Cerro El Sombrero, en el sistema de tandilia, se destaca como un hito geológico y arqueológico que revela la presencia de grupos cazadores-recolectores antes de la instalación de la frontera y la expansión estanciera. Sus rocas y cumbres guardan la memoria de prácticas de vida y saberes ancestrales que dialogan con el paisaje pampeano profundo. Foto: César Marini
Cerro El Sombrero, en el sistema de tandilia, se destaca como un hito geológico y arqueológico que revela la presencia de grupos cazadores-recolectores antes de la instalación de la frontera y la expansión estanciera. Sus rocas y cumbres guardan la memoria de prácticas de vida y saberes ancestrales que dialogan con el paisaje pampeano profundo. Foto: César Marini

Elevándose con sobriedad mineral en el centro oriental del sistema de Tandilia, el Cerro El Sombrero se recorta contra el horizonte como un signo geológico y humano, una eminencia discreta que a simple vista se confunde con la suavidad ondulada de la llanura, pero que al ser interpelada desde la perspectiva braudeliana del temps long, se revela como un pliegue del tiempo profundo, un nudo de temporalidades que condensa las memorias del espacio pampeano antes de la frontera, antes del alambrado, antes de la estancia[1].

Su cumbre, coronada por afloramientos de cuarcitas y calizas que resistieron la erosión de milenios, se constituyó durante la transición Pleistoceno-Holoceno en un espacio significativo para las bandas de cazadores-recolectores que habitaban la pampa, lugar de encuentro entre la geografía mineral, la agencia humana y las prácticas de habitar el paisaje con un sentido que conjuga la necesidad y el símbolo.

Las investigaciones arqueológicas han revelado que esta cima, lejos de ser un mero accidente orográfico, se erigió como sitio a cielo abierto de actividades múltiples, donde la cultura material se manifestó en una densidad artefactual que atestigua la manufactura y el uso intensivo de herramientas líticas: bifaciales, artefactos elaborados por picado, abrasión y pulido, puntas cola de pescado que constituyen una firma tecnológica de aquellas poblaciones en tránsito entre dos eras. Los desechos de manufactura dispersos entre las rocas, los núcleos preparados para el traslado a otras latitudes y las huellas de uso reveladas por análisis microscópicos y de residuos lipídicos, dibujan una cartografía de gestos y prácticas que articulan la subsistencia con el pensamiento técnico y simbólico.

La elección de materias primas no fue azarosa: las rocas seleccionadas, a veces con claros valores simbólicos, eran transformadas en instrumentos que garantizaban la continuidad de la vida, pero también expresaban una relación con la tierra que excedía lo utilitario, inscribiendo en la superficie de las herramientas una memoria del lugar de donde provenían.

El emplazamiento del sitio en la cima del cerro aporta claves esenciales sobre la espacialidad de estos grupos: la visibilidad, la accesibilidad y la visibilización del sitio transformaban a El Sombrero en un hito paisajístico desde el que se controlaban visualmente amplios sectores del entorno, facilitando la observación de manadas de guanacos o venados, el seguimiento de rutas de caza y la vigilancia de eventuales incursiones de otros grupos. Esta característica no sólo obedecía a una lógica práctica, sino que también inscribía al cerro en una geografía del sentido: un lugar de referencia, de regreso, de memoria, que condensaba significados en cada retorno estacional o en cada paso ritual de los grupos que frecuentaban estas tierras.

La cima de El Sombrero puede leerse, en este sentido, como un observatorio arcaico, un mirador donde la movilidad de las bandas cazadoras-recolectoras encontraba un punto de anclaje momentáneo en su tránsito por la pampa. La estructura social igualitaria de estas sociedades se refleja en el carácter comunitario de estas ocupaciones, donde hombres y mujeres compartían tareas vinculadas a la recolección de rocas, la manufactura de instrumentos y el procesamiento de cueros y vegetales, inscribiendo en este paisaje una huella humana que dialogaba con el ritmo geológico y climático.

De este modo, bajo la apariencia de llanura monótona, el sudeste bonaerense constituye un palimpsesto sedimentario y biológico donde las sierras de Tandilia, las cuencas y las extensas planicies se erigen como archivos de larga duración, estructurando el espacio que será alambrado y loteado recién en el siglo XIX.

Las canteras indígenas de Barker y San Manuel, activas desde hace al menos 6.000 años, forman parte de este archivo, expresando el vínculo entre humanidad y geología. No es casual que Charles Darwin, en 1833, se detuviera en estos paisajes para interrogar sus rocas y sedimentos, percibiendo en las capas de tosca, en las cuarcitas y en los huesos de megafauna, las huellas de temporalidades profundas que se extendían mucho más allá de las fronteras políticas emergentes[2].

La prehistoria pampeana, en sentido braudeliano, se expande como “tiempo largo”, donde cada nivel geológico se articula con desplazamientos de fauna y flora, variaciones climáticas y migraciones humanas tempranas, componiendo un territorio que antecede y condiciona al capital y al Estado, que más tarde intentarán domesticarlo mediante la homogeneización parcelaria.

Primeras ocupaciones humanas: cazadores-recolectores y movilidad planificada

Los primeros grupos humanos llegan al actual Benito Juárez hace 14.000 años, en un mundo poblado aún por megamamíferos, practicando una ocupación del espacio caracterizada por alta movilidad y adaptaciones tecnológicas[3]. Estos grupos, cazadores-recolectores igualitarios, establecían campamentos cerca de lagunas y arroyos como La Barrancosa, donde el agua garantizaba vida, mientras guanacos, venados y ñandúes eran cazados estratégicamente.

La evidencia de herramientas de molienda indica la recolección y procesamiento de vegetales, complementando la caza. La cuarcita de Barker y Tandilia era materia prima estratégica, extraída, trabajada y distribuida a cientos de kilómetros, expresando circuitos de movilidad, intercambio y planificación territorial, con rocas que “viajaban” como núcleos preparados en cantera, utilizadas para fabricar puntas de proyectil, raspadores y herramientas cotidianas.

Esta circulación de materias primas y el hallazgo de escondrijos de roca en lugares de ocupación recurrente evidencian un uso del espacio con planificación anual y estacional, que da cuenta de un paisaje vivo, en constante resignificación por parte de estos grupos.

Innovaciones y conflictos en el “tiempo largo” de las pampas

Hacia los 12.000 años AP, surgen innovaciones como las puntas cola de pescado y posiblemente el propulsor, permitiendo una caza más eficiente y alterando las estrategias de ocupación del paisaje. La desaparición de la megafauna modifica el repertorio de presas, posicionando al guanaco y a la fauna menor como presas centrales[4].

El hallazgo de entierros en Arroyo Seco con puntas de proyectil clavadas revela que las relaciones entre grupos no fueron idílicas, y que las disputas por recursos y accesos a canteras podían generar conflictos, anticipando comportamientos más territorializados en momentos tardíos, cuando el acceso a los afloramientos requería negociaciones. Estos episodios muestran que el paisaje pampeano fue también escenario de tensiones y pactos, y no solo un espacio vacío aguardando la ocupación colonial.

Esta capacidad de los primeros grupos cazadores-recolectores de leer, interpretar y clasificar rastros y señales en el espacio pampeano se inscribe en lo que Carlo Ginzburg denomina el paradigma indicial[5], heredero de la experiencia cinegética milenaria que enseñó a hombres y mujeres a reconstruir la presencia y el movimiento de presas no visibles a partir de fragmentos mínimos y signos dispersos. Tal como el cazador que, en la planicie barrancosa, se agachaba para observar una rama quebrada o un mechón de pelo enredado en un cardo, realizando complejas operaciones mentales con velocidad, aquellos grupos que habitaron las tierras del actual Benito Juárez operaban con el espacio como un palimpsesto de huellas a descifrar y a narrar. Porque, como sostiene Ginzburg, la propia idea de narración pudo haber surgido en aquellas sociedades de cazadores, en tanto el desciframiento de rastros se organizaba en secuencias narrativas elementales: “alguien pasó por aquí”, “algo ocurrió aquí”.

En este sentido, el espacio pampeano, lejos de ser un vacío aguardando la colonización, constituía un texto vivo, cuya lectura se realizaba a través de un conocimiento conjetural articulado con la experiencia directa, componiendo una forma temprana de historia de cada paraje transitado. Cada piedra de cuarcita tallada, cada raspador abandonado junto a La Barrancosa, cada punta de proyectil rota, no eran vestigios inertes, sino signos en un lenguaje de la materia, remitiendo a estrategias de caza, desplazamientos, pactos de recolección y disputas por los afloramientos de piedra, en un territorio que se actualizaba en las relaciones entre grupos.

El paradigma indicial, en su historicidad, no se limita a la caza de guanacos o venados, sino que se expresa en la colocación de escondrijos de núcleos de cuarcita, en la selección de sitios de campamento, en la disposición de los cuerpos en entierros con artefactos líticos y en las trayectorias de circulación de materias primas. Estas acciones implicaban un saber situado y un conocimiento práctico, fundado en la conjetura, la inferencia y la singularidad del rastro, resistiendo a la cuantificación y conservando el vínculo con lo irrepetible de cada ocupación del espacio.

En esta perspectiva, las y los cazadores-recolectores comprendían el paisaje como un texto en el que cada señal formaba parte de una sintaxis de huellas, actualizadas en cada temporada, en cada negociación y en cada conflicto insinuado en un entierro con puntas de proyectil clavadas. El sudeste bonaerense se revela así como un territorio modelado por hombres y mujeres que aplicaban, sin nombrarlo, un paradigma de lectura indicial que anticipa las operaciones de reconstrucción histórica que siglos después realizarán quienes interrogan estos fragmentos materiales hallados en superficie o excavados con cuidado.

Tal como el paradigma indicial se prolonga desde la caza paleolítica hasta la filología y la microhistoria, la piedra tallada, el rastro de un fogón o las huellas fosilizadas en el barro integran una cadena de signos que permiten reconstruir la historia no escrita de aquellos primeros habitantes, su relación con la megafauna, sus innovaciones tecnológicas y sus vínculos con el ambiente. Antes de la estancia y del alambre de púas, ya existía una territorialidad compleja, un modo de habitar y resignificar el espacio en cada paso, en cada gesto de caza y en cada pacto comunitario.

[1] Fernand Braudel explica en La historia y las ciencias sociales su propuesta de distinguir tres niveles de temporalidad en la historia: el tiempo largo de las estructuras casi inmóviles (geografía, mentalidades colectivas), el tiempo medio de las coyunturas socioeconómicas y el tiempo corto de los acontecimientos y decisiones políticas. Esta concepción, conocida como larga duración, permite al historiador y a la historiadora analizar procesos históricos atendiendo tanto a los cambios profundos como a los hechos inmediatos, integrando así diferentes escalas de análisis en la investigación histórica. (Braudel, 1968, págs. 60–106 Cap. III La larga duración)

[2] Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo. En el navío S.M. Beagle. Pág. 118–119 Cap. V Bahía Blanca

[3] Politi, 2012

[4] Messineo, Gutiérrez, & Politis, 2009

[5] Ginzburg, Mitos, emblemas e indicios. Morfología e historia, 2008, pág. 144 y ss.