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Diarios/Series · 2018

Nuestro mundo muerto — Liliana Colanzi

1

El Ojo

Crecer es duro.
Crecer es duro.

Anoche leí un cuento de Liliana Colanzi - @lilianacolanzi - , del libro Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia, 2017). El cuento se llama El Ojo (ojo con mayúscula), y me llamó la atención el estilo de escritura, que ya he encontrado en otros escritores/as pero que aquí lo hago consciente.

La narradora conduce el relato y cuando otorga la voz a las protagonistas no lo hace con guiones:

“Usted, señorita, lo que tiene que hacer es aprender a desobedecer, le dijo, mirándola con impaciencia. O mejor dicho, aprender a pensar por usted misma, que no es lo mismo que memorizar.
La chica -que amaba y temía a la profesora- se ruborizó violentamente, apretó la mochila contra el pecho y no dijo nada.
Usted confunde inteligencia con memoria, repitió la profesora.
La chica no levantó los ojos. Un temor imperceptible le cruzó los labios. La luz de la tarde hizo resplandecer las partículas suspendidas en el aire.
Eso era lo que tenía que decirle, dijo la profesora.
La chica murmuró una disculpa y corrió a encerrarse en uno de los baños de la universidad.”

La atmósfera del relato es opresiva, marcada por el encierro de la joven protagonista en una situación familiar típica de las familias que encuentran al pecado en cualquier hecho cotidiano, por mínimo o natural que sea. Así, mirar un chico es pecado, crecer es un pecado, y pensar también lo es. En esta situación, sólo queda el resguardo, la mirada atenta del Ojo, y “Ojo con esto, y ojo con aquello… y también ojo con lo que haces.”

La protagonista es una joven, de quien no sabemos el nombre, una chica según la narradora. La madre es otra presencia fuerte, y luego hay ausencias: ¿el padre? ¿hermanas? En todo caso, la joven desea escapar a la manipulación materna, ¿escapar y comunicarse con ánimas del purgatorio? ¿quiénes purgan sus pecados?

2

Alfredito

Tal vez habrá sido un alivio para el que lo sacrificó. Mi abuelo vivía de eso, de degollar vacas.
Tal vez habrá sido un alivio para el que lo sacrificó. Mi abuelo vivía de eso, de degollar vacas.

Con los mates leí otro cuento de Colanzi — @lilianacolanzi -, Alfredito. Aquí los protagonistas son niños, y como en el anterior relato, la presencia de lo sobrenatural genera la atmósfera del cuento.

El relato se inicia con una oración, “Una vez, cuando era niña, vi matar un chancho. Era verano.” que me recordó el comienzo de Los Tarcone, la novela del escritor argentino Gustavo Tarcone:

“Alguna vez vi animales viejos yendo al matadero. Un toro ciego y una vaca descaderada. Tenían las pezuñas partidas -lo que a cada paso provocaba la agonía en ellos- y estaban muertos de sed. Durante cinco minutos estuve observando al toro ciego. Sentí fuertes deseos de abrazar al animal, (he leído que un filósofo alemán del siglo XIX hacía esas cosas). Tal vez habrá sido un alivio para el que lo sacrificó. Mi abuelo vivía de eso, de degollar vacas. Todo esto ocurrió en el matadero rural, un día de verano del lejano año de 2008.” Los Tarcone.

Hasta aquí las coincidencias. En Alfredito, el segundo cuento de Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia, 2017), la historia deriva hacia la enigmática muerte del niño Alfredo Parada Chávez, una enormidad que la niña protagonista del relato no puede asumir con naturalidad.

Lo sobrenatural de nuestro mundo muerto aparece aquí primero, en el viaje que todo el curso de la escuela a la que asisten Alfredito y la protagonista realizan a Samaipata, un lugar donde los Incas hacían sacrificios humanos. Luego la presencia de lo sobrenatural se ofrece con la posibilidad de la reaparición de Alfredito en la vida cotidiana de quienes fueran sus compañeros de clase.

EnlaceSamaipata - Wikipedia, la enciclopedia libreSamaipata es una pequeña ciudad de Bolivia, capital del municipio de Samaipata y de la provincia Florida del…es.wikipedia.orgSamaipata es una pequeña ciudad de Bolivia, capital del municipio de Samaipata y de la provincia Florida del…es.wikipedia.org
Museo arqueológico de Samaipata
Museo arqueológico de Samaipata

Como en el caso de El Ojo, el anterior relato de nuestro mundo muerto, la presencia del más allá y su contacto con la vida terrena, marca los días de los protagonistas, pero esta presencia no genera terror. Tal vez ir y volver al más allá sea tomado con naturalidad por quienes habitan la zona del altiplano boliviano, donde aún permanece transformada una parte de la idiosincrasia de los pueblos originarios de América.