Gaucho, fotografiado en la estancia “San Antonio” por el fotógrafo Francisco Paco Ayerza, durante el siglo XIX., año 1883.
Gaucho, fotografiado en la estancia “San Antonio” por el fotógrafo Francisco Paco Ayerza, durante el siglo XIX., año 1883.

En esta imagen tomada por Francisco Ayerza, un gaucho posa sobre su caballo junto a una laguna en la llanura que forma el paisaje en la estancia San Antonio, mientras un perro lo acompaña atento. A diferencia de los gauchos que posan con sus guitarra o los inmigrantes que sonríen junto a la maquinaria, este hombre no parece posar para la cámara, sino continuar, imperturbable, su estar en el mundo, casi indiferente a la presencia del fotógrafo, como si su figura hubiera quedado rezagada en una temporalidad distinta, en un pliegue del tiempo, en la frontera del avance del capital agrario.

La imagen captura el instante anterior a la desaparición de un modo de ser y de habitar la pampa, el momento en que el gaucho aún sostiene su relación orgánica con la tierra, con el cielo, con los rastros y con las señales imperceptibles del ambiente. En la quietud de esta fotografía late el murmullo de un saber que “no necesita brújulas ni mapas” (Rodríguez), un saber indicial, de huellas y olores, de brisas y nubarrones, de lomas y bajos invisibles al ojo europeo.

Fermín Rodríguez señala que “los gauchos e indígenas que habitaban la llanura, capaces de leer ‘una historia entera’ en un rastro imperceptible, no tenían los mismos límites” que los viajeros ilustrados, y esta imagen encarna ese umbral: el gaucho es el reverso de lo sublime, pues en lugar de contemplar la llanura como vacío, la lee como plenitud, con un lenguaje corporal que prescinde de sistemas de signos y de la cartografía, desplazándose con una percepción “plegada al conocimiento científico” (Rodríguez).

Lo que la imagen sugiere es el final de ese murmullo anónimo de voces y rastros que habitaban la pampa, de ese “fraseo fugitivo de los cuerpos” que indicaba dónde había agua, pasto, leña, dónde era posible avanzar o detenerse, qué cielo presagiaba tormenta. El gaucho en la fotografía es un vestigio de la pampa hablada, esa que desaparece bajo la “medición del espacio y la homogeneización del tiempo” que Marx y Harvey describen como condición para la valorización capitalista del territorio. Ayerza fotografía, sin saberlo, a un sujeto que está siendo despojado de su mundo: “Escribir el desierto fue borrar del paisaje las huellas de los cuerpos fugitivos de la llanura” (Rodríguez).

Este gaucho, con su perro, su caballo y el agua, representa la “propiedad viviente que camina” (Álvaro Barros), el capital biológico de un orden que se sostiene sin trabajo humano, donde la reproducción de la riqueza no requiere sino la extensión de la tierra y el tiempo lento de la naturaleza. Sarmiento aborrecía este orden, donde el gaucho no cultivaba ni domesticaba, donde “la mano del hombre está de más”. Lo que en la pampa era placer, la carrera del ganado y la yerra, se vuelve en el matadero extracción, apropiación y beneficio ajeno. El gaucho no tiene necesidades de consumo; su goce está en la libertad salvaje que, para el relato liberal, debe desaparecer.

El gaucho en esta imagen es la frontera del capital, un cuerpo que, a ojos del proyecto civilizatorio, debe ser domesticado, desplazado, sustituido o folklorizado, porque representa una forma de habitar que no genera plusvalía ni se articula con la valorización del capital. Los viajeros, de Head a Darwin, reconocen en ellos una comunidad orgánica que amenaza con ser una alternativa a la modernidad. Es, como recuerda Rodríguez, una “contramodernidad latente” que el relato del progreso necesita suprimir.

En este retrato, el gaucho no busca lo sublime ni lo estético, no busca posarse para la historia: habita la pampa como quien habita un cuerpo. La línea del horizonte se funde con el cielo, la laguna refleja un mundo invertido, y el gaucho se mantiene firme, como si custodiara la memoria de un tiempo en que el espacio pampeano no estaba cuantificado ni subordinado a la lógica de la mercancía. Aquí no hay carreta cargada de lana, ni arado mecánico, ni mujeres posando sonrientes, ni una cosechadora de última generación: hay un gaucho con su caballo, su perro, el agua, y un saber que está desapareciendo, del que solo quedará el eco en la “pampa vacía” del discurso liberal y en la nostalgia del folklore.

Esta imagen nos recuerda que antes de ser capital, la tierra fue horizonte y límite, experiencia y saber, y que la historia crítica del Partido de Benito Juárez no puede contarse sin narrar esta pérdida: la desaparición de los cuerpos y saberes que habitaban la pampa antes de ser convertida en estancia, capital y exportación.