
La imagen capturada por Francisco Ayerza, “el retratista de Martín Fierro”, muestra a un grupo de gauchos detenidos en un instante de descanso. Aparecen junto a una carreta, mate y guitarra en mano, rodeados de un paisaje ya cercado, controlado y segmentado por el alambrado y la geometría del capital, bajo la atenta mirada de la lente que inmortaliza la escena. La composición pictórica parece amable, casi costumbrista, como si se tratara de una postal romántica de la pampa. Sin embargo, en esta estética de la quietud se esconde una derrota: el gaucho, antaño símbolo de libertad y desafío al orden, ha sido domesticado y reducido a objeto decorativo.
Fermín Rodríguez nos advierte que el proceso de “civilización” de la pampa implicó, en términos concretos, la aniquilación de las formas de vida nómadas y autónomas del gaucho, figura que en el Martín Fierro de Hernández se constituye en el canto desesperado de un sujeto amenazado de extinción. El alambrado, el Remington, el telégrafo y el ferrocarril no solo transformaron el paisaje físico, sino que también destruyeron la matriz de vida que hacía del gaucho un sujeto libre, convirtiéndolo en peón de estancia, en un obrero rural que intercambiaba su fuerza de trabajo por salario bajo la lógica del capital.
Esta fotografía es testimonio de ese proceso de despojo, pero en su forma más insidiosa: el gaucho que posa para Ayerza ya no es un peligro para el orden, sino un símbolo inofensivo, una curiosidad etnográfica, un remanente que puede ser estetizado sin riesgo por las élites terratenientes. La guitarra y el mate, íconos de sociabilidad gaucha, pierden aquí su potencia de comunidad autónoma y se transforman en atributos de una vida pintoresca, apta para la contemplación del espectador burgués que busca exorcizar sus culpas en la belleza de una figura ya desactivada políticamente.
En términos harveyanos, este proceso se vincula a la necesidad del capital de producir un “espacio homogéneo”, que transforme las pampas en superficie de valorización, imponiendo tiempo de trabajo estandarizado, despliegue logístico y disciplinamiento de los cuerpos. El gaucho, que antes encarnaba otro tiempo — el tiempo de la espera en la llanura, el tiempo de la trashumancia, del rodeo y del arreo — , es ahora subsumido a los tiempos del capital: los tiempos de la esquila, de la cosecha, del mercado y del ferrocarril.
Rodríguez plantea que la derrota del gaucho fue la condición de posibilidad de la Argentina agroexportadora. En esta imagen, la carreta misma, vestigio de transporte previo al ferrocarril, aparece vacía, transformada en un decorado, mientras el alambrado al fondo señala el límite del espacio privatizado y productivo. Allí, donde antes existía el campo abierto, el potrero común, la pampa sin cercas, ahora se yergue el símbolo del capital: la tierra dividida, la hacienda marcada, el trabajo subordinado.
La fotografía de Ayerza se convierte así en un documento que revela, en su aparente simplicidad, la artificialidad de la escena gauchesca en el ocaso del siglo XIX. Lo que el lente inmortaliza es el momento en que la figura del gaucho deja de ser sujeto de la historia para convertirse en objeto de la memoria, en folclore controlado y desprovisto de toda capacidad de resistencia, listo para ser exhibido como emblema de una tradición que el capital ha devorado y transformado en mercancía cultural.
En este sentido, el gaucho retratado por Ayerza se convierte en un testigo involuntario de su propia extinción como sujeto político, convertido en postal y propiedad simbólica de las mismas élites que lo habían perseguido, acorralado y derrotado.
