Poncho perteneciente a Mariano Roldán, hoy en el Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez
Poncho perteneciente a Mariano Roldán, hoy en el Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez

A veces, la historia no se revela en lo que se muestra, sino en lo que se omite. El poncho de Roldán no entra en la foto con Mitre. Pero persiste como pregunta. Como memoria textil de un mundo rural en transformación. Como gesto silencioso que interpela: ¿quién decide cómo debemos vestir para pertenecer? ¿Qué cuerpos deben ocultarse para que otros puedan representar la Nación?

Mariano Roldán (sentado a la derecha) junto al ex presidente Bartolomé Mitre en la estancia ‘Sol Argentino’
Mariano Roldán (sentado a la derecha) junto al ex presidente Bartolomé Mitre en la estancia ‘Sol Argentino’

La fotografía tomada en la estancia Sol Argentino muestra a Mariano Roldán sentado junto a Bartolomé Mitre, rodeado de jóvenes vestidos de etiqueta, probablemente familiares o allegados políticos. Es una puesta en escena cuidadosamente orquestada. Roldán no aparece como paisano ni como capataz, sino como miembro de una elite ilustrada: traje claro, chaleco, corbata, sombrero al tono. Nada hay en su indumentaria que lo vincule a las formas tradicionales del vestir rural. La foto, como toda imagen pública, produce un mensaje: este es un hombre civilizado, moderno, confiable, republicano. Su cuerpo no desentona junto al de Mitre; al contrario, lo legitima.

Sin embargo, el museo que conserva la memoria material de Roldán guarda, entre otros objetos, un poncho. Lo que la foto no muestra, el poncho lo evoca. No solo por lo que fue, sino por lo que dejó de ser. En este contraste visual — poncho frente a traje — se condensa una transformación profunda del orden social: el disciplinamiento del cuerpo y de la identidad a través de las formas del vestir.

Como plantea Camilo Retana en su análisis sobre el poder disciplinario del vestido, la vestimenta no es un mero adorno, sino una tecnología de ordenamiento social. El uso del traje implicaba no solo una elección estética, sino una toma de posición política y cultural. En un contexto en el que el Estado nacional intentaba “blanquear” y “europeizar” la figura del gaucho, el uso del poncho se asociaba cada vez más al atraso, la barbarie o la amenaza del desorden rural. A la inversa, el traje representaba una adecuación al ideal civilizatorio que se buscaba consolidar: sobriedad, racionalidad, higiene, modernidad. Como dice Retana, “las ropas civilizan los cuerpos; los someten a una narrativa visual de obediencia”.

El poncho, en tanto, cargaba otras memorias. Era abrigo y refugio, prenda de trabajo y de combate, escudo y mortaja. Había sido parte del vestuario habitual del gaucho, del peón rural, del baqueano. Su uso en la pampa no respondía a criterios estéticos, sino de funcionalidad y supervivencia. Pero también era símbolo: de la vida nómade, de la resistencia indígena, del criollo no integrado al orden estatal. En el poema de Hernández, Fierro viste poncho; en las campañas militares, lo llevan tanto unitarios como federales; en la cotidianeidad de la estancia, era la prenda que unía a capataces, peones y puesteros.

Diana Hamra nos propone “leer la historia en los objetos” no como un complemento visual de los grandes relatos, sino como un punto de partida para comprender cómo se vive, se imagina y se disputa el poder en lo cotidiano. En ese sentido, el poncho no es una reliquia del pasado, sino un archivo de memorias silenciadas: la del gaucho desplazado, la del peón marginado, la de la pampa heterogénea que fue reducida a una retícula de orden productivo.

La fotografía de Roldán, en contraste, testimonia una voluntad de integración al nuevo régimen. Su cuerpo vestido de traje — como el de Mitre, como el de los jóvenes del fondo — no es solo un cuerpo individual: es un cuerpo codificado para representar un tipo de masculinidad, de liderazgo, de pertenencia. En esta escena no hay caballos ni alpargatas, ni cuchillos ni ponchos. Hay zapatos lustrados, moños, bastones y posturas correctas. Es una coreografía visual del orden burgués.

Podemos leer aquí lo que Michel Foucault llamó una “microfísica del poder”: la forma en que el poder opera no solo desde arriba, mediante leyes e instituciones, sino también desde abajo, en los gestos, en los objetos, en las formas de estar, de vestir, de mirar. El poncho plegado, conservado, aislado en una vitrina, ya no abriga ni nombra: está allí como testimonio de lo que fue desplazado.

El traje, en cambio, aún se proyecta: en los códigos de vestimenta, en los modos de representación pública, en las reglas tácitas del buen gusto. El tránsito del poncho al traje, entonces, no fue neutro. Fue parte de un proceso mayor de reconfiguración del espacio rural argentino, que implicó también el alambrado, el despojo, el disciplinamiento del trabajo, la escolarización obligatoria, el reemplazo del rancho por la estancia racional.

En ese marco, la imagen de Roldán y el poncho se convierten en dispositivos pedagógicos. No para exhibir un pasado muerto, sino para interrogar un presente naturalizado. ¿Qué cuerpos quedan por fuera de la escena oficial? ¿Qué saberes fueron excluidos junto con las ropas? ¿Qué relatos aún podemos hilvanar a partir de las tramas que la historia dominante quiso destejer?