajarse. Su «autoridad» se vacía de sentido al tiempo que se proyecta al creador como un personaje más.

Primer prólogo con un prólogo de prólogos. La clave metaliteraria, omnipresente en Cervantes, se torna evidente desde las primeras líneas, criticando el género desde el género mismo, abriendo el juego que habrá de llamarse posteriormente «la novela moderna».

El autor del prólogo no tiene versos preliminares de gente principal. Sí que podría pedirlos a “2 o 3 amigos oficiales” [artesanos]. Para Cervantes, el trabajo manual no era incompatible con el intelectual: “hay poetas de todos los oficios”, dice en el Persiles. Sin la ayuda del «amigo» de Cervantes, la burocracia, la ostentación y la falsa erudición que supone la escritura del prólogo nos habrían dejado sin la obra. He ahí una de las paradojas fundantes del Quijote: la disputa entre el ser y el deber ser literario.

Por ello, la crítica se ve forzada a deslindar al Cervantes histórico del Cervantes personaje, algo que Unamuno leyó muy bien e integró en otro de los hitos experimentales de la novela española: Niebla.

Preliminares

Cervantes menciona en los preliminares a Juan Latino, el primer poeta negro de la Europa moderna. Nacido esclavo en Granada, fue catedrático de latín, consumado humanista y gran poeta épico.

Segunda frase, el menú de A Quijano:

“Una olla de algo más de vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino los domingos”.

Cervantes nos dice que somos lo que comemos. Esperen que llegue Sancho…

“Posible cosa es que un oficial [trabajador] sea poeta, porque la poesía no está en las manos, sino en el entendimiento y tan capaz es el alma del sastre para ser poeta como la del maestre de campo” (Persiles)

Los versos “de cabo roto” los inventó Alonso Álvarez Soria, poeta macarra de la Sevilla chunga. Hay que ser muy chulo para repentizar comiéndose la última sílaba.

De un noble hidalgo manche-

contarás las aventu-

a quien ociosas letu-

trastornaron la cabe-

“Debajo de mi manto, al rey mato”: el tiranicidio como fantasía privada en el refranero popular. Es posible pensar un mundo sin reyes, pero demasiado arriesgado verbalizarlo públicamente.

La ficción no es simplemente un espacio de ocio. Forja modelos de ser y opera sobre el espíritu, la voluntad y la historia individual y colectiva. El inicio presenta el diálogo entre el mundo imaginario y el que suponemos real. ¿Pude uno cambiar al otro?

Cap. 2

Desde el primer capítulo Don Quijote hace ver a Aristóteles como un viejo soso por aquello del “Aurea mediocritas”. Nuestro hidalgo más virtuoso no puede ser y miren cómo se prepara para moverse entre extremos
Desde el primer capítulo Don Quijote hace ver a Aristóteles como un viejo soso por aquello del “Aurea mediocritas”. Nuestro hidalgo más virtuoso no puede ser y miren cómo se prepara para moverse entre extremos

Don Quijote le dicta al sabio encantador, que supone habrá de escribir sus aventuras, el comienzo que desea para «su» novela. ¿El autor hace siempre su voluntad o la lógica de sus personajes, de la ficción, se le impone de alguna manera?

Interesante que el primer encuentro de Don Quijote sea con dos putas, ¿no? La jerga de las prostitutas y el ventero frente a la cristalizada, añeja y artificial retórica de los libros de caballería. Humor sustentado en contrastes de registros, léxicos y cronolectos. El Quijote es también un caleidoscopio lingüístico. Hoy sabemos más sobre la Tolosa y la Molinera. La mirada de Cervantes es siempre empática, muy lejos de los lenguajes de la sátira de la época.

Ambas merecen una biografía mínima: Tolosa es hija de un remendón de Toledo, crecida en las tendillas de Sancho Bienaya. Y la Molinera, de un “honrado molinero” (que es un oxímoron) de Antequera. Familias trabajadoras en una geografía picaresca. Humor y humanidad.

La frontera entre criminalidad y el trabajo, siempre precario, es muy porosa. En 1591, el diccionario español-inglés de Percival definía pícaro como “trabajador pobre”. Las mujeres que se dedicaban a la prostitución debían ser plebeyas y huérfanas.

El Compás de Sevilla era seguramente el burdel más famoso de Europa. En 1604 ocupaba 20 casas, propiedad del ayuntamiento y arrendadas al verdugo de la ciudad. Por allí, sin ninguna duda, pasó Cervantes. Socarrón: ‘el bellaco disimulado que solo pretende su interés y cuando habla con vos os está secretamente abrasando’ (Covarrubias, Tesoro de la lengua, 1611). El ventero no solo es burlón, sino que quería desplumar a DQ; hacía bien en no llevar dinero.

Pero la prostitución no era considerada delictiva y siempre estuvo regulada por los poderes públicos. En 1570, Felipe II legisla escrupulosamente. En 1621 se recopilan unas “ordenanzas de mancebía”: salarios, rangos, condiciones, espacios, médicos, predicadores…

En época de Felipe IV, Inquisición y órdenes religiosas debaten sobre su posible ilegalización y hay diferentes pareceres. En 1632 se prohíbe. Y en 1661. Y más adelante. Y nunca se cumplió. Pero como se ve, el debate regulación vs abolición viene de lejos.

“Mis arreos son las armas,/ mi descanso el pelear”. Cuando DQ habla como caballero de ficción, las prostitutas no lo entienden. Pero cuando cita un romance, el ventero lo continúa. El romancero es el suelo literario, la cultura común de la edad moderna.

“Apenas había el rubicundo Apolo… comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel”. Y era verdad que por él caminaba.

Frente al largo párrafo, retórico y arcaizante, del caballero el narrador constata solo la realidad inmediata. Típico de Cervantes

Criadas, barberos, curas de pueblo, arrieros, prostitutas, venteros y castradores de puercos. Boom. La realidad social de la gente común entra de lleno y se agolpa en las primeras páginas del Quijote.

Cap. 3

En la forma en Don Quijote fue armado caballero, Cervantes está parodiando el ritual religioso de la ordenación de un sacerdote: velando sus armas en la pila como si fuera un altar, luego, puesto de rodillas ante el ventero, éste recita y murmura oraciones, dando un golpe en la cara y en el hombro que recuerda las palmadas de los ritos de Confirmación Sacerdotal, y después dice: “Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero”.
En la forma en Don Quijote fue armado caballero, Cervantes está parodiando el ritual religioso de la ordenación de un sacerdote: velando sus armas en la pila como si fuera un altar, luego, puesto de rodillas ante el ventero, éste recita y murmura oraciones, dando un golpe en la cara y en el hombro que recuerda las palmadas de los ritos de Confirmación Sacerdotal, y después dice: “Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero”.

Diálogo con la picaresca, parodia de la liturgia caballeresca que deriva en violento y gracioso entremés, y sugerencia del dinero como elemento indispensable para el peregrinaje futuro.

Desacralización y mercantilización: dos claves para leer el capítulo.

El ventero/castellano le hace ver a Don Quijote la necesidad de: dinero, ropa, ungüentos, alforjas… y lo más importante: un escudero. Así se justificará la existencia de nuestro querido amigo y su rucio, …luego, puesto de rodillas ante el ventero, éste recita y murmura oraciones, dando un golpe en la cara y en el hombro que recuerda las palmadas de los ritos de Confirmación Sacerdotal, y después dice: “Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero”.

Arcaísmos

El castellano «trujo luego un libro» utiliza uno de los varios pretéritos que tuvo el verbo «traer». Se usó un poco «trejo», luego también «trasco», «troge», «trogue», «troje», «trouje» y la más regular «trayó», c/u haciendo analogía con otros verbos. Muchos verbos irregulares se agrupan por similitud fonética; «truje» de «traer» sigue el patrón de «cupe» de «caber» y «hube» de «haber». La «j» proviene de la «x» del perfecto latino «traxī».

Cap. 4

El capítulo 4 comienza con un zeugma que obliga a retomar la lectura previa. La retórica jugando con las leyes temporales.
El capítulo 4 comienza con un zeugma que obliga a retomar la lectura previa. La retórica jugando con las leyes temporales.

Una cosa: la primera acción de don Quijote tras armarse caballero consiste en mediar por un trabajador a quien su patrón, Juan Haldudo el rico, no le paga el salario que le debe.

Andrés gana como pastor 7 reales por mes, es decir, 238 maravedíes (1 real = 34 mrs). Con el salario íntegro de un mes, no podría comprarse un Quijote, que estaba tasado en 290 maravedíes.

Don Quijote y Andrés coinciden en cierto estado de inocencia (el del soñador melancólico y el del pícaro novel) frente a una sociedad que se presume deshumanizada y cínica. Como fruto de ese contraste recibirán descarnada violencia y sádicas carcajadas.

En ambos casos la fuerza y la violencia se imponen (en el delicado límite entre lo risible y lo condenable). No se trata de una violencia épica, sino cínica, degradada; la violencia de quien se aprovecha del débil o el caído dejándolo en los umbrales de la muerte.

Cap. 5

«Yo sé quién soy […] y sé que puedo ser no sólo los [caballeros] que he dicho, sino todos los Pares de Francia»
«Yo sé quién soy […] y sé que puedo ser no sólo los [caballeros] que he dicho, sino todos los Pares de Francia»

Se reafirma el ser presente y se proyecta el querer y el poder ser frente a la propuesta de una realidad mezquina. Don Quijote no resigna su sueño.

Los capítulos 5 al 8 repiten con variaciones la estructura de los primeros cuatro. Así, el 5 representa la destrucción y reconfiguración del yo de Don Quijote al ser derrotado. En el 6 veremos al caballero contra el mundo cuando sus amigos destruyen su biblioteca. Se reflexiona acerca de los peligros y los efectos de la ficción sobre la psique y sobre el cuerpo. Se anuncia la futura inquisición (acto público) de los libros-herejes. La literatura perniciosa, según el ama y la sobrina, debe ser abrasada.

La ficción nos transforma, nos excita, nos transporta, nos altera el alma y el cuerpo.

No todos los que nos rodean pueden entender esa pasión. Al querer domeñarla las reacciones pueden tornarse condescendientes y/o represivas.

Por la sobrina nos enteramos de que “Quijana” (sic) practicaba en su casa los disparates que ahora hace en el mundo. Su locura, o performance literaria, no surgió de la nada. Hubo ensayos, hubo planificación. Este capítulo pone en duda la idea de locura.

Personajes secundarios

Extraordinaria densidad de todos y cada uno de los personajes secundarios que comparecen en las primeras páginas del Quijote, la complejidad de su trazo, su vitalidad. Dramatis personae de la España plebeya de 1600 en 5 capítulos.

El Ventero: llega al negocio tras una larga carrera criminal, conocido de alguaciles y escribanos de toda España. Sus trucos no le valen con el loco, al que perdona las deudas. Sabe leer. Está gordo. DQ aprenderá de él la dura consistencia del dinero.

La Tolosa: toledana, como el buen acero. Criada entre curtidores, olleros y albañiles, hija de remendón de las tendillas de Sancho Bienaya — cuna de tantos pícaros como artesanos. Es ella, mujer de la vida, quien le ciñe la espada a Don Quijote, en buen hora.

La molinera: nació en Antequera (Málaga) pero aparece cerca de Montiel (Ciudad Real) camino de Sevilla. La trayectoria imposible, en dirección contraria, revela una biografía complicada. Es ella quien le calza la espuela a Don Quijote, del que se ríe casi compasivamente.

Los arrieros: peones del transporte en lo más remoto de la España vacía. Siempre merodeando el hondo bajo fondo en compañía de putas y pícaros. Van hacia Sevilla. Siempre hacia Sevilla. Les caen hostias como panes y apenas rechistan.

Andrés: pastor de ovejas al servicio de Juan Haldudo. Asalariado sin salario, mal criado, castigado por los hurtos, tretas del débil. A medio camino entre la picardía y la ingenuidad. Gasta más zapatos de los que debería y se enferma con facilidad.

Juan Haldudo, el rico: le ha ido bien con el negocio de la lana. Tanto que ya es el capo de Quintanar. ‘Haldudo’ por atildado, engreído, labrador venido a más (Redondo). Seguramente mal pagador, cobarde y brutal: “quiero acrecentar la deuda, por acrecentar la paga”

Los mercaderes: el gran capital de la industria sedera, con su séquito de criados y sus parasoles. Acaban de salir de Toledo. Se adaptan inmediatamente al registro del loco. Empiristas. También piadosos con el Don Quijote apaleado.

El ama: el habla doméstica de las mujeres del pueblo, como Teresa Panza. Su celo inquisidor contra los libros de Don Quijote tiene mucho también de reacción teresopancesca contra la ficción aristocrática de los libros de caballerías y la locura aspiracional de su marido.

La sobrina: espía a su tío mientras lee, primer testigo de su locura. Pero ¿de quién es hija? ¿Quiénes son los hermanos de Alonso Quijana? La sobrina es un inmenso interrogante sobre la familia del hidalgo. Nudo adolescente de historias sin contar.

Cap. 6

Jehan Georges Vibert, “El comité de los libros morales”, 1866
Jehan Georges Vibert, “El comité de los libros morales”, 1866

Se habla de los libros por lecturas profundas y significativas, recuerdos distorsionados y fragmentarios, rumores, suposiciones, prejuicios, inferencias en relación con el cuerpo del volumen. Se los codicia, se los ignora, se les teme.

La crítica literaria dentro de la propia literatura. Pequeñas sentencias que condenan, salvan o inquieren a los textos de una biblioteca imaginaria. Un giro cervantino que hizo escuela en la literatura argentina: Arlt, Borges, Cortázar…

Don Quijote I.6 es un ejemplo de lo que Oscar Wilde llamaría la única forma válida de crítica literaria.

La purga de los libros del hidalgo se narra como proceso inquisitorial. Pero los criterios para salvar o condenar son siempre poéticos, estéticos. Pura genialidad cervantina: la autonomía de la república de las letras figurada como auto de fe del Santo Oficio!

- ¿Qué haremos destos pequeños libros que quedan?
- Estos no deben ser de caballerías, sino de poesía.

La biblioteca de Don Quijote se organiza por tamaños, porque la talla del libro indica su género. Caballerías se imprimen en folio, poesía vulgar en cuarto u octavo.

Cervantes nos muestra el cruel juicio de un cura y un barbero condenando a los libros a muerte, destierro y cadena perpetua, además de una divertida autocrítica a su Galatea: “Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos”
Cervantes nos muestra el cruel juicio de un cura y un barbero condenando a los libros a muerte, destierro y cadena perpetua, además de una divertida autocrítica a su Galatea: “Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos”

El Palmerín de Inglaterra no se quema. El cura desea que “…se conserve como a cosa única y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro.” Alejandro Magno guardaba en esa caja los poemas de Homero. Se defiende un libro de caballerías como poema épico.

Crítica, lectura, censura, robo, incineración, encierro y entierro de libros –¿y de individuos en relación con la analogía inquisitorial?

Cap. 7

Don Quijote y Sancho Panza: la utopía de la complicidad.
Don Quijote y Sancho Panza: la utopía de la complicidad.
“…solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien -si es que este título se puede dar al que es pobre- pero de muy poca sal en la mollera.”

Las primeras palabras de Sancho imaginan la posibilidad de que un labrador pobre llegue al gobierno. Sancho, al igual que don Quijote, enuncia el apetito de ser más que lo que la sociedad de su tiempo le impone.

“Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido, que yo la sabré gobernar, por grande que sea.”

La novela tiene como motor de la acción dos grandes utopías humanas: la trascendencia y la fama para don Quijote; el dinero y el poder para Sancho.

Sancho se presenta como un prototipo carnavalesco que progresivamente se va a ir individualizando y complejizando hasta disputar el protagonismo de Don Quijote.

Es el simple-sagaz representante de la cultura oral en diálogo con el loco-sabio de la cultura escrita.

El Don Quijote vuelve a dormirse, mientras los presentes queman sus libros, y tapian el cuarto donde habían estado para que éste no advirtiera la falta. A los 2 días despierta el Quijote y el ama dice que se los ha llevado el diablo, la sobrina le dice que ha sido un «sabio encantador». El ama, la sobrina, el cura y el barbero le regalan a Don Quijote la excusa perfecta del «sabio encantador» que el protagonista esgrimirá cuando la realidad se imponga sobre su ficción caballeresca.

Cap. 8

Capítulo 8: el famoso e increíblemente corto episodio de los molinos de viento.
Capítulo 8: el famoso e increíblemente corto episodio de los molinos de viento.

Etimología

Lo primero, lo obvio: «molino» viene de «moler», o sea triturar.

Moler cereal es una de las actividades más antiguas del hombre agricultor. Nuestro «molino» viene del latín y orig. era un adjetivo que refería al piedra de moler o «mola». Que es la fuente de nuestra palabra «muela» (diente grande con el que trituramos la comida).

Hasta no hace mucho era común que la gente común no tuviese apellidos y tomara el apelativo de su profesión. La de molinero, por ejemplo, de ahí los «Miller» en inglés, «Müller» (y sus compuestos) en alemán. Y por supuesto «Molina», «Molinari», etc. en romance.

Don Quijote no solo confunde ficción y realidad, sino también el sueño y la vigilia. El episodio de los molinos de viento es sin duda la aventura más famosa del Quijote y es también la más breve.

Su transformación en gigantes puede surgir de una visita de Cervantes a la Sala de Gigantes en el Palazzo del Té. Aquí Júpiter (Carlos V) batalla contra el caos. Don Quijote hace lo algo parecido, lidiando con toda la ironía cervantina.

El modélico episodio de los molinos ha tenido múltiples lecturas: perspectivismo filosófico, voluntarismo desmedido (que cristalizó en el vocablo ‘quijotesco’), el desengaño de lo real, las limitaciones del sueño frente al poder de lo fáctico, etc.

Al final, la narración se congela, se corta la diégesis. El narrador resulta de pronto lector-transcriptor y se autodenomina «segundo autor».

A partir de aquí, es casi imposible saber quién refiere qué.

Ya no hay «autoridad», solo literatura.

Pareceres: Cuando Sancho advierte que los supuestos gigantes son molinos, Don Quijote le señala:

“Bien parece que no estás cursado en esto de las aventuras.”

El caballero parece perfectamente consciente de que hay dos niveles de realidad. Y parece estar eligiendo uno.

Cap. 9

Desde el capítulo 9, la fuente para la narración de Don Quijote es Cide Hamete Benengeli. El «segundo autor» reconoce por una imagen la historia que ha dejado inconclusa. Está en árabe, debe traducirla. ¿Es fiel el traductor? ¿Quién habla a partir de ahora?
Desde el capítulo 9, la fuente para la narración de Don Quijote es Cide Hamete Benengeli. El «segundo autor» reconoce por una imagen la historia que ha dejado inconclusa. Está en árabe, debe traducirla. ¿Es fiel el traductor? ¿Quién habla a partir de ahora?
Don Quijote por Salvador Dalí
Don Quijote por Salvador Dalí

El tiempo

“Devorador y consumidor de todas las cosas”.

La historia

“Madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”

Cervantes narrador se declara lector aficionado. O sea: un lector aficionado escribe sobre otro lector aficionado que se quiere convertir en protagonista de las ficciones que le gustan. El primero no se queda atrás y se incluye, también, como personaje. Aparece un segundo autor, Cide Hamete Benengeli, un “historiador arábigo”. Lo que leeremos en adelante es una traducción del árabe.

Autores varios, traducciones, textos árabes, incertidumbre. Borges presente. Que la historia completa del Quijote nos llegue en árabe y deba ser traducida en Toledo es una genialidad sin par. Más allá de la risa, resulta que la historia del máximo prócer literario español sería una traducción del árabe, la lengua de los vencidos. Y hay que recordar que el árabe es para entonces una lengua prohibida en España, o sea que el hallazgo y la traducción de esos papeles también sería un acto “clandestino”. El árabe está prohibido en tiempos de Cervantes y el Islam prohíbe la representación humana. La continuación del Quijote transgrede las dos religiones en pugna bélica, política e ideológica. De repente, tenemos entre las manos un libro peligroso.

El “segundo autor” paga a un morisco toledano para traducir el original de Cide Hamete Benengeli: “…en mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere”. ¡El autor del texto que estamos leyendo es el muchacho morisco! es un muchacho morisco que se dedica al menudeo en el Alcaná de Toledo. Pese a su juventud sabe leer y escribir bien árabe y castellano. Es el traductor más rentable de la historia: por dos arrobas de pasas, dos fanegas de trigo y un mes de pensión escribió el Quijote.

Cap. 10

Hay un error con el título. En este se anuncia lo que sucederá con unos Yangüenses, pero se nos habla de otra cosa. El encuentro con los Yangüenses sucederá en el capítulo 15. Se piensa que este era el capítulo que seguía al 10; al parecer, Frestón, Benengeli o el traductor, decidió hacer una broma.

Don Quijote ya tiene a su primer vencido y su primera promesa de embajada a Dulcinea. La aventura modelo que había pensado en el comienzo parece que se ha hecho realidad. Sancho confía más que nunca en su amo.

Tras vencer al vizcaíno, Sancho le pide el gobierno de la ínsula ganada, le sostiene a Don Quijote el estribo, puesto de rodillas, le besa la mano, todo ello en señal de vasallaje, y dice:

“…sea vuestra merced servido, señor Don Quixote mis, de darme el gobierno de la Ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado…”
“Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas; en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos.” Don Quijote conoce bien el género.

Cervantes introduce dos elementos a los que sacará mucho jugo en capítulos futuros: el bálsamo de Fierabrás (dos tragos son capaces de pegar un cuerpo partido en dos y dejarlo “más sano que una manzana”) y el yelmo de Mambrino («yelmo de Mambrino»: se trata del yelmo encantado que Reinaldos de Montalbán arrebata al moro Mambrino en el “Orlando innamorato” y que lo protege contra los golpes de Dardinel de Almonte, quien después muere)

Ante la necesidad de curarse de la herida con la que Don Quijote pierde la mitad de una oreja, decide usar el bálsamo de Fierabás -legendario gigante converso- que aparecía en las novelas de caballería y podía curar todo, hijo descomunal del rey moro Balán. “Los dos saquearon Roma y se apropiaron de las reliquias…, entre ellas, dos barriles del supuesto ungüento con el que se embalsamó a Jesucristo”.

Sancho reconoce que han cometido una serie de delitos y le sugiere a Don Quijote asilarse en una iglesia para protegerse de la Santa Hermandad. Desde el inicio, la coordenada delincuencial acompañará a los protagonistas. Después del encuentro con el vizcaíno, Sancho recomienda a DQ buscar refugio, pues temía las consecuencias de esta orden. ¿Qué era la Santa Hermandad?

Se conoce como Santa Hermandad a un grupo de gente armada pagada por los concejos para perseguir a los malhechores y criminales. Fue instituida en las Cortes de Madrigal de 1476, unificando las distintas hermandades que habían existido desde el siglo XI en los reinos cristianos.

http://paseandohistoria.blogspot.com/2013/01/la-santa-hermandad.html

Luego de la pelea, y tras andar por el bosque, Sancho cansado y hambriento le sugiere a Quijote “…ir a retraernos a una Iglesia, que según quedó maltrecho aquel con el combatisteis, no será que den noticias a la Sta. Hermandad y nos prendan…”

El «derecho de refugio» en una iglesia, permitía a un creyente perseguido por la comisión de un presunto delito, con el acuerdo del obispo local, refugiarse en un lugar sagrado y eventualmente pagar su falta con penas espirituales. Este derecho fue defendido a ultranza pola Iglesia Católica, mientras las legislaciones de casi todos países lo fueron suprimiendo a lo largo del siglo XIX. Fue definitivamente abolido del Derecho Canónico por Juan Pablo II en 1983.

Atención a las escenas (muchas) en las que DQ y Sancho comen juntos “los dos en buena paz y compaña” (I.10). Si los caballeros son “hombres como nosotros”, como dice Don Quijotre, pueden también comer pan y cebolla.

Al villano se lo dan

la cebolla con el pan.

Sancho dice «Aquí trayo una cebolla» (por «traigo»), regularizando a medias un verbo complicado. Un montón de otros similares tenían esa -y- intermedia y la modificaron después: «yo creyo» la perdió, «yo oyo, yo veyo» la suplementaron con una -g-.

Dice Sancho «a Dios prazga» (es decir, «(com)plazca») Se decía antes «prazer» (como todavía hoy en portugués) pero no sé cuándo pasó a ser «placer»; el Dicc de Autoridades de 1737 ya lo escribe así, restaurando la forma latina.

Dichos populares: “Sudar el hopo”, sudar hasta los pelos, ya que hopo significa copete. Quiere decir: pasar grandes apuros o tribulaciones. Lo gracioso es que la «h» de «hopo» viene del francés «huppe», nombre de las aves de la especie *Upupa epops* (sic), que en inglés se llama «hoopoe» y en castellano «abubilla». Y lo del hopo o jopo es, digamos, obvio cuando uno las ve.
Dichos populares: “Sudar el hopo”, sudar hasta los pelos, ya que hopo significa copete. Quiere decir: pasar grandes apuros o tribulaciones. Lo gracioso es que la «h» de «hopo» viene del francés «huppe», nombre de las aves de la especie *Upupa epops* (sic), que en inglés se llama «hoopoe» y en castellano «abubilla». Y lo del hopo o jopo es, digamos, obvio cuando uno las ve.

La «h» de «hopo» es muda, pero en castellano se aspira a veces (y lo transcribimos «j»); lo hacen los andaluces (de ahí lo de «cante jondo»); también cambiamos una «f» inicial en «j» en Argentina al decir enfáticamente «juíiira» por «fuera».

El capítulo 10 nos revela que Sancho es analfabeto. La amistad entre el delirante sobrealfabetizado y el pícaro ágrafo va tomando cada vez más color en este capítulo de transición.

Cap. 11

Ni Sancho ni los cabreros: quien se burla de don Quijote y de la gravedad de su “inútil discurso” es el narrador, buscando la complicidad del lector. “Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien evitar) dijo nuestro caballero…”
Ni Sancho ni los cabreros: quien se burla de don Quijote y de la gravedad de su “inútil discurso” es el narrador, buscando la complicidad del lector. “Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien evitar) dijo nuestro caballero…”

En los capítulos 11 a 14, la narrativa se complica aún más. Tenemos ahora 6 intercalaciones, incluyendo 2 discursos, 3 poemas y la narración de Pedro, que forman el conjunto pastoril, unificadas por una relación en el presente.

Los cabreros acogen a Don Quijote y a Sancho en un círculo hospitalario de tasajo, zaleas, zaques, dornajos y bellotas. Escuchan suspensos el discurso más hermoso del caballero sobre un mundo libre del trabajo, donde todo es común, donde reina la justicia. Sancho, nuestro héroe, prefiere comer a sus anchas que sentado a la mesa obligado a exhibir buenos modales.

“…mejor me sabe lo que como en mi rincón [que en] otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser […] ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo.”

Don Quijote, campeón de la horizontalidad, lo hace sentarse: la caballería, como el amor, iguala todo.

“Las bellotas que le dieron le trajeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando”

Por ahí ya lo citaron antes, pero ¿las bellotas serían a Don Quijote lo que las madalenas a Proust? “…porque las bellotas que le dieron le tradujeron a la memoria la edad dorada.”

Frente a una mítica Edad de oro pre-tecnológica, la Edad de hierro es el mundo de la movilidad y la circulación (de bienes, dinero, de textos gracias a la imprenta). Paradójicamente, un personaje como Don Quijote solo puede darse en “estos nuestros detestables siglos”. Don Quijote como utopista pronuncia su “Discurso de la Edad de Oro”, para tender lazos con Virgilio, Ovidio, Horacio y ¿por qué no? con Tomás Moro.

“Entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas”
“La justicia que estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen…”

Aquí aparece la función de la Caballería: En esta Edad del Hierro

“se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros”

Cabreros vs. pastores. Después de oír la canción de Antonio, Don Quijote pide más y Sancho retruca: “…el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches cantando” (exactamente lo que hacen los idealizados personajes de la novela pastoril). Llaman a un compañero para que les cante con su rabel:

“-Yo sé, Olalla, que me adoras, puesto que (= aunque) no me lo has dicho ni aun con los ojos siquiera, mudas lenguas de amoríos. Porque sé que eres sabida, en que me quieres me afirmo […]”

Cap. 12

Morir de amor.
Morir de amor.

En Don Quijote I, 12–14 Grisóstomo, pastor enamorado, muere (o se suicida) por amor por el desdén de Marcela. Ella simboliza la libertad: digna de ser amada por su belleza y virtud, elige no amar, y se considera la primera feminista de nuestra literatura.

En su artículo “La función del episodio de Marcela y Grisostomo”, Thomas A. Lathrop aventura una conclusión sobre por qué razón este episodio procede al discurso de la Edad de Oro, el resumen sería este:

La historia de Marcela y Grisóstomo es la primera “novela intercalada” en Don Quijote. Hay 7 en total: Fernando y Dorotea, Cardenio y Luscinda, Curioso, Cautivo, Luis y Clara, Eugenio y Leandra. La primera y la última son pastoriles. La #4, Curioso, es la que más se aparta del texto.

Don Quijote chusma quiere saber la historia de Grisóstomo. Don Quijote pide a un cabrero que le cuente la historia de este amor contrariado que ha llevado a la muerte del enamorado.

El cabrero, desde su lenguaje humilde pero bien llevado, logra atrapar a Don Quijote (y a nosotros) con la narración de la historia de amor fallido entre Grisóstomo y Marcela: “…libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela.” Pedro el pastor que confunde varias palabras, “cris” con eclipse, “estil” con estéril, “Sarra” por Sara, y Don Quijote lo interrumpe para coregirlo a cada rato, con altura el pator de cabras se la hace corta a Don Quijote: si sigue corrigiendo no van a terminar más y lo que más importa es la historia.

Grisóstomo era un hidalgo rico, estudiante, y que sabía mucho de astrología. Un día comenzó a vestirse de pastor porque se había enamorado de la hermosa pastora Marcela, que estaba al cuidado de su tío sacerdote, chica casquivana ésta.
Grisóstomo era un hidalgo rico, estudiante, y que sabía mucho de astrología. Un día comenzó a vestirse de pastor porque se había enamorado de la hermosa pastora Marcela, que estaba al cuidado de su tío sacerdote, chica casquivana ésta.

Don Quijote empatiza con Grisóstomo. Ambos son leídos, cultos, deciden volverse otro y abandonan su comodidad por la mujer a la que aman.

Marcela, falsa Pastora, es muy hermosa y muy rica, pero su tío retrasa la organización de su matrimonio, porque quiere su consentimiento, e insiste en los aldeanos, no sólo porque quiere seguir beneficiándose de su fortuna. Pero, de repente, Marcela se viste de Pastora y sale a atender a su propio rebaño. ¡Irresponsable de ella, porque entonces los hombres están expuestos a su belleza y se vuelven locos suspirando por ella!

“Yo nací libre, para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.”

Grisóstomo es también un hombre rico que se fue a estudiar a Salamanca y está muy bien leído. ¿Qué hace vestido como un pastor? Un día, Grisóstomo y otro estudiante que es su amigo deciden empezar a usar los atuendos de los pastores en lugar de la túnica de erudito. El pueblo se da cuenta de que Grisóstomo lo ha hecho con el fin de seguir alrededor de Marcela, la mujer que finge ser una pastora. Grisóstomo vive para el drama. Quiere ser enterrado donde vio su amor por primera vez. El pueblo es un alboroto sobre si seguir a través de sus peticiones paganas.

Cervantes dice que Grisóstomo murió de amores, por no decir que se suicidó, siendo ambiguo en los motivos ya que en la época el suicidio era considerado un pecado muy grave por el que se consideraba al difunto privado de sus derechos de bautizado, entre ellos el recibir sepultura en sagrado y el que se celebrasen las exequias. Por eso dice: “mandó en su testamento que le enterrasen en el campo como si fuera moro” pues los moros solían enterrar a sus muertos en el campo (como si no estuvieran bautizados). Cervantes dibuja a Grisóstomo muy sutilmente como figura heterodoxa: Que lo enterrasen como si fuera moro; que los abades no querían cumplir sus mandatos “…porque parecen de gentiles.” Estudiaba en Salamanca (magia) y “…sabía de la ciencia de las estrellas” (astrología).

Sancho Panza, harto de escuchar al cabrero, le pidió al Quijote que fuese a dormir mientras él a diferencia de su señor, que soñaba con Dulcinea, se durmió entre su burro y Rocinante, “no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces”

Cap. 13

La historia se inicia como relato oral en el capítulo 12 y continúa como experiencia vital de los protagonistas en el capítulo 13. Como desea Don Quijote, con la caballeresca, todos «entran» en la literatura. El arte y la vida vuelven a confundirse.

Luego de ser invitado por los cabreros a dormir a cubierto, al día siguiente a Don Quijote lo despiertan para ir al entierro de Grisóstomo, cuyas desventuras hemos oído contar en el capítulo anterior.

Rumbo al entierro, los cabreros y Don Quijote se encuentran con más peregrinos. Incluso señores a caballo. Se dan mutuamente noticias y continúan juntos. Tratan de adornar su propósito, pero todos van por ser unos redomados chismosos.

Tenemos también un tópico literario: el caso de Virgilio y Agusto César, quien no permite que se quemen los poemas del poeta. Grisóstomo se juega su fama en el suicidio y en la hoguera. Quiere que rescaten sus libros y lo adoren como héroe y mártir de amor. “…y no le tuviera bueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su testamento.” Su amigo, en el entierro, decide tomar uno al azar y compartirlo con los circundantes (y con nosotros, los lectores).

La literatura perdura, también, por los misteriosos avatares de la suerte. ¿Quiere ser el pastor enamorado un nuevo Virgilio?

“…si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.”

De nuevo, la obsesión cervantina por la quema y censura de libros. Ahora es el mismo Grisóstomo, y no los amigos inquisidores de Don Quijote, el que demanda la hoguera. Grisóstomo funciona como un doble de Don Quijote, él también cambia de atuendo y sale al mundo. Uno se rige por las convenciones pastoriles, y el otro por las de caballerías.

Dos cuestiones teológicas aparecen en este capítulo. Primero, si son más valiosos los religiosos o los soldados/caballeros. Don Quijote opina que los segundos. Después, la cuestión acerca de por qué los caballeros no se encomiendan a Dios y sí a sus damas. Don Quijote dice que se encomiendan a ambos. Vivaldo, señor letrado, prueba y juega con la locura de Don Quijote, preguntó a Don Quijote por qué iba tan armado en tierras pacíficas, no con burlas sino con preguntas peligrosas: tratan de estrellar la caballería andante contra la Iglesia, de contraponer a Don Quijote con la realidad factual. Don Quijote las sortea una a una, se preparó para esto, Don Quijote le habla largo de su profesión, de la caballería. Enseguida lo trataron de loco, pero le siguieron la corriente preguntando más detalles de los caballeros andantes.

Don Quijote relata el origen de la caballería: Él laremonta a los caballeros de la Tabla Redonda, orden que fue extendiéndose por el mundo. En ella fueron famosos Amadís de Gaula y otros. “Lo mesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo.”

“¿No han vuestras mercedes leído los anales e historias de Inglaterra, donde se tratan las famosas fazañas del rey Arturo […] que este rey no murió […]?”
“En tiempo de este buen rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda y […] los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra […] en la cual yo he hecho profesión.”
“…el regalo y el reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo se inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos.”

Queda clarísimo que la obsesión de Don Quijote, la razón de su vida, su pasión y su vocación tiene origen en INGALATERRA. ¿Dedo en la llaga considerando el entonces reciente papelón de la “Armada Invencible”?

En este capítulo, Don Quijote nos ofrece la primera y exaltada descripción de Dulcinea del Toboso de parte de su enamorado:

“Sus cabellos son oro; su frente, campos elíseos; sus cejas, arcos del cielo; sus ojos, soles; sus mejillas, rosas; sus labios, corales; perlas sus dientes; alabastro su cuello; mármol su pecho; marfil sus manos; su blancura, nieve”
Dulcinea del Toboso, pintura al óleo del inglés Charles Robert Leslie (1839)
Dulcinea del Toboso, pintura al óleo del inglés Charles Robert Leslie (1839)

Cap. 14

“Entierro del pastor Grisóstomo” (1862), Manuel “Hispaleto” García, Museo del Prado.
“Entierro del pastor Grisóstomo” (1862), Manuel “Hispaleto” García, Museo del Prado.

Llegamos a uno de los grandes discursos de la obra. Marcela, con voz clara y sonora, expresa su deseo de igualdad, libertad y derecho de regir su propia vida.

Es como si #Cervantes2018 estuviera escuchando a uno de sus personajes vaticinando un futuro más justo. En una dialéctica entre poesía y discurso académico, subvirtiendo las expectativas de una sociedad patriarcal, es Marcela quien, a través de una sólida retórica, cuestiona los protocolos genéricos y las convenciones en relación con lo femenino.

“¿Por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?”
“Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía.”
“A los que he enamorado con la vista, he desengañado con las palabras”.
“Antes le mató su porfia que mi crueldad” dijo la bella Marcela frente al lecho del pastor.
“Antes le mató su porfia que mi crueldad” dijo la bella Marcela frente al lecho del pastor.

Ella no había dado esperanzas a ningún hombre, y eso no la convertía en cruel. Que era su deseo vivir en soledad. La chica es un fenómeno y la tiene reclarita. Explica que no era obligación, ni podía forzarse el amor, sólo para corresponder al de otro.

Esa libertad de amar (o no amar) proclamada por Marcela enlaza con el último verso del famoso soneto de la pastora Gelasia en La Galatea,

«libre nací y en libertad me fundo»

otro hermoso lema que nos brinda Cervantes. El amor unilateral no da derechos ni genera obligaciones. ¡Espectacular la argumentación de Marcela!

Tal vez, podamos considerar también, que Marcela puede vivir libremente por la herencia que recibió de su padre. De haber sido pobre, tal vez no hubiera tenido muchas más opciones que: 1) Buscarse un marido que no la moleste demasiado 2) Hacerse monja, cual Sor Juana.

Marcela no elige ni el convento ni el matrimonio. Elige «la honestidad» en un lugar en donde no era verosímil sostenerla por mucho tiempo. Lo subversivo, en una sociedad que vedaba esa posibilidad a las mujeres, no es su elección sino su elegir. Marcela no sólo enamora con su hermosura sino también con sus razones que cuestionan, mediante una sólida argumentación, el neoplatonismo de la bucólica expresado en la Canción Desesperada: «algunas alegran la vista y no rinden la voluntad».

Cap. 15

Con el capítulo 15, comienza la Tercera parte.

Parodia y transgresión del idealizado amor caballeresco y pastoril, el erótico «deseo de refocilarse» de Rocinante con las yeguas de los arrieros deriva en paso de comedia con más palos para los protagonistas.
Parodia y transgresión del idealizado amor caballeresco y pastoril, el erótico «deseo de refocilarse» de Rocinante con las yeguas de los arrieros deriva en paso de comedia con más palos para los protagonistas.

La primera tenía 8 y la segunda 6 capítulos. Como en el inicio de la segunda parte (1605), en este comienzo de la tercera Cervantes recuerda que narra un relato antes escrito por Cide Hamete Benengeli.

Cide Hamete Benengeli
Cide Hamete Benengeli

En busca de Marcela, Sancho y Quijote se encuentran con unos yangüeses, quienes los apalean porque Rocinante se ha acercado a molestar a sus jacas.

El episodio de las jacas galicianas es una parodia del episodio pastoril.

Rocinante, nuevo Grisóstomo, ¡cree que puede “refocilarse” con las hacas sin pedirles permiso! Del amor idealizado de Grisóstomo por Marcela, pasamos a Rocinante y sus deseos de “refocilarse” con las yeguas de los arrieros. Genial cambio de clima y sutil modo de insinuar una conexión entre los episodios en la voluntad de avasallar el deseo femenino.

Según el diccionario de la RAE de 1780 refocilarse significa “Recrear, alegrar. Dícese particularmente de las cosas que calientan, ó dan vigor.” También: “Regodearse, recrearse en algo grosero.” Rocinante es “persona casta y pacífica” ¿Cómo quiere refocilarse?

“Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas.”

¡El libidinoso Rocinante sorprendiendo a Sancho Panza quien lo considera persona!

“Jamás tal creí de Rocinante; que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer a las personas…”

Cervantes parece disfrutar en apalear tanto a Don Quijote y a Sancho, ahora también a Rocinante. La exageración del castigo resulta graciosa, aunque no deja de ser sádica. Vemos como Quijote siempre saca el lado positivo de las desventuras que les ocurren. Las heridas honran.

“Con todo eso te hago saber, hermano Panza — replicó Don Quijote-, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma”.

El rijoso Rocinante se queda «en pelota». Esta antigua locución no alude a lo que solemos pensar (y por eso no va en plural en el original). Es discutido pero parece que «pelota» es deformación de «pellote»

Otros personajes secundarios

EL MUCHACHO MORISCO: se dedica al menudeo en el Alcaná de Toledo. Pese a su juventud sabe leer y escribir bien árabe y castellano. Es el traductor más rentable de la historia: por dos arrobas de pasas, dos fanegas de trigo y un mes de pensión escribió el Quijote.

LOS CABREROS: acogen a Don Quijote y Sancho en un círculo hospitalario de tasajo, zaleas, zaques, dornajos y bellotas. Escuchan suspensos el discurso más hermoso del caballero sobre un mundo libre del trabajo, donde todo es común, donde reina la justicia.

SANCHO: [autorretrato 1] “Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimular cualquiera injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar”. La táctica del rodeo y el acomodo, el arte de bregar, las tretas del débil.

“¿Qué diablos de venganza hemos de tomar — respondió San­cho — , si éstos son más de veinte, y nosotros no más de dos, y aun quizá nosotros sino uno y medio?”

Cap. 16

El capítulo 16 es propio de una comedia de enredos, antecedente de Los tres chiflados.
El capítulo 16 es propio de una comedia de enredos, antecedente de Los tres chiflados.

Hablemos de eroticidad frustrada.

Ya teníamos señales con la fallida incursión del pobre Rocinante en el capítulo anterior.

Se da a entender que Maritornes, al igual que las doncellas de la anterior venta camino de Sevilla, ejercía la prostitución. Las ventas y otras mancebías (prostíbulos) eran sitios para tales encuentros. Los puticlubs de la época.

“¿Cómo se llama este caballero? pregunto la asturiana Maritornes. Don Quijote de la Mancha, respondió Sancho Panza, y es caballero aventurero, y de los mejores y mas fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el mundo.”

Cuando Sancho y Don Quijote llegan a la venta, el escudero dice que Don Quijote se cayó por una peña. Si Sancho hubiera dicho la verdad, el ventero y su familia no los habrían atendido, porque habrían sospechado que Don Quijote es un pendenciero. Tal como se demuestra al final del capítulo.

¿Qué tan adelantada estaba la psicología en la época de Cervantes? Sancho finge por vergüenza la condición de su amo e inventa una excusa, y le dan la razón. Y dice que lo que le pasó fue que somatizó los golpes de su amo producto de la “caída” que a él también le duelen. La hija del ventero le da la razón. Dice ella que cuando soñaba que caía de una torre, se despertaba adolorida.

“ — No caí — dijo Sancho Panza — , sino que, del sobresalto que tomé de ver caer a mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo, que me parece que me han dado mil palos.”

Una comedia de enredos

El arriero a la espera, Maritornes cumpliendo su palabra, Don Quijote y sus disparates, el arriero ataca, Sancho y su pesadilla, el ventero culpando a la puta, el cuadrillero encuentra un muerto: ¡cierren las puertas! ordena.

“Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña merced […] pero yago tan molido y quebrantado […], la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso […] no dejara pasar en blanco… “
“…el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y […] no se daban punto de reposo […], se le apagó el candil y, […] ascuras, […] dábanse todos a bulto”

Cap. 17

Receta ilustrada del bálsamo de Fierabrás para que tengan a mano en caso de molimientos, quebrantamientos o estén malferidos.
Receta ilustrada del bálsamo de Fierabrás para que tengan a mano en caso de molimientos, quebrantamientos o estén malferidos.

El bálsamo de Fierabrás suponía como ingrediente los restos de la esencia con la cual fue embalsamado Jesucristo. Las oraciones sagradas («ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos») mutan en fórmula mágica. Don Quijote coquetea con la herejía. El bálsamo de Fierabrás está reñido con la heterodoxia cristiana. El episodio carnavalesco acribilla a un Sancho que se desagua por «ambos canales» y termina manteado, debido a lo que DQ ha aprendido y olvidado sobre el dinero.

El Quijote despierta de sus golpes, pregunta a oscuras por Sancho, al hallarle despierto le dice que el lugar es castillo encantado. Y se da cuenta por un secreto, le hace jurar al escudero no revelarlo, que la hija del castellano de él se había enamorado.

“Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?”

Quiasmo triple, palíndromo sintáctico perfecto.

El bálsamo de Fierabrás

Don Quijote envía a Sancho a pedirle al centro los ingredientes: romero, aceite, sal y vino. Los coció y los puso en una alcuza con “más de ochenta paternostres, y otras tantas avemarías y salves y credos.” Preparación: Tomar los ingredientes y hacer un compuesto mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que estén en su punto. Remedio válido solo para caballeros.

Cap. 18

En el capítulo 18, a Don Quijote se le caen la mitad de los dientes. Mi fobia: Más vale un diente que un diamante.

“Llegó en esto una peladilla de arroyo y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo pedazos, llevándole de camino 3 o 4 dientes.”
Don Quijote ve la polvareda que levantan dos rebaños de ovejas que se aproximan, y confunde aquellos con ejércitos de moros y cristianos que van a enfrentarse. Se une a la lucha matando a más de siete ovejas, y los pastores lo apedrean hasta tumbarlo de su montura.
Don Quijote ve la polvareda que levantan dos rebaños de ovejas que se aproximan, y confunde aquellos con ejércitos de moros y cristianos que van a enfrentarse. Se une a la lucha matando a más de siete ovejas, y los pastores lo apedrean hasta tumbarlo de su montura.

En este capítulo se puede ver la ironía y burla de Cervantes hacia libros serios de caballería. El parlamento de Q y su brillante descripción de los combatientes de los ejércitos es una caricatura de “Arcadia” y un ataque a Lope de Vega.

Don Quijote proyecta sus fantasías caballerescas sobre una nube de polvo, casi que alucina al tiempo que improvisa un discurso épico y poético. Sancho está fascinado y preocupado. Otra vez, la disputa sobre lo real es excusa para el despliegue del humor.

Aunque la aventura de los dos ejércitos parece ser prototípica, con nombres exagerados de libros de caballería, en realidad se basa en la locura de Ajax, quién al no recibir las armas de Aquiles se vuelve loco y ataca a una manda de ovejas.

¡Los nombres que crea el señor Cervantes! Pentapolén del Arremangado Brazo, Espartafilardo del Bosque y el maravilloso Brandabarbarán de Boliche. Bautizando con alegría.
¡Los nombres que crea el señor Cervantes! Pentapolén del Arremangado Brazo, Espartafilardo del Bosque y el maravilloso Brandabarbarán de Boliche. Bautizando con alegría.

Para Don Quijote, los soldados de dos ejércitos enfrentados son lo mismo que ovejas que van al matadero. Esta aventura épica-caballeresca le sigue un episodio calcado del Lazarillo. Recordemos que cuando el ciego mete su nariz en la boca del pícaro, el resultado es inesperado. Lo mismo aquí cuando Sancho mete nariz en la boca de Don Quijote.

Cap. 19

Caminando en busca de algún lugar donde alojarse, llega la noche y Don Quijote y Sancho Panza se topan con una comitiva que avanzaba en la oscuridad alumbrada por hachones encendidos, enlutados y acompañando un carruaje con un cadáver.

A diferencia de las anteriores, en la aventura nocturna de los encamisados con antorchas lo real parece adecuarse a la fantasía. No hay divergencia con Sancho y este se admira del valor de Don Quijote. Cervantes hace gala de la variatio en relación con la monomanía.

El miedo los invade creyendo ver tantos “encamisados”: gente de armas que para reconocerse entre ellos de noche y no confundirse con el enemigo se ponían camisas blancas encima. En este caso, son sólo clérigos con sobrepellices (túnica fina que va sobre la sotana).

Se produce una doble confusión: Don Quijote cree ver fantasmas y los sacerdotes creen ver un diablo. Bueno, quizás estos no estén tan errados.

El caballero de la Triste Figura

El Capítulo 19 termina con el bautizo de nuestro caballero.

Aquí la cita memorable:

Si quisieren saber quién ha sido el valeroso, diráles vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha, que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura.

El caballero de la triste figura: “el sabio te lo habrá puesto en la lengua y el pensamiento”. El delirio de Don Quijote no nos quita la imagen triste que nos pinta Sancho: el hambre, las muelas caídas, el cansancio de su amo. Ambos, a su modo, rondan la metáfora.

El apelativo remite al hambre, al eje central de la picaresca que supone un mundo materialista y prosaico, un mundo que Sancho proyecta sobre el idealismo caballeresco de don Quijote.

El caballero de la Triste Figura: don Quijote adquiere el apelativo que pide su destino caballeresco y que alude a la progresiva desintegración corporal que sufrirá a lo largo de la novela, precio que deberá pagar por su trascendencia.

Cap. 20

De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha.
De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha.

Aventura de los batanes

Nuestros héroes buscan agua para beber en la oscuridad de la noche: “llegó a sus oídos un grande ruido de agua” -Se oyen otros ruidos: “unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas”

Ambientación:

“Era la noche […] escura, y ellos acertaron a entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas, movidas por el viento, hacían un temeroso y manso ruido […] todo causaba horror y espanto”
“yo nací por querer del cielo, en esta nuestra edad del hierro, para resucitar en ella la de oro […] todo esto […] son incentivos y despertadores de mi ánimo […] espérame aquí hasta tres días”

Si no regresa, habrá muerto.

Reacción de Sancho: el llanto, “comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo”, los ruegos: “dilátelo al menos hasta la mañana”, las artimañas: “ató con el cabestro de su asno ambos pies a Rocinante”, el engaño: le deja creer que Rocinante no puede moverse por un encantamiento, el entretenimiento: el cuento de Lope Ruiz y la pastora Torralba (con repeticiones que irritan a Don Quijote y final abrupto y absurdo)

Sancho es un autor que adecua su creación literaria al contexto para manipular a don Quijote. Éste se asombra tanto de su capacidad narrativa como de sus dotes juglarescas que consiguen lo que cualquier buen relato: congelar el tiempo.

La primera vez que Sancho engaña a don Quijote lo hace a través de la ficción literaria (prefigurando posteriores engaños, el de Dulcinea por ejemplo, que lo proyectarán como personaje preferido de muchos «lectores» en la Segunda parte).

Risas de ambos: “Miró también don Quijote a Sancho, y viole que tenía los carrillos hinchados y la boca llena de risa […] y no pudo dejar de reírse” -Burla de SP y cólera de DQ: le asestó dos palos de lanzón en las espaldas.

La experiencia como fuente de sabiduría y su cristalización en refranes

Para don Quijote no hay cosa que los refute. “No hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia”.

¿Qué espera Don Quijote de Dulcinea? ¿Ser amado o aborrecido? Según su experiencia “es natural condición de mujeres desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”

  1. Quien busca el peligro perece en él;
  2. Tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas bajo tierra;
  3. El diablo que no duerme y todo lo añasca (enreda);
  4. No es bien tentar a Dios 5)El que te quiere bien te hace llorar.

S. Gilman sobre #DQI20:

“Cuanto más ensaya Don Quijote su memorizado papel de invulnerable caballero errante, más confiesa Sancho sin vergüenza alguna su vulnerabilidad infantil. Don Quijote alardea mientras Sancho lloriquea en la interacción de su diálogo. La novela acaba de nacer.”

Interrumpidos en su búsqueda de agua por el sonido del batán se hacen conscientes de sus vidas. “Con su consumada habilidad narrativa #Cervantes2018 ha comunicado, con exactitud, lo que se siente que existe en la peligrosa oscuridad de una noche que tiene la marca mundial de las noches oscuras en novelas.”

Lo escatológico

“le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él […] se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían […] y dieron luego abajo […] echó luego al aire entrambas posaderas […] se halló libre”

Desde el final del capítulo 18 hasta el 20, se desarrolla una especie de ciclo de literatura fantástica. En primer lugar, la transmutación que hace Don Quijote del castillo por venta, y los manteadores de Sancho que él transforma en fantasmas.

Segundo: El episodio con los clérigos y el muerto que transportan. En este caso, tanto Sancho como Don Quijote piensan que son fantasmas, o apariciones (por cierto, este episodio me recuerda mucho al Estudiante de Salamanca)

Y por último, la aventura de los batanes, donde ambos personajes estaban asustados de verdad, compartieron el miedo, aunque Don Quijote, en sus dislates quería emprender la aventura. Por eso Sancho “encanta” a Rocinante para evitar que su amo se fuera.

Cap. 21

Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero.

Capítulo ineludible para cualquier análisis del perspectivismo cervantino (la percepción diferente de la “realidad” según el punto de vista del observador).
Capítulo ineludible para cualquier análisis del perspectivismo cervantino (la percepción diferente de la “realidad” según el punto de vista del observador).

Empezó a llover y Don Quijote no quiso resguardarse en los batanes por las burlas de Sancho. Siguieron andando y a lo lejos vieron a un hombre a caballo que llevaba un objeto en la cabeza que relucía como el oro.

Don Quijote contento dijo a Sancho… Donde una puerta se cerraba, otra se abría; y la fortuna les sonreía porque si no se equivocaba, estaban frente al Yelmo de Membrino, sobre el que él había hecho su juramento.

Sancho le dijo que sólo veía a un hombre sobre un asno pardo, como el suyo… Y que llevaba sobre la cabeza una cosa que relumbraba. Don Quijote no le hizo caso y dijo que iba a hablar con el hombre.

Era un barbero, que por la lluvia se había puesto una palangana de azófar para que no se mojase el sombrero. Don Quijote asustó al hombre… Que al verlo armado salió corriendo, dejando tirada la palangana.

“Había imitado al castor, el cual viéndose acosado por los cazadores, se taraza y arpa con los dientes aquello por lo que él… sabe que es perseguido”

Pidió a Sancho que alzase el Yelmo y se lo pasara. Al instante lo instaló en su cabeza, tratando de encajarla. Sancho soltó una risa. Don Quijote preguntó la razón de su burla… Y empezó un discurso sobre el Yelmo, y la posibilidad de que el barbero hubiese fundido una parte del oro. Que ya lo aderezaría al encontrar un buen herrero, y que mientras le serviría de protección.

Sancho preguntó sobre el caballo abandonado del barbero. Y preguntó si lo podía cambiar por su viejo asno. Don Quijote al inicio dijo que no acostumbraba a despojar a los vencidos, pero terminando dando licencia a Sancho.

Partieron nuevamente, y en el camino Sancho le propone a Don Quijote que sirviesen a un emperador o príncipe… Que estuviese en guerra para que mostrase su valentía, y remuneraran según sus méritos y hazañas. Don Quijote le respondió con referencias a otras historias y caballeros, de algunos que no fueron muy reconocidos e imaginó y narró a Sancho distintas situaciones.

De paso contó el relato de sus hazañas que algún día escribiría un sabio, y como éste rastrearía su linaje y parentela, que remontaría a antiguos monarcas.

Don Quijote le explica a Sancho los dos tipos de linaje: los que descienden de reyes, y el tiempo los deshace… Y los que al contrario van subiendo hasta lo alto de la pirámide. “Unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron”. Siguieron hablando del linaje, y Sancho terminó diciendo a Don Quijote “… procurar venir a ser rey y el hacerme conde”.

El cuento de Don Quijote sobre el caballero que cobra fama por sus hazañas y el modo como es recibido en un castillo obnubila a Sancho y logra meterlo de nuevo en el mundo caballeresco. También revela todos los deseos y preocupaciones de don Quijote: amor y linaje.

Personajes secundarios

UN BARBERO: sirve en dos pueblos y va camino del pequeño para una sangría y un afeitado. Monta un asno pardo, como el de Sancho, y cubre su sombrero con una bacía de latón que se hará famoso yelmo. Todo un runner, campeón de cross-country de los campos de La Mancha. Aquí aparece el objeto que se convirtió en símbolo del perspectivismo -tema central para la modernidad del Quijote- el yelmo de Mambrino.

¿Vieron cómo se va describiendo todo? Primero el narrador “una cosa que relumbraba como si fuera de oro”. DQ “viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino” SP “un hombre sobre un asno… que trae en la cabeza una cosa que relumbra.”

El episodio del yelmo de Mambrino precede a una de las más largas digresiones fantasiosas de Don Quijote. El brillo de la bacía del barbero lo encandila y lo hace disparar más tonterías que de costumbre. Hace mucho que no lo apalean.

Cap. 22

De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir.

“…no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello”, dice Don Quijote. Según Borges, esta frase es “el símbolo secreto y tranquilo” de la afinidad cultural y moral entre España y Argentina.
“…no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello”, dice Don Quijote. Según Borges, esta frase es “el símbolo secreto y tranquilo” de la afinidad cultural y moral entre España y Argentina.

Por el camino encuentran a doce hombres “ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro”.

Se trata de galeotes: gentes forzadas del rey, que va a las galeras. Y en esta gente, don Quijote ve que allí encaja “la ejecución de mi oficio: deshacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.” Don Quijote quiere saber la causa de las desgracias de los galeotes. Los guardias le dicen que les pregunte a ellos mismos si eso desea.

Galeote nro 1: por “enamorado”… ¡de lo ajeno!

Galeote nro 2: por “canario”… Cantó su delito bajo tormentos.

Galeote nro 3: por faltarle 20 ducados… ¡Para sobornar al escribano!

No existe relación lógica entre los delitos cometidos y las sentencias a las que han sido condenados. El Rey es poderoso, pero su poder posee límites, y Don Quijote lo aprovechará. Los Habsburgo echan mano de las leyes castellanas para obtener recursos y mano de obra para las guerras del imperio.

Galeote nro 4: por “corredor de oreja”, es decir, por alcahuete.

En un contexto brutal, el simple y humildísimo Sancho despliega su costado sensible: “Y aquí tornó a su llanto como de primero y túvole Sancho tanta compasión, que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna”.

Galeote nro 5: por “burlarse” (tener sexo) con dos primas hermanas y dos hermanas que no lo eran suyas.

Galeote nro 6: Ginés de Pasamonte. Las notas dicen que combatió en Lepanto y fue conocido de Cervantes. Termina en Ginés el repaso de las condenas y don Quijote decide liberarlos porque le “parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres.”

La Batalla de Lepanto, contra los turcos, 1571. Los Habsburgo contra el islam en el Mediterráneo.
La Batalla de Lepanto, contra los turcos, 1571. Los Habsburgo contra el islam en el Mediterráneo.

El famoso pillo Ginés de Pasamonte (¿Jerónimo de Pasamonte? Escribió una autobiografía de su participación en la Batalla de Lepanto, también una versión apócrifa de la segunda parte del Quijote, bajo el seudónimo de Avellaneda, en 1614) también era conocido como Ginesillo de Parapilla.

Felipe III y uno de los primeros casos de etnocentrismo moderno al expulsar a los moriscos de la península.
Felipe III y uno de los primeros casos de etnocentrismo moderno al expulsar a los moriscos de la península.

Luego de liberados a los galeotes, Quijote les pide, como muestra de agradecimiento, que se presenten con sus cadenas ante Dulcinea del Toboso. Era costumbre que el liberado de cautiverio llevase consigo la cadena para ofrecerla a alguna iglesia de su devoción.

Cap. 23

En este capítulo 23 se ubicaría el inconsistente robo del asno de Sancho por parte del galeote Pasamonte. Uno de los grandes errores literarios de todos los tiempos. Cervantes lo haría insoluble e inmortal burlándose de su propio lapsus en la segunda parte.

Sierra Morena. Don Quijote encuentra la escritura y Sancho el capital.
Sierra Morena. Don Quijote encuentra la escritura y Sancho el capital.

La novela es una investigación acerca de los dilemas filosóficos y políticos planteados por la identidad étnica por el héroe español hacia 1605.

La Sierra Morena

Es el centro del libro y del laberinto de historias paralelas que se despliegan en la novela. Es el punto más lejano del hogar. El espacio paradójico en donde el loco decide volverse loco por amor.

Sancho encuentra un “librillo de memoria ricamente guarnecido”. Estos librillos eran cuadernos de bolsillo con las hojas enceradas. Se escribía con un ‘estilo’ y eran reutilizables. Los textos de Cardenio son ‘borradores’, escritura efímera para una memoria frágil.

Cardenio es el «Roto de la Mala Figura» y Don Quijote el «Caballero de la Triste Figura».

Se abrazan, se contemplan, se espejan.

Locos que juzgan al otro como un loco sin reconocerse a sí mismos en esa condición. ¿La locura también depende de cómo somos percibidos?

Los 100 escudos de oro que se encuentra Sancho en Sierra Morena son un pastizal para un labrador manchego de 1600. Son más o menos 470 jornales, es decir, casi año y medio de trabajo sin domingos ni fiestas. A Cardenio le sobran, hace bien en quedárselos.

Cap. 24

Cardenio: El astroso caballero, o caballero del bosque, o el roto.
Cardenio: El astroso caballero, o caballero del bosque, o el roto.

El astroso caballero, contará su historia y pide que no se lo interrumpa, porque sino el no proseguirá con su relato.

El nombre del joven es Cardenio, y su patria, Andalucía. Los Cárdenas eran una familia andaluza de nobles poderosos. Nuestro Cardenio ha sufrido una tragedia amorosa con Luscinda.

Recordamos aquí los argumentos de Marcela, que desaprobaba el pensamiento machista de los hombres.

El caballero del bosque narra el amor que siente por Luscinda, hubo poemas y cartas de amor y al final Cardenio le pide al padre de Luscinda que le pernitan casarse.

Cardenio sabe que el padre, por respeto a su hijo Luscinda, no lo puede dejar entrar libremente a su casa. El padre de Luscinda dice que es al padre de Cardenio a quien toca hacer esta demanda. Cuando Cardenio habla con su padre, lo encuentra con una carta abierta en la mano, en la que el duque Ricardo, un grande de España, quiere que Cardenio sea compañero (no criado) de su hijo mayor.

El padre de Cardenio piensa que es una gran oportunidad para su hijo y lo envía a hacer la voluntad del duque.

Reparemos un momento en las castas y clases sociales de la narración, Luscinda y Cardenio parecen ser más o menos de la misma casta, mientras que el duque es de una categoría superior.

Luego Cardenio relata celos, aventuras y traiciones entre adolescentes. Todo entremezclado entre deseos de castas y la resistencia a esos deseos. Antes de partir, Cardenio habla con Luscinda y su padre, y les suplica que dilatase el darle la mano para el matrimonio.

Fernando, el hijo segundo del Duque Ricardo, se vuelve el mejor amigo de Cardenio, es alguien que en aquél entonces el lector hubiera rconocido como un segundón, con menos derechos a la fortuna de su padre.

Cardenio así lo ve, Fernando el hijo segundo, que no tenía mayores derechos a la fortuna, se monta sobre su vida. Comparten las historias de sus amores: Fernando quiere bien a una labradora, hija de un vasallo de su padre, a quien promete matrimonio para poder tener relaciones sexuales con ella, después que esto ocurre, Cardenio quiere informarle al duque, pero Fernando distrae a Cardenio convenciéndolo de que se ausenten de la ciudad.

Según Cardenio, la idea era con el fin de ir a ver unos caballos a su ciudad natal, “que son los mejores del mundo”. Cardenio aprueba la idea, para volver a casa y ver a Luscinda, porque la extrañaba.

Cardenio ofrece un análisis astuto de la maleabilidad del deseo masculino:

“Sucedió pués, que como en el amor en los mozos en la mayor parte no lo es sino como apetito, que tiene como último fin el deleite, que como llegado a alcanzarse se acaba”.

Es lo que había sucedido con Fernando, sus deseos ahora están aplacados.

El deseo, los celos y la violencia. Las cosas se complican aún más. Vemos otro ejemplo del talento narrativo amplio de Cervantes. Si antes, por ejemplo, en el episodio de Maritornes Cervantes anticipó la historia de bufonadas, ahora nos da algo parecido al melodrama de las telenovelas.

Una vez vuelto a su pueblo natal, Cardenio visita a Luscinda. Más tarde, alaba tanto la “hermosura, donaire y discreción de su amada” delante de Fernando que este la quiere ver. Cardenio cumple con los deseos de Fernando, enseñándosela una noche, a la luz de una vela, por una ventana, por donde los prometidos solían hablarse. Fernado la ve y “todas las bellezas por él hasta ahora vistas, las puso en olvido”.

¿En qué diablos estaba pensando Cardenio? En esta secuencia hay una extrema vinculación afectiva entre los dos personajes masculinos, que gozan ante el descubrimiento del cuerpo femenino.

Cardenio reconoce su error, admitiendo que desde ese momento en adelante, Fernando sólo hablaba de Luscinda, cosa que despertaba en Cardenio, “un no sé qué de celos”.

En este momento clave, todo se descontrola. Cuando Cardenio menciona que Luscinda le había pedido un libro de caballería para leer porque ella era muy aficionada, un libro que no era otro que el Amadís de Gaula, es graciosísima la reacción de Don Quijote. Se lanza a alabar a Luscinda.

“Con que me dijera vuesta merced, que su merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de su entendimiento. Con sólo haber entendido su afición, la confirmo por la más hermosa, por la más discreta mujer del mundo”.

Aquí tenemos una de las indicaciones más importantes de las funciones que desempeñan las mujeres de la clase alta como ávidas lectoras de la literatura fantástica del siglo XVI.

Luego Don Quijote le recomienda a Cardenio que enviara a Luscinda una de las continuaciones del Amadís de Gaula, el Don Rugel de Grecia, escrito por Feliciano de Silva, el mismo autor mencionado en el primer capítulo cuando Cervantes había parodiado su estilo de escritor: “La razón de la sinrazón, que a mí razón se hace”.

Esto es ominoso en muchos niveles: no sólo Don Quijote ha interrumpido la narración de Cardenio, haciendo precisamente lo que este les había pedido que no hicieran, sino que también, igual que Don Fernando, ha expresado “su alta estimación de la belleza de Luscinda”, sobre quien ya lleva Cardenio muchísimos celos.

Finalmente, lanza un comentario sobre los personajes de Don Rugel de Grecia, que va directamente al grano de su locura: Cardenio alega que hubo relaciones ilícitas entre una reina y un cura cirujano (pensemos en los dos amigos de Don Quijote), aquel bellaconazo del maestro Elizabat, amancebado con la reina Madesima.

Don Quijote objeta: eso no, e insiste la reina Madasima fue una gran señora y no se ha de presumir qué tan alta princesa se habría de amancebar con un sacapotras y quien lo contrario entendiere miente como muy gran bellaco.

Es más, el narrador nos dice que Don Quijote se lanza a la defensa de la reina Madasima como si fuera Dulcinea. ¿Crees lector desocupado en la subconciencia? Parece que Cervantes sí. El enfrentamiento físico que se sucede a continuación, recuerda al episodio de Maritornes, Sancho, el cabrero y Don Quijote, molidos y Cardenio desaparece en la montaña.

¿Es Cardenio un personaje loco o cuerdo? El deseo da lugar a los celos, y todo tiene como consecuencia el desenlace de locuras y violencias por parte de hombres tan diversos como el noble andaluz, un viejo cabrero y Don Quijote y Sancho Panza. Todos estos trastornos, los psicológicos como los físicos, tienen lugar en la Sierra Morena, no lejos de Andalucía, famosa por sus caballos.

La Sierra Morena, famosa por sus caballos. Definitivamente, llegamos al sur de España.
La Sierra Morena, famosa por sus caballos. Definitivamente, llegamos al sur de España.

Cap. 25

El capítulo 25 trata principalmente de decisión de Don Quijote de hacer penitencia en la Sierra Morena, la pregunta es ¿Qué ha hecho el Hidalgo para merecer penitencia? Es la misma pregunta que se realiza Sancho y que descubriremos a lo largo del capítulo 25.
El capítulo 25 trata principalmente de decisión de Don Quijote de hacer penitencia en la Sierra Morena, la pregunta es ¿Qué ha hecho el Hidalgo para merecer penitencia? Es la misma pregunta que se realiza Sancho y que descubriremos a lo largo del capítulo 25.

Sancho se queja de que su amo le ha mandado no hablar, y Don Quijote levanta la prohibición. A continuación, Don Quijote explica por qué defendió la reputación de Madasima de las palabras que había dicho “el loco Cardenio”: es su obligación de cualquier caballero andante.

Sancho aprovecha la ocasión para comentar una serie de refranes y Don Quijote vuelve a imponer la censura para, a continuación, explicar qué tipo de hazaña se propone llevar adelante en lo profundo de la Sierra Morena.

Don Quijote tiene en mente imitar al perfecto Amadís de Gaula, el más extraordinario caballero andante.

Estamos aquí ante el tema renacentista de la ejemplaridad moral y política de los humanistas, considerar ejemplos de la historia medieval o clásica para modelar el comportamiento adecuado, la virtud que deben respetar los príncipes y estudiantes.

Don Quijote, dice que mejor que los héroes clásicos como Ulises o el Eneas, el Amadis es el norte y sol a quien debemos imitar. La especificidad a imitar por Don Quijote no son los más guerreros sangrientos, sino su acto de penitencia amorosa, mudando su nombre a Beltenebros.

Sobre todo, Don Quijote resalta que la penitencia que imitará es aquella que llevó al Amadis a apartarse cuando se enteró de que Angélica la bella, cometió vileza con un mozo moro: el tema es la pureza racial puesta en entredicho.

Hacia mediados del siglo XVI, las Cortes de España, Inglaterra y Francia comienzan a considerar a los héroes de ficción de las novelas de caballerías como sus ejemplos favoritos.
Hacia mediados del siglo XVI, las Cortes de España, Inglaterra y Francia comienzan a considerar a los héroes de ficción de las novelas de caballerías como sus ejemplos favoritos.

La identidad étnica está involucrada en todos los dilemas de la Sierra Morena. Sancho le pregunta sobre las señales les dan a entender que Dulcinea ha hecho niñerías con moro o cristiano. La lógica del loco, en este caso la penitencia, se valora por encima de la infidelidad de Dulcinea.

La realidad de las cosas vuelve a discutirse, y Don Quijote apostará por la relatividad de las cosas.

Al pie de una alta montaña, donde corre un arroyuelo pastoril, Don Quijote exclama, “Este es el lugar…” donde haré penitencia, como si fuera un sitio mitológico.
Al pie de una alta montaña, donde corre un arroyuelo pastoril, Don Quijote exclama, “Este es el lugar…” donde haré penitencia, como si fuera un sitio mitológico.

Aparece otra vez, el tema de los celos, “Oíd las quejas de este desdichado amamante, a quien la ausencia ha traído a lamentarse entre asperezas…” etc. Un discurso lleno de recriminaciones y alabanzas a Dulcinea.

En un momento clave, Don Quijote a punto de hacer su penitencia, y Sancho a punto de partir, sucede de repente que al hidalgo se le ocurre la idea de quitarle el freno y la silla a Rocinante: le da unas palmadas en las ancas y le dice, “Libertad te da el que sin ella queda” dado que Don Quijote está preparando desnudarse.

Como en el caso de Rocinante y las yeguas, hay una clara conexión entre el caballero y su jumento. Es el momento en que Sancho invoca a su jumento, oficialmente perdido. Luego, el escudero reconoce el problema del modo en que irá al Toboso. Pide ahorrar tiempo montando a Rocinante en vez de ir a pie. Don Quijote le pide hilos para curarse porque le falta el bálsamo de Fierabrás, y Sancho le responde que con el burro se han perdido todos los medicamentos.

Hay que notar la discusión en torno a la ortodoxia religiosa:

  1. Se habla de las penas de relapsos, y cosa juzgada, elementos que insinúan la retórica jurídica inquisitorial;
  2. La penitencia a cumplirse en el purgatorio o en el infierno: el protestantismo rechaza la posibilidad del purgatorio;
  3. Don Quijote compara la letra de los escribanos con la de satanás y;
  4. Sancho dice en un momento que Don Quijote se parece al diablo, porque no hay cosa que no sepa.

En las cartas que Don Quijote va a escribir a Dulcinea, será también una libranza pollinesca, y en lugar de escribirla en hojas de árboles o en tablillas de cera, le viene a la memoria de Don Quijote el librillo de las memorias de Cardenio.

Al parecer, nadie quiere acordarse de los escudos de oro. Don Quijote sugiere que luego Sancho puede traducirlo a papel normal, insistiendo en la prescripción legal: “pero la libranza forzosamente se ha de firmar, y esa si se traslada, dirán que la firma es falta y me quedaré sin polllinos”

Don Quijote confía en la honestidad de su sobrina. En cuanto o la carta, Don Quijote confía en la oralidad porque sabe que Dulcinea del Toboso no sabe leer ni escribir.

Aquí, cuando Don Quijote nombra a los padres de su amada, Sancho se entera por primera vez de la verdadera vez de la identidad de Dulcinea, “¿Que es la hoja de Corchulelo, llamada Aldionza Lorenzo”? Don Quijote así lo admite, y dice que debe ser señora del universo. No obstante, lo que sigue en una desmitificación, Sancho la conoce bien y nos recuerda a la marimacha Torralba.

Dulcinea caricaturizada y masculinizada por Sancho.
Dulcinea caricaturizada y masculinizada por Sancho.

Cap. 26

El capítulo 26 comienza con la descripción del caballero haciendo su penitencia, “de medio abajo desnudo, de medio arriba vestido”.
El capítulo 26 comienza con la descripción del caballero haciendo su penitencia, “de medio abajo desnudo, de medio arriba vestido”.

Al igual que en tantos otros momentos, nuestro héroe está confundido entre la identificación con varios héroes de caballería: “tornó a pensar lo que otras muchas veces había pensado sin muchas veces jamás haberse resuelto a ello”.

En primer lugar, se plantea la problemática postura española antes la batalla de Roncesvalles de 778, la problemática identificación con Roldán, el general francés, porque el vasco leonés Bernardo del Carpio le ofrece una opción más victoriosa; en segundo lugar, dejando de lado la valentía, le preocupa el aspecto amoroso de Roldán, pues su dama Angélica había dormido más de dos siestas con Medoro, un joven morillo.

Don Quijote se muestra incrédulo ante la posibilidad de mestizaje sanguíneo cuando se trata de su adorada Dulcinea:

“Pero yo como puedo imitarle en las locuras sino le imito en ocasión de ellas, porque mi Dulcinea del Toboso juro yo que no ha visto en su vida moro alguno”.

Al final Don Quijote opta por imitar a Amadís, y la ansidedad nacional y étnica da lugar a la religiosa. Es que si Don Quijote va a imitar a Amadis necesita un rosario y no lo tiene: para ello arma uno arrancando una parte de la camisa y en ella hizo once nudos para rezar a continuación rezar un millón de ave marías.

Para el lector moderno es difícil comprender la irreverencia de este acto, un pasaje que ofendió a las autoridades eclesiásticas y obligó al autor a censurarlo en la segunda edición de 1605. Basta observar que las faldas de la camisa que utiliza Don Quijote para crear su rosario son las que se utilizan para limpiarse el trasero después de hacer lo que Sancho llama eufemísticamente aguas mayores.
Para el lector moderno es difícil comprender la irreverencia de este acto, un pasaje que ofendió a las autoridades eclesiásticas y obligó al autor a censurarlo en la segunda edición de 1605. Basta observar que las faldas de la camisa que utiliza Don Quijote para crear su rosario son las que se utilizan para limpiarse el trasero después de hacer lo que Sancho llama eufemísticamente aguas mayores.

Luego Don Quijote decide grabar en la menuda arena y en la corteza de los árboles, variados versos que conforman el resto de sus quejas santas, que son bastante patéticas: sobre todo porque al final de cada copla agrega forzadamente un estribillo “del Toboso”. Además en la mitad de los versos, para afirmar el patetismo, se identifica con un jumento, es decir, de mala casta.

Luego el narrador se dirige al lector, para centrar la escena en Sancho. Siempre en un tono jocoso y anticuado. Esta familiaridad amistosa y de camaradería es otro aspecto que lo distingue de otros autores de la época.

Sancho llega a la venta de Maritornes, donde había ocurrido el manteamiento. Duda en entrar, pero preso de un ataque de hambre se acerca. Allí lo reconocen dos hombres. Vemos cómo Cervantes es un maestro del diálogo, identificado en este capítulo por la sutileza y la naturalidad de la entrevista entre dos personajes.

La habilidad del novelista está dada por darnos a conocer poco a poco los personajes quienes hablan. Uno pregunta si el que marcha es Sancho y el otro señala el caballo.

Primero el narrador nos informa que los dos hombres son el cura y el barbero, y alude a la inquisición cuando describe que fueron los que realizaron la inquisición de los libros.

El barbero reacciona como un detective, le comenta a Sancho que si no les dice dónde está Don Quijote, ellos pensarán que Sancho lo ha matado para robarlo.

Sancho, se rinde, “yo no robo ni mato a nadie” (un poco miente).

El cura pide por el libro de memorias y este demuestra que Don Quijote no se lo dio y el se olvidó de pedirlo.

¿Está loco o se hace? Sancho se maldice, sobre todo por la oportunidad de recuperar los tres pollinos, fuente de su riqueza: por cada asno gana 26 maraveis multiplicado ahora por tres.

El barbero le pide al escudero que le recite la carta, y este se hace el payaso, teatraliza. Al fina solo recuerda “Alta y sobajada” que es lo mismo que “maltratada”, en vez de “Alta y soberana”.

La reacción del cura y el barbero es increíble, Cervantes tambiñen disfruta de la reacción. Es como ver actores en acción. Se ríen de la mala memoria de Sancho. Le piden que recite dos veces más la carta, disfrutan de la teatralidad. La dijo tres veces y tres mil disparates.

Sancho, repite las promesas de Don Quijote: un imperio, una monarquía. Se le casaría con una doncella emperatriz. La locura de Don Quijote lleva tras sí el juicio de aquél pobre hombre.

El estilo del narrador indiercto libre facilita el humor. Sancho quiere saber cuáles son las dignidades de un obispo. El cura responde denunciando la corrupción de la iglesia: Rentas.

¿Es Don Quijote español, francés o vasco respecto de la batalla de Roncesvalles? ¿Es católico o hereje llorón? Lo nacional, religioso y étnico está en entredicho. Las mujeres se han masculinizado y los hombres, el cura, se ha feminizado. ¿Qué es este caos sexual?

Cap. 27

El capítulo 27 comienza de manera cómica y lasciva, pero termina de manera grave.

En la Sierra Morena, el cura fabrica su disfraz de mujer, con ropas de la ventera. Todo un conjunto de ropa que el narrador describe con detalle: fajas, corpiños, colores.

El rostro se cubre con un antifaz y se coloca en la mula “a mujeriegas”. El barbero se disfraza con barba, de cola de buey.

Como último toque a la escena, Maritornes prometió rezar un rosario, aunque pecadora, para que Dios diera buen suceso a la empresa, lo que no deja de ser una crítica humorística a la religión. El estilo indirecto libre, permite al autor confundir las ideas del narrador con las de Maritornes. Cervantes nos está señalando temas reformistas del cristianismo (lo mismo que el caso del rosario contaminado), de manera indirecta y libre. El decoro religioso se pone en tela de juicio.

A la salida de la venta, el cura cambia de opinión y pide que el barbero se disfrace como la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, para de esta manera profanar más ligeramente su dignidad. Sancho no puede contener la risa frente a la escena. Aquí la forma de la narrativa se entreteje con las discusiones entre realidad y apariencias.

Sancho les revela la historia de Cardenio, aunque encubre el hallazgo de la maleta y su contenido. Más que tonto, es codicioso.

El plan es convencer a Don Quijote para que salga de la Sierra Morena. Se lo explican a Sancho, pero no del todo, pues lo engañan diciéndole que así Don Quijote será más fácil emperador o monarca. Los tres llegan al lugar, y descubren el camino de ramas que lo guían hasta Don Quijote.

Mientras Sancho va por el Hidalgo. De repente, el cura y el barbero escucha una voz cantando versos, no rústicos sino cortesanos. Los temas de los versos son los celos, la locura pasional y falta de remedios.

Luego escuchan al músico desconocido cantar un soneto, cuya la lírica se centra en la santa amistad. El problema indica la solución, hay amistades verdaderas y falsas. El tema es que se confunden. El cantante pide que la confusión se arregle porque sino todo lo destruye.

El músico resulta ser Cardenio, a quien el cura le pide que deje tal miserable vida. El narrador nos informa que C. está en su entero juicio, fuera de locura.

El joven se ha dado cuenta de que sufre de algún problema psicológico. Dice que lo han intentado convencer de que salga de la Sierra, pero él insiste en que no le conviene una vida normal porque no está preparado para la vida en sociedad.

Se ha escondido tanto para huir de sí mismo como para evitar causar daño en uno de sus ataques nerviosos. La única manera de remediar la situación es contar su historia a quienes la quieran escuchar.

Aquí reanuda la historia justo donde la había dejado días atrás. Notemos otra vez la profunda influencia de Cervantes en Freud, pues C. sufre de algún desorden psicótico, desmayos con blancos en la memoria, e indica que el único remedio es contar su historia. Escenas que anticipan por 300 años la teoría como la practica psicoanalítica.

Cervantes desliza matices gramaticales: se vuelve barroco, Cardenio da por sabido que todos conocen parte de su historia. Agradece a dios que le envía emisarios para que pueda contar su historia. Es la figura sintáctica llamada zeugma: miembros unidos de una frase por elementos en común. Las palabras claves son vida, razón y cuento.

Cardenio le comenta a Fernando que sospechaba que su padre tal vez no deseara que se casara con Luscinda, y Fernando se ofrece a intermediar entre su padre y su amigo. Al narrar esto, Cardenio interrumpe su propia historia para enumerar una serie de traidores, de España, de la caballería y de la biblia, todos comparables a Catalina, Sila, Bellido, Julián y Judas. Incrédulo, ante Fernando, un caballero ilustre¡, le roba la única oveja que no poseía.

Fernando logra ausentar a Cardenio enviándolo a Córdoba para que pidiera unos dineros para pagar seis caballos que había concertado comprar. Cardenio se despide de Luscinda y le confiesa que todo se había arreglado gracias a la ayuda de Fernando. Pero de manera melodramática, la muchacha lo tomó mal, “se le llenaron los ojos de lágrimas y el nudo se le atravesó en la garganta”.

Se inserta en esta parte, un curioso término mercantil, Cardenio alaba la belleza y Luscinda le devolvió con recambio, con intereses.

Para aumentar el dramatismo, Cardenio cuenta que justo antes de salir, le tomó casi por fuerza una de sus bellas y blancas manos, por la estrechez de una baja reja. Algo muy erótico y sensual. Cartas, traiciones y encuentros románticos, y ahora Cervantes agrega otro género más: la novela sentimental.

Cuando Cardenio arribó a la casa de Fernando, el hermano de este lo obligó a esperar ocho días, pero al cuarto llega un hombre con una carta de Luscinda. El hombre se sintió obligado a hacer el viaje, no solo por el pago que le hace Luscinda sino porque conoce a Cardenio y por las lágrimas de aquella hermosa señora.

La carta es desesperante: el padre había permitido que Fernando se casara con su hija. Al fin Cardenio se da cuanta de lo que estaba pasando, no es la compra de caballos, sino una treta lo que había movido a Fernando a enviarlo a Córdoba.

Cardenio vuelve a su ciudad, oculto y de noche. Se acerca a la casa de Luscinda, se entrevistan y Cardenio toma en cuenta que Luscinda ha cambiado de opinión.

Cap. 28

El capítulo 28 encabeza la cuarta parte del final de la novela de 1605.

Empieza con una alabanza hilarante del ingenioso hidalgo, “felicísimo tiempo, audacísimo caballero”, una parodia de las novelas de caballería, con una dosis de crítica literaria sobre el contenido y forma de novela.
Empieza con una alabanza hilarante del ingenioso hidalgo, “felicísimo tiempo, audacísimo caballero”, una parodia de las novelas de caballería, con una dosis de crítica literaria sobre el contenido y forma de novela.

Prosigue con la misteriosa voz que ha interrumpido el intento del cura de consolar a Cardenio. Se trata de otra alma desdichada que se ha escondido en la Sierra Morena.

En esta última parte de la novela, Cervantes continúa con el juego de las apariencias, pues el cura, el barbero y Cardenio, buscaban al mozo dueños de las quejas, que resulta ser un mozo vestido como labrador que se está lavando los pies en el arroyo.

Notamos de inmediato algo raro cuando el narrador nos describe los pies de ese mozo, “…que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se encuentran.” Para la época barroca, esto es bastante erótico y no encaja con los hábitos del labrador.

Luego continúa con el resto de la descripción de la vestimenta del labrador, y en algún momento, después de secarse lo pies, el labrador levanta el rostro y todos ven un rostro de una hermosura incomparable. Cardenio comenta al cura, “…esta, ya que no es Luscinda no es persona humana”.

Cardenio comenta al cura, “esta, ya que no es Luscinda no es persona humana”.
Cardenio comenta al cura, “esta, ya que no es Luscinda no es persona humana”.
Por cierto, todo esto, hasta ahora es una elaboración moderna del mito de Diana y Acteón.
Por cierto, todo esto, hasta ahora es una elaboración moderna del mito de Diana y Acteón.

Lo que sigue es una parodia alucinógena de la Primavera de Boticelli:

“…el mozo se quita la montera y suelta unos cabellos tan largos y bellos que hubieran sido envidia del sol.”

En ese momento, todos se enteran que el labrador es una mujer, y lo más raro, es que sus cabellos le cubren todo el cuerpo salvo los pies.

Ahora los tres mirones sólo pueden ver las manos de la mujer, “…que parecen ser pedazos de apretada nieve que le sirven de peine”. Al salir los tres, la mujer se asusta, toma un bulto de ropa e intenta huir, se cae y eso le da al cura la oportunidad de calmarle,

“…deteneos señora, quien quiera que seas, que los que aquí ves, sólo tienen intención de serviros, no hay motivo para que os pongas en tan impertinente huida”.

Para una mujer, huir en esas circunstancias sería algo natural.

El cura vuelve a pedirle a otra persona más que le cuente sus desgracias, nuestro cura parece tener bastante experiencia con confesiones, porque, aunque al principio la moza está asustada, se tranquiliza y calzándose con toda tranquilidad y sentándose en una piedra comienza a contar su historia.

La moza dice que viene de un lugar de Andalucía, que la crítica supone que es Osuna, donde vive un duque que tiene dos hijos, el menor de los cuales es un traidor (como Bellido o Galalón).

La moza dice que viene de un lugar de Andalucía, que la crítica supone que es Osuna
La moza dice que viene de un lugar de Andalucía, que la crítica supone que es Osuna

La moza subraya que ella viene de una familia rica, pero sin título. Otra vez encontramos el contraste entre linaje y nobleza en el eje de una historia de amores, salvo que esta vez se presenta el tema de la razas de manera explícita: sus padres son labradores, gente llana:

“…sin mezcla de razas mal sonadas, cristianos viejos ranciosos, pero tan rico que sus riquezas y magníficos tratos les va poco a poco adquiriendo el nombre de hidalgos y aún de caballeros.”

O sea, una familia rica en ascenso a la categoría de noble.

Una familia rica en ascenso a la categoría de noble
Una familia rica en ascenso a la categoría de noble

También es interesante el que esta moza tiene talentos contables y administrativos en la hacienda de sus padres: mayordoma y señora de la casa, administra lo que se siembra y cosecha, lo mismo que los molinos, los ganados y colmenas. Una combinación de belleza e inteligencia, una combinación explosiva.

Es más, en su tiempo libre, es adepta a la rueca y al hilo, es decir, cose. Además, lee y toca el arpa: la música compone el alma.

Pero algo ominoso invade la narración: la moza vive encerrada y sólo sale de la casa para ir a misa acompañada de su madre y por los criados.

En esto la vio don Fernando, que es el nombre del hijo segundo del duque del lugar. Al escuchar el nombre, Cardenio se altera, casi a punto de enloquecer, pero permanece compuesto en sus cabales, ¿se habrá curado?

La labradora continúa con su historia: “por acabar presto, con el cuento que no le tiene con mis desdichas quiero…” En fin, Fernando se dedicó a seducirla, sobornando a la gente de la casa, incluso a otros miembros de su familia, envió cartas, contrató músicos para dar serenatas, y le habló de mil razones y ofrecimientos.

Aquí la labradora comenta que su honestidad le obligaba a resistir los embates de Fernando, aunque su feminidad le hace caer en la tentación. Es una cierta apertura a la psicología femenina:

“…me daba un no sé qué de contento en verme alabada, querida y estimada por un caballero”

y le pesaba ver en las cartas las palabras de seducción, porque

“…por fea que seamos las mujeres siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas”.
“…por fea que seamos las mujeres siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas”
“…por fea que seamos las mujeres siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas”

La postura de los padres de la labradora en todo esto es interesante. Decían que las desigualdades entre su hija y el hijo del duque, les daban a entender que las intenciones de Fernando eran falsas, y por eso ellos ofrecían casarla con otro de los principales del lugar. Con esto, la labradora fortificaba su entereza. Ahora la moza nos revela algo sobre la psi, masculina:

“…todos estos recatos míos, que él debía tener por desdén, debieron de ser causa de avivar más su lascivia.”

Cuando se entera Don Fernando de que los padres de Dorotea están a punto de darle estado a su hija de alguna manera, el noble logró penetrar en la casa de la labradora. Leemos toda una sección de Don Quijote que se consideraba tan erótica y excitante en su época, que fue expurgada por la inquisición portuguesa en 1624.

“Fue que una noche que estando yo en mi aposento con una doncella que me servía… Fernando ingresa y la toma por la fuerza”
“Fue que una noche que estando yo en mi aposento con una doncella que me servía… Fernando ingresa y la toma por la fuerza”

Cuenta la moza que no tuvo fuerzas para defenderse, y así Fernando la tomó entre sus brazos y le declaró su amor. Hay aquí un curioso toque mercantil:

“…hacía que el traidor sus lágrimas acreditasen sus palabras”

La labradora, se recobró y le enseña cómo son las cosas, es una reprimenda moral, muy fuerte e importante: tu vasalla soy, pero no tu esclava. Ni tienen ni debe tener imperio tu sangre para la humillada mía.

Concluye la plática diciendo al hijo del duque que nada va a pasar si no están legítimamente casados.

La reacción de Fernando es dar la mano y señala una imagen de la Virgen María, lo que se consideraba una manera válida de casarse en secreto, práctica que el Concilio de Trento finalmente prohibió.

Cardenio interrumpe y dice que ha oído hablar de una Dorotea (Cardenio sabe como termina esta historia)

Dorotea le comenta a Fernando que su padre, el duque, se enojaría al saber que se había casado con una villana.

La lógica de Dorotea es sutil y razonable: sabe que Fernando le permitirá ascender socialmente, de “humilde a grande estado”.

Sabe, además, que no logrará persuadirlo y que, si se niega, Fernando la poseerá a la fuerza. En secreto se casan bajo la imagen de la Virgen y con una doncella como testigo. Cuando la doncella se retira, en complicidad con Fernando, este posee por la fuerza a Dorotea, quien queda tan confusa que no sabe si la doncella ha hecho bien o mal.

Fernando escapa al amanecer. Por unos días, su marido no aparece por la casa, Dorotea lo solicitaba, pero no respondía. Al final, le llegan noticias de que Fernando se había casado en otra ciudad con una doncella que se llamaba Luscinda.

Dorotea sale en busca de Fernando, acompañada de un zagal (un criado de su padre), y sin dar cuenta a la traidora doncella, salió de la casa. Llegó a la ciudad de Luscinda y se entera de los detalles de la boda fracasada: la carta que poseía Luscinda cuando se desmaya en la boda, en la que decía que no podía casarse con Fernando porque ya se había casos con Cardenio.

Al final Fernando había arremetido contra Luscinda con la misma daga que la novia ocultó entre sus ropas para suicidarse, intentó apuñalarla, pero sus padres lo impidieron.

También cuenta que Cardenio había dejado una carta en la que comenta que el agravio que Luscinda le había hecho lo obligaba a huir donde la gente no lo viese.

Dorotea se siente aliviada porque no estaba cerrada del todo la puerta a su remedio, dado que aún Fernando era su esposo y no llegó a casarse con Luscinda.

Más tarde, llegan a la ciudad noticias de que la buscaban a Dorotea, con la sospecha de que el mozo zagal que la acompañaba la había raptado. El joven titubea de su fidelidad, y quiso aprovecharse de la ocasión. Le propuso amor, y ante el rechazo de la labradora, utilizó la fuerza. Dorotea lo empuja por un precipicio, a donde lo dejó, no sabe si vivo o muerto.

Dorotea vaga por la sierra y se encuentra a un ganadero, al cual sirve como zagal, pero cuando el ganadero se entera de que Dorotea no era varón, también quiso aprovecharse de ella sexualmente.

La historia de Dorotea es oscura y realista, distinta de la de Grisóstomo y sus mancebos, ilustres labradores, que salieron la campo para lamentar los rechazos de Marcela. ¿Habrá matado Dorotea al zagal? ¿Habrá en el fondo del precipicio un cadáver que todavía queda por descubrir?

Cap. 29

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

En el capítulo 29, la joven Dorotea pide concejos para encontrar un escondite donde pasar el resto de sus días, sin ser la vergüenza de sus padres.

Cardenio la reconoce como la hija del rico Clenardo, él se identifica como el joven protagonista de la historia recién contada, y le declara su intención de restituir su honra, incluso si tiene que retar a duela a Fernando.

Dorotea quiere besar los pies a Cardenio y el cura recomienda que vuelvan a su aldea y les cuenta el extraño caso de Don Quijote. Cardenio recuerda su pendencia, como en un sueño, aunque no recuerda porqué se peleó. Cada vez es más claro por qué Freud era un buen lector de Don Quijote.

Aparece Sancho, que acaba de encontrar a Don Quijote flaco, amarillo, muerto de hambre, y sin terminar de suspirar por su señora Dulcinea. Para colmo de males, el hidalgo no quiere dejar su penitencia.

Es fácil entender el estilo indirecto libre en un segundo grado, porque leemos a Sancho imitando la voz de su amo. Aquí la forma y contenido del texto armonizan.

El problema es cómo sacarlo de la Sierra. La solución, remedio, cura o medicina está a mano. Dorotea se ofrece a ser la doncella menesterosa, porque conoce el estilo de las novelas de caballerías y tiene el vestido para hacerlo al natural.

El narrador nos deja en detalle los textiles y joyas de Dorotea: una telilla rica, una mentellina de vistosa tela verde, y de una cajita sacó un collar y otras cosas, que una grande y señora rica parecía.
El narrador nos deja en detalle los textiles y joyas de Dorotea: una telilla rica, una mentellina de vistosa tela verde, y de una cajita sacó un collar y otras cosas, que una grande y señora rica parecía.

El cura observa la buena suerte de todos: a vosotros se les abre la puerta para vuestros remedios, y a nosotros se nos abre la que necesitamos para nuestro menester. Hay una lección moral en la ayuda recíproca, en el beneficio que surge en el intercambio de satisfacer las necesidades naturales.

Sancho queda atónito frente a Dorotea, porque no la conocía como los otros tres personajes. El cura comienza a tejer la narrativa caballeresca para sacar a Don Quijote de la Sierra.

La narrativa toma un tono internacional, pues si antes nos situamos en Andalucía, y la Sierra Morena, de repente contemplamos el mapa del océano Atlántico, desde el África ecuatorial y los puertos de la península ibérica.
La narrativa toma un tono internacional, pues si antes nos situamos en Andalucía, y la Sierra Morena, de repente contemplamos el mapa del océano Atlántico, desde el África ecuatorial y los puertos de la península ibérica.

Transitamos en el capítulo 29 de la primera parte, de los problemas de estados sociales, como los hidalgos, caballeros y labradores, a los problemas de los estados modernos, naciones, pueblos y reinos unificados. Con el establecimiento de las encomiendas en el nuevo mundo y la anexión del reino de Portugal por Felipe II en 1580, España se veía hacia finales del siglo XVI cada vez más involucrada en el fomento internacional de esclavos negros.

Los lectores de 1605 hubieran reconocido en la historia que inventa el cura una reflexión cómica y seria acerca de las implicaciones morales de la trata y comercio de esclavos.

Según el cura, la tan fermosa señora es la heredera por línea recta de varón del nuevo reino de Micomicón (de Mico = mono y Micón = cómico). Un gigante la ha agraviado y ha venido de Guinea en busca de Don Quijote para que le ayude a rectificarlo.

Alcalá es la tierra de Cervantes, Úbeda es el lugar donde murió San Juan de la Cruz (opuesto al intervencionismo de España) en África y Valladolid es el lugar donde se celebró el debate entre Las Casas y Sepúlveda sobre la justificación, o no, de la esclavitud.
Alcalá es la tierra de Cervantes, Úbeda es el lugar donde murió San Juan de la Cruz (opuesto al intervencionismo de España) en África y Valladolid es el lugar donde se celebró el debate entre Las Casas y Sepúlveda sobre la justificación, o no, de la esclavitud.

Sancho se entusiasma con la ínsula y le pide que lo case a Don Quijote con la princesa. Luego, cuando Sancho se entera que la princesa se llama Micomicona, dice que le parece natural, porque conoce a muchos que toman apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, Pedro de Alcalá, Juan de Úbeda o Diego de Valladolid.

Sancho negrero

Volviendo a la princesa Micomicona, de Guinea, o de Etiopía -según Sancho.

El escudero guía a los personajes que montarán el número frente a Don Quijote y lo que sigue es una hilarante actuación de Dorotea en la cual implora al hidalgo loco que la siga para darle su merecido a un traidor que le tiene usurpado su reino.

Si consideramos la magnitud que tuvieron en América los conquistadores españoles, es difícil no pensar en cierta ironía aquí, como si Micomicona exigiera que Don Quijote se enfrentara a las tendencias imperialistas de España.

En mitad de todo, vuelve el problema del asno de Sancho.

Es fácil convencer a Don Quijote de abandonar ahora la Sierra, y el único que va a pie es Sancho. Lleva la caminata con gustos, pero no sin titubear un rato.

Cervantes presenta aquí un retrato ominoso de Sancho como negrero: sólo le daba pesadumbre pensar que aquel reino era de negros y que sus vasallos serían todos negros, a lo cual luego, en su imaginación, entendió que los podría traer a España donde los podrá vender y los pagarán de contado. Y que por negros que sean, los ha de volver blancos y amarillos (en alusión a las monedas de plata y oro).

Cervantes era consciente de la ley de Gresham, según la cual el dinero malo (cobre) sustituye a las monedas buenas, de plata y oro (blancas y amarillas).

Se discuten aquí dos de las cuestiones morales de la época, la esclavitud y la adulteración dineraria, es otra indicación de que Cervantes estaba al tanto de las leyes y derechos naturales en que se fundamenta la filosofía neo aristotélica de la universidad de Salamanca.

Lo que sigue es una comedia física a lo Chaplin o Buster Keaton. En primer lugar, hay una serie de problemas con la apariencia física de Cardenio o el Barbero, a los cuales hay que transformar para que Don Quijote no los reconozca.

De hecho, Cardenio quedó tan otro, que él mismo no se conociera aunque a un espejo se mirar.

Como buenos viajeros, simulan y planifican la ruta a emprender, y deciden pasar por la aldea del cura para posteriormente ir a Alicante y luego embarcar al Mar Negro. Que confusión, Micomicómica no está en África sino en el imperio Otomano.
Como buenos viajeros, simulan y planifican la ruta a emprender, y deciden pasar por la aldea del cura para posteriormente ir a Alicante y luego embarcar al Mar Negro. Que confusión, Micomicómica no está en África sino en el imperio Otomano.

El cura, además, inventa una historia que alude al colonialismo español, porque tiene que recoger en Sevilla una pequeña fortuna de 60 mil pesos ensayados enviados desde las indias americanas.

Por último, Cardenio según el cura se ha transformado luego de ser asaltado por unos saltadores, que eran los galeotes liberados por un hombre sin alma ni conciencia que liberó al lobo entre ovejas. Aquí Don Quijote siente una profunda vergüenza.

Cap. 30

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

En el capítulo 30, la novela se caracteriza por un tono cómico y ridículo y se refiere a eventos, lugares y personajes fantásticos. Además, hay un montón de personajes presentes y muchos hilos narrativos e historias entre varios de ellos y todos parecen quedarse sin atar. Pero cuidado, este caos o entropía narrativa, puede ser una serie de pistas falsas.

Si el lector se detiene a contemplar los detalles de la historia de la princesa Micomicona (quien narra la historia de su reino y como ha llegado a Don Quijote, la cual tal vez no sea otra cosa que una versión sublimada de su propia experiencia con Fernando -otra vez, encontramos muchos paralelos con la teoría freudiana), se pueden entrever muchas conexiones con la historia de Dorotea.

También se puede ver una formulación de cargos contra el expansionismo español. Como si el imperialismo de los Habsburgo fuese otro más fantasía caballeresca o, peor aún, como si fueran los españoles los monstruos de esas fantasías.

Es decir, si por la fuerza de su brazo, Don Quijote les lleva la libertad a los ciudadanos de Micomicon, solo para que luego Sancho los esclavice para volverse rico, es muy contradictorio, ¿no?

Cap. 31

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 31 retoma el diálogo entre Quijote y Sancho sobre la fallida embajada del escudero a Dulcinea. Cervantes, respecto de la mujer ideal, enfatiza el contraste entre el realismo preciso de Sancho y la fantasía del Hidalgo.

En este capítulo se repiten las referencias en las que se contrastan los ideales de pureza (trabajos, trigos –candeal, trechel o rubión-), y la dura y llana realidad de la campesina.
En este capítulo se repiten las referencias en las que se contrastan los ideales de pureza (trabajos, trigos –candeal, trechel o rubión-), y la dura y llana realidad de la campesina.

Cuando Sancho reporta la penitencia que realiza el Hidalgo en la Sierra, notamos que el escudero, como si no quisiera recordar lo que había visto, confunde las partes desnudas de su amo: desnudo de la cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo en el suelo, sin comer pan a manteles, ni sin peinarse la barba, llorando y maldiciendo su fortuna.

Sancho resalta el oficio de labradora de la joven Aldonza, y comenta no que ha sentido los dulces y finos olores que imagina su amo, sino que había sentido un olorcillo algo hombruno, debido al mucho ejercicio, y que estaba sudada y correosa.

Don Quijote orientaliza los rasgos de su amada, aludiendo a los olores de Arabia, representándola como si fuera Zulemita del Cantar de los cantares: yo sé bien a que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído.

Finalmente, pregunta qué hizo su amada con la carta. Según el escudero, Dulcinea la destruyó de manera simbólica, porque no sabía leer y escribir, la rompió en menudas piezas porque no quería que otros la leyeran.

Sancho también reporta que a Dulcinea la había ido a visitar el vizcaíno, pero que no había tenido noticias de los galeotes.

Don Quijote quiere, finalmente, saber si Dulcinea había enviado algún regalo, una rica joya, en reconocimiento a las acciones, y Sancho responde que sólo ha enviado algo ridículo, pues le ha obsequiado queso y pan.

Súbitamente, Don Quijote duda del cumplimiento de la embajada, dado que no encuentra relación entre el tiempo y la distancia recorrida. La respuesta está en la fantasía de un sabio amigo que lo haya transportado volando.

En el capítulo 31, satisfecho el Hidalgo con la explicación de su escudero de la embajada frente a Dulcinea, ahora Don Quijote titubea entre ir a visitar a Dulcinea o, tal vez, cumplir con la prometida empresa de liberar el reino de Micomicón.

Resuelve lo segundo de la manera más eficaz y rápida posible: pienso llegar presto donde está el gigante y coartarle la cabeza y colocar a la princesa nuevamente en el trono. Retengamos el lenguaje comercial empleado en esta aventura: empresa, negocio y adahala (propina).

Por otra parte, Sancho la fantasía esclavista continúa en alza, y reclama que su señor se case con la princesa para él poder tener un reino tan grande como los reinos de Castilla juntos (aludiendo a la unión dinástica de Castilla y Portugal).

Incluso Sancho reclama una parte del reino ligada a la marina, donde pueda embarcar a sus negros y venderlos, “como ya he dicho” (capítulo 30).

Luego Cervantes abre un diálogo entre el Hidalgo y su escudero acerca del amor platónico o amor cortés: Don Quijote explica que los caballeros sirven a sus damas sin esperar o tras premios que la aceptación en sí. Sancho agrega un toque humanista y teológico: se debe amar a nuestro señor por si sólo, sin que nos mueva esperanza de gloria, Don Quijote queda atónito y dice “parece que has estudiado”

Luego aparece caminando un muchacho, que resulta ser Andrés. Cervantes deja que Don Quijote narre el episodio del capítulo 4, glorificándose. Según esta narración, Don Quijote ha resuelto todos los problemas.

Pero Andrés desengaña a Don Quijote y a todo el auditorio, el fin del negocio sucedió al revés de lo que imaginan, el mozo fue despellejado como un San Bartolomé. Ahora no podemos separar la piel abusada de Andrés de las pieles potencialmente abusadas por Sancho como negrero de Micomicón.

Observemos que la reacción de Don Quijote es ir en busca de Aldudo, porque así se lo había prometido a Andrés en caso de que el patrón no cumpliera su promesa, y lo buscaría así se esconda en el vientre de la ballena (alusión a la ballena de Jonás, en combinación con las cuestiones de la raza y la caridad cristiana, sugiere una juicio moral de Felipe II en del cuadro del Greco: el color de la piel del prójimo no justifica su victimización).

Andrés dice que va a Sevilla y Sancho le ofrece, caritativamente, pan y queso, porque como escudero siente empatía porque él también ha sido castigado. Andrés se marcha, pero pide a Don Quijote que no lo ayude más y pide por la desaparición de la caballería andante.

Cap. 32

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 32 consiste en reflexiones metaliterarias, es decir, comentarios sobre las funciones y definiciones de la literatura en sí. La idea aquí es resumir los propósitos morales y estéticos de la novela que estamos leyendo y así prepararnos para La novela del curioso impertinente.

El repaso teórico empieza con una breve reiteración de la ética burguesa seguida por una ráfaga de bromas eróticas. La caravana que acompaña a Don Quijote llega a la venta del manteamiento a Sancho.
El repaso teórico empieza con una breve reiteración de la ética burguesa seguida por una ráfaga de bromas eróticas. La caravana que acompaña a Don Quijote llega a la venta del manteamiento a Sancho.

El primer gesto del caballero andante es decirle al ventero que le prepare, “aderezasen”, un mejor lecho que la vez pasada, a lo que la ventera responde que, “si está dispuesto a pagarlo”, así lo hará. El hecho de que Don Quijote reconozca que tiene que pagar su estancia es una transformación importante en la psicología del Hidalgo.

Luego el cura amplía este contrato al resto de los integrantes de la comitiva, al pedir a la ventera que le aderezasen de comer lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor paga, “con diligencia les aderezó una razonable comida”.

Cervantes nos da un fascinante panorama de las prácticas de lectura de la literatura a comienzos del siglo XVII. Quizás el detalle más raro sea el hecho de que el ventero y Don Quijote compartan los mismos gustos novelísticos: por ejemplo, cuando el cura anuncia que la lectura de los libros de caballería ha secado vuelto loco a Don Quijote, el ventero los reivindica.

Agrega que durante la cosecha se juntan muchos segadores en la venta, y que alguien siempre lee en voz alta una de esas novelas. Aquí se desata una serie de observaciones de parte de la familia del ventero, que se remonta a la República de Platón, sobre el valor moral de la ficción.

Primero el ventero admite que las novelas tienen un efecto fuerte sobre él, cuando escucha de los furibundos golpes de los caballeros, le toman ganas de hacer su parte. Esto nos debería recordar el debate contemporáneo sobre la violencia, el consumo del arte con contenido violento como los videos juegos y las películas de acción.

A su vez, la ventera comenta que le encantan esas novelas, precisamente, porque a su esposo le vuelven manso. “Nunca tengo buen rato en caso en que vos estás escuchando leer”.

Luego Maritornes dice que le encantan esas novelas también, y le cura le pide la opinión a la hija del ventero, quien dice que las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras, le hacen llorar de compasión.

La pregunta de Dorotea va directo a la cuestión de si la literatura promueve el sexo ilícito en las lectoras: ¿es el arte capaz de promover la violencia y las relaciones ilícitas?

En este intercambio, se indica que las novelas de caballería funcionaban como épicas violentas para los lectores masculinos, y melodramas amorosos para las lectoras femeninas.

El ventero saca una maletilla vieja cerrada con una cadenilla, que contiene un par de libro de caballerías y un libro histórico que exageraba las aventuras de los héroes militares de las campañas españolas en la Italia a principios del siglo XV, la historia del Gran capitán Gonzalo Hernández de Córdoba con la vida de Diego García de Paredes. El cura y el barbero hablan de quemarlos, sin embargo, el ventero objeta la idea, agrega un detalle importante: ¿por ventura, acaso mis libros son herejes? si tienen que quemar alguno, que sea el de ese gran Capitán Diego García. La defensa que monta el cura a favor del libro histórico, nos hace recordar a las hazañas de Don Quijote, Diego García de Paredes poseía una fuerza sobrehumana.

Irónicamente, Diego García de Paredes murió cuando cayó de su caballo durante la coronación del emperador Carlos V en Bologna.
Irónicamente, Diego García de Paredes murió cuando cayó de su caballo durante la coronación del emperador Carlos V en Bologna.

Se han propuesto varias figuras históricas, como San Ignacio de Loyola, como modelos para Don Quijote, pero es Diego García de Paredes quien posee rasgos épicos y trágicos, alguien que sublima, a la vez, el ascenso y caída del sueño imperial español.

El ventero defiende las aventuras fantásticas leídas en las novelas de caballería. Dorotea reacciona y observa que el ventero podría hacer la segunda parte de Don Quijote. Se ha interpretado esto como si el ventero pudiera representar el segundo papel de una obra teatral, o cantar en armonía con Don Quijote, pero es curioso notar que la historia que relata el ventero, adelanta el episodio de la cueva de Montesinos, en el corazón de la segunda parte de la novela de 1615. ¿Podría ser que Cervantes ya tuviera en mente en 1605 escribir la segunda parte de Don Quijote?

En su defensa, el ventero alude a otra novela de Cervantes, “El coloquio de los perros”, como a cierto estudio matemático, como incluso al tema de la raza. A continuación, es hilarante la alusión del ventero a la censura selectiva de la época, como la entendían los humanistas: el reclutamiento militar acentuaba la diseminación de los libros de caballerías. ¿Cómo puede ser que estos libros, si hablan de disparates, están impresos con permiso del Concejo Real? La discusión entre el ventero y el cura llega a su clímax cuando el licenciado afirma que son falsas las novelas de caballerías, que sólo son un tipo de pasatiempos, para quienes no deben ni tienen que trabajar. Se alude aquí, a la casta de los Hidalgos ociosos, como el propio Don Quijote. Notemos, que estamos delante de las ideas de Platón, del arte como forma de corrupción de los ciudadanos. Quizás la moraleja del enfrentamiento entre el cura y el ventero, es que a través del diálogo es posible aceptar la existencia de más de un solo punto de vista.

Queda una sola pregunta ¿De quién podría ser la maleta, Cardenio, Ginés de Pasamonte, uno de los escoltas de los galeotes, un segador anónimo de Andalucía, cierto soldado escritor vuelto de las campañas militares en Italia? ¿Todos, o ninguno de ellos?

Cap. 33

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

Los capítulos 33 a 35, significan un profundo cambio en el estilo de la narrativa de Cervantes. Ya nos lo anunció antes, las historias de Dorotea y Cardenio son muy parecidas a las que aquí se narran.

Sin embargo, ahora viene el género literario al que Cervantes denominaría “la novela ejemplar”, en la que se manifiesta una lección moral de carácter ejemplar, aunque no sin ciertos condimentos escandalosos.

También se ha llamado a este género, la novela urbana del barroco. Lo importante es apreciar que Cervantes es un maestro en todo tipo de géneros literarios, como ya lo hemos visto en su trabajo con la novela pastoril, al manifestar su esencia en el relato de Grisóstomo y Marcela, la caballeresca en las fantasías de la historia de Don Quijote, la sentimental en la historia de Cardenio, la bizantina en la novela de Dorotea, y la parodia de todas que se encuentra en los múltiples ecos del antisentimentalismo de La Celestina.

Hemos leído la picaresca en los episodios de Maritornes y Ginés de Pasamonte, todo contrapuesto a los sentimientos épicos del Cid y a las numerosas referencias a Homero, Virgilio y Dante.

Ahora confrontamos el melodrama puro, esencialmente basado en un triángulo amoroso que incluye notas de misterio, psicopatología, traición y venganza.

La novela del Curioso Impertinente, sostiene un dinamismo único en El Quijote, que nos permite ver que Cervantes sí es capaz de suspender los juegos literarios y el humor y narrar de manera tradicional mejor que nadie, del mismo modo que The Beatles y Led Zappelin pueden suspender la innovación para sumergirse en la canción popular y pegadiza.

La novela se desarrolla en Florencia, ciudad en la que se originó el Renacimiento europeo al redescubrir la cultura clásica para luego diseminarse por toda Europa occidental. No olvidemos los contactos íntimos y políticos entre Florencia y Toledo, entre los Habsburgo y los Medici.

La trama deriva de un cuento tradicional pero también refleja el canto 43 de Orlando Furioso, de Ariosto.

Hay que admitir la presencia de un componente freudiano, incluso quizás hegeliano en esta tragedia psicosexual, como si se representara en la caída de los personajes, la esencia irremediablemente conflictiva de los seres humanos.

Así se establece al principio casi una perfecta armonía entre los protagonistas. Todos conocen a Anselmo y Lotario por excelencia y antonomasia, según el lema de los dos amigos: porque andaban tan a una sus voluntades que no había concertado reloj que así lo anduviese.

Las únicas diferencias son que Anselmo era algo más inclinado a los pasatiempos amorosos que Lotario.

Anselmo se enamoró perdidamente de Camila, cuyo nombre alude a la heroína itálica de la Eneida de Virgilio. Lotario llevó la embajada, lo que nos recuerda el papel sospechoso de Fernando ante Cardenio.

Anselmo y Camila se casaron, entonces Lotario decidió no frecuentar la casa de su amigo con fin de preservar la honra de la pareja. Anselmo se mostró molesto e insistió que Lotario continuara con sus visitas, asegurándole que su esposa Camila, no tenía otro gusto ni otra voluntad que la que él tuviese.

Dada la centralidad de las voluntades de mujeres como Marcela, Torralba, Luscinda, Dorotea, Aldonza Lorenzo, entre otras, esa afirmación de Anselmo es temática y ominosa.

Lotario le puso excusas, diciendo que cada marido debía tener un amigo que le advirtiese de los descuidos personales, pero Anselmo no quiso hacerle caso.

Aquí hay una sofisticada intervención del narrador, quien esgrime a la vez en primera persona y en estilo indirecto libre, “…pero dónde hallará amigo tan discreto y tan leal y verdadero como aquí Lotario le pide”.

Anselmo le confiesa a Lotario que siente una gran ansiedad, un gran deseo que lo angustia, “…el deseo que me fatiga es pensar si Camila me es tan buena y perfecta como yo pienso, y no es probándola como que la prueba manifieste los kilates de su bondad como el fuego muestra los del oro”.

Para Anselmo, la buena reputación de Camila no lo era lo suficiente si antes alguien no la tentara lo suficiente, y le tocaría a Lotario entrar en esta amorosa batalla.

Luego viene una larga protesta de Lotario, una concatenación retórica de la época, que refleja los debates acerca de la naturaleza de conceptos como la amistad o la fidelidad, a fin de perfeccionar los talentos oratorios legalistas de los estudiantes.

Lotario ofrece una gran variedad de argumentos clásicos, lógicos y morales. Incluye ejemplos de la biblia, de la naturaleza, de la poesía e incluso de la vida militar.

Luego acusa a Anselmo de actuar como los moros, que no son capaces de aceptar la tercera sentencia común de Euclides, “si de dos partes iguales, quitamos partes iguales, las que quedan, también son iguales”.

Apóstrofe al lector que Cervantes utiliza para describir una situación opuesta a la que anticipaba el seductor: «Viose Lotario puesto en la estacada que su amigo deseaba, y con el enemigo delante, que pudiera vencer con sola su hermosura a un escuadrón de caballeros armados: mirad si era razón que le temiera Lotario». Pero Lotario no hizo nada: «lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y la mano abierta en la mejilla». Miente a su amigo, diciéndole que está intentando seducir a Camila, así como lo haría el «ángel de luz, siéndolo él de tinieblas, y, poniéndole delante apariencias buenas»; mientras que en realidad pasa con ella todo el tiempo sin dirigirle la palabra. Cuando Lotario le reporta que Camila resiste sus conquistas, Anselmo redobla la apuesta, dándole cuatro mil escudos de oro para que compre «joyas con que cebarla». Quisiera hacer una pausa aquí para notar que en términos financieros, esos cuatro mil escudos son equivalentes a ciento sesenta años del salario de Sancho Panza. Evidentemente nuestros personajes florentinos son de la aristocracia más tradicional. Bien, un día Anselmo se encierra en un aposento mirando «por los agujeros de la cerradura». Se entera de que todo ha sido «ficción y mentira» y confronta a su amigo. Aquí tenemos todo un párrafo de apóstrofe del narrador, esta vez dirigido a Anselmo mismo: «¡Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo!». Es ominoso y termina con un poema indicando que se le va a negar al protagonista lo que busca. Lotario se rinde y le dice a su amigo que lo intentará otra vez. Anselmo logra ausentarse y esta vez, con las nuevas insistencias de su amigo y la curiosa ausencia de la criada, Leonela, Lotario «tenía lugar de contemplar parte por parte todos los estremos de bondad y de hermosura que Camila tenía, bastantes a enamorar una estatua de mármol, no que un corazón de carne». Aunque quiere ser buen cristiano y fiel a su amigo (y ya podemos dudar si el narrador es del todo fidedigno), al final la hermosura y la bondad de Camila «dieron con la lealtad de Lotario en tierra» y éste empieza a expresarle su amor a la esposa de su amigo. “al final la hermosura y la bondad de Camila «dieron con la lealtad de Lotario en tierra» y éste empieza a expresarle su amor a la esposa de su amigo”

Cap. 34

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo treinta y cuatro empieza con un «billete», o misiva, escrito por Camila a Anselmo, en el cual se destaca de nuevo la retórica militar: «Así como suele decirse que parece mal el ejército sin su general y el castillo sin su castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y moza sin su marido». Es decir, al final Lotario ha empezado a trabajar en serio.

Camila dice que quiere ir a casa de sus padres, pero Anselmo se lo prohíbe y la deja confundida: «en la quedada corría peligro su honestidad, y en la ida, iba contra el mandamiento de su esposo».

Eventualmente, empieza a «titubear la firmeza de Camila» y «las lágrimas y las razones de Lotario» despiertan «alguna amorosa compasión». Sigue la retórica militar: Lotario determinó «apretar el cerco a aquella fortaleza» y según el narrador «no hay cosa que más presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la adulación».

En fin, un contundente “quiasmo”, una figura poética que toma la forma de una ‘X’ sintáctica, subraya la conclusión inevitable: «Rindióse Camila, Camila se rindió…».

Aquí la voz narrativa moralizante interviene de nuevo, mucho antes de que se haya terminado la historia: «Ejemplo claro que nos muestra que solo se vence la pasión amorosa con huilla y que nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas humanas».

Esta vez, cuando Anselmo requiere otro reporte, la historia toma un giro barroco. Es decir, el primer reporte, inicialmente verdadero sirve ahora para que Lotario engañe a su amigo: «tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire».

A la vez, y de manera curiosa, la retórica militar se vuelve decididamente marítima: «a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de nuevo en el profundo piélago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navío que el cielo te dio».

Ahora bien, Anselmo quiere poner fin al juego. Para eso, le pide a Lotario que finja estar enamorado de una joven florentina y que le escriba versos. Esa joven en realidad no existe, pero para que sea creíble para Camila, Anselmo le inventa el pseudónimo de Clori.

Lotario le avisa a Camila que los versos en realidad son para alabarla a ella, quien, según el narrador, «a no estar avisada… ella sin duda cayera en la desesperada red de los celos».

El soneto es una maravilla, como una canción lenta perfecta que toda buena banda de rock tiene y, paradójicamente, parece ser el más fácil de entender en toda la novela. Cada estrofa representa uno de los cuatro puntos principales que ocupa el sol en el cielo a lo largo del día y en cada momento el poeta se queja del amor que tiene por Clori.

Es interesante que la única dirección cardinal sea el oriente y es de notar el juego típico que realiza Cervantes con los sentidos mercantil, religioso y narrativo de las palabras “cuenta” y “cuento”: el poeta da «la pobre cuenta de mis ricos males» al cielo y hacia el final dice, «doblo los gemidos. / Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento».

Quizás lo más interesante de esta escena sea el coqueteo secreto que realiza Camila delante de las narices de Anselmo: «¿todo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?». Lotario responde: «En cuanto poetas, no la dicen… más en cuanto enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos».

Camila le pide otro soneto y éste vuelve al tema marítimo, lamentando la desventura del poeta cuyo amor no era correspondido como si fuese un marinero perdido: «¡Ay de aquel que navega, el cielo escuro, / por mar no usado y peligrosa vía, / adonde el norte o puerto no se ofrece!».

El narrador subraya otra vez la dinámica irónica del triángulo amoroso: «alabó este segundo soneto Anselmo como había hecho el primero, y de esta manera iba añadiendo eslabón a eslabón a la cadena con que se enlazaba y trababa su deshonra, pues cuando más Lotario le deshonraba, entonces le decía que estaba más honrado; y con esto todos los escalones que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los subía, en la opinión de su marido, hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama».

En este momento es cuando entra en la trama de la narración Leonela, la criada a quien Camila confiesa todo. Fijémonos primero en la retórica según la cual Camila transforma su dilema en cuestión de valores y estimaciones: «Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cuán poco he sabido estimarme, pues siquiera no hice que con el tiempo comprar Lotario la entera posesión que le di tan presto de mi voluntad».

Leonela apoya a su señora, diciéndole que el amor es variable e imposible de controlar, añadiendo que «algún día te lo diré señora, que yo también soy de carne, y de sangre de moza» y asegurándole «que Lotario te estima como tú le estimas a él».

Luego le dice «todo un abecé entero», alabando a Lotario como «agradecido, bueno, caballero», etc. Notemos que, según Leonela, «La x no le cuadra, porque es letra áspera».

Todo eso le tranquiliza a Camila hasta que Leonela le informa que ella también se ha metido en una aventura amorosa «con un mancebo bien nacido, de la mesma ciudad; de lo cual se turbó Camila, temiendo que era aquel camino por donde su honra podía correr riesgo».

El problema es que Camila, habiéndole confesado todo a su criada, ya no puede controlarla, o como lo dice el narrador: «Que este daño acarrean, entre otros, los pecados de las señoras: que se hacen esclavas de sus mesmas criadas».

Con esas confesiones surge la crisis principal. Leonela deja que su galán la visite en un aposento de la casa de Anselmo y Camila se encuentra forzada a facilitar el encuentro: «quitábale todos los estorbos, para que no fuese visto de su marido».

Pero irónicamente la crisis viene de Lotario, y la descripción que da Cervantes de la psicopatología de los celos es otra maravilla. Resulta que Camila no pudo quitar los estorbos al amante de Leonela suficientemente bien para «que Lotario no le viese una vez salir al romper del alba; el cual, sin conocer quién era, pensó primero que debía de ser alguna fantasma, más cuando le vio caminar, embozarse y encubrirse con cuidado y recato, cayó de su simple pensamiento y dio en otro, que fuera la perdición de todos si Camila no lo remediara.

Pensó Lotario que aquel hombre que había visto salir tan a deshonra de casa de Anselmo no había entrado en ella por Leonela, ni aun se acordó si Leonela era en el mundo: solo creyó que Camila, de la misma manera que había sido fácil y ligera con él, lo era para otro».

Lotario se vuelve «ciego de la celosa rabia» y prepara su venganza, informándole a Anselmo que al final Camila sí se ha rendido y que la siguiente vez que Anselmo se ausente los dos tienen una cita.

Lotario le dice que finja que se va por unos días y que luego se quede escondido detrás de unos tapices en la recámara donde los amantes se van a reunir (recordemos lo que hizo Cardenio en la boda de Luscinda y Fernando).

Pero poco después Camila le revela a Lotario todo el problema que tiene con Leonela. Al principio Lotario cree que miente, pero cuando la ve llorar, se convence de que la joven dice la verdad.

Luego le confiesa lo que «instigado de la furiosa rabia de los celos» le ha dicho a Anselmo y le pide consejo para poder «salir bien de tan revuelto laberinto».

Hablando de laberintos: a ver, las lágrimas de don Fernando resultaron falsas, pero las de San Pedro eran verdaderas; ¿las de Camila serán verdaderas? Difícil de saber, ¿no?

El simulacro de Camila

Según el narrador, «como naturalmente tiene la mujer ingenio presto para el bien y para el mal, más que el varón», pues «luego al instante halló Camila el modo de remediar tan al parecer irremediable negocio».

No le dice a Lotario lo que tiene en mente, sino que insiste en que haga lo que ya tenía planeado, o sea, que Anselmo se esconda y que los dos se reúnan en el salón donde el esposo iba a estar escondido. Lotario asienta. Otro día, Anselmo se prepara para «ver por sus ojos hacer notomía de las entrañas de su honra» y entran Leonela y Camila en la recámara donde actúan una escena para el marido engañado.

Camila le dice que está furiosa por alguna insolencia que le ha hecho Lotario y que está por suicidarse con la misma daga de Anselmo, pero primero le pide a su criada que llame a Lotario desde la ventana de otra habitación para que suba para la confrontación.

Leonela le aconseja que no se ponga en situación de ser violada: «Mira, señora, que somos flacas mujeres, y él es hombre, y determinado; y como viene con aquel mal propósito, ciego y apasionado, quizá antes que tu pongas en ejecución el tuyo hará él lo que te estaría más mal que quitarte la vida».

Cuando Camila se desmaya, Leonela da un breve soliloquio, diciendo que su señora es «el ejemplo de la castidad» y comparándola con «otra nueva y perseguida Penélope».

Camila se despierta y Leonela le dice que no quiere ir a llamar a Lotario sin que su señora le dé la daga porque teme que se vaya a suicidar. Camila dice que no quiere ser «como aquella Lucrecia» (según la leyenda Lucrecia fue violada por el tirano Tarquino y por eso se suicidó, resultando en una rebelión que dio lugar a la República de Roma).

A la ausencia de Leonela, Camila continúa la actuación para Anselmo, dando un «luego al instante halló Camila el modo de remediar tan al parecer inremediable negocio» largo monólogo en voz alta sobre su plan de vengarse de Lotario y luego suicidarse: «saldré bañada en mi casta sangre y en la impura del más falso amigo que vio la amistad en el mundo».

El comentario del narrador es fascinante, sobre todo dado el tema del travestismo que hemos visto en otros capítulos: «Y diciendo esto se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando tan desconcertados y desaforados pasos y haciendo tales ademanes, que no parecía sino que le faltaba el juicio y que no era mujer delicada, sino un rufián desesperado».

Fijémonos en la manera maravillosa en que el narrador transita entre los pensamientos de un personaje y luego los de otro.

Durante toda la actuación de Leonela y Camila, el narrador nos asegura que Anselmo está bastante convencido de la inocencia de su mujer y, por eso, siempre está a punto de salir y poner fin a la confrontación para evitar algún daño; pero no lo hace, o porque quiere ver un pelín más, por la entrada o salida de un personaje o porque escucha algo interesante.

Anselmo está embelesado exactamente como el público ante una comedia tan bien escrita y actuada. En fin, Lotario sube y Camila, «haciendo con la daga en el suelo una gran raya delante della», insiste en que él justifique su traición a Anselmo y su atrevido avance hacia ella.

Lotario sabe que tiene que actuar también: confiesa haber trasgredido y le pide perdón atribuyendo la culpa al poder del amor. La frase más enigmática de Lotario se refiere al respeto que supuestamente tiene por Camila: «A ti te conozco y tengo en la misma posesión que él te tiene».

Según la polisemia, la palabra «posesión» indica que Lotario tiene la misma “opinión” de Camila que Anselmo, pero además sugiere que al igual que Anselmo, la ha “poseído”, es decir, ha tenido relaciones sexuales con ella.

Lotario logra engañar con la verdad y se dirige tanto a Camila como a Anselmo. Puro barroco desplegado aquí.

El desenlace de esta obra teatral consiste en Camila dando una larga arenga en contra de Lotario, al final de la cual dice que quiere «matar muriendo».

La descripción que da el narrador de lo que pasa en ese momento es un ejemplo estupendo del efecto desestabilizador del “perspectivismo” de Cervantes. Nadie, ni un personaje dentro de la narración, ni el narrador y (¿porque no admitirlo?) ni siquiera el lector mismo, puede saber si Camila tiene verdadera intención o finge cuando ataca a Lotario: «con una increíble fuerza y ligereza arremetió a Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavársela en el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones eran falsas o verdaderas».

Cuando Camila no puede contra Lotario, «o fingiendo» que no puede, se mete la daga «por más arriba de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro, y luego se dejó caer en el suelo, como desmayada».

Toda la industria, «la sagacidad, prudencia y mucha discreción de la hermosa Camila» parece haber funcionado, porque Anselmo cree que tiene «por mujer a una segunda Porcia» (la valiente esposa de Marco Bruto) y «un simulacro de la honestidad».

Según el narrador Anselmo, después de haber visto «representar la tragedia de la muerte de su honra», fue «el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber en el mundo».

Sin embargo, termina el capítulo treinta y cuatro de manera ominosa: «al cabo de pocos meses volvió Fortuna su rueda y salió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad».

Cap. 35

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 35 trae otra de las magníficas interrupciones de la narración cervantina. Se trata de la famosa aventura de los cueros de vino, la cual alude explícitamente a un episodio parecido de El asno de oro de Apuleyo.

Todos suben y encuentran a Don Quijote, medio desnudo e, irónicamente, con el bonetillo del mismo ventero en la cabeza, dando cuchilladas a unos cueros de vino guardados en su aposento.
Todos suben y encuentran a Don Quijote, medio desnudo e, irónicamente, con el bonetillo del mismo ventero en la cabeza, dando cuchilladas a unos cueros de vino guardados en su aposento.

El cura está a punto de terminar de leer La novela del curioso impertinente cuando Sancho baja del camaranchón, gritando que su amo «ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona».

El cura le interroga: «¿Cómo diablos puede ser eso que decís, estando el gigante dos mil leguas de aquí?».

Todos oyen un gran ruido en el aposento y luego el grito de Don Quijote: «¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo y no te ha de valer tu cimitarra!». Hemos de notar que, siendo la cimitarra una espada turca, las palabras de Don Quijote sugieren el largo conflicto entre los españoles y los otomanes del siglo XVI.

Según el narrador, Don Quijote estaba soñando «que ya había llegado al reino de Micomicón y que ya estaba en la pelea con su enemigo». Lógicamente, el ventero se enfada y ataca a Don Quijote y todo el bullicio sólo se acaba cuando el barbero le tira encima del caballero loco «un gran caldero de agua fría del pozo».

No es el primer pozo de Don Quijote. Sancho Panza no entiende qué ha pasado: si no se puede encontrar la cabeza del gigante, pues se le va a escapar el condado de entre los dedos.

Entre tanto el ventero maldice a Don Quijote, cuya alma la quiere ver «nadando… en los infiernos». Aquí trae Cervantes de nuevo el tema comercial: «El ventero se desesperaba… y juraba que no había de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar, y que ahora no le habían de valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a los rotos cueros».

Es más, según el narrador, «Todos reían, sino el ventero, que se daba a Satanás». Incluso la ventera se queja, recordando el maltrato de su escoba por parte del barbero y gritando que «me lo han de pagar un cuarto sobre otro».

El cura logra sosegar a todos «prometiendo de satisfacerles su pérdida lo mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del menoscabo de la cola».

La novela del curioso impertinente

La narración vuelve a La novela del curioso impertinente. El narrador nos recuerda que «era Anselmo el fabricador de su deshonra, creyendo que lo era de su gusto» y luego nos da el desenlace trágico.

Igual que Lotario, Anselmo se entera de la presencia del amante de Leonela en su casa. La descripción de eso sugiere tanto la metáfora de la arquitectura de la casa como el cuerpo de la mujer como de la rivalidad posesiva y celosa de los hombres, que siempre gira en torno al mencionado cuerpo: «una noche sintió Anselmo pasos en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintió que le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla, y tanta fuerza hizo, que la abrió y entró dentro a tiempo que vio que un hombre saltaba por la ventana a la calle».

Leonela se excusó ante su amo de manera que nos recuerda las historias de Cardenio y Dorotea: «es cosa mía, y tanto, que es mi esposo».

Anselmo creyó que mentía y sacó la daga, y en esto Leonela jugó la única carta que le quedaba: «No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las que puedes imaginar». Bastante parecido a lo que pasa en Las mil y una noches.

Leonela le pidió a su señor que le diera hasta el día siguiente para recuperarse del susto.

Cuando Anselmo le reportó todo a Camila, ésta se turbó y «aquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó las mejores joyas que tenía y algunos dineros y, sin ser de nadie sentida, salió de casa y se fue a la de Lotario».

Lotario la metió en «un monesterio, en quien era priora una su hermana» y «se ausentó luego de la ciudad».

El día siguiente, «sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado», fue a donde había dejado a Leonela encerrada, y «solo halló puestas unas sábanas añudadas a la ventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido».

Volvió a reportar todo esto a Camila y sólo encontró a «sus cofres abiertos y que dellos faltaban las más de sus joyas». Cuando fue para la casa de su amigo Lotario, los criados le contaron que su amo se había marchado durante la noche.

En fin, Anselmo se enteró de su desgracia: «Cerró las puertas de su casa, subió a caballo y con desmayado aliento se puso en camino».

No llegó lejos cuando «le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un árbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros».

Todo eso nos debería recordar de la primera salida de cierto hidalgo somnámbulo.

Pasó por allí un hombre y Anselmo le preguntó qué nuevas había en Florencia. El ciudadano le contó toda la historia escandalosa de los dos amigos: «se dice públicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivía a San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche halló el gobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa de Anselmo».

Anselmo llegó «amarillo, consumido y seco» (¿nos recuerda a alguien?) a la casa de otro amigo, a quien le pidió «aderezo de escribir».

La mañana siguiente, el amigo lo encontró «tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete, sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún la pluma en la mano».

«tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete, sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún la pluma en la mano»
«tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete, sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún la pluma en la mano»

En la carta, Anselmo confesaba que «Un necio e impertinente deseo me quitó la vida» y perdonó a Camila «porque no estaba ella obligada a hacer milagros».

La carta terminaba con «yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para qué…», por donde, según el narrador, «se echó de ver que en aquel punto, sin poder acabar la razón, se le acabó la vida».

Todo se vuelve hacia un plano internacional cuando el narrador nos informa que Lotario se murió «en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles».

Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba
Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba

Por fin el cura termina la historia y ofrece una crítica positiva de la novela, aunque agrega que, «Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérase llevar, pero entre marido y mujer algo tiene del imposible».

Para resumir: La novela del curioso impertinente, que podríamos llamar la narración más barroca de Don Quijote, funciona como un comentario intratextual sobre el caos de los amantes de la Sierra Morena: la lascivia de todos los personajes, la psicología mimética de los hombres y la concatenación de errores, celos y venganzas.

Todo alude a las historias de Cardenio y Dorotea: la traición de la criada, el mirón desengañado, la mujer viril.

Todo conecta además con los primeros capítulos de Don Quijote. Aun es imposible evitar cierta alegoría sobre el acto de escribir en sí mismo.

La “tragedia” de Anselmo da lugar a su carta final.

Hay anticipos de Freud: por ejemplo, Lotario “proyecta” sus deseos en un fantasma que luego resulta ser real. La novela es la esencia de la psicopatología de Don Quijote y La historia del cautivo funcionará más bien como su desenlace correctivo.

Finalmente, fijémonos en Camila: si su comportamiento no se ajusta a las expectativas de Anselmo, es decir, si no hace milagros, sí piensa y actúa a cada paso.

La tragedia clásica es la caída de un personaje orgulloso: ¿qué orgullo más desmedido que el de creer que una mujer no tenga otro gusto ni otra voluntad que la que un hombre quiera que tenga?

Cap. 36

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 36 comienza con un bello bosquejo de la moralidad burguesa: «El ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo: “Ésta que viene es una hermosa tropa de huéspedes; si ellos paran aquí, guadeamus tenemos”».

La palabra latina significa “gocémonos” y alude al último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis o Las revelaciones de San Juan, un pasaje conocido como “El triunfo en el cielo”: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (19.7)

La idea es señalar la llegada de la conclusión de la novela que ocurrirá a través de una larga serie de ejemplos de “desvelamientos”: el término más adecuado es “anagnórisis”, que quiere decir “reconocimiento” en griego, y desde La poética de Aristóteles se ha considerado un punto clave de la obra literaria.

Por cierto, el género literario que depende casi exclusivamente del “anagnórisis” es la novela bizantina.

El ventero describe lo que ve: cuatro jinetes, «todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie».

Dorotea se cubre el rostro y Cardenio se esconde en el aposento de Don Quijote, uno de los jinetes sienta a la mujer en una silla de la venta y los dos mozos llevan los caballos al corral.

El cura interroga a uno de los mozos, pero éste sólo sabe que los otros les habían rogado a él y su compañero que los acompañen «hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien»

Los temas del comercio y la trayectoria norte-sur. Notables también aquí son los ecos del destino final de Camila en La novela del curioso impertinente, pues el mozo le dice al cura que la señora «va forzada donde quiera que va; y, según se puede colegir por su hábito, ella es monja o va a serlo, que es lo más cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va triste, como parece».

El cura vuelve a la venta. Están presentes Sancho Panza, Dorotea con su antifaz puesto, el cura, el barbero, Cardenio, detrás de la puerta del aposento, y una mujer y un jinete anónimos, los dos con antifaces.

Lo que sucede ahora es una versión grave y melodramática de la escena cómica y caótica del capítulo dieciséis, cuando Maritornes había visitado al arriero en el camaranchón de Don Quijote.

Mientras que reinó la confusión y el malentendido en el episodio de Maritornes, ahora predomina el reconocimiento y la aclaración.

Primero, Dorotea, «movida de natural compasión», le ofrece ayudar a la mujer anónima, ante cual gesto el jinete embozado responde con una observación amarga: «No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca».

La mujer anónima le replica que «mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso». Con esas frases, Cardenio grita, «¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oídos?».

La mujer, «toda sobresaltada», se levanta para entrar en el aposento y el caballero la detiene. Se le cae «el tafetán con que traía cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque discolorido y asombrado». Vamos a querer recordar esa imagen.

«Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio» Anagnórisis.

Luego, se le cae el embozo al caballero que detiene a la mujer milagrosa, «y alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo don Fernando»

Dorotea desata un «¡ay!» y se cae en brazos del barbero. «Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro, y así como la descubrió, la conoció don Fernando, que era el que estaba abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase, con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de sus brazos».

Pensando que se desmaya Luscinda, Cardenio sale del aposento. Ahora tenemos un momento de alta tensión: «Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio».

Luscinda rompe el silencio, hablando a don Fernando: «dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra… Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha puesto a mi verdadero esposo delante».

Luscinda misma da voz al efecto que han tenido tanto los preceptos aristotélicos como el Concilio de Trento en la literatura del siglo XVI: los milagros en la literatura ya no son tan permisibles ni convincentes; los autores tienen que recurrir a eventos menos fantásticos para provocar “admiratio” en el lector.

Luego Dorotea «se levantó y se fue a hincar de rodillas» a los pies de Fernando, «y, derramando mucha cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas» le implora: «Yo soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya; soy la que… abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad».

En su larga arenga se destacan, con carácter humanista en su ordenación, ciertos temas que ya hemos visto: el libre albedrío de la mujer («más fácil te será… reducir tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera»), la esclavitud («admíteme por tu esclava; que como yo esté en tu poder, me tendré por dichosa»), la pureza de sangre («considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino… la verdadera nobleza consiste en la virtud»), la religión («testigo será la firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo de lo que me prometías») y la ética personal («tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías»).

Al final, don Fernando se rinde: «Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas».

Y cuando Fernando deja a Luscinda, ésta cae en brazos de Cardenio y le dice, «Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva».

Para el lector moderno puede resultar difícil ver a esas mujeres sumisas como reflejo de un discurso progresivo, pero hay que mantenerse presente la época conservadora en la cual Cervantes escribió.

Los puntos clave son tanto el hecho de que las voluntades de las mujeres se articulen y respeten como el de que los deseos relativamente violentos de los hombres se moderen.

De hecho, parece que más que nada Cervantes formuló su texto como manera de poner un bálsamo paliativo al posible brote de violencia en la Sierra Morena.

Por tanto, cuando todos los amantes están finalmente reunidos, surgen de nuevo los celos y Dorotea nota «que don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la espada».

Luego tenemos la imagen final de todas esas historias: Dorotea «se abrazó con él por las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover, y sin cesar un punto de sus lágrimas le decía: “¿Qué es lo que piensas hacer?”». Le implora portarse de manera verdaderamente noble, expresando la lógica que parece ser un punto decisivo de la novela de Cervantes: «que este tan notorio desengaño no solo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan sin impedimento… y en esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito».

En esto todos, incluso Sancho Panza, «rodeaban a don Fernando, suplicándole tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea».

El efecto final es la reformación del noble andaluz, que «se ablandó y se dejó vencer de la verdad». A Luscinda le dice: «Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo que digo, quizá ha sido por orden del cielo, para que viendo yo en vos la fe con que me amáis os sepa estimar en lo que merecéis».

Luego todo el mundo se echa a llorar, aunque el narrador nos da una pequeña aclaración del caso de Sancho Panza: «después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea no era, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedes esperaba».

El capítulo termina con la historia de Fernando, quien explica cómo había robado a Luscinda del claustro del monasterio en el que se había refugiado, para traerla hasta la venta donde, según el narrador, «se rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra».

Evidentemente, para Cervantes, la venta es simbólica de la solución a los problemas sociales más graves de Andalucía, o de todo el mundo; solución sobre todo a los efectos desastrosos de la violación, la venganza y los celos con que muchos tendemos a justificar el uso de las espadas contra nuestros prójimos.

Cap. 37

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

Al principio del capítulo 37, Sancho Panza nos descifra cierta conexión alegórica que hay entre las historias de los amantes de la Sierra Morena y la de Micomicón. El narrador nos informa que el escudero escuchaba todo «no con poco dolor de su ánima, viendo… que la linda princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don Fernando».

A la vez, Fernando indica la conexión entre las mismas historias y el tema del laberinto: «daba gracias al cielo por la merced recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba tan a pique de perder el crédito y el alma».

Encima, Cervantes inserta aquí otro de sus múltiples reconocimientos de los valores burgueses, pues «quien más jubilaba y se contentaba era la ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalle todos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen venido».

Esto de “pagar los daños e intereses” es una fórmula contractual derivada de la famosa “lex mercatoria” o la “ley mercantil”, el antiguo código internacional de los mercaderes.

Mientras los demás celebran la paz y el amor, Sancho Panza sube a informarle a su amo que toda la fantasía de Micomicón se ha venido abajo: «quiero que sepa vuestra merced… que el gigante muerto es un cuero honrado, y la sangre, seis arrobas de vino tinto… la reina convertida en una dama particular llamada Dorotea».

Incluso ha reconocido al ventero como alguien que participó en su «quien más jubilaba y se contentaba era la ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalle todos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen venido» manteamiento «con tanta risa como fuerza». En fin, «no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala ventura».

Don Quijote quiere verificar el reporte de su escudero: «Dame de vestir y déjame salir allá fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices».

Entre tanto, el cura les cuenta a todos los recién llegados sobre la condición de Don Quijote y las aventuras del hidalgo y su escudero. Deciden seguir con la trama de Micomicón.

Sale Don Quijote «armado de todos sus pertrechos, con el yelmo, aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y arrimado a su tronco o lanzón» (¿qué pasó con la espada que tenía antes?).

Tiene, como siempre, el rostro largo, seco y amarillo y «la desigualdad de sus armas y su mesurado continente» sorprende a todos.

Interroga a Dorotea sobre su rumoreada transformación «en una particular doncella», y la atribuye a cierta resistencia o duda por parte de su padre el «rey nigromante».

Concluye diciendo que la princesa debería ignorar a su padre: «que si por la causa que he dicho vuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no le deis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por quien no se abra camino mi espada».

Cuando la princesa Micomicona insiste en que no se ha transformado –«la misma que ayer fui me soy hoy»–, Don Quijote se enfada con su escudero: «¡estoy por hacer un estrago en ti que ponga sal en la mollera a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes de aquí adelante en el mundo!».

Hay un breve debate sobre qué ha pasado, pues Sancho Panza admite que puede haberse engañado en cuanto a la «mutación de la señora princesa Micomicona», pero sigue insistiendo en que la cabeza del gigante simplemente ha sido confundida con unos cueros de vino almacenados en la habitación.

Don Quijote tilda de mentecato a Sancho Panza mientras que Fernando pone fin al debate diciendo que les queda por delante mucho que hacer.

En esto llega un pasajero a la venta que «mostraba ser cristiano recién venido de tierra de moros».

Esto se deduce por las vestimentas de moros, que se describen: «una casaca de paño azul», calzones «asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color», «unos borceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí que le atravesaba el pecho».

Dado el problema con las espadas de Don Quijote y la «cimitarra» que llevaba su gigante enemigo, parece simbólico este último detalle del pasajero con una espada curva y así morisca.

Aún más sugestiva es la descripción de su compañera: «Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer a la morisca vestida, cubierto el rostro».

Aquí tenemos una versión modernizada de la historia de María y José llegando a la venta antes del nacimiento de Cristo.

La diferencia radica en los toques raciales, pues el hombre, aunque «por persona de calidad y bien nacida» también era «algo moreno de rostro», y la mujer, según su traje, parecía ser «mora».

Pero el folklore religioso al que se alude (incluso no hay aposento disponible en la venta) sugiere que las apariencias pueden engañar.

Invirtiendo lo que todos los personajes hicieron a Fernando en el capítulo anterior, todas las mujeres de la venta, «Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y Maritones, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a la mora».

Dorotea la invita quedarse en el aposento de las demás, pero ésta sólo responde con gestos de agradecimiento. El cautivo (ahora nos enteramos de que el hombre tiene que haber sido capturado por unos moros) les explica a todos que la doncella no habla cristiano.

Luscinda reitera el ofrecimiento de Dorotea, subrayando así su hospitalidad y respeto por la mujer, «con la voluntad que obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad, especialmente siendo mujer a quien se sirve».

Cuando por fin Dorotea le pregunta al cautivo «¿esta señora es cristiana o mora?», su respuesta hace que toda la temática de la metamorfosis se centre ahora en la embozada: «Mora es en el traje y en el cuerpo; pero en el alma es muy grande cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo».

Desde que salieron de Árgel no han tenido oportunidad de cumplir «todas las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda», pero la intención es bautizarla cuanto antes.

Ahora el narrador nos describe otro intercambio simbólico. Fijémonos en la comparación de hermosuras y el poder que tiene sobre las voluntades de los demás personajes.

Dorotea le pide a la mora que se quite el embozo, y «Ella miró al cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría. Él en lengua arábiga le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que lo hiciese; y, así, se lo quitó y descubrió un rostro tan hermoso, que Dorotea la tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que a Dorotea, y todos los circunstantes conocieron que si alguno se podría igualar al de las dos era el de la mora, y aun hubo algunos que le aventajaron en alguna cosa».

Luego el narrador nos da un buen resumen de la cosmovisión neoplatónica que considera que la hermosura tiene la «prerrogativa y gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades».

Para colmo, cuando don Fernando quiere saber el nombre de la mora, el cautivo le informa que «Lela Zoraida» y en esto la mora le corrige: «¡No, no Zoraida: María, María!».

Y por si acaso no queda clarísimo el reconocimiento que busca Cervantes, se reitera este intercambio. Luscinda abraza a Zoraida, diciéndole «“¡Sí, sí, María, María!”.

A lo cual respondió la mora: “¡Sí, sí, María: Zoraida macange!”, que quiere decir no».

Ahora bien, todos se ponen a cenar y Don Quijote da la primera mitad de otro de sus famosos discursos. Esta vez se trata del antiguo debate entre las armas y las letras.

De manera irónica, Don Quijote atribuye a la profesión de caballero andante la capacidad de transformar las apariencias de manera tan contundente (¡o sea, los múltiples autores del texto que estamos leyendo no han tenido nada que ver!): «¿cuál de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo entrara y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que somos quien somos?».

La arenga que da Don Quijote a favor de las armas es impresionante y es importante reconocer que está distinguiendo entre los soldados y los letrados (éstos últimos siendo los abogados y políticos de la época) y no necesariamente entre la guerra y la literatura per se.

Así que es comprensible el cinismo que expresa ante los que, aunque pasan por alguna pobreza, al final siempre logran «mandar y gobernar desde una silla».

Sin embargo, es difícil no ver un contraste irónico entre la educación humanística en que se basa la vida estudiantil y la gorda defensa que monta Don Quijote de la “guerra justa”, por ejemplo, cuando alude a Aristóteles y San Agustín para decir que las armas «tienen por objeto y fin la paz» y que «Esta paz es el verdadero fin de la guerra».

Además, si Don Quijote prefiere las armas, pues es cuestionable la evaluación de un hombre que quiere resolver todo a través de la fuerza de su brazo. ¿No podría haber aquí cierto autorretrato de Cervantes? Es decir, si el soldado busca la paz, pues el soldado escritor también.

Cap. 38

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 38 completa la segunda parte del discurso de las armas y las letras. ¿A quién se le ocurre dividir un discurso entre dos capítulos?

Ahora Don Quijote contempla la vida del soldado, aunque hemos de notar la paradoja en el hecho de que proceda como un estudiante educado en el arte retórica.

Describe con gran detalle «la miseria de su paga» y el sufrimiento físico que experimenta durante las campañas militares.

Uno puede percibir la experiencia de Cervantes mismo, el famoso “manco de Lepanto”, cuando agrega que al soldado «algún balazo… quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna».

Luego lamenta que todo el sufrimiento del soldado raras veces resulte en premios, mientras que todo esto «es al revés en los letrados, porque de faldas (que no quiero decir de mangas) todos tienen en qué entretenerse». Es decir, de manera legal o ilegal, los letrados siempre consiguen ascender en la entramada burocrática. ¿Suena familiar eso?

Al final, aunque «dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas» y luego «responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas».

Don Quijote concluye que el soldado sufre todo lo que el estudiante y, aún más, lo fundamenta con otra larga descripción bastante realista de las batallas navales y terrenas en el Mediterráneo de su época.

Luego pronuncia una breve condenación de «la diabólica invención» de «aquestos endemoniados instrumentos de la artillería» (esto recuerda a Ariosto), porque permiten «que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero».

Finalmente, el cura dice que «aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer» y el capítulo concluye con don Fernando pidiendo al cautivo que les cuente «el discurso de su vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso».

Aquí surge de nuevo el contraste entre «un discurso verdadero» y «los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse». O sea, el contraste no sólo está entre La historia del cautivo y las de los amantes de la Sierra Morena sino que también la de La novela del curioso impertinente.

Quizás no sea tan importante el resultado del debate entre las armas y las letras que articula, o más bien representa, Don Quijote sino la presentación de los dos extremos profesionales de Cervantes mismo y su ubicación justo antes de La historia del cautivo.

Cervantes era primero soldado y luego escritor, pero orgullosísimo de las dos profesiones.
Cervantes era primero soldado y luego escritor, pero orgullosísimo de las dos profesiones.

Si podemos aseverar que su obra tiende a centrarse tanto en el tema de los conflictos militares como la función transcendental de la pluma, pues también se ha observado que La historia del cautivo es su texto más íntimamente autobiográfico.

Para resumir: La novela de Cervantes, en tantos lugares llena de roturas, interrupciones e incluso cuentos sin terminar, en estos capítulos que acabamos de repasar presentan las resoluciones a aquellas narraciones que habían quedado inconclusas antes.

Notemos en particular la transición ordenada entre las dos últimas novelas intercaladas de Don Quijote. Toda una serie de reconocimientos y reconciliaciones entre los amantes de la Sierra Morena pone fin a las novelas bizantinas, urbanas y barrocas.

La llegada del cautivo y Zoraida-María da lugar a la novela final y la más realista y autobiográfica de todas.

Es fácil tomar todo esto como algo artificial, pero Cervantes se esfuerza para darnos una serie de detalles compartidos entre las historias de Dorotea, Luscinda, Cardenio y Fernando y la del cautivo y Zoraida-María.

La idea es que veamos cierta continuidad.

Y, por cierto, tenemos que seguir fijándonos en la relativa libertad de la mujer, la violencia y el comercio como temas que se vienen amplificando y que se aplican tanto en el caso de Andalucía como en el Mediterráneo y otras regiones del mundo.

Cap. 39

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 39 es, a primera vista, una aventura militar. A diferencia de los melodramas localizados en urbes como Florencia, Osuna y Córdoba, La historia del cautivo tiene lugar a nivel internacional, a veces en alta mar, a lo largo de Europa y el Mediterráneo, e incluye a España y los Países Bajos hasta Grecia, Turquía y Argelia.

Es más parecida a las películas modernas de guerra o espionaje en las que predominan la acción y el suspenso, aunque también hay unas gotas cortesanas de intriga moral, cultural e incluso amorosa que definiría una película clásica, como Casablanca.

Y nunca olvidemos que La historia del cautivo establece profundas raíces autobiográficas de Cervantes al principio de la última etapa de Don Quijote.

«En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje».
«En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje».

Para empezar, el cautivo nos recuerda el principio de Don Quijote; salvo que en vez de aludir a un lugar desconocido de La Mancha, sitúa el origen del relato en León: «En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje». La “Montaña” de León, cercana a Oviedo, se consideraba la zona más noble de las Españas.

El padre del cautivo era un hombre rico, pero financieramente irresponsable (¿igual que Don Quijote?), al parecer demasiado «gastador y dadivoso» hasta hacer que «el mismo Alejandro pareciera estrecho» (“estrecho” será una palabra clave para la historia).

Curiosamente, consciente de su debilidad, antes de morir el padre repartió su herencia entre sus tres hijos.

Quería vender la hacienda a un tío de los hijos «porque no saliese del tronco de la casa» y le dio a cada hermano tres mil ducados (cantidad enorme).

A la vez –y según el refrán, tres cosas hacen al hombre medrar: «Iglesia o mar o casa real»– el padre expresó su deseo de que uno «siguiese las letras, el otro la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso entrar a servirle en su casa».

Como hijo mayor, el cautivo eligió «el ejercicio de las armas», el segundo «el arte de la mercancía» y el tercero las letras.

Observemos este calco de la mercancía como un «arte». Antes de seguir sus respectivos caminos, el cautivo le devuelve a su padre dos mil de los tres mil ducados recibidos y los otros dos, «movidos» de su «ejemplo», le devuelven mil; así el padre no tuvo que vender la hacienda.

Notemos el hecho de que sea más liberal y leal el hijo mayor.

Al final, el hermano menor salió para Salamanca, el segundo para Sevilla, con destino a las Indias, «llevando empleada la hacienda que le cupiese» (es decir, invirtiendo su herencia en sus negocios), y el cautivo partió para Alicante, adonde tuvo «nuevas que había una nave genovesa que cargaba allí lana para Génova».

Notemos el curioso solapamiento de las mercancías y las armas en este primer viaje del cautivo.

También cómo el hijo menor se queda en Salamanca, el corazón intelectual de España, y las respectivas rutas de los otros hermanos sugieren su expansión imperial desde Andalucía hacia Italia y el Nuevo Mundo.

Según el cautivo, eso había ocurrido hacía veintidós años y no había sabido u oído nada, ni de su padre, ni de sus hermanos entre tanto.

Escuchemos ahora la especificidad de la evolución de la carrera militar del cautivo: «Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje a Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas galas de soldado… y estando ya de camino para Alejandria de la Palla, tuve nuevas que el gran Duque de Alba pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servíle en las jornadas que hizo, halléme en la muerte de los condes de Eguemón y de Hornos».

Dos comentarios: 1) los eventos históricos narrados por el cautivo, junto con su indicación del tiempo transcurrido, sitúan los sucesos en la venta u hospedaje de la Sierra Morena entre 1588 y 1590.

2) las decapitaciones de los condes Egmont y Horne a manos del Duque de Alba, el 5 de junio de 1568, fueron recibidas por los españoles como señal de un triste y oscuro giro de la política exterior del país.

Es decir, el «próspero viaje» del cautivo acaba en la ominosa tiranía del Duque de Alba. Aunque no lo indica de manera explícita, el cautivo narra la tragedia según la cual los españoles se vieron transformados de protectores en opresores.

Las ironías históricas continúan. En Flandes, el cautivo sirvió al capitán Diego de Urbina cuando «se tuvo nuevas de la liga que la Santidad del papa Pío Quinto, de felice recordación, había hecho con Venecia y con España, contra el enemigo común, que es el Turco».

El cautivo luchó bajo «el serenísimo don Juan de Austria» en la Batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Aquí el segundo detalle autobiográfico: Urbina fue capitán de Cervantes en Lepanto.

Escuchemos el comentario y el tono patriótico aquí del cautivo sobre la gloriosa victoria en Lepanto: «aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo que los turcos eran invencibles por la mar, en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo…, yo solo fui el desdichado; pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguió a tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos».

Al final de la batalla el narrador tuvo mala suerte: «salté en la galera contraria, la cual desviándose de la que la había embestido, estorbó que mis soldados me siguiesen, y, así, me hallé solo entre mis enemigos».

Hemos de entender que la tragedia personal del cautivo se encuentra en línea paralela con la tragedia histórica de España.

En lugar de llevarse «alguna naval corona», el narrador se encuentra prisionero al final de la batalla más gloriosa de los españoles contra «el orgullo y soberbia otomana»; victoria que permitió descubrir que los turcos no eran «invencibles».

Por otro lado, estos eventos históricos narrados en la venta sitúan el acto de la narración alrededor de 1588, año del fracaso de la “Armada Invencible” en el canal de la Mancha, cuando los españoles sufren una derrota parecida a la de los turcos en Lepanto.

Después de Lepanto, el famoso pirata Euch Alí llevó cautivo al narrador a Constantinopla.

El capitán describe cómo se perdió la oportunidad de «coger en el puerto toda el armada turquesca», agregando que «el cielo lo ordenó de otra manera… por los pecados de la cristiandad».

Luego describe una escaramuza del año siguiente: «La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz», tomó a La Presa, galera cuyo capitán era «un hijo de aquel famoso cosario Barbarroja».

Fijémonos en que el cautivo enfatiza que los cristianos ganaron la batalla precisamente porque los galeotes de La Presa se rebelaron: «Era tan cruel el hijo de Barbarroja y trataba tan mal a sus cautivos, que así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les iba entrando y los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos y asieron de su capitán».

La moraleja es no abusar de los galeotes o esclavos bajo tu mando, pero esa idea esconde una crítica más sustancial.

Don Juan de Austria, general de las fuerzas cristianas en Lepanto, prometió a todos los galeotes, quienes recordemos que eran esclavos, su libertad si ganaban la batalla; pero al final, aun habiendo vencido, nadie fue liberado.
Don Juan de Austria, general de las fuerzas cristianas en Lepanto, prometió a todos los galeotes, quienes recordemos que eran esclavos, su libertad si ganaban la batalla; pero al final, aun habiendo vencido, nadie fue liberado.

La batalla entre La Loba y La Presa critica la hipocresía de los Habsburgo en la Batalla de Lepanto, encarnada en la figura de don Juan de Austria, hermano de Felipe II.

Luego la acción continúa en el centro del Mediterráneo. El cautivo, que iba «al remo, sin esperanza de libertad alguna», narra la pérdida de La Goleta, una fortaleza española a la entrada de Túnez que fue tomada por los turcos en agosto de 1574.

Lo que se destaca aquí es la crítica articulada respecto a la política militar de Felipe II en el norte de África: «a muchos les pareció, y así me pareció a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentaran».

En otras palabras, Cervantes está diciendo, ¡basta ya con la guerra contra los moros en el norte de África!

En la descripción de la caída de La Goleta notemos la paranomasia que Cervantes establece en torno al término «caballero».

“caballero” indicaba algo tan simple como “soldado montado a caballo”, que se remonta a la época de Alejandro Magno.
“caballero” indicaba algo tan simple como “soldado montado a caballo”, que se remonta a la época de Alejandro Magno.

No olvidemos el alto costo de mantenimiento que siempre ha tenido un caballo, mientras que al mismo tiempo era un animal que traía prestigio social económico tradicionalmente relacionado con la nobleza.

Además, significaba “perteneciente a una orden militar medieval” como los caballeros de Malta.

Finalmente, implicaba cierta conducta social, que podríamos llamar de un “gentilhombre”.

En todas sus acepciones, si consideramos la fantasía militar de Don Quijote junto con el comportamiento grosero de don Fernando, «caballero» ya es un término clave de la primera novela moderna.

Además, se puede relacionar con el estatus social ambiguo del cautivo, quien parece ser hidalgo, no de los más ricos, y quien consigue prestigio militar, aunque especifica que llegó a ser capitán de infantería.

Finalmente, en La historia del cautivo Cervantes también utiliza «caballero» en el sentido de una atalaya defensiva de un alcázar.

Para terminar el cerco de La Goleta, los turcos montaron una torre: «con muchos sacos de arena levantaron las trincheras tan altas, que sobrepujaban las murallas de la fuerza, y tirándoles a caballero, ninguno podía parar ni asistir a la defensa».

Fijémonos en detalle: el «caballero» construido por los turcos es una estructura ofensiva.

Por cierto, este problema, que aquí se expresa como uno terminológico, apareció al final del capítulo anterior cuando Don Quijote expresó su ansiedad ante la impotencia de los caballeros frente al arma de fuego, la cual «dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero».

A continuación, el cautivo lamenta la muerte de un caballero en particular: «Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue una Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan».

De Oria había intentado escapar disfrazado «en hábito de moro», pero unos alárabes le ajusticiaron, «le cortaron la cabeza y se la trujeron al general de la armada turquesa» (cf. El martirio de Santiago de Navarrete). La reacción del turco es mandar a «ahorcar a los que le trujeron el presente, porque no se le habían traído vivo».

Recordemos que la traición fue un problema en la descripción inicial de la locura de Don Quijote; pues también lo será en La historia del cautivo.

Luego, el cautivo se refiere a un caballero ficticio, «don Pedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del Andalucía».

Añade que tenía fama de poeta. Al escucharlo, don Fernando mira a sus tres camaradas y todos se sonríen. Le interrogan al cautivo sobre qué pasó con don Pedro de Aguilar.

Durante este intercambio, en el que el narrador dice «caballero» tres veces, aprendemos que Aguilar escapó de su esclavitud con la ayuda de un espía griego en Constantinopla y volvió a Andalucía donde vive «bueno y rico, casado y con tres hijos».

El cautivo está aliviado y subraya uno de los temas principales de la obra cervantina: «Gracias sean dadas a Dios… porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida».

¿Cuál es el punto? Por un lado, entrelaza la ficción narrativa con los eventos históricos recientes; pero, por otro lado, conecta la moraleja del cautivo con la de don Fernando, señalándonos que la definición correcta de «caballero» es una cuestión central para Cervantes.

Cap. 40

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 40 empieza con los dos sonetos que Aguilar dedicó a los soldados españoles que perdieron sus vidas en la caída de La Goleta. Ésos «con ser vencidos, llevan la vitoria» y «dieron la vida al filo de la espada»; es decir, La Goleta fue una especie de martirio masivo como la Masada, Numancia o El Álamo.

El resto del capítulo relata cómo llegó el cautivo a Árgel y cómo planificó su escape.

Aquí el tercer detalle autobiográfico: entre 1575 y 1580, Cervantes, junto con otros 25.000 cristianos, fue esclavo en los “baños” de Árgel, nombre que se le daba a los campamentos para prisioneros.

Además, sabemos que intentó escapar sin éxito varias veces, hasta que al final unos trinitarios pagaron su rescate.

El cautivo cuenta cómo su amo Uchalí Fartax se había renegado en su juventud. Un “renegado” era alguien que había renunciado a su fe para convertirse a otra.

Según la leyenda, Uchalí era un galeote cristiano que dejó su fe cristiana para obtener el derecho de vengar a un moro.

El narrador también relata cómo Uchalí llegó a ser rey de Árgel, enfatizando que lo hizo «sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados del Gran Turco suben».

Según Francisco Rico, eso alude a la opinión entre los cristianos de que los que se conseguían cargos en el imperio turco o eran corruptos, castrados o sodomitas.

El cautivo reitera que «moralmente fue hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos».

Notemos que el tratamiento de los esclavos sigue siendo clave y también, cómo el tratamiento sexual se vuelve un tema agudo aquí.

Pues, Uchalí muere y el cautivo pasa a ser esclavo de Azán Agá, quien había cautivado el interés de Uchalí cuando era «grumete de una nave» y de ahí «fue uno de los más regalados garzones suyos»; es decir, fue su amante preferido. Bastante erótico, ¿cierto?

Azán Agá es cruel, sin embargo, el cautivo está contento de estar más cerca de España: «porque jamás me desamparó la esperanza de tener libertad».

Enumeremos los temas hasta ahora de La historia del cautivo: 1) la definición de caballero, 2) la condición de esclavo, 3) la sodomía y, ahora, 4) la libertad.

De hecho, se menciona éste último sustantivo veinticuatro veces a lo largo de la historia.

Ahora el cuarto y definitivo detalle autobiográfico. El cautivo indica que le pusieron una cadena y lo ubicaron con los demás esclavos de rescate, «y así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros».

Su amo torturaba a sus esclavos de maneras que nos recuerdan tanto el tema de la sodomía como el de la curiosa oreja de Don Quijote: «Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel».

Luego el cautivo observa que «Solo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra». El cautivo relata que Saavedra se comportó de manera heroica sin dar detalles de sus hazañas.

Hay críticos que dicen que este nexo entre el silencio narrativo, la sodomía, la prisión y el peculiar tratamiento que recibió «Saavedra» indica que Cervantes tuvo alguna experiencia homosexual en Árgel.

Sabemos que los que volvían de tierras de moros vivían bajo dos sospechas: la de haberse renegado y la de haber sido sodomizados. En el caso de Cervantes, ¿quién sabe?

De todos modos, la posible sodomía puede ayudarnos a explicar ciertos aspectos de la novela, por ejemplo, la relación escatológica entre Sancho Panza y Don Quijote o el caos de identidad sexual en la Sierra Morena.

Y pensado una vez más en la relación entre la forma y el contenido del texto, fijémonos en lo radical que es este momento: gracias a un narrador expresadamente extraño a él, Cervantes se introduce a sí mismo como personaje, no sólo como autor como lo hace en otros lugares.

Justo ahora, se hace mención a cómo la salvación del cautivo depende tanto de la intervención femenina como del intercambio monetario y comercial.

Un día, el cautivo está en el baño con otros tres compañeros (pensemos en don Fernando y sus tres jinetes), «haciendo pruebas de saltar con las cadenas», cuando se asoma una caña desde una ventanilla encima del patio (recordemos la caña de las prostitutas del capítulo dos).

La caña tiene un lienzo atado que contiene un nudo, dentro del cual el cautivo encuentra «diez cianíis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una vale diez reales de los nuestros».

Luego, aparece desde la misma ventana «una muy blanca mano» y los cautivos hacen reverencias, «zalemas a uso de moros», para señalar su agradecimiento.

Finalmente, la mano saca «una pequeña cruz hecha de cañas». Según el cautivo: «así, todo nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y tener por norte a la ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña».

Fijémonos en la metáfora astronómica: nos recuerda a DQ acercándose «a los alcázares de su redención» en el capítulo dos, igual que tantos otros personajes masculinos de la novela que persiguen a una mujer cuasi-divina.

A continuación, y por varios días, la caña le da al cautivo escudos de oro: «cuarenta», luego «más de cincuenta», «cien» y eventualmente «dos mil» y «otros mil».

Además, la caña trae “billetes” en los cuales una mora renegada, Zoraida-María, comunica los detalles de su conversión y su deseo de huir a España.

Habrá otros, ciertamente, pero de todas formas Zoraida es el último personaje femenino de importancia de Don Quijote.

Las cartas, escritas en árabe, requieren la asistencia lingüística de un cristiano renegado (recordemos al morisco toledano del capítulo nueve).

Por su parte, el renegado les ha expresado a los cautivos su intención de volver a España también. Aquí el narrador describe con gran detalle la tierra movediza en la que se encuentran los esclavos, pues muchos renegados fingen sus deseos religiosos para robar a los prisioneros.

En su primera carta, Zoraida relata que cuando era niña su padre tenía una esclava cristiana que le enseñó la fe cristiana.

Cuando la esclava murió, Zoraida tuvo una visión: «la vi dos veces y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela Marién».

Este es el único milagro relatado como tal en DQ. Según el traductor renegado, «Lela Marién quiere decir Nuestra Señora la Virgen María», aunque no es exactamente la verdad, porque la frase árabe no indica la virginidad de María.

Vemos aquí cómo la cuestión de las identidades étnicas, religiosas y nacionales se centra en el artículo de fe cristiana rechazada por el Islam: la doctrina del nacimiento virginal de Cristo.

A la vez notemos el sincretismo religioso, especialmente cuando Zoraida se refiere a Alá.

Luego, la renegada dice que entre todos los cristianos que ha visto, el cautivo es el único que le ha parecido «caballero» y que se casaría con él si quiere.

Concluye indicando que ella corre un riesgo grave, «porque si mi padre lo sabe, me echará luego en un pozo y me cubrirá de piedras»; por eso, no deberían confiar en ningún moro, porque todos mienten. Y allí está el problema, ¿en quién confiar?

El renegado le convence al cautivo de su lealtad, enseñándole un crucifijo de metal y con lágrimas le confiesa que quiere «reducirse al gremio de la Santa Iglesia su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado, por su ignorancia y pecado».

Luego el renegado le ayuda a escribir una respuesta a Zoraida en la cual le promete casarse con ella y hacer todo lo posible para llegar a España.

Siguen las tensiones teológicas en la carta: «El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la verdadera madre de Dios».

Como apunta Francisco Rico, “la posibilidad de un Dios y hombre, nacido de mujer, es tradicionalmente el gran reproche que los musulmanes han venido haciendo a los cristianos”.

También es interesante el juego que Cervantes hace con la relación entre las promesas y las identidades religiosas, pues el cautivo insiste «que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros», pero sólo tenemos que pensar en las promesas no cumplidas por don Fernando o Don Quijote para captar la ironía.

Por cierto, el cautivo ata su carta a la caña utilizando el hilo que viene en ella, haciéndonos acordar del gran “laberinto amoroso” de la Sierra Morena.

A continuación, el renegado descubre que Zoraida es hija y única heredera de Agui Morato, un moro riquísimo, además de ser la mujer más bella de toda Berbería, con quien muchos virreyes desean casarse.

La caña, que el cautivo describe como «nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo», sigue bajándoles monedas y cartas. La llegada de la segunda carta sugiere el embarazo divino y misteriosamente comercial al cual Cervantes alude a lo largo del desenlace de Don Quijote: «pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo parto prometía. Inclinóse a mí la caña y el lienzo; hallé en él otro papel y cien escudos de oro».

Esta alusión al embarazo encaja con la llegada de Zoraida y el cautivo a la venta de la Sierra Morena y con su transformación en la María bíblica.

El plan es utilizar el dinero de Zoraida para pagar los rescates del cautivo y sus colegas (el cautivo especifica que se rescató con ochocientos escudos).

Le dan el resto del dinero al renegado para que compre una barca, bajo el pretexto de «hacerse mercader y tratante en Tetuán y en aquella costa; y que siendo él señor de la barca, fácilmente se daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos».

Más tarde encontrarán a Zoraida en el jardín de su padre «que está en la puerta de Babazón», en las afueras de Árgel, «junto a la marina», es decir, en la costa (recordemos la fantasía de Sancho Panxa).

Un detalle curioso en todo eso es la ansiedad que tiene el renegado, que no confía en los cristianos porque tienen fama de prometer volver a buscar a sus amigos y finalmente no hacerlo. En el Mediterráneo las apariencias y promesas cuentan por poco.

La especificidad comercial de la historia es otra maravilla literaria. Por ejemplo, el cautivo dice que confiaba en que sus colegas cristianos le hubieran esperado en el baño sin traicionarle; pero al parecer no tanto, porque lo que aseguró su cooperación absoluta fue el acto de pagar su rescate: «puesto que el ser ellos quien eran me podía asegurar deste temor, con todo eso, no quise poner el negocio en aventura y, así, los hice rescatar por la misma orden que yo me rescaté, entregando todo el dinero al mercader, para que con certeza y seguridad pudiese hacer la fianza».

Otro ejemplo: resulta que el renegado no puede comprar un barco por sí solo, por resultar sospechoso, así que hay que «hacer que un moro tangerino fuese a la parte con él en la compañía de la barca y en la ganancia de las mercancías, y con esta sombra él vendría a ser señor de la barca».

¡Hala! Toda la estratagema depende de que el renegado forme una sociedad comercial con un moro.

Por cierto, ese «moro tangerino», moro de la ciudad de Tánger, se transformará en el capítulo siguiente en un «tagarino», moro procedente del reino de Aragón. ¿Error tipográfico? Lo dudo.

Cap. 41

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

En el capítulo 41, tenemos la huida de Árgel. Es una cadena de escenas relatadas con gran suspenso. Según mi cuenta, más de cuatro veces parece que no van a llegar sanos y salvo a España.

Antes de la huida, el renegado tiene que fingir ser comerciante, así que hace dos o tres viajes a «un lugar que se llamaba Sargel».

la antigua capital de Mauritania y lugar, según Francisco Rico, “poblado de moriscos huidos de Andalucía y Valencia, que seguían manteniendo contacto con los moriscos españoles”.

Igual que todos esos lugares liminales, Sargel es un centro corsario y comercial «en el cual hay mucha contratación de higos pasos».

En esto el narrador nos da una curiosa lección sobre los varios nombres que se utilizan para hablar de distintos moros exiliados de España: «Tagarinos llaman en Berbería a los moros de Aragón, y a los de Granada, mudéjares, y en el reino de Fez llaman a los mudéjares elches».

Mientras nos acercamos a la huida con Zoraida en la parte más “estrecha”, o digamos intensa, de la narrativa, Cervantes nos presenta un laberinto desconcertante de puntos geográficos, costumbres, etnicidades, nacionalidades, mitos y lenguajes.

En cuanto a cómo «avisar a Zoraida en el punto que estaban los negocios», el cautivo enfatiza la curiosa costumbre de las moras de no dejarse ver por otros moros «si no es que su marido o su padre se lo manden», pero sí por cristianos.

Así que el narrador la encuentra en el jardín de su padre, y éste mismo les sirve de intérprete utilizando la lengua franca de los puertos del Mediterráneo: «lengua que en toda la Berbería y aun en Costantinopla se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca ni castellana ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas».

Subrayando el tema de las mezcladuras, el cautivo finge que está en el jardín buscando «yerbas para hacer ensalada».

Luego, en el jardín casi bíblico del padre de Zoraida, vemos por primera vez a la renegada.

El narrador pone gran énfasis en el «rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos».

Por ejemplo: «traía dos carcajes (que así se llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de purísimo oro, con tantos diamantes engastados que ella me dijo después que su padre los estimaba en diez mil doblas».

Describe las «ricas perlas y aljófar» (perlas pequeñas) que lleva y calcula la riqueza del padre de Zoraida a «docientos mil escudos españoles».

Naturalmente, esto sólo incrementa el interés del cautivo: «me parecía que tenía delante de mí una deidad del cielo, venida a la tierra para mi gusto y para mi remedio».

A continuación, se produce una conversación fascinante entre el cautivo y la renegada delante del padre ladino: «Ella tomó la mano, y en aquella mezcla de lenguas que tengo dicho me preguntó si era caballero y qué era la causa que no me rescataba».

El héroe esquiva la primera parte de la pregunta y responde de manera enigmática a la segunda: dice que su rescate le costó «mil y quinientos zoltanís», una moneda argelina de oro con el valor de un escudo.

Problema: el cautivo ya nos había dicho que se rescató con ochocientos escudos. ¿Se sobreestima aquí delante de Zoraida? Parece que sí, y parece que Zoraida se entera, porque le toma el pelo, aludiendo de nuevo al problema de la cuestionable fidelidad de los distintos grupos religiosos: «En verdad que si tú fueras de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros dos tantos; porque vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís y os hacéis pobres por engañar a los moros».

El cautivo protesta, diciendo que ha sido honesto con su amo y que así será «con cuantas personas hay en el mundo».

Zoraida sigue ironizando cuando alude a la enemistad entre franceses y españoles, y luego flirtea más: «Debes de ser sin duda casado en tu tierra». Responde el cautivo: «No soy… casado, mas tengo dada la palabra de casarme en llegando allá». Zoraida: «¿Y es hermosa la dama a quien se la diste?». El cautivo: «Tan hermosa es… que, para encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho».

Ahora Cervantes nos recuerda la presencia del padre de Zoraida: «Desto se rió muy de veras su padre». Los amantes engañan al padre con la verdad delante de sus narices. Recordemos la conversación entre Anselmo, Camila y Lotario.

En esto entran en el jardín unos turcos. Zoraida acaba de aludir a la enemistad entre franceses y españoles, aun siendo los dos cristianos; ahora Cervantes indica una rivalidad entre musulmanes, en este caso, los turcos y los moros.

El padre de Zoraida llama a los turcos «canes», y el narrador dice que «tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos suyos».

Cuando el padre se aparta, el cautivo asegura a su enamorada que volverá por ella el viernes siguiente, y ella le echa un brazo al cuello y caminando de esa manera el padre casi los pilla, pero Zoraida «advertida y discreta» finge estar desmayada.

Tenemos que recordar aquí la actuación de Camila. Y antes de salir, el cautivo hace algo que nos recuerda tanto a Lotario como a Cardenio: «miré bien las entradas y salidas y la fortaleza de la casa y la comodidad que se podía ofrecer para facilitar todo nuestro negocio».

Llega el día de la huida y el renegado acude con una tripulación de moros. Unos cristianos aliados al cautivo toman control del barco que usarán para la huida y los moros se rinden ante las órdenes del renegado, que había sido hasta ese momento «su arráez», o capitán.

Cuando entran en el jardín de Zoraida, ella baja y todos «la reconocíamos por señora de nuestra libertad». Otro recuerdo de Camila se ve en el hecho de que Zoraida trae «un cofrecillo lleno de escudos de oro».

Se complica todo cuando el padre se despierta y no queda más remedio que secuestrarlo.

Durante la huida, el cautivo resalta la buena voluntad de los cristianos recién liberados a toda diferencia de las varias traiciones que hemos visto realizadas por galeotes esclavizados.

El cautivo quiere que paren para comer, pero «dijeron que no era aquél tiempo de tomar reposo alguno: que les diesen de comer los que no bogaban, que ellos no querían soltar los remos de las manos en manera alguna».

A continuación, hay una escena tierna cuando el padre de Zoraida expresa su incomprensión ante lo que estaba ocurriendo.

El renegado le aclara todo con lenguaje bien figurado: «quiero que sepas que ella es cristiana y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este estado como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida y de la pena a la gloria».

Fijémonos en esta idea neoplatónica de la huida de Zoraida figurada como un escape de las tinieblas hacia la luz.

Es una metáfora fundamental para Don Quijote (véase el lema de Juan de la Cuesta en la portada). El padre de Zoraida reacciona incrédulo: «¿Es verdad lo que este dice, hija?». Y esta vez ella habla por sí misma: «Así es… nunca mi deseo se estendió a dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a mí bien».

De repente el padre intenta suicidarse: «Apenas hubo oído esto el moro, cuando con una increíble presteza se arrojó de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el vestido largo y embarazoso que traía no le entretuviera un poco sobre el agua».

Los cristianos logran rescatar al padre de Zoraida, y cuando lo depositan junto con los demás moros en un cabo «que de los moros es llamado el de la “Cava Rumía”, que en nuestra lengua quiere decir “la mala mujer cristiana”», pues notamos dos puntos clave.

En primer lugar, la geografía es simbólica del intento de Cervantes de reescribir el mito de la caída de España a mano de los moros en 711, siempre entendida como un castigo por la violación de La Cava por Rodrigo, el último rey godo.

Según el mito, el padre de La Cava, el Conde Julián, se vengó al ayudar a los moros a invadir a España. Cervantes invierte varios aspectos del mito, sobre todo dejando que Zoraida elija huir a España con su amante cristiano y abandonando a su padre en el cabo como un tipo de Julián impotente.

Notemos también cómo el padre se transforma del todo, y empieza a insultar a su hija: «¡Oh infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita sea la hora en que yo te engendré y malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!».

La respuesta de Zoraida resalta su decisión de ser cristiana: «aunque quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible, según la priesa que me daba mi alma a poner por obra esta que a mí me parece tan buena como tú, padre amado, la juzgas por mala».

En el desenlace de la historia los héroes se embarcan para España, pero durante la noche, iluminados por «la luz de la luna, que claramente resplandecía», pasan a unos piratas franceses y no responden a sus preguntas sobre «quién éramos y adónde navegábamos y de dónde veníamos».

Así, «por haber usado de la descortesía de no respondelles», los franceses les disparan con unas piezas de artillería especiales que «venían con cadenas» y que destruyen el mástil de su barco.

Al ser abordados por los piratas, el renegado arroja las joyas de Zoraida al mar, y por unos momentos el cautivo teme que los piratas vayan a violar a Zoraida, pero milagrosamente no lo hacen, porque «los deseos de aquella gente no se estienden a más que al dinero».

Luego, «el capitán, movido no sé de qué misericordia, al embarcarse la hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta escudos de oro». Los franceses siguen su viaje para la república hugonote de Rochela en la costa del Atlántico, y así los héroes van hacia el Estrecho de Gibraltar.

Finalmente, los cristianos dan con la costa de España y suben «una disformísima y alta montaña» en busca de algún poblado.

Durante esta última fase del viaje, vemos un detalle asnal cuando el cautivo se convierte a sí mismo en el jumento de Zoraida: «alguna vez la puse sobre mis hombros».

También parece que Cervantes quiere que reconsideremos el género pastoril y el papel de Andrés, pues los naufragados buscan «algunas cabañas de pastores», pero encuentran a un mozo armado: «vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo que con grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo».

Cuando ve al renegado y a Zoraida sale gritando: «¡Moros, moros hay en la tierra! ¡Moros, moros! ¡Arma, arma!». Eventualmente acude «la caballería de la costa» y uno de los cautivos reconoce a su tío entre los jinetes.

Es notable el contraste entre cómo concluye esta escena y el caos que vimos en la Sierra Morena cuando el barbero se cayó de su asno.

Aquí, todo es paz y orden: «nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las del caballo del tío del cristiano».

La geografía resalta otro contraste parecido: han llegado a Vélez Málaga, un pueblo al sur de Córdoba, justo al sureste de Granada y las Alpujarras, o sea, precisamente donde tuvo lugar la rebelión más violenta de los moriscos de Andalucía hacia finales del siglo XVI.

Los héroes van directamente a la iglesia a dar gracias a Dios y «así como en ella entró Zoraida, dijo que allí había rostros que se parecían a los de Lela Marién», recordándonos el contraste entre el catolicismo de España y la iconoclasia, tanto del islamismo como del protestantismo.

El renegado «se fue a la ciudad de Granada a reducirse por medio de la Santa Inquisición al gremio santísimo de la Iglesia» y el cautivo termina recordándonos el simbolismo bíblico de María y José a base de toda su historia: «compré este animal en que ella viene… sirviéndola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo».

Para resumir: La historia del cautivo es el último movimiento sinfónico de la gran novela de Cervantes.

El resto del texto será una serie de recopilaciones temáticas, teóricas y simbólicas. ¿Qué sugiere esa historia culminante y bastante autobiográfica?

Hace más de treinta años, el cervantista Luis Andrés Murillo reclamó que Cervantes concibió La historia del cautivo como el clímax de Don Quijote, el cautivo siendo la figura ejemplar sine qua non de la novela.

También es importante el contexto histórico de la Batalla de Lepanto, esa gloriosa defensa del occidente cristiano frente a la amenaza musulmana de la cual Cervantes siempre estuvo orgulloso, pero que coincidió de manera trágica con la decadencia y caída del Imperio español en la guerra con Inglaterra y el embrollo de los Países Bajos.

El ejemplo del cautivo indica que entre la victoria de Lepanto y el desastre de la Armada Invencible, hubo errores estratégicos, aunque también cierta desorientación moral. De ahí quizás la inicial representación de tantos caballeros muertos, incluso decapitados.

Con una dosis de esperanza personal, el cautivo señala un concepto renovado del caballero cervantino.

A diferencia del loco hidalgo, por ejemplo, que trata con violencia a los arrieros de la primera venta, los mercaderes de Toledo, el vasco e incluso su propio escudero, el nuevo caballero se destaca por su fidelidad, sus impulsos transculturales, incluso el hecho de que esté abierto al diálogo religioso, señalando a Alá y Lela Marién como figuras igualmente moras y cristianas.

El nuevo caballero es “cautivo” y no “agresivo”, determinado a respetar los deseos de la mujer y cumplir con sus promesas.

Fijémonos también en que la visión de Zoraida-María que da lugar a su propia conversión espiritual es el único milagro de un cuento sumamente histórico que, por su parte, está intercalado en una novela reconocida por su contundente realismo.

Es como si la voluntad infatigable de Zoraida-María fuese el detalle más digno de la admiración del lector.

Sin embargo, fijémonos en lo inestable que es la identidad religiosa a lo largo de La historia del cautivo.

Al parecer, la libertad influye mucho más en las voluntades de los personajes que cualquier identidad religiosa o étnica.

Y finalmente, hemos de notar cómo cada éxito a lo largo de la historia manifiesta la idea de que el comercio y cierto mestizaje o “ensalada” cultural y étnica pueden ser buenas maneras de evitar la violencia.

Es decir, al abogar por una política extranjera no colonialista, el arte de la novela cervantina acaba insistiendo en el arte de mercancía.

Cap. 42

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

Tanto en el capítulo cuarenta y dos como luego en el curiosamente invisible capítulo cuarenta y tres (es que ni el epígrafe ni el número del capítulo aparecieron en la edición príncipe) Cervantes continúa el proceso de juntar y atar los hilos narrativos de los capítulos anteriores.

En el capítulo 42, Cervantes continúa el proceso de juntar y atar los hilos narrativos de los capítulos anteriores. Se trata principalmente de resolver el destino de Zoraida-María y el cautivo a través de su reunión imprevista con su hermano menor.

Sin embargo, y de manera bastante literal en el caso de Don Quijote, también se trata de recapitular los temas principales y los fines morales de todas las historias de amor.

Cuando el cautivo termina de relatar su historia, don Fernando da otra digresión teórica, aprobando tanto el estilo como el contenido del relato. Por un lado, expresa los gustos literarios de los lectores barrocos que preferían la gran variedad de momentos de acción combinada con eventos cuasi-milagrosos representados de manera realista: «todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye». Por otra parte, Fernando sugiere la complejidad textual según la cual cada re-lectura ofrece nuevos significados: «aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara».

Luego, don Antonio y todos los demás presentes se ofrecen a ayudar al cautivo y a Zoraida-María, en particular don Fernando, que parece ser un hombre radicalmente transformado: «Especialmente le ofreció don Fernando que si quería volverse con él, que él haría que el marqués su hermano fuese padrino del bautismo de Zoraida». Por cierto, ¿qué hace aquí don Antonio? La última vez que vimos a alguien con ese nombre fue al final del capítulo once cuando un pastor con ese nombre cantó el romance de Olalla. Los editores agresivos de Don Quijote lo juzgan un error y suelen transformar «don Antonio» en
 “don Cardenio” o “don Fernando”.

Llega la noche y ahora estamos ante un problema temporal de la novela, pues ya llegaba la noche durante el discurso de Don Quijote sobre las armas y las letras. En todo caso, llega a la venta un coche con otro grupo de viajeros: un «oidor», un tipo de juez estatal que ocupaba una instancia inferior a la del Consejo Real. El criado del oidor pide posada y cuando la ventera le dice que no hay, insiste: «Pues, aunque eso sea… no ha de faltar para el señor oidor». Sorprendentemente, la ventera «se turbó», dejándose intimidar y diciendo que ella y su marido saldrán de su aposento «por acomodar a su merced».

Luego se nos presenta un largo listado de mujeres alojadas en la venta, ahora incluyendo a «una doncella, al parecer de hasta diez y seis años», y cuya belleza compite con las de Dorotea, Luscinda y Zoraida. Notemos que el verbo “admirar” predomina en esta sección del texto, señalando el clímax novelístico junto con cierta catarsis emotiva causada por las coincidencias que están ocurriendo.

La bienvenida que le da Don Quijote al oidor sirve para conectar la llegada del juez con la historia del cautivo. Nuestro hidalgo lo hace de tres maneras: 1) juega con la falta de espacio en la venta, lo que alude al estrecho de Gibraltar y los pilares de Hércules en la frontera entre el mundo moro y el cristiano; 2) recuerda su discurso de los capítulos treinta y siete y treinta y ocho, yuxtaponiendo la profesión militar del cautivo y la legal del oidor; y 3) trae el tema tanto petrarquista como bíblico de la mujer como estrella que guía hacia el prometido paraíso:

«Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo, que aunque es estrecho y mal acomodado no hay estrecheza ni incomodidad en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no solo abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos y devidirse y abajarse las montañas para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en este paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo que vuestra merced trae consigo».

La doncella es la hija del oidor y con las demás jóvenes entra en el aposento anteriormente ocupado por Don Quijote para pasar la noche. Los hombres se quedan fuera y, entre tanto, el cautivo, creyendo que el oidor es su hermano, interroga a uno de los criados al respecto. Aprendemos que el oidor se llama Juan Pérez de Viedma y es de «un lugar en las montañas de León» y ahora se dirige a Sevilla con fin de trasladarse a las Américas, donde ha sido nombrado oidor «en la Audiencia de México». El criado también relata que la madre de la hija murió y que el oidor se ha enriquecido, no por su profesión, sino por «el dote que con la hija se le quedó en casa». Este curioso detalle que conecta a este hombre con la dote de su hija, conecta al oidor, algo codicioso, con los padres de Marcela y Luscinda.

El cautivo está ansioso. Como él se ha quedado pobre, no cree que vaya a ser bien recibido por su hermano. ¿Es la pobreza la verdadera fuente de su vergüenza? ¿Podría haber otras, como, por ejemplo, la sodomía o el estar enamorado de una mora? De todos modos, el cura ofrece intermediar y le relata al oidor toda la historia del cautivo, cuyo nombre, aprendemos por primera vez, es Ruy Pérez de Viedma. Aquí Cervantes insinúa algo sospechoso sobre el carácter del juez, jugando con los dos sentidos del título del
 letrado: «a todo lo cual estaba tan atento el oidor, que ninguna vez había sido tan oidor como entonces». Por otra parte, la historia que cuenta el cura sí exige mucha atención a los detalles. Es que en varios aspectos algo tiene del imposible; incluso el cura mismo dice «a no contármelo un hombre tan verdadero como él, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas cuentan el invierno al fuego». Pues, el cura dice que él estuvo en La Goleta y así conoció al capitán Viedma cuando los dos eran esclavos en Constantinopla y acaba la historia relatando el apuro del cautivo y Zoraida en manos de los piratas franceses, o sea, rumbo hacia el Estrecho de Gibraltar y luego Sargel. De ahí no ha logrado enterarse de si llegaron a España o no.

El oidor reacciona con lágrimas y confiesa que el capitán de la historia es su hermano mayor. Luego, relata la historia de su familia: no han oído nada del hermano mayor, pero él y su padre ahora viven muy bien gracias a la liberalidad del hermano menor que se hizo rico siendo mercader en América, «en el Pirú». Termina alabando a Zoraida: «¡Oh Zoraida hermosa y liberal, quién pudiera pagar el bien que a mi hermano hiciste!». Por cierto, estamos ante otro de los supuestos “errores” de Cervantes, porque según La historia del cautivo, fue el hermano menor a Salamanca para ser letrado y el segundo hermano había ido a las Américas para ser mercader. Me niego a creer que Cervantes haya estado tan desatento cuando escribía. ¿Qué nos podría estar señalando a través de esa confusión entre las profesiones de soldado, oidor y mercader? Otra manera de hacer la misma pregunta: ¿Cuál es la relación que Cervantes pudiera haber querido señalar entre la guerra, la ley y el comercio?

Volviendo al texto, el cura reúne a los hermanos Viedma: «Este que aquí veis es el capitán Viedma, y esta, la hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron en la estrecheza que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestro buen pecho». El plan ahora es que todos vayan a Sevilla, de donde «a un mes partía flota de Sevilla a la Nueva España», en la cual se va a embarcar el oidor. Entre tanto, mandarán por el padre y celebrarán el bautismo de Zoraida y su boda. Todos se abrazan y están felices.

El narrador especifica que «Solo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza» de no irse a la cama (pues claro, técnicamente todos se han pasado dos noches sin dormir), y agrega que se echó «sobre los aparejos de su jumento, que le costaron tan caros como adelante se dirá», aludiendo de nuevo al sempiterno problema del rucio. La venta es un lugar en el que se producen los mágicos encuentros, ¿no?

Hipotéticamente, el capítulo termina cuando aprendemos que la hija del oidor se llama «doña Clara de Viedma». A la vez, Don Quijote sale «fuera de la venta a hacer la centinela del castillo» para asegurar que los huéspedes «de algún gigante o otro mal andante follón no fuesen acometidos».

Cap. 43

Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

En el capítulo 43, pasa algo misterioso: «Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos de las damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas le prestasen atento oído».

La voz es perfecta y canta sin acompañamiento una melodía movediza: «Unas veces les parecía que cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza».

En esto Cardenio se detiene frente a la puerta del aposento para recomendarles a las jóvenes que escuchen «una voz de un mozo de mulas que de tal manera canta, que encanta».

Se ha supuesto que el capítulo 43 empieza con el romance del mozo de mulas. Comienza con “Marinero soy de amor”.

El índice de los capítulos dice: «Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos.

Comienza “Marinero soy de amor”. El romance sintetiza los temas amorosos que hemos visto a partir de la historia de Grisóstomo y Marcela, donde se había cantado otro romance de amor no correspondido.

El efecto es vincular el amor pastoril con el amor de la novela morisca del cautivo: «vengo sin esperanza / de llegar a puerto alguno. / Siguiendo voy a una estrella / …Yo no sé adónde me guía / y, así, navego confuso», etc.

De hecho, si recordamos bien, durante su primera salida, Don Quijote mismo había seguido una estrella y en La historia del curioso impertinente el segundo soneto de Lotario versaba sobre el mismo tema.

Sin embargo, aquí, cuando la canción del mozo alude a «Palinuro», el piloto del barco de Eneas, Cervantes trae cierta trascendencia, atando la temática del “marinero de amor” a la épica clásica de Virgilio.

Y fijémonos en cómo funciona la poesía acá: la alusión a Palinuro hacia el final de la novela nos ofrece una nueva perspectiva para el análisis del soneto que Lotario recitó a Camila, nombre que hace referencia a la antigua enemiga de Eneas.

Al final del romance, Dorotea despierta a Clara, a quien «le tomó un temblor tan estraño como si de algún grave accidente de cuartana estuviera enferma».

La alusión a la «cuartana» o “malaria”, enfermedad tropical de África o las Américas, le da un toque transcontinental a la escena.

Clara dice que hubiera preferido tener «cerrados los ojos y los oídos, para no ver ni oír a ese desdichado músico».

Dorotea la intenta corregir: «dicen que el que canta es un mozo de mulas». Clara aclara que es «un señor de lugares», es decir, como apunta Francisco Rico, un noble “de categoría más alta que la de la hidalguía”.

Inmediatamente, Dorotea pide silencio: «me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto». Esa referencia a un nuevo canto alude al famoso salmo de la Biblia: “Puso luego en mi boca cántico nuevo” (Salmo 40.2–3).

Asimismo, se refiere a la lira, una forma poética inventada por Garcilaso a principios del siglo XVI. La lira del mozo de mulas expresa otra conquista amorosa imposible: «Amorosas porfías / tal vez alcanzan imposibles cosas; / y, ansí, aunque con las mías / sigo de amor las más dificultosas, / no por eso recelo / de no alcanzar desde la tierra el cielo».

En esta frustración amorosa nos recuerda el tema de la primera lira en español, “Oda a la flor de Gnido” de Garcilaso: “Si de mi baja lira / tanto pudiese el son que en un momento / aplacase la ira / del animoso viento, / y la furia del mar y el movimiento”.

En sí, la escena del mozo cantando y sus poemas aluden al mito de Orfeo, cuya música era capaz de controlar y transformar la naturaleza.

En el capítulo 43, Clara le cuenta a Dorotea la historia del mozo de mulas: «Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero, natural del reino de Aragón, señor de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mi padre en la corte».

Dos puntos a considerar tenemos aquí: el juego de identidades nos recuerda el misteriosamente transformado tagarino del capítulo cuarenta y uno, y la especificidad geográfica es de carácter político: una rebelión aristocrática en Zaragoza fue reprimida por Felipe II en 1591 y el reino de Aragón también tenía su larga historia de problemas entre cristianos viejos y moriscos.

En fin, el mozo había visto a Clara y, claro, se enamoró de ella: «Entre las señas que me hacía, era una de juntarse la una mano con la otra, dándome a entender que se casaría conmigo».

El problema para Clara es al no tener madre, no sabe a quién comunicarle todo eso. La historia de Clara se torna erótica: pues solía «cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo también, alzar un poco el lienzo, o la celosía y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta fiesta, que daba señales de volverse loco».

Aquí tenemos resumidos los detalles de casi todas las historias amorosas de Don Quijote: la ventana que separa a los amantes, el miedo a la figura del padre, la locura del enamorado, etc.

Fijémonos también en la facilidad con la cual el joven noble aragonés se asimila a la vida de arriero, es decir, la de un morisco, digo tagarino.

Según Clara, el joven se viste «en hábito de mozo de mulas, tan al natural, que, si yo no le trujera tan retratado en mi alma, fuera imposible conocelle».

Esa idea del amado «retratado» en el alma de la enamorada viene de la teoría neoplatónica muy de moda durante el Renacimiento. Según la teoría, el amor manifestaba cierta ley cósmica de atracción irresistible entre las dos almas. #Cervantes2018

Evidentemente, para Cervantes el amor neoplatónico ofrecía la esperanza de reparar todo tipo de diferencia social, cultural, religiosa y étnica en el Mediterráneo occidental. #Cervantes2018

Como dice Dorotea: «amanecerá Dios y medraremos». Por cierto, igual que Ruy Pérez de Viedma, Clara deja caer otro toque autobiográfico, pues cumple dieciséis años «el día de San Miguel». #Cervantes2018

Cervantes, como buen humorista, nos da una versión burlesca de los amores que hemos venido viendo en las historias de los amantes de la Sierra Morena, la del cautivo y Zoraida y ahora la de doña Clara y el mozo de mulas. Don Quijote está fuera de la venta vigilando, e igual que el mozo de mulas, está lamentando ser el «cautivo caballero» de su enamorada.

Notemos que el monólogo de Don Quijote refleja el tono erótico de la historia de doña Clara: pues imagina a Dulcinea

«paseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios o ya puesta de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazón padece».

Además, Don Quijote indica una fascinante triangulación al imaginarse a sí mismo y su enamorada contemplando la misma luna, lo que nos recuerda el lugar primordial que ésta tiene para el Islam y que además tuvo en la huida del cautivo y Zoraida: «Dame tú nuevas della, ¡oh luminaria de las tres caras! Quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando».

En esto la hija del ventero y Maritornes le tienden una trampa a Don Quijote. El episodio contiene muchas connotaciones sexuales: las dos «semidoncellas» consiguen que Don Quijote inserte su mano a través del «agujero» o ventana del pajar y Maritornes la ata a una puerta ubicada al otro lado del pajar. Don Quijote concluye su soliloquio aludiendo al mito clásico de Dafne y su metamorfosis ocurrida cuando Apolo la acecha «por los llanos de Tesalia».

En ese momento, la hija de la ventera lo llama y, otra vez, nuestro viejo y verde caballero imagina que la muchacha se ha enamorado de él. La voz indirecta libre describe cómo «en el instante se le representó en su loca imaginación que otra vez, como la pasada, la doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida de su amor tornaba a solicitarle».

Don Quijote le señala que no la puede satisfacer, aunque, en lugar del sexo le ofrece «una guedeja [mechón] de los cabellos de Medusa, que eran todos culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma».

Maritornes consigue que el hidalgo loco se acerque más al pajar, y le pide que pase la mano por el agujero mientras que subraya el peligro que corre «que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera la oreja».

La oreja de nuevo, recordándonos del castigo que recibían los cautivos por
 intentar huir de los baños en La historia del cautivo, así como también de la oreja de Don Quijote que le cortaron en la batalla contra el vasco. La descripción que da Don Quijote de su propia mano es cómica y erótica a la vez:

«No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contestura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas, de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene».

Maritornes le ata la mano con nada menos que «el cabestro del jumento de
 Sancho Panza» que luego ata al cerrojo de la puerta del pajar. Con Don Quijote colgado de la ventana del pajar, el narrador nos recuerda al pariente de Cide Hamete del capítulo dieciséis, informándonos que el héroe se cree encantado de nuevo, como «cuando en aquel mesmo castillo le molió aquel moro encantado del arriero». También resuena su incierta identificación con Amadís: «Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza encantamento alguno».

Ahora Cervantes narra un intercambio complicadísimo: Llega el alba y Don Quijote «bramaba como un toro» cuando «llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y aderezados, con sus escopetas sobre los arzones».

Descubriremos en el siguiente capítulo que son cuatro hombres en busca del misterioso «mozo de mulas» y que llegaban para llevarlo de vuelta a Aragón. Sin embargo, en el momento inicial, la idea es sugerir la llegada de la ley o la fuerza real, subrayando el verdadero simbolismo del oidor como representante del Estado. Cuando Don Quijote les dice a los jinetes que él no es ventero y que la venta es castillo donde se alojan gente «que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza», uno de los caminantes expresa su incredulidad de manera irónica:

«Mejor fuera al revés… el cetro en la cabeza y la corona en la mano… que debe de estar dentro alguna compañía de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y cetros que decís; porque en una venta tan pequeña… no creo yo que se alojan personas dignas de corona y cetro».

La frase alude a la costumbre de marcar la mano a los criminales con la imagen de una corona y también a la mala reputación que tenían los «representantes» o actores de teatro. Y con este desprecio del estado social de todos los huéspedes, los caminantes «tornaron a llamar con grande furia».

Concluye el episodio con una repetición de lo que pasó con los yangüeses. Pues Rocinante sufre una tentación sexual: «Sucedió en este tiempo que una de las cabalgaduras en que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler a Rocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas, sostenía sin moverse a su estirado señor; y como en fin era de carne, aunque parecía de leño, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias». Cuando Rocinante se aleja, la situación de Don Quijote empeora. La descripción final del héroe colgando del agujero de la venta emplea la metáfora de la garrucha, una forma de tortura que se daba en los delitos graves: «fatigábase y estirábase cuanto podía por alcanzar al suelo, bien así como los que están en el tormento de la garrucha puestos a “toca, no toca”». Es difícil no ver en todo esto cierta crítica del poder brutal del Estado o de la Inquisición.

Para resumir: La llegada a la venta del oidor y la reunión de los hermanos Viedma da lugar al caso amoroso de doña Clara y el misterioso “marinero de amor”, quien desempeña el papel de tantos otros enamorados de Don Quijote. Luego, como una cadena de alegorías, cada una aludiendo a la anterior, la relación entre doña Clara y el mozo de mulas cede a su versión burlesca en la trampa que Maritornes le hace a Don Quijote. De hecho el episodio es una recapitulación de los amores novelísticos de que se compone la novela. Por eso, tanto en la poesía del episodio como en la descripción de doña Clara del amado que lleva «retratado» en su alma se ponen de primer plano el amor neoplatónico y las metamorfosis asociadas con él. No debemos dejar de fijarnos en el giro político al final del invisible capítulo cuarenta y tres. Al terminar el capítulo tenemos a Don Quijote incapacitado y colgado, de hecho torturado, como un títere contra la pared de la venta. Uno de los cuatro jinetes recién arribados a la venta insinúa la criminalidad de todos los huéspedes. Todo eso, junto con la alusión que hace uno de los caminantes a ciertos «representantes» (tanto actores de teatro como agentes políticos), sugiere ese otro extremo de la filosofía de Platón más allá del deseo cósmico amoroso: a saber, el estado político que se contempla en La república, donde la tiranía está en perpetua lucha con la libertad, las cuales algunos somos capaces de percibir y otros no.