“La desgracia nos seguía, llegamos en mal momento; estaban en parlamento tratando de una invasión, y el indio en tal ocasión recela hasta de su aliento.”
La soledad del desierto magnifica la pena de Fierro, que no concibe tristeza mayor que la de dejar a su mujer en brazos de otro y a sus hijitos perdidos.
Tan grande es su tristeza que por momentos tiene alucinaciones y cree ver o escuchar a su china llamándolo. Por esto podemos interpretar que el desierto es una metáfora de su propia soledad.
En la orilla de un arroyo
solitario lo pasaba,
en mil cosas cavilaba,
y a una güelta repentina
se me hacía ver a mi china
o escuchar que me llamaba.
La llegada de Cruz y Fierro a las primeras tolderías es representada como un descenso a los infiernos. Es la gritería en una lengua desconocida y brutal, junto a los movimientos frenéticos de los indios, la que ofrece un panorama nada auspicioso. Para colmo de males, llegan con Cruz en un mal momento:
La desgracia nos seguía,
llegamos en mal momento;
estaban en parlamento
tratando de una invasión,
y el indio en tal ocasión
recela hasta de su aliento.
La representación que se ofrece del indio en esta segunda parte de la obra es muy distinta a la que leemos en la primera. Ya no son sólo las virtudes guerreras lo que se exalta sino su carácter despiadado y salvaje.
Allá no hay misericordia
ni esperanza que tener.
El indio es de parecer
que siempre matarse debe.
Pues la sangre que no bebe
le gusta verla correr.
Tan sólo la piedad de un cacique les salva la vida no sin antes indagar a qué venía la partida:
Nos aviriguaban todo
como aquel que se previene,
porque siempre les conviene
saber las juerzas que andan,
dónde están, quiénes las mandan,
qué caballos y armas tienen.
Recordemos que para el año en que se publica La vuelta de Martín Fierro (1879) ya se encuentra en marcha en nuestro país la conquista del desierto.
Hugo I. Nario, un reconocido historiador, publicará en la célebre revista Todo es historia, que hacia 1872 se derrumba el imperio pampa (1).
La carabina a fulminante es rápida. No aguarda a que la carguen por la boca, para matar. Los cañones no son los de Granada en 1858. Donde golpean, siembran la muerte. Y ellos no tienen otra cosa que las armas de cuando luchaban contra los españoles: lanzas, boleadoras y buenos caballos.
Hugo I. Nario: Revista «Todo es Historia» N° 9. Buenos Aires, enero de 1968.
2
Canto (I)
Canto (I)
En 1879, contemporáneamente al nacimiento de su hija Carolina, Hernández termina de escribir en los altos de la Librería del Plata, La vuelta de Martín Fierro. Ese año, también, se realiza la “triunfal” Conquista del Desierto por Julio A. Roca, ministro de Nicolás Avellaneda.
Pocos segundos nos lleva pasar de la primera parte del poema, en que dejamos a Fierro y a Cruz por iniciar la travesía del desierto para ir a vivir entre los indios en las tolderías y la segunda parte en que Fierro recupera la voz lírica, reclama nuestra atención, y nos advierte que a su historia le faltaba lo mejor.
Atención pido al silencio
y silencio a la atención,
que voy en esta ocasión,
si me ayuda la memoria,
a mostrarles que a mi historia
le faltaba lo mejor.
No tenemos que olvidar que entre la publicación de la primera parte y la segunda transcurrieron siete años (1872–1879) y en esos siete años el gaucho Martín Fierro había adquirido una popularidad asombrosa, sobre todo en amplios sectores de la campaña.
José Hernández, que apenas antes de publicar El gaucho Martín Fierro, intervino en una de las últimas revueltas federales contra el gobierno central, en el mismo año en que se publica “La vuelta…” ingresa como diputado provincial al congreso por el Partido Autonomista. Avellaneda había sucedido en la presidencia a Sarmiento (1868–1874) y Hernández continúa en la búsqueda de cambios y transformaciones, pero confiaba ahora con lograr realizarlos dentro del sistema político y de representación. En ese mismo contexto, Martín Fierro, su personaje, regresa del desierto como si volviera de un sueño, pues viene uno como dormido cuando vuelve del desierto. Además, recupera el carácter devocional de sus coplas cuando expresa que, a pesar de haber roto la guitarra al concluir la primera parte de la obra, no ha perdido aún su amor al canto:
Gracias le doy a la Virgen,
gracias le doy al Señor,
porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto,
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor.
Al finalizar su primer canto, Fierro explica, pues esa es su intención, que ha venido para ver si puede vivir y lo dejan trabajar.
He visto rodar la bola
y no se quiere parar,
Al fin de tanto rodar
me he decidido a venir,
a ver si puedo vivir
y me dejan trabajar.
Todavía no sabemos qué es lo que tuvo que vivir, dónde está exactamente en el momento en el que nos cuenta su historia ni acompañados por quiénes está.
Carlos Clérice, dibujante, litógrafo, ilustrador y caricaturista argentino, nace en Buenos Aires hacia 1860. En el año 1879, ilustró la primera edición de «La vuelta de Martín Fierro», editada por la Librería del Plata.
3
Canto (III)
Canto (III)
“No pude tener con Cruz ninguna conversación. No nos daban ocasión, nos trataban como agenos. Como dos años lo menos duró esta separación.”
Sabemos que Fierro y Cruz, por decisión de un cacique, se salvan de ser lanciados al llegar a las tolderías. A cambio, serán mantenidos en cautividad y obligados a vivir separados por dos años, al punto que ni una conversación podrán mantener entre ellos.
Movidos por su inorancia
y de puro desconfiaos,
nos pusieron separaos
bajo sutil vigilancia.
Al cabo de los dos años, el cacique les concede el favor de volver a reunirse. Fierro y Cruz se retiran hasta las orillas de un pajonal y levantan un bendito con dos cueros de bagual. Allí pasarán lo que les queda de estadía, alejados de las actividades regulares de los indios, o a una distancia prudente de aquél infierno.
Por no pasarlo tan mal en el desierto infinito, hicimos como un bendito con dos cueros de bagual.
Se endurece el corazón,
no teme peligro alguno.
Por encontrarlo oportuno
allí juramos los dos:
respetar tan sólo a Dios
de Dios abajo, a ninguno.
Se trata, por otra parte, de una distancia que le permite a Hernández trabajar literariamente en la construcción del vínculo entre Fierro y Cruz.
Guarecidos en el toldo
charlábamos, mano a mano.
Éramos dos veteranos
mansos pa las sabandijas,
arrumbaos como cubijas
cuando calienta el verano.
Y la distancia facilita, además, que Fierro complete sus conocimientos sobre los indios pampas.
El indio pasa la vida
robando o echao de panza.
La única ley es la lanza
a que se ha de someter.
Lo que le falta en saber
lo suple con desconfianza.
Fuera cosa de engarzarlo
a un indio caritativo.
Es duro con el cautivo,
le dan un trato horroroso.
Es astuto y receloso, es audaz y vengativo.
A propósito de esto último, las categorías de lo ‘bárbaro’ o ‘salvaje’ que utilizaba indistintamente Sarmiento para referirse a los indios o a los gauchos, ahora cuando aparece en la voz de Fierro sirven sólo para diferenciarse del indio.
4
Canto (IV)
Canto (IV)
Quien ha tenido que conocer el corazón de las tinieblas dispone, seguramente, de mucho para contar, pues ha gozado del raro privilegio de estar en contacto con eso que expresa lo ‘otro’, lo extraño, lo que no somos ni deseamos ser. A su vez, esta experiencia le es útil para demarcar los contornos de su propia identidad.
“Es guerra cruel la del indio porque viene como fiera; atropella donde quiera y de asolar no se cansa. De su pingo y de su lanza toda salvación espera.”
En el relato de Fierro y en el imaginario social que se construyó durante el siglo XIX, es el indio el que ocupa el lugar de la ‘otredad’. Si el malón significaba para el paisano de aquellos años una ocasión excepcional para entrar en contacto con lo ‘otro’, el relato que en el canto IV de La vuelta de Martín Fierro nos ofrece su protagonista, la ‘invasión’ está relatada desde las propias entrañas de su ejecución y no podía dejar de resultar sugerente.
Representación de la batalla de San Antonio (1855) en el actual Partido de Benito Juárez, Pcia. de Buenos Aires, Argentina.
Para pegar el malón
el mejor flete procuran.
Y como es su arma segura
vienen con la lanza sola,
y varios pares de bolas
atados a la cintura.
Encontramos, en este canto, un detalle mucho mayor en la descripción antropológica que Fierro realiza del indio pampa. Ya no es solamente vago y violento, es también cruel, despiadado y odia de muerte al winka (al cristiano). Además, nos ofrece un dato curioso, no sabe reír:
El indio nunca se ríe
y el pretenderlo es en vano,
ni cuando festeja ufano
el triunfo en sus correrías.
La risa en sus alegrías
le pertenece al cristiano.
Martín Fierro, ilustración: Carlos, Roume.
A pesar de esta observación aguda, tal vez lo más sugerente que se dice del indio, considerando que nos hallamos ya en época de la “Conquista del desierto” y que quién enuncia las denuncias sobre los indios es un gaucho que debe varios delitos, es lo siguiente:
Es tenaz en su barbarie,
no esperen verlo cambiar,
el deseo de mejorar
en su rudeza no cabe.
El bárbaro sólo sabe
emborracharse y peliar.
5
Canto (V)
Canto (V)
Este canto es el que permitirá al auditorio de Fierro entender qué es un malón y por qué resulta justificada la guerra contra el indio.
Recreación de la “Batalla de San Antonio de Iraola (1855)” contra el malón de Calfucurá ‘Piedra Azul’.
La representación que del malón nos ofrece Hernández es la de un saqueo de dimensiones colosales cuya sola visión entristece el alma. Tan grande es el saqueo indio que si no se llevan al propio gobierno es porque no lo hallan a mano.
Su pretensión es robar,
no quedar en el pantano;
viene a tierra de cristianos
como furia del infierno;
no se llevan al gobierno
porque no lo hallan a mano.
Este gobierno, al que se refiere Fierro, es el tercero de las ‘presidencias fundacionales’ y corresponde a Nicolás Avellaneda (1874–1880), promotor de la campaña militar que se conocerá como la “Conquista del desierto”, la más importante aunque no la primera de la historia argentina. Hacia 1872, por ejemplo, ya había tenido lugar la batalla de San Carlos, en la que se vieron frente a frente las tropas de Rivas, Boerr, Leyría, Ocampo, Catriel y Coliqueo con las de miles de tacuaras comandadas por el mítico Juan Calfucurá, el cacique más poderoso de la historia argentina, quien tenía ascendencia sobre Pincén, Reuque Curá y Manuel Namuncurá.
“Batalla de San Carlos”, óleo de Augusto Gómez Romero (2021)
Enfrentamientos como estos le permiten a Fierro comprender que:
Las tribus están desechas;
los caciques más altivos
están muertos o cautivos
privaos de toda esperanza,
y de la chusma y de lanza,
ya muy pocos quedan vivos.
Por regla, en cada canto hallamos una interpretación antropológica que Fierro nos ofrece de los indios en su vida cotidiana, es este caso, referida a la justicia, la cual entienden como el reparto equitativo de los bienes:
Se reparten el botín
con igualdá, sin malicia;
no muestra el indio codicia,
ninguna falta comete;
sólo en esto se somete
a una regla de justicia.
Luego, cada vez que el canto de Fierro deriva hacia el desarrollo de hechos generales o hacia reflexiones universales, el cantor pide disculpas y regresa al desarrollo de cuestiones particulares o singulares, como es por caso, el sacrificio de la india.
Mas ya con cuentos de pampas
no ocuparé su atención.
Debo pedirles perdón,
pues sin querer me distraje,
por hablar de los salvages
me olvidé de la junción.
Mucho puede decirse sobre el carácter episódico de la poesía gauchesca en tanto género literario, por lo que resulta por demás interesante detenerse en este rasgo particular de Fierro y es que en todo momento tiene en cuenta a su auditorio y sabe que no alcanza con pedir o reclamar la atención sino que, además, tiene que atraparnos con una buena historia. La buena historia claro está, es un barbarismo:
Hacen un cerco de lanzas,
los indios quedan ajuera.
Dentra la china ligera
como yeguada en la trilla,
y empieza allí la cuadrilla
a dar güeltas en la era.
A un lao están los caciques
capitanejos y el trompa;
tocando con toda pompa
como un toque de fagina,
adentro muere la china
sin que aquel círculo rompa.
Muchas veces se les oyen
a las pobres los quejidos;
mas son lamentos perdidos.
Al rededor del cercao
en el suelo están mamaos
los indios dando alaridos.
6
Canto (VI)
Canto (VI)
La muerte de Cruz, junto a la del cacique hospitalario que les salvó la vida, es el hecho más conmovedor del canto VI de La vuelta...
“Lo apretaba contra el pecho dominao por el dolor. Era su pena mayor el morir allá entre infieles, sufriendo dolores crueles entregó su alma al Criador.”
Sabemos que Fierro ha perdido a su mujer y a sus hijos, lo hemos visto llorar esas pérdidas, pero poco o nada, sabemos de la intimidad de esos vínculos y Fierro no nos ha contado otra cosa sobre su familia más que el dolor que le provocó su propia pérdida.
Con Cruz es distinto, él se ha vuelto protagonista en este relato. Es a Cruz a quien Fierro debe su vida. Sabemos, además, que por defender a Fierro se ha convertido en un gaucho perseguido, que ha tomado la voz principal en los cantos X, XI y XII de la primera parte de la obra y por él conocemos detalles de su vida familiar. Estamos frente a la muerte del hombre que vio, nada más y nada menos, llorar a Fierro.
Los pampas no saben cómo combatir la epidemia de virgüela negra que diezma a los salvages y Fierro no pierde la oportunidad de apuntar algunos barbarismos:
Sus remedios son secretos,
los tienen las adivinas.
No los conocen las chinas
sino alguna ya muy vieja,
y es la que los aconseja
con mil embustes la indina.
Allí soporta el paciente
las terribles curaciones.
Pues a golpes y estrujones
son los remedios aquellos,
lo agarran de los cabellos
y le arrancan los mechones.
Otros mortales también pagan con su vida lo que los indios interpretan como un gualichu o herejía:
Había un gringuito cautivo
que siempre hablaba del barco
y lo augaron en un charco
por causante de la peste.
Tenía los ojos celestes
como potrillito zarco.
Que le dieran esa muerte
dispuso una china vieja;
y aunque se aflije y se queja,
es inútil que resista.
Ponía el infeliz la vista
como la pone la oveja.
En este contexto, Cruz se contagia al asistir al cacique que los salvó de ser lanciados cuando llegaron a las tolderías y es esta solidaridad una de las circunstancias más humanas de todo el poema.
No podíamos dudar
al verlo en tal padecer
el fin que había de tener,
y Cruz que era tan humano:
«Vamos, -me dijo-, paisano,
a cumplir con un deber».
Escuchar en la voz de Fierro el relato de los últimos días de Cruz nos conmueve como lectores, pero sobre todo, es la historia que más pesa en la evocación que Fierro realiza de su pasado. Por eso leemos que el recuerdo lo atormenta, que le dan ganas de llorar y que nada a sus penas iguala.
Todos pueden figurarse
cuánto tuve que sufrir;
yo no hacía sino gemir
y aumentaba mi aflición,
no saber una oración
pa ayudarlo a bien morir.
Tanto le duele esta pérdida, que cuando tiene que narrar el momento en que Cruz enferma y muere de viruela Fierro canta, voy dentrando poco a poco en lo triste del pasaje, como si algo en él se resistiera a evocar un hecho tan triste.
De rodillas a su lado
¡yo lo encomendé a Jesús!
Faltó a mis ojos la luz.
Tube un terrible desmayo.
Cai como herido del rayo
cuando lo vi muerto a Cruz.
7
Canto (VII)
Canto (VII)
“Quise curiosiar los llantos que llegaban hasta mí, al punto me dirigí al lugar de ande venían. ¡Me horrorisa todavía el cuadro que descubrí!”
La muerte de Cruz hunde a Fierro en un estado de desolación que en la descripción de sus síntomas podemos asociar, rápidamente, a una depresión. Ha perdido la voluntad, deambula de toldo en toldo, se tira a llorar junto a la sepultura de su amigo fallecido y piensa recurrentemente en todo lo que ha perdido.
Allí pasaba las horas
sin haber naides conmigo.
Teniendo a Dios por testigo
y mis pensamientos fijos
en mi muger y mis hijos,
en mi pago y en mi amigo.
En este contexto emocional se destaca su percepción del tiempo, que es muy interesante de leer y que, además, es poéticamente hermosa:
Privado de tantos bienes
y perdido en tierra agena,
parece que se encadena
el tiempo y que no pasara,
como si el sol se parara
a contemplar tanta pena.
En este estado emocional se halla nuestro héroe cuando, “del lado que venía el viento oí unos tristes lamentos que llamaron mi atención”. Él camina hacia el lugar de donde provienen esos lamentos y descubre a una cautiva, completamente ensangrentada y, a su lado, un indio con un rebenque en la mano también lleno de sangre. Esta imagen alcanza para disparar un relato escalofriante.
8
Canto (VIII)
Canto (VIII)
Hernández en este canto nos sorprende con recursos literarios propios de los relatos de horror y misterio que Horacio Quiroga perfeccionará años después, por ejemplo, en La gallina degollada o en El almohadón de plumas.
Rossi, Silvio. La cautiva (1947)
Recordemos que el canto VII finaliza con Fierro sorprendido por los lamentos de una cristiana a la que encuentra totalmente ensangrentada y, a su lado, al indio que acababa de someterla a un ultrajante maltrato todavía desconocido para los lectores.
Este nuevo canto abre con una anticipación, Fierro dirá Más tarde supe por ella, de manera positiva, que dentró una comitiva de pampas a su partido, mataron a su marido y la llevaron cautiva, anticipación que le sirve al cantor para narrar las circunstancias previas a este encuentro inesperado, historia historia de secuestro y cautiverio que inspiró a Ángel Della Valle a pintar su cuadro más famoso (en el que ya pudimos observar el detalle del indio empuñando un crucifijo al comentar el canto V).
“El regreso del malón” (1892) Ángel Della Valle
Gracias a este juego de tiempos narrativos, se demora el inicio de una pelea que intuimos inevitable, a la vez que también se la recarga de mayores expectativas.
Sociológicamente, Fierro narra la economía del cautiverio al servicio de una china (mujer del indio):
En tan dura servidumbre
hacía dos años que estaba.
Un hijito que llevaba
a su lado lo tenía.
La china la aborrecía
tratándola como esclava.
[…]
La mandaba trabajar,
poniendo cerca a su hijito
tiritando y dando gritos
por la mañana temprano,
atado de pies y manos
lo mesmo que un corderito.
Ansí le imponía tarea
de juntar leña y sembrar
viendo a su hijito llorar,
y hasta que no terminaba,
la china no la dejaba
que le diera de mamar.
Cuando leemos que el indio ha degollado al niño de esta mujer doliente para después atarle las manos con las tripitas de su hijo, entendemos ahora que la responsabilidad de Fierro será no sólo rescatar a la cautiva sino también luchar contra el mal que representa la barbarie.
Esos horrores tremendos
no los inventa el cristiano.
«Ese bárbaro inhumano,
sollozando me lo dijo-,
me amarró luego las manos
con las tripitas de mi hijo.»
Superponer una causa particular con una ofensa universal será, ya en el siglo XX, uno de los argumentos más remanidos por el cine hollywoodense.
9
Canto (IX)
Canto (IX)
Si la pelea de Fierro con la partida de policía al final de la primera parte había conducido a nuestro personaje por una opción tan extrema como la de largarse a vivir con los indios; otra pelea, tanto o más electrizante que aquella, va a decidir su regreso a la civilización cinco años después.
“Las bolas las manejaba aquel bruto con destreza, las recogía con presteza y me las volvía a largar, haciéndomelas silvar arriba de la cabeza.”
La pelea con la partida de policía en la que Cruz se convierte al matrerismo se canta en 25 estrofas. Esta otra, en cambio, ocupará 36 estrofas y la encontramos al promediar el poema, bastante antes de alcanzar el final de la segunda parte.
En ambos casos la historia la relata el propio Fierro y es por esto evidente que ha sobrevivido a esos combates. Quizás esta circunstancia es la que nos impulsa menos a saber qué ocurre antes que a conocer el modo en que se desarrollan los incidentes.
Me sucedió una desgracia
en aquel percance amargo,
en momentos que lo cargo
y que él reculando va.
Me enredé en el chiripá
y cai tirao largo a largo.
Entre las coincidencias que podemos hallar entre una pelea y la otra, la más destacada es que Fierro salva su vida gracias a la intervención inesperada de un tercero. Antes fue Cruz tocado en su corazón por un santo bendito, mientras que en este segundo caso se trata de la cautiva que le quita de encima el indio a Fierro cuando ya sus fuerzas habían sido vencidas y su suerte parecía echada.
¡Bendito Dios poderoso,
quién te puede comprender!
Cuando a una débil muger
le diste en esa ocasión
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber.
Esa infeliz tan llorosa
viendo el peligro se anima.
Como una flecha se arrima
y olvidando su aflición,
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima.
Un rasgo propio del romanticismo embellece esta pelea y es su carácter pictórico y su gusto por lo más sombrío de la violencia. Aquí Fierro nos relata que el indio resbala con el cuerpo mutilado del niño al que había destripado y describe:
Me hizo sonar las costillas
de un bolazo aquel maldito;
y al tiempo que le di un grito
y le dentró como bala,
pisa el indio, y se refala
en el cuerpo del chiquito.
Además, el relato finaliza con un procedimiento cinematográfico, pues por un momento los hechos se suceden como si el cantor se viera desde afuera al contar esta desgracia.
Tres figuras imponentes
formábamos aquel terno:
ella en su dolor materno,
yo con la lengua dejuera,
y el salvage como fiera
disparada del infierno.
10
Canto (X)
Canto (X)
El canto X podemos pensarlo como una transición, nos ofrece una necesaria distención dramática luego de lo que acabamos de vivir en la pelea de Fierro con el indio.
“Después de mucho sufrir tan peligrosa inquietú, alcanzamos con salú a divisar una sierra, y al fin pisamos la tierra en donde crece el Ombú.”
Fierro ofrece su caballo a la cautiva y él se monta en el del pampa, que era un oscuro tapao y al sentirse bien montado, de sus casillas se sale, era un pingo como galgo, que sabía correr boleao. Esta ocasión le ofrece a Fierro la oportunidad para agregar una digresión sobre el modo en que los pampas educan a su caballo. Nadie mejor que Jorge Cafrune ha sabido a lo largo del siglo XX recitar estos versos de Fierro.
“Aventaja a los demás el que estas cosas entienda es bueno que el hombre aprienda, pues hay pocos domadores, y muchos frangoyadores que andan de bozal y rienda.”
Fierro y la cautiva emprenden el regreso a la civilización y deben, para esto, atravesar el desierto. Fierro, lo mismo que al atravesar el desierto en sentido contrario, rumbo a las tolderías, pondrá en práctica toda su experticia de gaucho baqueano y no se priva, incluso, de ofrecer algunos consejos a su auditorio:
Marque su rumbo de día
con toda fidelidá.
Marche con puntualidá
siguiéndolo con fijeza,
y si duerme, la cabeza
ponga para el lao que va.
Oserve con todo esmero
adonde el sol aparece,
si hay ñeblina y le entorpece
y no lo puede oservar,
guardesé de caminar
pues quien se pierde perece.
Es interesante anotar que en rigor aún no sabemos de quién se trata el auditorio al que Fierro se dirige, ni en qué circunstancias cuenta su historia. Y aquí nos espera una grata sorpresa, pues ya en la última estrofa de este canto X leemos que Fierro dice:
Concluyo esta relación,
ya no puedo continuar,
permítanme descansar:
están mis hijos presentes,
y yo ansioso porque cuenten
lo que tengan que contar.
11
Canto (XI)
Canto (XI)
Mientras el hijo mayor de Fierro se prepara para contar su historia, su padre va a aprovechar para contarnos cómo es que tuvo lugar aquél encuentro.
“No faltaban, ya se entiende en aquel gauchage inmenso, muchos que ya conocían la historia de Martín Fierro; y allí estaban los muchachos cuidando unos paregeros.”
La estrofa ya no es la tradicional y dominante sextilla, sino el romance, que Hernández vuelve a utilizar en otros tres cantos de esta segunda parte, generalmente para explorar los episodios de carácter descriptivo en los que la acción se encuentra ausente.
Fierro va a utilizar este canto para realizar un rápido repaso de todo lo vivido, para exculparse de los crímenes cometidos y para contarnos que si está, ahí donde está, es porque puede contar su historia sin sentir la persecución del gobierno.
Pero al fin tuve la suerte
de hallar un amigo viejo,
que de todo me informó,
y por él supe al momento,
que el Juez que me perseguía
hacía tiempo que era muerto:
por culpa suya he pasado
diez años de sufrimiento,
y no son pocos diez años
para quien ya llega a viejo.
Como ocurre con la segunda parte del Quijote, en La vuelta de Martín Fierro nuestro personaje se encuentra con que su historia ya es una leyenda. Va a contar, con algo de pudor, pues el hombre que compriende que todos hacen lo mesmo, en público canta y baila abraza y llora en secreto, el emocionante reencuentro con sus hijos.
Lo único que me han contado
es que mi muger ha muerto.
Que en procuras de un muchacho
se fue la infeliz al pueblo,
donde infinitas miserias
habrá sufrido por cierto.
Que por fin a un hospital
fue a parar medio muriendo,
y en ese abismo de males
falleció al muy poco tiempo.
Les juro que de esa pérdida
jamás he de hallar consuelo;
muchas lágrimas me cuesta
dende que supe el suceso.
En rigor, son los hijos los que van en busca de su padre cuando escuchan mencionar su nombre, aunque no lo reconocen porque Fierro está viejo y aindiado.
Cuanto me oyeron nombrar
se vinieron al momento,
diciéndome quiénes eran
aunque no me conocieron,
porque venía muy aindiao
y me encontraban muy viejo.
Pasa con nuestro héroe local lo mismo que Homero relata en la Odisea, pues cuando Ulises regresa a su patria después de estar veinte años ausente de Ítaca, entra a su casa disfrazado de pordiosero y su hijo Telémaco tampoco logra reconocerlo.
12
Canto (XII)
Canto (XII)
“La penitenciaría” es el título de este canto, inusualmente largo, de 63 estrofas. En ellos se condensa la biografía del hijo mayor de Fierro. Esta singularidad formal es la que mejor se ajusta a la ocasión porque la vida del hijo mayor de Fierro se agota en una única experiencia, el primogénito reconoce que quien ha vivido encerrado poco tiene que contar.
Penitenciaría Nacional (1877) sobre la calle del Chavango, actual avenida Las Heras, que Hernández toma como modelo para contar la reclusión forzada del hijo mayor de Fierro.
Acusado de un crimen que no cometió, el hijo mayor de Fierro es encerrado en la penitenciaría. Se refiere a la penitenciaría nacional, una institución modelo, construida dos años antes de la publicación de la segunda parte de la obra El gaucho Martín Fierro, entrazada en lo que hoy es el parque Las Herasde la ciudad de Buenos Aires.
El que manda siempre puede
hacerle al pobre un calvario;
a un vecino propietario
un boyero le mataron,
y aunque a mí me lo achacaron
salió cierto en el sumario.
[…]
Declararon otros dos
sobre el caso del dijunto;
mas no se aclaró el asunto,
y el Juez por darlas de listo,
«Amarrados como un Cristo,
nos dijo-, irán todos juntos.
»A la Justicia Ordinaria
voy a mandar a los tres.»
Tenía razón aquel Juez,
y cuantos ansí amenacen;
ordinaria,… es como la hacen
lo he conocido después.
Nos remitió como digo
a esa Justicia Ordinaria,
y fuimos con la sumaria
a esa cárcel de malevos,
que por un bautismo nuevo
le llaman Penitenciaria.
Es el relato del hijo de Fierro una denuncia del sistema judicial que encierra inocentes y deja dormir causas y que a su vez coincide con una ponderación negativa de los atributos reformistas de este penal construido durante la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874–1880) como manifestación de un Estado moderno, en proceso de consolidación, a la vez que simultáneamente al sur de la provincia de Buenos Aires inicia la “Conquista del desierto”.
El relato del hijo mayor es aleccionador, lo que pierde toda persona al ingresar al calabozo es toda su humanidad:
No es en grillos ni en cadenas
en lo que usté penará,
sino en una soledá
y un silencio tan projundo,
que parece que en el mundo
es el único que está.
Si su padre sabía que la mayor gloria de un ser humano es vivir tan libre, como el pájaro del cielo, la penitencia del calabozo anula esta dignidad:
Allá el día no tiene sol,
la noche no tiene estrellas.
Sin que le valgan querellas
encerrao lo purifican;
y sus lágrimas salpican
en las paredes aquellas.
Un dato con el que el hijo de Fierro llama la atención a su auditorio es el haber caído preso en condiciones de analfabetismo:
En tan crueles pesadumbre,
en tan duro padecer,
empezaba a encanecer
después de muy pocos meses.
Allí lamenté mil veces
no haber aprendido a ler.
Tal vez esta denuncia fue la que impulsó, ya en el siglo XX, a que los presos asistieran a clases, como lo muestra la foto de los internos asistiendo a una clase de matemáticas en la Penitenciaría Nacional en 1952.
Para saber más sobre el contexto histórico en que se construyó la penitenciaría nacional, se aborda el tema en la entrevista que Luciano de Privitellio y Sabrina Ajmechet realizaron en 2019 a la historiadora Lila Caimari en su programa de radio Pasado Imperfecto (Radio Nacional).
Este canto inaugura el relato del hijo segundo de Fierro. Luego de la ausencia de su padre, él y su hermano se dispersan como cuentas cuando se corta el rosario y en su condición de huérfanos se encuentran obligados a sufrir una máquina de daños. Nos cuenta que de su suertesupo un día una tía que lo recogió a su lado y que allí vivía sosegado y de nada carecía.
“El rigor de las desdichas hemos soportao diez años, pelegrinando entre estraños sin tener dónde vivir; y obligados a sufrir una máquina de daños.”
El recurso literario de la aparición de la tía se resuelve muy pronto. Fierro hijo nos dirá que lo bueno dura poco y también nos contará que la justicia no tiene en cuenta, y además se aprovecha, de los desamparados. Entre otras ‘astucias’ la justicia, en la figura del juez, dispone despojar a Fierro hijo de la pequeña herencia que le deja la tía al fallecer. Concretamente se dice que hereda, a la vez que le es sustraído, un rodeo regular y dos majadas de ovejas. Esto significa que el hijo de Fierro podría haber sido un pequeño propietario si el juez no hubiese abusado del poder que le otorga su autoridad. Tengamos en mente que es un juez el que ha enviado a Fierro padre a la frontera, el que ha condenado a su hijo mayor a la penitenciaría y es la figura que, finalmente, despoja al menor de los hijos de una pequeña fortuna.
Por otro lado, la figura de la tía es útil para contrastarla con la figura del posterior tutor que el juez le designará al hijo menor de Fierro toda vez que deba designar a alguien para que se ocupe educar y hacer de un menor de edad una persona de bien.
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Canto (XIV)
Canto (XIV)
Frente al ejemplo de compasión y humanidad que ofrece la tía para el hijo segundo de Fierro, destaca la figura del viejo vizcacha a quien el juez, vaya a saber con qué oscuro propósito, designa tutor del muchacho.
“Lo que el Juez iba buscando sospecho y no me equivoco. Pero este punto no toco ni su secreto averiguo. Mi tutor era un antiguo de los que ya quedan pocos.”
En cualquier caso es interesante interpretar la presentación que se hace de este personaje y el modo en que Hernández logra darle vida en su poema. Esto no tiene que ver tanto con la descripción de sus atributos sino con la presentación de situaciones o actuaciones en las que esos atributos se ponen en práctica, era medio cimarrón, muy renegao, muy ladrón, y le llamaban Viscacha. Era capaz de aprovechar la trasquila de unas ovejas para alzarse con un vellón y unas tiejreas, lo mismo que:
Carniábamos noche a noche
alguna res en el pago;
y dejando allí el resago
alzaba en ancas el cuero,
que se lo vendía a un pulpero
por yerba, tabaco y trago.
Más allá de sus perros, vizcacha no siente compasión por ningún tipo de vida, comenzando por la del propio muchacho al que hace dormir afuera con unas heladas crudas lo mismo que no sintió empatía ni por su mujer a la que se dice mató de un palo porque le dio un mate frío.
La caracterización de este personaje nos permite vincularlo con la tradición de la picaresca española en protagonistas como el lazarillo de Tormes o el Guzmán de Alfarache a los que, por supuesto, Hernández conocía muy bien.
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Canto (XVI)
Canto (XVI)
En los cantos XIV y XV el hijo menor de Fierro había ofrecido un retrato muy preciso de la calidad humana de su tutor.
Ahora, el largo relato de su agonía, va a conducir a las máximas expresiones de esa naturaleza. Una naturaleza que, enfrentada a la inminencia de la muerte, parece despojarse de sus atributos contingentes como el egoísmo, la violencia o el carácter ladrón de don vizcacha, para revelarnos su familiaridad con el mismísimo demonio.
Allá pasamos los dos
noches terribles de invierno.
Él maldecía al Padre Eterno,
como a los santos benditos,
pidiéndole al diablo a gritos
que lo llevara al infierno.
En su agonía, vizcacha maldice a dios, rehúye como un poseso de cualquier símbolo religioso e incluso, como vimos, invoca al diablo. Y, sin embargo, es evidente que Hernández no ha deseado cargar de un sentido dramático esta agonía, pues el hijo segundo de Fierro cuenta más con curiosidad que con espanto la muerte de su tutor, a la vez que siempre ha permanecido a su lado asistiéndolo aún a costa de su propia salud dado que vizcacha enferma de tuberculosis pulmonar, una dolencia altamente contagiosa. Tal vez, Fierro hijo haya salvado su vida por la precaución de no acercarse nunca al moribundo:
Nunca me le puse a tiro,
pues era de mala entraña;
y viendo heregía tamaña
si alguna cosa le daba,
de lejos se la alcanzaba
en la punta de una caña.
La opción por lo dramático se desactiva y queda descartada al comienzo de este canto cuando aparece un hombre que interrumpe permanentemente el relato para señalare al cantor varios errores de expresión, por ejemplo: uno que estaba en la puerta pegó el grito ay no más: «Tabernáculo… qué bruto, un tubérculo dirás.» intromisión que no deja de ser un recurso literario que apela al humor propio de la literatura gauchesca que, recordémoslo, no está escrita por gauchos sino por literatos que gustan, con mucha frecuencia, burlarse del habla campera. Para concluir, nos cuenta el menor de los Fierro, que a vizcacha:
Cuando ya no pudo hablar
le até en la mano un cencerro,
y al ver cercano su entierro,
arañando las paredes
espiró allí entre los perros
y este servidor de ustedes.
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Canto (XV)
Canto (XV)
Si entendemos al consejo como una recomendación orientada a la consecución de un bien, lo primero que corresponde decir sobre quien recomienda es que practica, a su modo, un acto de generosidad. Quizás por esto el viejo vizcacha, un personaje picaresco y de naturaleza egoísta, solo se dispone a aconsejar cuando está borracho.
“Lleváte de mi consejo, fijáte bien en lo que hablo: el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo.”
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco.
Después de echar un buen taco
ansí principiaba a hablar:
«Jamás llegués a parar
a donde veas perros flacos.»
Casi todos sus consejos, no todos, enseñan el egoísmo, la desconfianza, el ocultamiento del interés propio y, en el mejor de los casos, la prudencia.
«El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo
pero más sabe por viejo.»
Sus consejos son la expresión de una sabiduría práctica, materia y casi animal, orientada a la necesidad de sobrevivir en un ambiente hostil, a la necesidad de comer y no ser comido y de vivir con el menor esfuerzo posible.
«Dejá que caliente el horno
el dueño del amasijo.
Lo que es yo, nunca me aflijo
y a todito me hago el sordo.
El cerdo vive tan gordo
y se come hasta los hijos…»
En este contexto, luego de ofrecer sus consejos, el viejo vizcacha, ya completamente ebrio, se duerme mesturado entre los perros, como si la sabiduría de la que provienen sus consejos surgiera de la propia animalidad.
Con estos consejos y otros
que yo en mi memoria encierro,
y que aquí no se desentierro
educándome seguía,
hasta que al fin se dormía
mesturao entre los perros.
En cualquier caso, lo que él aconseja está en consonancia con lo que es su vida cotidiana, lo que permite adivinar una coherencia entre lo que dice y lo que hace. Como sabemos, podría decir vizcacha, entre el dicho y el hecho hay mucho trecho.
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Canto (XVII)
Canto (XVII)
Si lo que robaban los indios en los malones provocaba tristeza en el alma, lo que roba un viejo paisano pretende hacernos reír. En esta segunda parte del poema El gaucho Martín Fierro gana lugar el recurso humorístico y en este canto este recurso es patente.
Tres o cuatro vecinos acompañan al alcalde para realizar una requisa de los cacharros que ha dejado vizcacha luego de su muerte. Se produce una especie de improvisado velorio y los vecinos no pueden recordar ninguna obra de bien realizada por el difunto a pesar de que esta rememoración sea lo que se estila en estas circunstancias. Cuentan, entonces, situaciones más que cuestionables desde el punto de vista ético protagonizadas por vizcacha, era su costumbre vieja el mesturar las ovejas, pues al hacer el aparte sacaba la mejor parte y después venía con quejas y, también, Dios lo ampare al pobresito -dijo en seguida un tercero-, siempre robaba carneros, en eso tenía destreza, enterraba las cabezas,y después vendía los cueros.
Luego los vecinos comienzan a sacar las cosas que están dentro del rancho de vizcacha. En dos estrofas extraordinarias, Hernández realiza esta enumeración de objetos:
Salieron lazos, cabrestos,
coyundas y maniadores.
Una punta de arriadores,
cinchones, maneas, torzales,
una porción de bozales
y un montón de tiradores.
Había riendas de domar,
frenos y estribos quebraos;
bolas, espuelas, recaos,
unas pavas, unas ollas,
y un gran manojo de argollas
de cinchas que había cortao.
Salieron varios cencerros,
alesnas, lonjas, cuchillos,
unos cuantos coginillos,
un alto de gergas viejas,
muchas botas desparejas
y una infinidá de anillos.
Había tarros de sardinas,
unos cueros de venao,
unos ponchos augeriaos,
y en tan tremendo entrevero
apareció hasta un tintero
que se perdió en el Juzgao.
Luego el hijo menor de Fierro quiere saber dónde están sus vacas, parte de la herencia que le dejó su tía al morir, pero sobre ellas no tendrá noticias porque le asignarán un albacea, un asesor testamentario, que se ocupará solamente de transferirle lo que finalmente le queda de todas las chucherías de vizcacha.
¡Bendito Dios! pensé yo,
ando como un pordiosero,
y me nuembran heredero
de toditas estas guascas.
¡Quisiera saber primero
lo que se han hecho mis vacas!
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Canto (XIX)
Canto (XIX)
Los rigores padecidos hicieron del hijo segundo de Fierro un hombre. Pero esta nueva condición le revela una nueva forma de sufrimiento, mucho más sofisticada, como lo es la del amor no correspondido.
Me hice hombre de esa manera
bajo el más duro rigor.
Sufriendo tanto dolor
muchas cosas aprendí:
y por fin, vítima fui
del más desdichado amor.
Fierro hijo siente y sufre por el amor no correspondido de una viuda. Él no puede explicarse la naturaleza de esos sentimientos, ni mucho menos encontrarles la cura y en este trance recurre al saber popular:
Cuando yo más padecía
la crueldá de mi destino,
rogando al poder divino
que del dolor me separe,
me hablaron de un adivino
que curaba esos pesares.
El adivino se burla del muchacho, quizás en complicidad con la persona que le recomendó sus servicios, hasta que leemos:
Yo andaba ya desconfiando
de la curación maldita
y dije «este no me quita
la pasión que me domina;
pues que viva la gallina
aunque sea con la pepita.»
“Que viva la gallina aunque sea con la pepita” es un refrán que aconseja persistir en la vida sobrellevando los esfuerzos que no pueden evitarse. La “pepita” es un pequeño tumor que pueden tener las gallinas en su lengua y que les impide cacarear.
Fierro hijo comienza, nuevamente, a dejarse andar, hasta que en una ocasión, el cura me echó un sermón, para curarme sin duda; diciendo que aquella viuda era hija de confisión.
Y me dijo estas palabras
que nunca las he olvidao:
«Has de saber que el finao
ordenó en su testamento
que naides de casamiento
le hablara en lo sucesivo,
y ella prestó el juramento
mientras él estaba vivo.
Para colmar de males la vida del hijo de Fierro, enterado el juez de sus ideas aspiracionales, lo envía, sin que más causa hubiera, ni que otro motivo diera, de redepente y en el primer contingente lo echaron a la frontera.
¿Es necesario repasar lo que se vive y sufre en la frontera? Para nada, ya nos lo ha contado Fierro.
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Canto (XVIII)
Canto (XVIII)
Los perros, esos santos seres que merecieron el buen trato del viejo vizcacha, en este canto XVIII lloran la muerte de su amo. Al tiempo que el hijo menor de Fierro siente un renovado desamparo y se halla sin poderse consolar, los perros para aumentar más sus miedos y tormentos en aquel mesmo momento se pusieron a llorar.
“Decían entonces las viejas como que eran sabedoras, que los perros cuando lloran es porque ven al demonio; yo creía en el testimonio como cre siempre el que inora.”
El hijo de Fierro abandona espantado el lugar y, a continuación, se narra un hecho escatológico en este canto, pues los perros se comen la mano insepulta de don vizcacha:
Supe después que esa tarde
vino un pión y lo enterró,
ninguno lo acompañó
ni lo velaron siquiera,
y al otro día amaneció
con una mano dejuera.
Y me ha contado además
el gaucho que hizo el entierro,
al recordarlo me aterro,
me da pavor este asunto,
que la mano del dijunto
se la había comido un perro.
Esta situación podría interpretarse como una especie de homenaje a este hombre que logró elevar a la categoría de leyenda el arte de la rapiña.
Los aullidos agregan dramatismo al dolor que siente el hijo de Fierro que ha perdido con la muerte de vizcacha, el único vínculo que tenía con algo que pueda percibirse como una familia. Pero no es sólo dolor lo que siente el hijo segundo de Martín Fierro sino que también siente miedo de verse desamparado.
Y como anda a su albedrío
todo el que güérfano queda,
alzando lo que era mío
abandoné aquella cueva.
En la última estrofa de este canto se rebela un rasgo muy particular del hijo segundo de Fierro,
Por mucho tiempo no pude
saber lo que me pasaba.
Los trapitos con que andaba
eran puras hojarascas,
todas las noches soñaba
con viejos, perros y guascas.
Esto quiere decir que es incapaz de entender qué es lo que siente, situación que se aclarará en el canto siguiente.
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Canto (XX)
Canto (XX)
Este canto trae dos cambios formales importantes. El primero de ellos es que no es Fierro quien cuenta la historia sino una tercera voz lírica:
Martín Fierro y sus dos hijos
entre tanta concurrencia
siguieron con alegría
celebrando aquella fiesta.
“En ese mesmo momento uno que vino de afuera, a tomar parte con ellos suplicó que lo almitieran.”
Luego vemos que se abandona la sextilla, que son los seis versos octosilábicos que predominan hasta el momento, y se retoma el romance, la sucesión indefinida de versos octosilábicos, utilizada este tipo de estrofa con mucha habitualidad por Hernández para el desarrollo de pasajes de carácter más bien descriptivos donde no predomina la acción:
Diez años, los más terribles,
había durado la ausencia
y al hallarse nuevamente
era su alegría completa.
En ese mesmo momento
uno que vino de afuera,
a tomar parte con ellos
suplicó que lo almitieran.
Este romance aporta información sobre el encuentro, sobre el contexto específico en el que Fierro y sus hijos acaban de narrar sus historias. Nos enteramos que hay mucha gente reunida a su alrededor, que el encuentro ha asumido el carácter de una fiesta y como acabamos de leer, se nos cuenta la aparición de un personaje enigmático.
Le pidió la bendición
al que causaba la fiesta
y sin decirles su nombre
les declaró con franqueza
que el nombre de Picardía
es el único que lleva.
El sobrenombre de este personaje preanuncia, de alguna manera, el carácter de las historias que tiene para contarnos.
Aseguraban algunos
que venía de la frontera,
que había pelao a un pulpero
en las últimas carreras,
pero andaba despilchao,
no traía una prenda buena,
un recadito cantor
daba fe de sus pobrezas.
Picardía consigue atraer la atención del auditorio de una manera singular: ya no suplica ni pide la atención, como había hecho Fierro, sino que lo logra con gracia y habilidad.
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Canto (XXI)
Canto (XXI)
Picardía es el sexto personaje en asumir la voz de un canto luego de Fierro, Cruz, los dos hijos de Fierro y de la voz lírica que no responde a ninguno de los personajes.
Picardía parece ser un personaje esquemático, cuyo apodo parece delimitar el ámbito de su historia personal.
…y aunque con vergüenza mía,
debo hacer esta alvertencia,
siendo mi madre Inocencia
me llamaban Picardía.
Comparte con el hijo segundo de Fierro cierta afinidad con los personajes característicos de la picaresca española y, sin embargo, se diferencia de Fierro chico porque posee una mayor libertad, es Picardía mismo el protagonista de su historia, decide cuándo se va o se queda en un lugar en el que se siente a gusto o en el que no es bienvenido.
De todos los episodios en lo que este personaje se halla involucrado, uno de los más divertidos es el que vive con una negra, una mujer que lo tienta y lo hace confundirse cuando tiene que rezar mientras vivía con sus tías en Santa Fe:
Tenía al lao una mulata
que era nativa de allí,
se hincaba cerca de mí
como el ángel de la guarda,
pícara, y era la parda
la que me tentaba ansí.
«Resá, me dijo mi tía,
artículos de la Fe.»
Quise hablar y me atoré,
la dificultá me afiije,
miré a la parda, y ya dije
«artículos de Santa Fe.»
Me acomodó el coscorrón
que estaba viendo venir,
yo me quise corregir,
a la mulata miré
y otra vez volví a decir
«artículos de Santa Fe.»
Se mezclan de esta manera el erotismo, el pecado y la cuestión religiosa.
El recuerdo y el dolor
me duraron muchos días.
Soñé con las heregías
que andaban por estirpar
y pedía siempre al resar
la estirpación de mis tías.
22
Canto (XXII)
Canto (XXII)
Quien ya no cuenta con la buena suerte, se aprovecha de quienes confían demasiado en ella. Este es el caso de Picardía.
“Hay muchas trampas legales, recursos del jugador. No cualquiera es sabedor a lo que un naipe se presta. Con una cincha bien puesta se la pega uno al mejor.”
Me había egercitao al naipe,
el juego era mi carrera;
hice alianza verdadera
y arreglé una trapisonda
con el dueño de una fonda
que entraba en la peladera.
Hay muchas trampas para hacer en el juego y son diversas las artimañas que distinguen a Picardía como jugador, sobre todo en el juego de cartas y en complicidad con el fondadero.
Me ocupaba con esmero
en floriar una baraja,
él la guardaba en la caja
en paquetes como nueva;
y la media arroba lleva
quien conoce la ventaja.
Picardía es hábil con sus manos y aprendío a escrutar la fisonomía de los oponentes:
Deja a veces ver la boca
haciendo el que se descuida.
Juega el otro hasta la vida
y es siguro que se ensarta,
porque uno muestra una carta
y tiene otra prevenida.
[…]
Pa tayar, tome la luz,
dé la sombra al alversario,
acomódese al contrario
en todo juego cartiao;
tener ojo egercitao
es siempre muy necesario.
El contrario abre los suyos,
pero nada ve el que es ciego.
Dándole soga, muy luego
se deja pezcar el tonto.
Todo chapetón cree pronto
que sabe mucho en el juego.
[…]
En el nueve y otros juegos
llevo ventaja no poca,
y siempre que dar me toca
el mal no tiene remedio,
porque sé sacar del medio
y sentar la de la boca.
Para él jugar es un vicio desaconsejable, no tanto porque sea una patología sino porque el jugador es muy posible que caiga en las trampas de un oponente profesional que vive del juego.
De todos modos, Picardía comenta que ha dejado de jugar y que ha sido incorporado a la Guardia Nacional, es decir, a los civiles voluntarios que se integran al ejército, dato que tomará relevancia cuando nos enteremos de su verdadera identidad. Las estrofas finales de este canto guardan, tal vez, el tono general moralizante de toda la segunda parte de la obra El gaucho Martín Fierro:
Y esto digo claramente
porque he dejao de jugar;
y les puedo asigurar
como que fui del oficio:
más cuesta aprender un vicio
que aprender a trabajar.
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Canto (XXIII)
Canto (XXIII)
El ‘ñato’ es un policía corrupto sigue la pista a Picardía. Espera que con sus artimañas Picardía despoje a un nápoles mercachifle que andaba con un arpista, para aparecer en la escena y decirle que lo va a llevar al cuartel.
Se me presentó a esigir
la multa en que había incurrido,
que el juego estaba prohibido
que iba a llevarme al cuartel;
Tube que partir con él
todo lo que había alquirido.
Esta estrofa esta cargada de sobreentendidos, de cosas que no hacen falta decir dado que la presencia del ñato no tiene nada que ver con enderezar una conducta o eventualmente castigarla, sino con exigir una coima. Picardía narra otro típico abuso de autoridad que asociamos con el juez de paz:
Decían que por un delito
mucho tiempo andubo mal;
un amigo servicial
lo compuso con el Juez,
y poco tiempo después
lo pusieron de Oficial.
En recorrer el partido
continuamente se empleaba.
Ningún malevo agarraba
pero traía en un carguero,
gallinas, pavos, corderos
que por ay recoletaba.
A su manera el ñato también es un jugador, sólo que juega con recursos distintos. Por eso se queja y con razón Picardía, empecé a tomarlo entre ojos por esa albitrariedá; yo había ganao, es verdá, con recursos, eso sí; pero él me ganaba a mí fundao en su autoridá.
24
Canto (XXIV)
Canto (XXIV)
La enemistad declarada con el ‘ñato’, que proclamaba la candidatura del juez de paz para las elecciones locales, le costará cara a Picardía.
Me le escapé con trabajo
en diversas ocasiones;
era de los adulones,
me puso mal con el Juez;
hasta que al fin, una vez
me agarró en las eleciones.
El voto no era secreto y el día del acto electoral, Picardía aparece con la boleta de otro candidato distinto al juez de paz. El ‘ñato’ intenta quitársela y Picardía se resiste.
Y quiso al punto quitarme
la lista que yo llevé,
mas yo se la mesquiné
y ya me gritó… «Anarquista
has de votar por la lista
que ha mandao el Comiqué.»
Junto con la acusación de anarquista, Picardía será además torturado.
Atravesao me agarró
y se aprovechó aquel ñato;
dende que sufrí ese trato
no dentro donde no quepo;
fi a ginetiar en el cepo
por cuestión de candilatos.
Vemos entonces que el ejercicio de la autoridad, que antes era utilizado como variable de extorsión, se resuelve en este canto en una forma de violencia que en su total arbitrariedad vuelve insustancial hasta la noción misma de justicia.
Es entonces que Picardía siente que se le cae una venda de los ojos y descubre su verdadera condición.
Injusticia tan notoria
no la soporté de flojo.
Una venda de mis ojos
vino el suceso a voltiar.
Vi que teníamos que andar
como perro con tramojo.
Es decir, de perro con correa.
Para finalizar, tengamos en mente que fue una cuestión electoral la que enemistó a Fierro con el juez de paz, entredicho que le costará tres años en la frontera.
A mí el Juez me tomó entre ojos
en la última votación
me le había hecho el remolón
y no me arrimé ese día,
y él dijo que yo servía
a los de la esposición.
Entre los cantos III y XXIV de la primera y segunda parte de ‘Martín Fierro’ leemos dos de las características electorales previas a la sanción de la Ley 8871, ley electoral o Ley Sáenz Peña: el carácter público y no obligatorio del voto.
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Canto (XXV)
Canto (XXV)
A uno porque no se había acercado a votar, a otro porque no acudió a la citación del juez, a otro porque predica ideas anarquistas. Es claro que la incorporación en el ejército y el servicio que se presta en la frontera está visto como un elemento penal y correctivo. De todos modos, en la leva se arrean un montón, sin que importe demasiadosi poseen experiencia o no en el trabajo a realizar.
Y a este por este motivo
y a otro por otra razón,
toditos, en conclusión,
sin que escapara ninguno,
fueron pasando uno a uno
a juntarse en un rincón.
La novedad de este canto es la descripción del dolor y desamparo en que quedan las mujeres cuando reclutan a los hombres de la familia.
Y allí las pobres hermanas,
las madres y las esposas
redamaban cariñosas
sus lágrimas de dolor;
pero gemidos de amor
no remedian estas cosas.
Así, están las que van a ver al juez y este les dice que no puede hacer nada.
Ante aquella autoridá
permanecían suplicantes.
Y después de hablar bastante
«yo me lavo, -dijo el Juez-,
como Pilatos los pies,
esto lo hace el Comendante.»
Y, también, las que acuden en ayuda de algún vecino a riesgo de correr el peligro de ser abusadas.
Dentran después a empeñarse,
con este o aquel vecino;
y como en el masculino,
el que menos corre, vuela.
Deben andar con cautela
las pobres me lo imagino.
Leemos el final de un canto desconsolador.
De ver tanto desamparo
el corazón se partía.
Había madre que salía
con dos, tres hijos o más,
por delante y por detrás,
y las maletas vacías.
Dónde irán, pensaba yo,
a perecer de miseria.
Las pobres si de esta feria
hablan mal, tienen razón;
pues hay bastante materia
para tan justa aflición.
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Canto (XXVI)
Canto (XXVI)
Cada vez que nos encontramos con un episodio o secuencia narrativa, ya sea la muerte de Cruz o las peleas en las que se vio envuelto Fierro, estos parecen encapsulados en un único canto. No es lo que ocurre con el episodio de la leva que narra Picardía, que comienza a desarrollarse en el canto XXV y continúa en el canto XXVI. En este último, el comandante de campaña, antes de enlistar a Picardía en el regimiento, le dedica unas palabras muy relevantes:
Me dijo que yo era un vago
un jugador, un perdido,
que dende que fi al partido
andaba de picaflor,
que había de ser un bandido
como mi ante sucesor.
De esta manera, nuestro muchacho sabrá en breve que el autor de sus días, era el guapo sargento Cruz.
Es tan hábil como narrador Picardía que el relato de su descubrimiento se concreta en el mismo momento en que se revela a su auditorio. Podemos imaginar la sorpresa de Fierro al descubrir que esta frente al hijo del hombre que murió en sus brazos. Fierro tendrá la oportunidad, entonces, de cumplir con el deseo de su amigo de hallar al hijo y comentarle que nunca lo olvidó.
La muerte de Cruz tiene una función regenerativa para Picardía, pues como hijo del guapo sargento ha decidido enmendar sus faltas en memoria de su padre.
Él al morir me bendijo
yo bendigo su memoria.
Podemos entender que es un nuevo sacrificio el que ha realizado Cruz. Primero fue con Fierro al no consentir que se mate un valiente, luego con el cacique hospitalario que les salvó la vida y, ahora, por su hijo para que guarde su memoria y buena conducta, aunque a su hijo, el apelativo de Picardía lo acompañará por siempre.
Con un empeño costante
mis faltas supe enmendar.
Todo conseguí olvidar,
pero por desgracia mía,
el hombre de Picardía
no me lo pude quitar.
27
Canto (XXIX)
Canto (XXIX)
¿Es una casualidad la que lleva al moreno a arrimarse a este ‘fogón’ como se sugiere en el canto XXIX?
Mas una casualidá,
como que nunca anda lejos,
entre tanta gente blancal
levó también a un moreno,
presumido de cantor
y que se tenía por bueno.
Encontramos aquí, luego de las redondillas de Picardía, un nuevo cambio de estrofas, pues se retoma el romance, utilizado habitualmente por Hernández para pasajes de carácter descriptivo. La voz en este canto la toma un narrador lírico, ajeno a cualquier identidad, y que ya hemos conocido en otras ocasiones.
El moreno presume de buen cantor y sólo en sus gestos se adivina una actitud desafiante.
Y, como quien no hace nada,
o se descuida de intento,
pues, siempre es muy conocido
todo aquel que busca pleito,
se sentó con toda calma
echó mano al estrumento
y ya le pegó un rajido.
En la reunión todos comprenden que Martín Fierro se enfrenta a un contrincante y que lo debe vencer en la forma de una payada conocida como ‘contrapunto’.
Tomó Fierro la guitarra,
pues siempre se halla dispuesto
y ansí cantaron los dos
en medio de un gran silencio.
28
Canto (XXVII)
Canto (XXVII)
Quizás, como sugiere Ezequiel Martínez Estrada en su ensayo Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948), sea cierto carácter de desenfado en la personalidad de Picardía el que explica y justifica que decida contar su experiencia de vida en la frontera delante del mismísimo Martín Fierro, cuya figura ya es leyenda y que ha pasado por esa misma historia de vida. Recordemos que incluso el hijo segundo de Fierro había evitado contar su historia en la frontera delante del padre. Cuenta Picardía:
He servido en la frontera
en un cuerpo de milicias;
no por razón de justicia
como sirve cualesquiera.
En cualquier caso, el canto de Picardía trae algunas novedades. La estrofa, como vemos, ahora es la redondilla, una estrofa de cuatro versos octosilábicos en general de rima a-b, b-a que otorga mayor dinamismo a su relato.
La bolilla me tocó
de ir a pasar malos ratos
por la facultá del ñato;
que tanto me persiguió.
Luego hay una interpelación a quienes tienen la posibilidad de transformar este estado de cosas.
Y ya es tiempo, pienso yo,
de no dar más contingente.
Si el Gobierno quiere gente,
que la pague y se acabó.
Ya, al finalizar el canto, Picardía considera que no tiene patriotismo quien no cuida al compatriota.
Otro aspecto a resaltar en este canto son las referencias a la ley de vagos o penalización de la vagancia, de tradición muy antigua. Se remonta a la ley romana, de ahí pasa a la España imperial y con ella a la legislación de las colonias. Incluso Rivadavia, ya en la etapa independiente de nuestra historia, sanciona una Ley de vagos y mal entretenidos que obligaba a los peones a poseer una papeleta de conchabo para acreditar que tuviesen trabajo.
Y luego, si a alguna Estancia
a pedir carne se arrima
al punto le cain encima
con la ley de la vagancia.
La penalización de la vagancia aparece también en el Código Rural de la provincia de Buenos Aires del año 1870.
Libreta de conchabo expedida por el Departamento de Policía. Buenos Aires, década de 1850.
29
Canto (XXVIII)
Canto (XXVIII)
Dice Picardía, como ya sabemos, que decidió corregirse desde que supo que era hijo del guapo sargento Cruz y que sólo el (sobre)nombre no pudo quitarse.
Sin embargo, cuando hace el relato de su vida en la frontera cuenta, con algo de jactancia, que supo hacerse un lugar al lado del Ayudante cuya función en el ejército era administrar las viandas de los soldados. Este personaje secundario:
Muy delicao, dormía en cuja,
y no sé por qué sería
la gente lo aborrecía
y le llamaban LA BRUJA.
La ‘Bruja’ se la pasa leyendo, tiene aspecto de santo y se dice que estaba aprendiendo pa recebirse de fraile.
Picardía afirmará que para pasarla bien es siempre mejor decir amén a todo y tomarse las cosas a risas. A continuación, nos ofrecerá una descripción muy minuciosa de la administración corrupta de las viandas destinadas a los soldados de línea.
La Bruja las recebía,
como se ha dicho, a su modo;
las cargábamos, y todo
se entriega en la mayoría.
Sacan allí en abundancia
lo que les toca sacar.
Y es justo que han de dejar
otro tanto de ganancia.
Van luego a la compañía,
las recibe el comendante;
el que de un modo abundante
sacaba cuanto quería.
Ansí la cosa liviana,
va mermada por su puesto.
Luego se le entrega el resto
al oficial de semana.
La redondilla se resume en un dicho popular: -Araña, ¿quién te arañó? -Otra araña como yo. Resumen que nos hace pensar si Picardía, más allá de haberse enmendado, no conserva aún, en su forma de relatar, algo de pícaro.
30
Canto (XXX)
Canto (XXX)
Ni para Fierro, ni para el Moreno la intervención en este duelo significará sólo un desafío a su inteligencia o la posibilidad de demostrar su audacia como cantor. Implicará para ambos una forma de autoafirmación profunda o elemental. En el caso de Fierro parece que se trata de mostrar cuán hombre es.
El hombre debe mostrarse
cuando la ocasión le llegue.
Borgeanamente Fierro sabe que hay hechos en los que un hombre sabrá para siempre quién es.
Por su parte, el Moreno tratará de demostrar, en primer lugar, que no es menos hombre ni vale menos por ser moreno.
Sé vivir entre las gentes
sin que me tengan en menos.
Luego pondrá en práctica un plan largamente acariciado que es el que lo ha llevado hasta allí.
Un dato importante a retener es que el contrapunto que enfrentará Fierro corresponde al presente en la enunciación del poema, pues hasta aquí lo que ha cantado y contado son hechos que pertenecen a su pasado, relato de cosas vividas, mientras que ahora el contrapunto lo obliga a pensar en los desafíos presentes o por venir. Lo curioso es que en estas mismas circunstancias el negro dice que cantará para encontrar consuelo, como si tomara el relevo de un lugar que Fierro acaba de dejar vacante.
Y dende hoy en adelante,
pongo de testigo al cielo
para decir sin recelo
que si mi pecho se inflama
no cantaré por la fama
sino por buscar consuelo.
La payada de contrapunto asume todas las características de un duelo codificado. Fierro defiende la parada e invita a cantar al Moreno. Este, a su vez, comienza por definir el campo de los saberes que domina.
Cuanto sé lo he aprendido
porque me lo enseñó un flaire.
Son saberes sobre la naturaleza, de carácter más bien mitológico o legendario.
Y sé como cualquier otro
el por qué retumba el trueno,
por qué son las estaciones
del verano y del invierno.
Sé también de dónde salen
las aguas que cain del Cielo.
Yo sé lo que hay en la tierra
en llegando al mesmo centro,
en donde se encuentra el oro,
en donde se encuentra el fierro,
y en donde viven bramando
los volcanes que echan juego.
Yo sé del fondo del mar
dónde los pejes nacieron.
Yo sé por qué crece el árbol,
y por qué silvan los vientos.
Cosas que inoran los blancos
las sabe este pobre negro.
Fierro tendrá la gentileza de comenzar por preguntar por las cosas que el Moreno dice saber. Le pregunta al momento cuál es el canto del cielo, cuál en el mundo es el canto de la tierra, cuál es el canto del mar, Fierro interroga si la noche tiene su canto has de decir cuál es, le pregunta, también, de dónde nace el amor y, para finalizar, lo desafía a explicar que entiende por la ley, respuesta que merece ser leída en su extensión.
La ley se hace para todos
mas sólo al pobre le rige.
La ley es tela de araña
en mi inorancia lo esplico,
no la tema el hombre rico,
nunca la tema el que mande,
pues la ruempe el vicho grande
y sólo enrieda a los chicos.
Es la ley como la lluvia
nunca puede ser pareja,
el que la aguanta se queja.
Pero el asunto es sencillo,
la ley es como el cuchillo
no ofiende a quien lo maneja.
Le suelen llamar espada
y el nombre le viene bien.
Los que la gobiernan ven
a dónde han de dar el tajo.
Le cai al que se halla abajo
y corta sin ver a quién.
Hay muchos que son dotores
y de su cencia no dudo.
Mas yo soy un negro rudo
y, aunque de esto poco entiendo,
estoy diariamente viendo
que aplican la del embudo.
A su turno, el Moreno le pedirá a Fierro que defina qué es el tiempo, la medida, el peso y la cantidad.
Curiosamente, el Moreno se declarará vencido cuando Fierro lo desafía sobre el conocimiento que se adquiere en las estancias.
Ansí prepará moreno
cuanto tu saber encierre.
Y sin que tu lengua yerre,
me has de decir lo que empriende
el que del tiempo depende
en los meses que train erre.
El Moreno ofrece bandera blanca pero se ofende porque Fierro indaga por un saber que el moreno no puede haber adquirido dado que no fue a la escuela y no es cantor letrado. Al parecer, el fraile que lo formó, lo educo en la naturaleza de las cosas dichas y no en la de las cosas escritas.
He reclarao que en leturas
soy redondo como jota.
No avergüenze mi redota,
pues con claridá le digo:
no me gusta que conmigo
naides juegue a la pelota.
Luego de su enojo, el Moreno revela quién es y qué motivos lo llevaron hasta allí.
Suplico a cuantos me oigan
que me permitan decir,
que al decidirme a venir
no sólo jué por cantar,
sino porque tengo a más
otro deber que cumplir.
Ya saben que de mi madre
fueron diez los que nacieron.
Mas ya no esiste el primero
y más querido de todos,
murió por injustos modos
a manos de un pendenciero.
Los nueve hermanos restantes
como güérfanos quedamos.
Dende entonces lo lloramos
sin consuelo, creanmenló,
y al hombre que lo mató
nunca jamás lo encontramos.
Entonces lo desafía a Fierro a cantar sobre las muertes injustas que cometen algunos hombres. Fierro se da cuenta que comienza otra clase de junción, dice que no lo asustan las sombras ni los bultos que se menean pero que a esta altura de su vida ya no busca peleas, y que si vive nos dará una… historia de las mejores.
31
Canto (XXXI)
Canto (XXXI)
“El colchón son las caronas, el lomillo es cabecera, el coginillo es blandura y con el poncho o la gerga para salvar del rocíose cubre hasta la cabeza.”
La tentativa de pelea entre Fierro y el Moreno se resuelve de modo que no quede en entredicho el coraje de Fierro y sus muchachos. Es gracias a la intervención de los presentes que la payada de contrapunto no escala a duelo físico, los presentes se pusieron de por medio y la cosa quedó quieta.
Luego el pequeño grupo de amigos se alejan en sus caballos, despacio, sin llevar miedo y a la costa de un arroyo, llegarán a echar pie a tierra.
Pasarán la noche a campo abierto.
El colchón son las caronas,
el lomillo es cabecera,
el coginillo es blandura
y con el poncho o la gerga
para salvar del rocío
se cubre hasta la cabeza.
Hernández reafirma su identidad con los paisanos y, además, asimila la coyuntura de estos cuatro gauchos con la de otros cualquiera porque en su cencia todos se organizarían de la misma manera para dormir.
Luego de pasar la noche juntos, a la mañana siguiente, deciden despedirse.
No pudiendo vivir juntos
por su estado de pobreza,
resolvieron separarse,
y que cada cual se juera
a procurarse un refujio
que aliviara su miseria.
Pero antes de despedirse, Fierro dedicará a los jóvenes un par de palabras prudentes para empezar vida nueva. Fierro retomará la voz lírica en en canto siguiente para ofrecer sus famosos consejos.
32
Canto (XXXII)
Canto (XXXII)
Leemos en la anteúltima estrofa de este canto:
Y les doy estos consejos
que me ha costado alquirirlos,
porque deseo dirijirlos;
pero no alcanza mi cencia
hasta darles la prudencia
que precisan pa seguirlos.
Fierro sabe, como sabe cualquier docente, que puede decidir cuáles serán los recursos para la enseñanza, como en este caso son los consejos orales, pero que no puede intervenir en los procesos de aprendizaje. Su cencia, su pericia como docente, no alcanza para dar a los muchachos lo que ellos necesitan para aprovechar sus consejos.
Las orientaciones de un padre que que da consejos, y por ello más que padre es un amigo, si tienen algún valor, son fruto de su experiencia, les ha costado adquirirlas.
Yo nunca tuve otra escuela
que una vida desgraciada.
No estrañen si en la jugada
alguna vez me equivoco.
Pues debe saber muy poco
aquel que no aprendió nada.
Hay hombres que de su cencia
tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas,
mas digo, sin ser muy ducho,
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas.
Otros de los consejos relativizan, sin embargo, el ser fruto de su experiencia directa de vida o de la experiencia de algunos de los personajes que ha conocido. Por ejemplo:
Ansí como tal les digo
que vivan con precaución.
Naides sabe en qué rincón
se oculta el que es su enemigo.
Pero el caso es que Fierro nunca tuvo enemigos ocultos, al contrario, todos sus enemigos han sido declarados: el juez de paz, el comandante de campaña, el negro y el matón de la pulpería o incluso el indio que le tendió una emboscada.
Más precipitada es aún la famosa estrofa:
Los hermanos sean unidos,
porque esa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos pelean
los devoran los de ajuera.
¿Qué sabe Fierro de las relaciones de hermandad si él no ha tenido hermanos? Además, cuando ofrece estos consejos, los cuatro han decidido separarse y romper, al menos, la hermandad entre los hijos mayor y menor de Fierro, que toman caminos opuestos para ya no verse nunca más, quizás definitivamente. En todo caso, este consejo sería más prudente haberlo escuchado en boca del Moreno que lamentó, a lo largo de toda su vida, haber perdido, a manos de un pendenciero, a su hermano mayor.
Tan descolgados parecen estos consejos respecto de quién los enuncia, a diferencia de lo que pasa con el viejo vizcacha, que por momentos nos preguntamos, ¿quién da estos consejos? ¿Es Fierro o es el propio Hernández?
33
Canto (XXXIII)
Canto (XXXIII)
“No se ha de llover el rancho en donde este libro esté.”
Sobre el fondo de un final conmovedor, en el que Fierro y sus hijos deciden cambiar sus nombres y tomar cada uno su destino, reaparece la voz del propio Hernández quién a la manera de un narrador testigo va a asistir a la despedida de sus personajes y hasta será confidente de una promesa que ellos se hacen mas no la puede decir, pues secreto prometieron.
El secreto de esta promesa carga de trascendencia a esta despedida y la muda y cambio de nombres servirá como recurso literario tanto para ocultar culpas a la vez que nos va a invitar también, a partir de este momento, a ver en cada gaucho un hijo de Fierro.
Las historias se cierran hasta que nos quedamos en soledad con un libro entre las manos, un libro que se pretende como parte de un engranaje capaz de alcanzar la mesa del poder.
Y en lo que esplica mi lengua
todos deben tener fe.
Ansí, pues, entiéndanmé,
con codicias no me mancho,
no se ha de llover el rancho
en donde este libro esté.
Esta es una cuestión muy interesante porque no existen muchos libros en los que se ofrezcan referencias al propio libro, lo hizo Cervantes con su Quijote y Sarmiento en los prólogos de Facundo, “este libro llegará al despacho del tirano” escribe el sanjuanino, mientras que, en el caso de Hernández, al cerrar su obra con un consejo, no se ha de llover el rancho en donde este libro esté, su intención es transformarlo en un libro de educación popular, en un libro de oras, un libro de rezos laicos y de orientación moral.