
Anoche leí un cuento de Liliana Colanzi - @lilianacolanzi - , del libro Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia, 2017). El cuento se llama El Ojo (ojo con mayúscula), y me llamó la atención el estilo de escritura, que ya he encontrado en otros escritores/as pero que aquí lo hago consciente.
La narradora conduce el relato y cuando otorga la voz a las protagonistas no lo hace con guiones:
“Usted, señorita, lo que tiene que hacer es aprender a desobedecer, le dijo, mirándola con impaciencia. O mejor dicho, aprender a pensar por usted misma, que no es lo mismo que memorizar.
La chica -que amaba y temía a la profesora- se ruborizó violentamente, apretó la mochila contra el pecho y no dijo nada.
Usted confunde inteligencia con memoria, repitió la profesora.
La chica no levantó los ojos. Un temor imperceptible le cruzó los labios. La luz de la tarde hizo resplandecer las partículas suspendidas en el aire.
Eso era lo que tenía que decirle, dijo la profesora.
La chica murmuró una disculpa y corrió a encerrarse en uno de los baños de la universidad.”
La atmósfera del relato es opresiva, marcada por el encierro de la joven protagonista en una situación familiar típica de las familias que encuentran al pecado en cualquier hecho cotidiano, por mínimo o natural que sea. Así, mirar un chico es pecado, crecer es un pecado, y pensar también lo es. En esta situación, sólo queda el resguardo, la mirada atenta del Ojo, y “Ojo con esto, y ojo con aquello… y también ojo con lo que haces.”
La protagonista es una joven, de quien no sabemos el nombre, una chica según la narradora. La madre es otra presencia fuerte, y luego hay ausencias: ¿el padre? ¿hermanas? En todo caso, la joven desea escapar a la manipulación materna, ¿escapar y comunicarse con ánimas del purgatorio? ¿quiénes purgan sus pecados?

