Esta fotografía, tomada por Francisco Ayerza en la estancia San Antonio, retrata a un campesino inmigrante maniobrando un arado de mancera guiado por una yunta múltiple de mulas, condensa en una escena inmóvil las profundas transformaciones que la pampa bonaerense atravesó hacia fines del siglo XIX. Lejos de representar un acto individual de trabajo campesino, esta imagen visualiza el momento en que el capital conquista la tierra y la transforma en mercancía, en tiempo de trabajo abstracto, en productividad que se conecta con las demandas del mercado mundial.

El hombre, de espaldas, vestido con ropas de trabajo gastadas y un sombrero que lo protege del sol pampeano, se sienta en un pequeño asiento de hierro, dominando con riendas y látigo la fuerza animal de cuatro mulas que, con sus músculos tensos, tiran de un arado de discos que rompe la superficie de la tierra, la invierte, la airea y la prepara para el ciclo agrícola. Aquí, el arado no es solo un instrumento técnico: es un vector del capital que modela el paisaje pampeano, transformando el pastizal en surco, la pradera en sembradío y la tierra en valor de cambio.

Como señala Roy Hora, el auge de la agricultura cerealera en la pampa, sostenido por la expansión del mercado mundial de granos y la construcción de la red ferroviaria, transformó al sudeste bonaerense en una pieza clave del engranaje exportador argentino. El trabajo de este inmigrante al mando de su arado forma parte de un proceso en el que la tierra se integra al circuito del capital mediante una “agricultura capitalista extensiva” que, aunque con técnicas rudimentarias comparadas con la maquinaria a vapor y las trilladoras mecánicas, representa un paso decisivo hacia la modernización agrícola.

Los inmigrantes italianos y españoles, en calidad de peones o en menor medida como arrendatarios, medieros o pequeños productores, se insertaron en esta economía agroexportadora, convirtiéndose en la fuerza de trabajo esencial para la expansión del trigo y otros cultivos de rotación en las estancias bonaerenses. Este campesino inmigrante, con su arado y sus mulas, forma parte de la transición que Roy Hora describe como el paso de la “ganadería pastoril” al “modelo mixto agro-ganadero”, impulsado por los precios internacionales de la agricultura y el avance del capital británico en el financiamiento de ferrocarriles y la compra de grano.

En términos marxistas, esta imagen representa una fase de la acumulación originaria en la pampa: los cercamientos previos (visibles en las divisiones de potrero que segmentan la estancia), la apropiación privada de tierras previamente comunales o de uso colectivo y la transformación de esas tierras en campos de producción cerealera, constituyen la base material sobre la cual el trabajo vivo del campesino es subordinado a la lógica del capital. Aquí, el arado marca el surco, pero también la temporalidad del capital que disciplina la naturaleza bajo ciclos de siembra y cosecha que coinciden con los embarques en el puerto, las tarifas ferroviarias y las fluctuaciones de la Bolsa de Londres.

Además, como advierte David Harvey, la homogeneización del espacio y la estandarización del tiempo son condiciones de posibilidad del capital para valorizarse. La cuadrícula invisible que este campesino traza con su arado convierte cada metro de suelo en superficie contable, en parcela productiva, en “espacio abstracto” apto para la rotación del capital. Lo que parece una escena bucólica es, en realidad, la consolidación de un orden productivo que inserta a la pampa en las cadenas globales de valor.

El trabajo humano, en este contexto, es a la vez medio de subsistencia del campesino inmigrante y vehículo del capital agrario: el cansancio del hombre, el sudor de su camisa y la tensión de sus brazos en las riendas son traducidos en valor, renta de la tierra y ganancias para el terrateniente ausentista y para los exportadores de granos. Las semillas que aquí se preparan para sembrar terminarán como harina o alimento animal en mercados europeos, cerrando un circuito que transforma cada jornada de este hombre en un eslabón de la economía-mundo.

La fotografía de Ayerza, cargada de intencionalidad estética y política, funciona como un documento de la modernización agraria en clave liberal. Presenta un orden visual de la tierra trabajada, de la disciplina en el trabajo, de la eficiencia del esfuerzo humano y animal subordinado a la productividad y al mercado. A la vez, invisibiliza las violencias previas de despojo de tierras a los pueblos originarios, la precariedad de las condiciones de vida de los arrendatarios y medieros, y la dependencia estructural de la economía argentina de los vaivenes del mercado internacional.

En síntesis, esta imagen, tomada en la estancia San Antonio, condensa la transición de la pampa de un espacio de frontera y tolderías a un espacio de capital y producción agroexportadora, en la que el campesino inmigrante con su arado simboliza la apropiación de la tierra, la extensión del mercado mundial y la subordinación de la naturaleza al capital. La línea que dibuja el arado en el surco pampeano es también la línea de la historia: un trazo firme que marca el avance del capitalismo agrario en la Argentina de fines del siglo XIX.