
El Plano del Ejido de Juárez puede ser leído como testimonio material de la racionalización capitalista del espacio, en un contexto donde la valorización de la tierra y el disciplinamiento de las poblaciones se convirtieron en necesidades estatales urgentes. La “neutralidad” del diseño geométrico oculta el conflicto: no hay trazos del pasado indígena, ni de las tensiones políticas locales, ni de los vínculos afectivos con el territorio. Solo hay medidas, nombres, límites. En términos de David Harvey, se trata de una espacialización que responde a los imperativos de la acumulación, a la necesidad de una circulación fluida del capital — en este caso, el inmobiliario y agropecuario — y a la proyección futura de una economía de propietarios.
Como plantea Harvey en su lectura histórica del capitalismo, el proceso de acumulación requiere — para concretarse eficazmente — de la homogeneización del espacio y la estandarización del tiempo. Esta premisa se hace tangible en la forma y contenido del plano del ejido. La grilla matemática, las parcelas delimitadas, los nombres adjudicados a propietarios (Vela, Valls, Iraola, Lastra, Udaquiola, etc.) y la ubicación central de “chacras, quintas y manzanas” muestran cómo el trazado no solo mide y ordena: también jerarquiza, privatiza y mercantiliza.
El espacio ya no aparece como continuidad del paisaje vivido, sino como superficie abstracta, geometrizable, cuantificable y, por lo tanto, intercambiable. Se realiza así lo que Harvey llama una “matriz cartesiana” del espacio, que sirve a los fines de la valorización capitalista: hacer de cada fragmento una unidad medible de propiedad, susceptible de ser vendida, hipotecada, registrada o confiscada. No es casual que esto ocurra en el mismo momento histórico en que se definen catastros, registros de propiedad y se expande el aparato jurídico-estatal hacia zonas anteriormente fronterizas.
La cartografía como expresión del nuevo régimen espacio-temporal
Para Jaques Le Goff la transición del feudalismo al capitalismo fue también una revolución en la experiencia del espacio y el tiempo. En el plano del ejido de Juárez observamos esa transición en su etapa de consolidación local. Lo que era antes frontera indeterminada — zona de tolderías, fortines, estancias dispersas y movilidad relativa — se transforma en una retícula regular, donde cada lote puede ser intervenido, explotado, y controlado desde una lógica centralizada. La representación misma del plano — su escala, su orientación, su registro técnico — responde a una forma moderna de ver el mundo: ver es controlar; medir es poseer.
El plano no representa solo la geografía física, sino también la instauración de una nueva legalidad, donde el espacio entra al lenguaje estatal. A partir de él, cada parcela puede ser reclamada, defendida judicialmente, transferida. En otras palabras, este plano convierte el espacio en mercancía: el ejido es el dispositivo que traduce el territorio en propiedad privada o estatal, operando una disolución de memorias comunitarias, prácticas indígenas o formas de apropiación anteriores.
Capitalismo y destrucción creativa del paisaje
En sintonía con los desarrollos de Harvey sobre la “destrucción creativa”, este plano puede leerse como el acta de defunción de un orden espacial anterior. Si el trazado del pueblo de Juárez en 1874 simbolizaba el asentamiento definitivo de la institucionalidad estatal y la mercantilización del suelo, el ejido consolida ese proceso a través de una lógica expansiva y regulada. No sólo delimita un núcleo urbano, sino que proyecta la ciudad hacia sus alrededores bajo la forma de quintas, chacras y futuras subdivisiones. Aquí la grilla ya no se detiene en los límites del casco urbano: se extiende a lo rural, lo coloniza, lo normativiza.
Como indica Harvey, el capitalismo necesita destruir anteriores formas de vida para establecer su dominio, y lo hace reconfigurando las coordenadas espaciales: allí donde antes existía un pozo de agua comunitario, un camino de huella o un mojón de pastoreo, ahora habrá una calle numerada, una manzana fraccionada, un título de propiedad. El mapa borra historias, pero también crea posibilidades nuevas, funcionales al capital.
El ejido como tecnología de poder: visibilidad, control y exclusión
Desde la perspectiva foucaultiana que Harvey también incorpora en su crítica geográfica, el plano del ejido no solo representa un modo de organizar el suelo: es un artefacto de gobierno. Como en los hospitales, escuelas, cuarteles o fábricas, el espacio se vuelve inteligible y gobernable solo cuando es visible, dividido, clasificado. Así, el ejido es parte de lo que Foucault llamó “tecnologías de poder”: una forma específica de administrar poblaciones a través del ordenamiento del espacio. Se delimita quién vive dónde, qué uso se le da a cada parcela, por qué vía circulará la gente y qué zona se reserva para la producción o la residencia.
Esto no es inocente. Como ya se ha visto con los planos de las estancias (el ‘Sol Argentino’ y sus tres avenidas, todas ellas con nombres cargados de sentido: Bartolomé Mitre, Ignacio Rivas y 25 de Mayo ) y del propio trazado urbano, el diseño del espacio anticipa y reproduce relaciones de poder. Las quintas, chacras y manzanas del ejido de Juárez no están orientadas al uso comunal ni al poblamiento espontáneo, sino al fraccionamiento del suelo para la inversión, la especulación y el control. El acceso a la tierra queda limitado por la inscripción previa en catastros, por el precio, por la legalidad. Así, el ejido impone un nuevo régimen de territorialidad: el de la propiedad y la vigilancia.
Incluso los nombres que figuran en el plano — los propietarios linderos, los límites con estancias vecinas, la propia indicación de “chacras y quintas” — permiten leer un mapa de clase social. Allí donde antes podía haber vaquerías, tierras fiscales, ranchos dispersos o zonas de uso múltiple, ahora hay zonas específicas, con funciones determinadas y sujetos autorizados a habitar. La espacialización se convierte en estratificación. Al observar el plano de Muñiz de 1873, hay algo profundamente moderno en su pretensión de totalidad, su aspiración a cubrir todo el territorio con líneas rectas, superficies iguales, unidades previsibles. Pero también hay algo profundamente violento en esa abstracción, como señaló Walter Benjamin: cada documento de cultura es también un documento de barbarie. El plano no registra a los expulsados, los desplazados, los sin tierra. Tampoco menciona los modos de vida borrados por la cuadrícula: el gaucho sin título, el peón errante, el indígena desplazado, el mestizo en tránsito.
A partir del plano, el Estado puede vender tierras, otorgar títulos de propiedad, organizar impuestos, recaudar tasas, controlar la residencia, regular los mercados.
El ejido es, entonces, una plataforma logística para la gubernamentalidad, entendida como el conjunto de estrategias que permiten gobernar territorios, cuerpos y recursos en función de los fines del capital. Al mismo tiempo, es un punto de inflexión para el propio Partido de Juárez: a partir de aquí, ya no es solo un espacio habitado o administrado, sino también un lugar valorizado, representado y normalizado.
Resonancias para una historia crítica
Este análisis de la Traza del Pueblo de Benito Juárez y del plano del Ejido de Juárez no busca reducirlos a una mera herramienta técnica, sino abrirlos como documentos densos, cargados de historia, conflicto y proyección. Leídos junto a los aportes de Harvey, estos mapas y planos nos recuerdan que:
- El espacio es una producción social e histórica.
- La cartografía es una forma de poder, no de transparencia.
- La grilla es una técnica de orden, pero también de exclusión.
- La propiedad privada, la planificación urbana y la lógica capitalista no fueron procesos naturales, sino construcciones contingentes, disputadas y todavía hoy debatidas.
Cerrar esta sección con el análisis del plano permite, además, interrogar los límites de la memoria histórica local. ¿Cuántos de quienes hoy habitan Juárez conocen la historia de ese mapa? ¿Qué memorias quedaron fuera del trazado? ¿Qué otras formas de habitar se perdieron en ese gesto de ordenamiento?