‘Curso Comercial’ 1930
‘Curso Comercial’ 1930

Comienza sus actividades en el año 1911 por iniciativa del Presbítero Julio María Chienno, Cura Párroco de Juárez entre 1907 y 1916. Era un colegio exclusivamente para varones, donde se impartían materias como Lectura, Escritura, Aritmética, Contabilidad, Idioma Nacional, Historia, Geografía, Geometría y Dibujo, Instrucción Cívica, Conducta, Física, Química, Historia Natural, Francés, Italiano, Inglés, Piano, Religión, Urbanidad y Solfeo.

Durante la década de 1920, el colegio pasa a ser administrado por la congregación Hermanos de la Sagrada Familia de la ciudad de Tandil, y cambia su nombre a Colegio de la Sagrada Familia. Se mantiene activo hasta el año 1945.

Currículum y nación

El listado de materias no es neutral: expresa una visión del mundo, una idea de sujeto y una imagen del país que se pretendía formar. Se buscaba disciplinar el cuerpo (con urbanidad y conducta), organizar el pensamiento (con aritmética y contabilidad), forjar una sensibilidad estética (con música y dibujo), y asegurar la cohesión nacional (con historia, idioma nacional y religión). En ese currículum, la escuela emerge como aparato ideológico del Estado, al servicio de la formación de varones alfabetizados, obedientes y útiles para el orden social liberal.

La fotografía del aula del Colegio La Salle en 1930, pese a estar tomada varias décadas después de la traza del pueblo y la fundación de sus primeras instituciones educativas, condensa muchas de las tensiones, dispositivos y operaciones simbólicas que nuestra historia crítica busca revelar. En esta escena, detenida por el obturador, encontramos los rastros visibles del proceso de normalización escolar que, desde fines del siglo XIX, fue moldeando los cuerpos, las inteligencias y las subjetividades en Benito Juárez.

La disposición física de la escena responde a un modelo arquitectónico y pedagógico panóptico, en el sentido propuesto por Michel Foucault: los alumnos están alineados, fijos en sus bancos, con el rostro inclinado hacia cuadernos y libros, mientras el docente — en posición de pie, brazos cruzados — vigila, contiene y organiza el tiempo, la palabra y el silencio. La escuela, como ya vimos en documentos anteriores, es uno de los aparatos más eficaces del poder moderno para producir cuerpos dóciles y útiles, inscriptos en una temporalidad regularizada y sujetos a una racionalidad lineal, ascendente, meritocrática.

Aquí no hay niños dispersos, ni juegos, ni gestos fuera del protocolo. Cada alumno es su pupitre, su libro y su postura: la conducta se registra a través de la constancia, la obediencia y la repetición. Como lo señaló Pierre Bourdieu, en este tipo de instituciones “la pedagogía actúa sobre el habitus”, naturalizando prácticas, valores y formas de percepción que luego serán vistas como “sentido común”.

Las imágenes, los signos y la política de los objetos

El aula está organizada en función de un currículum moderno, nacional y comercial. Lo sugieren los mapas colgados a la izquierda, que muestran América del Sur y del Norte, y que — más que representar continentes — representan un orden geopolítico que naturaliza las fronteras, las naciones, las capitales, las rutas y los centros de poder. Los mapas, como bien lo sostuvo David Harvey, son tecnologías del capital: en este caso, enseñan a mirar el espacio desde el punto de vista de la mercancía, la administración estatal o el cálculo imperial.

A la derecha, el afiche anatómico humano recuerda otra dimensión del disciplinamiento: el cuerpo como objeto de conocimiento científico, divisible, etiquetable y corregible. La racionalidad biomédica entra al aula por el mismo lugar que lo hace el mapa: como representación jerárquica, clasificadora y utilitaria.

Sobre el pizarrón se lee “Curso Comercial”, una expresión que nos ubica en el contexto de la expansión de las escuelas técnicas y comerciales para varones, típicas de la consolidación del modelo agroexportador argentino. Este tipo de cursos no solo enseñaban contabilidad o taquigrafía, sino que preparaban sujetos para insertarse en la nueva estructura social de la nación moderna, en la que el capital exigía una nueva clase media urbana: calculadora, ordenada, funcional.

El cuadro, el retrato y la autoridad simbólica

Por encima del pizarrón, se destaca un retrato militar, aunque no pueda identificarse con claridad si se trata de Roca, Sarmiento o Mitre. Su ubicación elevada no es casual: como sucede con los crucifijos en los colegios religiosos, esta imagen marca el origen de la autoridad y encarna el principio de verticalidad del poder. El aula, así, reproduce una escena jerárquica: el militar vigila al maestro, el maestro vigila al alumno. En términos de Bourdieu, este cuadro es parte del “capital simbólico del Estado”, que se inscribe en los muros como lo haría en las monedas o en los sellos oficiales.

Una educación por acumulación

La cantidad de libros abiertos sobre los pupitres también nos dice algo. No se trata aquí de formar ciudadanos críticos, sino administradores de datos, repetidores de fórmulas, registradores de cifras. El saber se acumula como mercancía, como lo advertía Walter Benjamin al hablar de la historia oficial: un archivo que se impone por su peso y no por su sentido. Esta imagen no nos muestra una pedagogía de la pregunta, sino una pedagogía de la respuesta correcta.

La nitidez del orden: lo que enseña el aula, lo que silencia la imagen

La fotografía es, en sí misma, un documento histórico. Pero no en el sentido ingenuo de “registro de lo que fue”, sino en el sentido que le da Peter Burke: lo visible y lo no dicho son parte de la misma operación ideológica. Lo que no aparece en la foto es tan importante como lo que sí: las niñas, por ejemplo, están ausentes. También están ausentes los saberes populares, los idiomas de los migrantes, las canciones criollas o las lenguas indígenas. El aula no es solo una habitación: es un filtro, un embudo, un ritual de pasaje entre lo visible y lo legítimo.

Esta imagen del Colegio La Salle, tomada ya en la década de 1930, puede pensarse como la maduración de aquel dispositivo fundacional que vimos nacer en las escuelas de Juárez hacia 1879, cuando el Consejo General de Educación exigía, bajo amenaza legal, que la Municipalidad depositara el 15% de sus rentas. Desde entonces hasta esta escena, el capital simbólico del Estado ha logrado instalar un modo de ver, de oír y de estar en el mundo.

Y, sobre todo, ha logrado que todo eso parezca natural.