Índice general

Tan sólo hallé la tapera · Apertura

Prólogo

Sólo estaba la tapera

"¿Y qué iba a hallar al volver? tan sólo hallé la tapera."[1]

La tapera es la forma material de una ausencia. Donde hubo una casa hubo también una mujer, hijos, animales, trabajos, esperas, objetos, recorridos y un pago. Cuando Fierro regresa, la tierra sigue allí, bajo el mismo cielo; pero ya no existe el entramado de relaciones que hacía de ese lugar una morada. Ésa es la pregunta de este ensayo: ¿qué transformaciones deben ocurrir para que un hombre vuelva a su pago y encuentre sólo una tapera? La respuesta no puede reducirse a la desgracia individual de un gaucho. En la pampa bonaerense del siglo XIX, y particularmente en la geografía que luego sería el Partido de Benito Juárez, la expansión de la propiedad, la estancia capitalista, la mensura, el alambrado, la leva y el Estado produjeron una alteración más profunda: deshicieron un modo de habitar el mundo.

No se trató de que una pampa vacía recibiera, al fin, población, trabajo y orden. La palabra "desierto", tan decisiva en la imaginación política argentina, no describía una ausencia: preparaba una apropiación. Declarar vacío un territorio habitado permitía presentar su ocupación como fundación, su división como racionalidad y el despojo como progreso. Pero antes del plano, del título y del partido había poblaciones indígenas, gauchos, peones, familias rurales, comerciantes, baqueanos y soldados; había ranchos, aguadas, rastrilladas, postas, caballadas y formas de conocimiento que no necesitaban la escritura estatal para orientar una vida.

Habitar no era poseer legalmente una porción de suelo. Era conocer los vados, leer una huella, encontrar reparo, criar hijos, cuidar animales, reconocer el cambio del tiempo, llegar a un fogón o recibir a quien cruzaba la llanura. Era estar ligado a la tierra sin que la tierra hubiera sido reducida por completo a propiedad, renta y mercancía. El caballo, el poncho, el recado, el mate y el rancho no son emblemas de una esencia gaucha. Son cosas que reúnen una vida: permiten moverse, trabajar, descansar, abrigarse, conversar, sobrevivir.

El nuevo orden no eliminó de inmediato esos objetos ni esas destrezas. Durante décadas necesitó del jinete, del baqueano, del peón conocedor del ganado y de la intemperie. Pero cambió su lugar. El saber de la pampa abierta fue subordinado a la estancia; la movilidad comenzó a ser vigilada; la tierra se volvió superficie medible; el tiempo, jornada y rendimiento; el gaucho, trabajador dependiente, soldado de frontera, vago perseguido o matrero.

La estancia San Antonio permite advertir tempranamente esa transformación. Establecida a mediados de la década de 1830, fue uno de los núcleos más extensos de la región y un enclave de control territorial frente a las tolderías cercanas. Allí se articulaban ganado, frontera y poder político: la gran estancia anticipaba una forma de concentración que el orden posterior profundizaría.

La estancia El Porvenir condensa esa unión entre tierra y Estado. Desde allí, antes de que existiera un centro urbano consolidado, Mariano Roldán actuó como juez de paz y la propiedad funcionó como asiento de funciones judiciales, policiales y municipales. El caso obliga a abandonar la imagen de un Estado neutral que llega después para custodiar una riqueza ya creada. El juzgado instalado en El Porvenir muestra que la ley y la gran propiedad crecieron juntas, y que la autoridad local contribuyó a convertir una relación de fuerzas en un orden durable.

Después de San Antonio y de El Porvenir, Sol Argentino, fundada por Mariano Roldán hacia 1870, da a esa lógica una forma espacial más elaborada. La fotografía con Bartolomé Mitre no muestra el establecimiento en su extensión: muestra a Roldán sentado junto al expresidente, rodeado de jóvenes vestidos de traje. Es una escena de sociabilidad y legitimidad de élite, donde los cuerpos, la indumentaria y la cercanía con Mitre presentan al estanciero como figura moderna y confiable. Los objetos conservados de Sol Argentino prolongan esa lectura. El llavero clasificado entre "piezas de familia", "piezas de empleados" y "dependencias de servicio" dibuja, en miniatura, una geografía social. Los tinteros, sellos y plumas indican otra forma de poder: desde el escritorio, la carta podía convertirse en gestión, el papel en título, informe, solicitud de armas o mandato administrativo. El sable ceremonial completa la serie: junto a la llave y al tintero recuerda que el orden de la propiedad tuvo también una dimensión armada.

Ésa es también la escena que Martín Fierro vuelve visible desde el reverso. Roldán y Fierro no son sólo nombres de una época. Ocupan posiciones opuestas dentro de una misma transformación histórica. Uno administra, registra, delimita y funda; el otro es arrancado de su rancho por la leva y, al regresar, encuentra la pérdida. Uno dispone de papeles, vínculos políticos, armas y tierra; el otro posee el cuerpo, el caballo, la memoria del pago y una voz que sólo puede cantar aquello que el orden ha deshecho.

El capitalismo agrario llegó organizando el espacio para que la tierra pudiera ser vendida, cercada, valorizada y defendida. Separó a los pobladores de condiciones que sostenían una autonomía precaria e hizo del patrón de estancia una figura de mando sobre el trabajo y, con frecuencia, un interlocutor privilegiado del poder público. Aceleró la circulación de mercancías, animales, órdenes y noticias, mientras volvía más incierta la posibilidad de que los desposeídos permanecieran en su lugar.

David Harvey permite nombrar ese proceso como producción capitalista del espacio. La pampa no fue un escenario inmóvil sobre el cual actuó la economía: fue rehecha para integrarse al mercado mundial. Pero, junto a Harvey, conviene escuchar la pregunta de Heidegger por el habitar. Porque lo que estaba en juego no era sólo la propiedad de la tierra. Era la conversión de la tierra en recurso, del ganado en capital, del cuerpo en fuerza de trabajo, del tiempo en rendimiento y de la casa en una ruina prescindible.

Las fotografías de Francisco Ayerza, tomadas cuando el nuevo orden ya se ha afirmado, vuelven a mostrar esa tensión. Allí el gaucho aparece junto a su caballo, su perro, su carreta o el horizonte de la estancia. La imagen conserva algo de una presencia que aún resiste a desaparecer, pero también anuncia su domesticación visual: el gaucho puede convertirse en figura pintoresca de una pampa que ha dejado de pertenecerle. La fotografía guarda su imagen mientras el orden que la hace posible reduce las condiciones de su autonomía.

Este ensayo comienza, por eso, con un regreso. No para restaurar un pasado puro ni para negar las violencias que existían antes de la consolidación capitalista. Comienza ante una tapera para preguntar qué mundo había allí y quiénes lo deshicieron. La ruina no es la prueba de que antes no había nada. Es la prueba de que hubo una casa, una familia y una forma de estar en la tierra.

Sólo estaba la tapera. Pero esa frase no cierra la historia: la abre.

I

Antes del orden: el mundo no estaba vacío

La tapera obliga a mirar hacia atrás. No hacia una pampa inmóvil ni hacia una edad de oro, sino hacia las formas de vida que precedieron a la ruina. Antes de que el regreso de Fierro terminara ante un rancho deshecho, había habido un pago. Y antes de que el Partido de Benito Juárez fuera fundado, medido y administrado, había un territorio vivido.

Esa historia local tampoco comienza con el gaucho ni con la frontera. El Cerro El Sombrero, en el sistema de Tandilia, conserva huellas de grupos cazadores-recolectores que habitaron estas tierras durante milenios: lascas, instrumentos líticos y rastros de actividades que hacen del relieve un archivo de tiempo profundo. La tapera es una ruina reciente en un territorio de memorias mucho más antiguas. No conviene confundir esas temporalidades, pero sí dejar que se interroguen entre sí: antes de toda estancia, todo alambrado y toda fundación partidaria, el paisaje ya había sido recorrido, conocido y transformado por otras presencias humanas.

La palabra que el orden liberal eligió para negar esa evidencia fue "desierto". No describía una llanura sin hombres, sin rutas ni sin memoria. Nombraba un territorio cuya población no era reconocida como legítima. El desierto fue una operación política y literaria: permitió imaginar la campaña como extensión disponible y presentar su ocupación como fundación, su división como racionalidad y el despojo como progreso.[2]

Pero no estaba vacío el sudeste bonaerense. Lo atravesaban rutas como el Camino de la Posta; había parajes, aguadas, ranchos, pulperías, tolderías, fortines y establecimientos ganaderos. San Antonio, La Paloma y los núcleos de población en torno de El Junco prueban que, antes de la organización formal del partido, ya existía una ocupación efectiva, heterogénea y conflictiva. La futura jurisdicción no nació sobre una hoja en blanco: el Estado vino a regularizar, jerarquizar y excluir usos anteriores de la tierra.

San Antonio de Iraola resulta particularmente reveladora. Establecida hacia mediados de la década de 1830, fue uno de los grandes núcleos de la región y una base de operaciones en la frontera con las tolderías cercanas. Su existencia señala que el avance de la estancia precede a la fundación del partido y que la ocupación capitalista no debe pensarse como un acontecimiento súbito. Antes de ser una institución consolidada, la estancia fue ya un punto de concentración territorial, económico y militar. En torno suyo se articulaban ganado, trabajo, poder político y relaciones con la frontera.

Pero reconocer la presencia temprana de San Antonio no autoriza a confundir el territorio con la estancia. La estancia era una forma de poder entre otras, no el nombre de toda la pampa. Más allá de sus límites —y muchas veces en sus márgenes y dentro de sus propias relaciones de trabajo— persistían poblaciones indígenas, gauchas y mestizas, familias rurales, peones móviles y ocupantes sin título. La pampa no era homogénea. Estaba hecha de coexistencias difíciles, intercambios, alianzas, violencias y desplazamientos.

Habitar ese espacio no significaba poseerlo legalmente. Significaba saber orientarse en él. El baqueano leía las huellas, reconocía el estado del barro, encontraba un vado y podía decidir un rumbo cuando no había más camino que la marca dejada por quienes habían pasado antes. El jinete conocía las aguadas, los reparos, las distancias entre un rancho y otro, el temperamento de una caballada. La familia rural organizaba su vida según las estaciones, los animales, el clima, los vínculos de proximidad y la necesidad de sostener un hogar en condiciones materiales inciertas.

Ése es un saber que rara vez queda inscrito en el plano o en la escritura de propiedad. No por eso es menor. El conocimiento del territorio no comenzaba con la mensura; la mensura llegó para sustituir una forma de legibilidad por otra. El agrimensor ve una superficie divisible, una extensión que puede traducirse en leguas, lotes y límites. Quienes habitan la campaña ven también un campo de relaciones: un bajo que se inunda, un arroyo que permite cruzar, un lugar de pasto, un camino peligroso, una casa donde puede encontrarse hospitalidad, una zona de conflicto, una distancia que debe medirse según la marcha del caballo.

La diferencia no es sólo técnica. La mensura transforma lo que mide. Al convertir la tierra en parcela, hace posible que sea vendida, hipotecada, cercada y defendida como propiedad exclusiva. El mapa no se limita a representar una realidad previa: ayuda a producir una geografía nueva. Allí donde había una continuidad de recorridos, establece unidades; donde había usos diversos, fija pertenencias; donde había memoria oral y práctica, instala coordenadas, mojones, títulos y nombres.

La estancia Sol Argentino permite observar esa mutación en una escala visible. Sus avenidas arboladas, la disposición de sus edificios, el escritorio desde el cual se administraba y la separación entre espacios de familia, empleados y servicio no son simples detalles arquitectónicos. Forman una pedagogía del orden. Frente a la pampa de caminos informales y viviendas dispersas, Sol Argentino organiza accesos, jerarquías y funciones. La estancia no es un hogar como el rancho: es una institución productiva y de mando.

El llavero conservado de Sol Argentino vuelve tangible esa diferencia. Sus llaves no abren únicamente puertas; clasifican espacios y cuerpos. Las "piezas de familia", las "piezas de empleados" y las "dependencias de servicio" componen un pequeño plano social. Cada llave indica quién puede entrar, quién debe permanecer afuera y qué lugar ocupa cada cual dentro de la estancia. La jerarquía ya no está sólo en la autoridad del patrón de estancia ni en la distribución de los salarios: se vuelve parte de la vida cotidiana, de los pasillos, de los cuartos, de las cerraduras.

El tintero y los sellos de Mariano Roldán muestran otra dimensión del mismo proceso. La escritura que sale del escritorio ordena el territorio de una manera que la huella no puede hacer. Registra, solicita, certifica, comunica, reclama, dispone. Desde El Porvenir, donde Roldán ejerció como juez de paz antes de la consolidación de un centro urbano, esa escritura podía unir propiedad y autoridad. El papel no venía después de la tierra: contribuía a decidir quién podía ser reconocido sobre ella, quién tenía derecho a hablar en nombre del vecindario y quién quedaba reducido a presencia sin título.

La diferencia entre la huella y el documento no debe entenderse como oposición entre ignorancia y saber. El problema no es que el orden estatal haya reemplazado un mundo sin conocimientos por otro más racional. El problema es que reconoció como conocimiento legítimo sólo aquello que podía ser traducido a sus propias formas: escritura, registro, plano, título, expediente. El saber de la campaña quedó subordinado, convertido en folklore o aprovechado selectivamente cuando resultaba útil para el patrón de estancia, la policía rural o el ejército.

William MacCann dejó constancia de ese mundo en transición. Su viaje a caballo registra una campaña todavía organizada por recorridos largos, hospitalidades, caballadas, pulperías y ranchos. El viajero inglés describe un paisano que vive a caballo, mide el tiempo por días antes que por horas y conserva una movilidad que no responde por completo a la disciplina de la estancia. Su mirada es la de un comerciante: observa precios y busca oportunidades, pero registra también una vida rural que desborda el cálculo económico.[3]

MacCann no encuentra un vacío. Encuentra gente que indica caminos; hogares que reciben viajeros; hombres y mujeres que trabajan; animales que organizan las jornadas; paisajes atravesados por usos y conocimientos. Su relato permite ver que el futuro orden capitalista no viene a producir sociabilidad donde no la había. Viene a reorganizar una sociabilidad existente según otras necesidades: la renta, la propiedad, la vigilancia, el mercado y la disponibilidad de trabajo.

No hay que idealizar ese mundo. La campaña anterior a la consolidación capitalista estaba atravesada por desigualdades, autoridad patriarcal, violencia de frontera y relaciones de dependencia. La autonomía del gaucho era relativa, insegura y desigual; aun así, subsistían márgenes de movilidad, de uso y de relación con el territorio que el orden posterior procurará reducir.

La conversión del campo en propiedad excluyente no elimina de inmediato los saberes ni las formas de vida anteriores: los reaprovecha. El patrón de estancia necesita al jinete que conoce el ganado, al baqueano que reconoce los caminos y al peón que sabe trabajar a la intemperie. San Antonio, luego El Porvenir y, más tarde, Sol Argentino no podrían funcionar sin esos saberes; pero los inscriben en una relación distinta. El conocimiento deja de orientar, ante todo, una vida propia y pasa a ser capacidad de trabajo subordinada a una organización ajena.

Ése es el punto en el que el "desierto" revela su violencia. No vacía porque no haya habido nadie; vacía porque transforma en ilegítimas las formas de habitar que no caben en el título de propiedad ni en el trabajo bajo patrón. El Estado funda el partido sobre un territorio ya transitado. La estancia cerca campos que ya eran conocidos y usados. El plano ordena una geografía que ya poseía nombres, recorridos y memorias. El orden no llega a llenar una ausencia: viene a producir una nueva.

La tapera, entonces, no pertenece a un paisaje vacío. Es lo que queda cuando el mundo que daba sentido al rancho ha sido apartado por esa nueva geografía de la propiedad. Antes de la ruina hubo casa; antes de la casa hubo territorio habitado; antes del orden hubo vidas que el orden necesitó declarar invisibles.

II

Habitar: la tierra, el cielo y las cosas

Decir que la pampa estaba habitada no significa solamente que había personas sobre ella. Un censo cuenta pobladores; un plano mide extensiones; un registro consigna propietarios. Pero ninguno de esos instrumentos explica qué vuelve habitable a un lugar.

Habitar no es ocupar un punto en el espacio ni disponer de una escritura. Se puede poseer una gran extensión de tierra y no habitarla; se puede vivir durante años en un sitio sin que la ley reconozca ese vínculo. Habitar es sostener una relación con la tierra, con los otros, con los animales, con los ritmos del tiempo y con las cosas que permiten vivir. Es saber dónde encontrar agua, qué rumbo tomar, cómo atravesar una noche, qué caballo conviene elegir, dónde resguardarse de la tormenta y en qué casa puede esperarse hospitalidad.

En la pampa, el caballo vuelve concreta esa relación. No era una pertenencia secundaria ni un mero medio de transporte. Permitía que la distancia fuese vivible. Con él se arreaba, se buscaba trabajo, se visitaba a un pariente, se llegaba a una pulpería, se perseguía una tropilla o se escapaba de una partida. Fierro lleva a la frontera "un moro de número", "sobresaliente el matucho", y enumera junto a él las prendas que cargó desde su casa: poncho, jergas, lazos, boleadoras y maneas. Cuando el comandante se queda con su caballo moro "pa enseñarle a comer grano", no le quita sólo un animal: lo deja a pie y le arrebata una condición material de trabajo, movimiento y supervivencia. El caballo hacía posible un territorio extenso sin que esa extensión se transformara necesariamente en aislamiento; perderlo podía significar perder trabajo, movilidad, seguridad y posibilidad de regreso.[1]

El rancho era el otro centro de ese mundo. La mirada del progreso lo juzga desde sus carencias: barro en lugar de ladrillo, techo precario, escaso mobiliario, vulnerabilidad ante el clima. Pero el rancho no debe ser leído sólo por lo que le falta. Allí se cocinaba, se cuidaba a los niños, se guardaban objetos, se reparaban aperos y se encontraba reparo. El rancho reunía lo que la llanura dispersaba. No era una propiedad burguesa ni una vivienda estable en el sentido urbano; era una forma modesta, frágil y decisiva de arraigo.

La tapera duele porque muestra que ese arraigo no resiste por sí solo. El regreso de Fierro demuestra que no basta con que el lugar físico permanezca. La tierra puede seguir allí, el horizonte puede conservar su forma, incluso pueden quedar rastros de las paredes; sin embargo, el mundo desaparece cuando se disuelven los vínculos que lo sostenían. La leva no aparta a Fierro únicamente de su casa: deja a la casa sin quien pueda contribuir a sostenerla. La frontera le roba tiempo y, mientras él está ausente, el hogar se vuelve ruina.

Heidegger ofrece una palabra útil para pensar esa pérdida, siempre que no se la convierta en una explicación ajena a la historia pampeana. Habitar, para él, no es dominar una extensión ni reducir las cosas a su utilidad. Es permanecer sobre la tierra como mortal, cuidar y construir un mundo de relaciones. La casa, el puente, el jarro, el camino o el campo pueden reunir tierra, cielo, tiempo y vida humana.[4]

La pampa no necesita a Heidegger para haber sido mundo. Pero su pregunta permite advertir lo que se pierde cuando la tierra empieza a aparecer exclusivamente como propiedad, recurso y plataforma productiva. Un arroyo deja de ser sólo una aguada situada en una trama de recorridos y pasa a integrar un establecimiento. El caballo deja de ser condición de autonomía relativa y se vuelve, de manera creciente, herramienta de trabajo para una producción ajena. El rancho deja de ser centro de una vida y aparece, desde la mirada estanciera, como construcción precaria, improductiva o desplazable.

San Antonio, Sol Argentino y El Porvenir expresan, con diferencias entre sí, esa transformación. En San Antonio, la gran extensión y la relación con la frontera anticipaban una nueva manera de concentrar tierra, ganado y poder. Sol Argentino materializó una organización más minuciosa del espacio: avenidas, galpones, jerarquías domésticas, tareas distribuidas, sectores de familia, empleados y servicio. El Porvenir concentró, además, funciones estatales: desde allí, el patrón de estancia y juez de paz intervenía en el ordenamiento de la vida local.

No se trata de oponer el rancho bueno a la estancia mala, como si fueran dos figuras puras. El rancho podía estar atravesado por privaciones y relaciones de dependencia; la estancia podía ofrecer trabajo, infraestructura, alimento y, para algunos, nuevas posibilidades. La cuestión es otra: la estancia capitalista somete cada vez más la vida rural a una separación entre quienes controlan la tierra y quienes dependen de ella sin poseerla. Su espacialidad no está organizada primordialmente para habitar, sino para administrar, producir, vigilar y rendir.

El llavero de Sol Argentino resume esa diferencia. La clasificación de las llaves no ordena simplemente habitaciones: distribuye posiciones sociales. Hay espacios de la familia propietaria, espacios de empleados y espacios de servicio. La llave hace visible una frontera cotidiana. En el rancho, la precariedad no equivale a igualdad; pero el mundo doméstico no se encuentra trazado con la misma minuciosidad administrativa. En la estancia, en cambio, cada puerta puede ser parte de una jerarquía: indica quién descansa, quién trabaja, quién manda, quién sirve y quién controla el acceso.

El tintero de Mariano Roldán agrega otra capa. Desde el escritorio de la estancia, la palabra escrita se vuelve poder territorial. Allí se escriben cartas, se tramitan pedidos, se firman documentos, se administran asuntos que exceden el campo mismo. El tintero no sustituye al sable; lo acompaña. La escritura organiza, legaliza y comunica; el arma recuerda que la autoridad que organiza también dispone de una dimensión coercitiva. La estancia se vuelve, así, algo más que unidad productiva: es un centro desde el cual se articulan propiedad, administración y fuerza.

David Harvey permite devolver esa escena a una escala histórica mayor. El capitalismo no actúa sobre un espacio neutral: produce el espacio que necesita. Construye caminos, concentra tierra, organiza redes de transporte, fija jurisdicciones y crea centros de intercambio. La estancia, el pueblo y el ferrocarril forman parte de una geografía que acerca la producción rural a los mercados y vuelve más previsible la circulación de capital. [5, 6]

Pero esa reorganización tiene un costo desigual. La tierra se vuelve más accesible al capital mientras se vuelve menos accesible para quienes dependen de ella sin título. Los caminos pueden hacer más rápida la circulación de mercancías y, al mismo tiempo, facilitar la vigilancia sobre los cuerpos. La nueva infraestructura acerca la estancia al puerto; no necesariamente acerca al peón a una vida más autónoma. La velocidad que gana la mercancía puede ser la distancia que pierde quien ya no puede recorrer libremente el campo.

El conflicto no es, entonces, entre una pampa inmóvil y una pampa moderna. Es entre modos distintos de relacionarse con el territorio. De un lado, una tierra vivida mediante trayectos, usos, cuidados y saberes prácticos; del otro, una tierra organizada como superficie divisible, capitalizable y controlable. Entre ambos no hay una ruptura instantánea. Hay transiciones, adaptaciones, resistencias y coexistencias. Pero la asimetría es clara: una de esas formas adquirirá el respaldo de la ley, del mercado, de la autoridad local y de la fuerza armada.

La tapera pertenece al lado herido de esa asimetría. No muestra una casa vencida por el tiempo natural. Muestra una vida que ha perdido las condiciones de su continuidad. El rancho se vuelve ruina cuando quienes lo habitaban ya no pueden decidir sobre su tiempo, su trabajo, su tierra o su regreso.

III

MacCann: escenas de una vida común

William MacCann llegó al Río de la Plata como comerciante inglés. Miraba la campaña con el interés de quien quiere conocer precios, tierras, ganados, jornales y posibilidades de inversión. Esa condición no le resta valor como fuente; obliga a leerlo con mayor cuidado. Su viaje registra, a la vez, la promesa de una pampa incorporable al comercio británico y las formas de vida que esa incorporación transformaría.

MacCann calcula el valor de los campos y describe la calidad de los pastos. Observa las majadas, los caballos, los modos de crianza y el trabajo de los peones. Pero, entre una anotación económica y otra, aparece otro registro: el de una campaña recorrida a caballo, sostenida por la hospitalidad, marcada por senderos inciertos y organizada alrededor de ranchos, fogones, pulperías y caballadas. No ve un vacío; ve un mundo.

Cuando el viajero necesita orientación, pregunta en un rancho. Cuando necesita descansar, es recibido. Cuando debe atravesar un arroyo, busca las huellas de otros jinetes para encontrar el vado. El camino, en esa pampa, no está enteramente separado de quienes lo usan. No hay todavía una infraestructura que garantice el trayecto mediante señales, puentes, estaciones y horarios. El recorrido depende de la memoria, de la observación y de la disposición de los otros. La huella es, al mismo tiempo, camino y testimonio: alguien pasó por allí antes y dejó una marca que puede ayudar a otro a no perderse.

La hospitalidad tiene, por eso, un valor que excede la cortesía. En una región de grandes distancias y población dispersa, alojar a un viajero, darle indicaciones, compartir comida o permitir que sus caballos descansen forma parte de una red práctica de supervivencia. MacCann encuentra esa hospitalidad en estancias, pero también en casas y ranchos modestos. La desigualdad de la campaña está a la vista: no todos poseen la misma tierra, los mismos animales ni las mismas comodidades. Sin embargo, la vida rural no se reduce todavía a la relación entre patrón de estancia y trabajador asalariado. Subsisten tramas de ayuda, intercambios y reconocimientos que no se dejan explicar sólo por el salario o por el precio.

La pulpería concentra esa ambivalencia. MacCann la describe como almacén y taberna, con el pulpero protegido detrás de una reja de madera. Hay allí mercancías, crédito, alcohol y una separación visible entre quien vende y quienes compran. Pero hay también reunión. Para una población extendida por el campo, la pulpería es lugar de noticias, conversación, trato y descanso. No debe ser idealizada: podía ser espacio de endeudamiento, conflicto y vigilancia. Pero tampoco puede ser reducida a comercio. Su existencia muestra que, aun en la dispersión, había formas de sociabilidad que no dependían enteramente de la estancia ni de la autoridad estatal.

El fogón cumple una función semejante. No es una imagen decorativa del mundo gaucho. Alrededor del fuego se cocina, se descansa, se cuenta y se escucha. El fogón reúne los cuerpos que la llanura separa. Puede ser ámbito de autoridad masculina y de jerarquías familiares, pero también de conversación, transmisión oral y compañía. Una historia de la pampa que sólo atienda a la tierra, al ganado y a los contratos pierde la escena elemental donde la vida se repone cada día: alguien enciende fuego, prepara comida, cuida a un niño, cura una herida, espera al que se fue a caballo.

MacCann observa también las tareas con animales. El lazo, las boleadoras, la doma, el arreo y el cuidado de las majadas aparecen en su relato con el interés de un extranjero sorprendido por una destreza que no pertenece a su mundo. Es fácil leer esas descripciones como costumbrismo. Pero cada una contiene un saber corporal. Enlazar no es sólo disponer de una herramienta: exige cálculo, equilibrio, relación con el caballo, práctica repetida y conocimiento del animal. La boleadora no es una pieza pintoresca: forma parte de una técnica de desplazamiento y captura. El recado, el apero y el poncho permiten habitar jornadas largas, atravesar cambios de tiempo y sostener la movilidad. Las cosas importan porque revelan modos de vida. El recado no equivale a una montura cualquiera; permite que el caballo se vuelva compañero de trayectos y tareas. El mate no equivale a una bebida; crea una pausa y una relación de intercambio. El poncho abriga, sirve de manta y acompaña al cuerpo en el movimiento. La pulpería, el fogón, la aguada y el rancho no son simples escenarios: son condiciones materiales de una sociabilidad rural.

La estancia San Antonio participa de ese mundo y, al mismo tiempo, anuncia su transformación. La fotografía de Francisco Ayerza de 1891, que muestra a trabajadores luxemburgueses en la cosecha de San Antonio de Iraola, permite ver un paisaje ya más intensamente organizado por la producción. Mujeres y hombres trabajan con haces de trigo, carros y caballos; la escena parece, a primera vista, una imagen apacible de labor compartida. Pero la fotografía debe leerse junto con el régimen de arrendamiento y las promesas de poblamiento que atrajeron a esas familias. La pampa de la hospitalidad y el trayecto se vuelve también pampa de la colonización dirigida, de la cosecha vigilada y del trabajo ordenado para el mercado.

La imagen de Ayerza no desmiente a MacCann. Muestra la transformación del mundo que MacCann había alcanzado a describir. Entre uno y otro registro se despliega el pasaje desde una campaña donde la movilidad, aunque precaria, conserva márgenes propios, hacia una organización rural que necesita fijar población, especializar tareas y vincular cada vez más estrechamente el trabajo con la productividad de la tierra.

En Sol Argentino, ese proceso adquiere otra forma visible. La casa del capataz próxima al galpón de esquila, la organización de las dependencias, la clasificación de las llaves y la presencia de planillas o registros vuelven palpable una nueva disciplina. La estancia necesita el saber de los trabajadores rurales, pero lo sitúa dentro de una jerarquía estable. El capataz media entre el patrón de estancia y la peonada; el trabajo se distribuye; el acceso se regula; el tiempo se ordena. Lo que en MacCann aparece como destreza incorporada a una vida móvil se convierte, en Sol Argentino, en capacidad productiva sometida a vigilancia.

La vajilla conservada de la estancia permite advertir que esa jerarquía no se limita al trabajo en el campo. Comer también organiza una diferencia. La mesa, los cubiertos, el servicio y el comedor forman parte de una puesta en escena del confort de la familia propietaria. MacCann, al comentar el uso del tenedor, observa que éste supone una cadena de hábitos: plato, mesa, silla y cierta forma de domesticidad. Esa observación, atravesada por los prejuicios civilizatorios de su tiempo, puede ser vuelta del revés. No muestra una escala natural de progreso; muestra cómo los objetos participan en la producción de distinciones sociales. En Sol Argentino, la vajilla no es sólo signo de refinamiento: delimita una experiencia de la mesa y del hogar distinta de la que corresponde a empleados y peones. El contraste no debe volverse una oposición simple entre el mundo libre de MacCann y el mundo disciplinado de la estancia. MacCann describe una campaña donde ya hay propietarios, peones y comercio; la estancia no destruye toda forma de convivencia ni vuelve irrelevantes los saberes rurales. Lo que cambia es la relación de esos saberes con el poder. La destreza de montar, arrear y conocer los animales sigue siendo indispensable, pero queda cada vez más subordinada a una organización que otros controlan. El caballo sigue presente, pero ya no garantiza por sí mismo autonomía. El fogón puede seguir encendiéndose, pero el tiempo de la jornada pertenece de manera creciente al patrón de estancia.

La fuerza del relato de MacCann está en que conserva, sin proponérselo, las escenas de una vida común antes de su completa subordinación al orden capitalista. Conserva un rancho que recibe, una pulpería que reúne, una huella que orienta, una caballada que da movilidad, un fuego que acompaña la noche. No son restos de una esencia nacional ni pruebas de una armonía perdida. Son formas históricas, conflictivas y vulnerables de hacer mundo.

La estancia capitalista no llega a un lugar sin vida. Llega a una pampa donde ya hay modos de trabajar, desplazarse, recibir, cuidar y saber. Su triunfo consiste, en parte, en convertir esos modos en subordinados, pintorescos o residuales. La fotografía de Ayerza, los objetos de Sol Argentino y la crónica de MacCann deben leerse juntos: entre el fogón y el escritorio, entre la huella y el llavero, entre el caballo de camino y el caballo de trabajo, se abre la historia de una transformación.

IV

El capital entra a caballo, pero no cabalga como el gaucho

El capitalismo llegó a la pampa a caballo. Llegó con propietarios, comerciantes, militares, jueces de paz, agrimensores y viajeros que atravesaban los mismos caminos de tierra, se detenían en las mismas postas y dependían, muchas veces, del conocimiento de baqueanos y hombres de campo. Pero no cabalgaba como el gaucho.

El gaucho se movía porque el desplazamiento era una condición de su vida. Podía buscar trabajo, visitar a un pariente, llevar ganado, llegar a una pulpería, huir de una partida o simplemente seguir el rumbo que imponían la necesidad y la estación. El capital se movía para fijar. Recorría la tierra para medirla, delimitarla, valorizarla y someterla a un cálculo. Su movilidad preparaba inmovilizaciones: mojones, títulos, cercos, jurisdicciones y establecimientos.

Ésa es una de las paradojas del orden nuevo. Necesitaba caminos, tropas, caballadas, mensajeros, carretas y trabajadores capaces de atravesar grandes distancias. Pero desconfiaba del hombre que se desplazaba sin patrón, residencia fija o documentación. Quería hacer más rápida la circulación de la riqueza y más controlada la circulación de los pobres.

Harvey llama a esta tendencia "aniquilación del espacio por el tiempo": el capital procura reducir los tiempos de transporte, comunicación y realización de las mercancías. La tierra del sudeste bonaerense debía estar cada vez más cerca de Buenos Aires, de los puertos y de los mercados atlánticos. Para ello hicieron falta caminos, infraestructura, instituciones, información y un territorio organizado de manera previsible. [5, 6]

Pero la aceleración no tuvo el mismo significado para todos. Para el propietario, la reducción de distancias podía ser promesa de renta. Para el patrón de estancia, significaba mayor conexión con compradores, créditos y autoridades. Para el Estado, permitía extender su presencia sobre una campaña que buscaba volver administrable. Para el gaucho sin tierra, para el peón móvil o para la familia que vivía de recursos precarios, podía significar otra cosa: mayor vigilancia, menos posibilidades de circular, una dependencia más estricta del trabajo bajo patrón y la pérdida paulatina de los lugares donde antes podía encontrar amparo.

La estancia Sol Argentino muestra ese doble movimiento. No se limitaba a producir animales o mercancías: organizaba el espacio para volverlo controlable. El escritorio instalado en el ingreso, las avenidas, los galpones, las dependencias separadas y la autoridad del capataz componían una geografía de funciones. Allí se concentraban la planificación, la vigilancia y el mando. El patrón de estancia podía residir en Azul o en Buenos Aires, pero el establecimiento conservaba su lógica: se delegaba la ejecución de las tareas, no el control sobre la producción.

El llavero de Sol Argentino expresa, en una escala mínima, esa geografía. Clasifica accesos y, con ellos, jerarquías. El tintero y los sellos hacen lo propio en el plano de la escritura. Las llaves organizan puertas; la tinta organiza derechos, pedidos, títulos, informes y órdenes. El sable conservado junto a esos objetos recuerda que la distancia entre administración y fuerza nunca fue absoluta. La propiedad debía ser registrada, pero también protegida; el orden debía escribirse, pero podía necesitar imponerse.

El Porvenir añade una dimensión decisiva. Allí, la estancia fue también sede de la autoridad local. Mariano Roldán, juez de paz y propietario, encarnaba una articulación que no debe ser entendida como excepción: la ley, la policía, la administración y la tierra podían reunirse en el mismo punto. El Estado no aparecía después de la estancia para moderar o garantizar un orden ya existente. Ayudaba a producirlo desde adentro.

Marx llamó acumulación originaria al proceso por el cual los productores directos son separados de las condiciones que les permiten reproducir su vida. El capitalismo no nace, en esta perspectiva, de una competencia pacífica entre individuos equivalentes, sino de expropiaciones, cercamientos, leyes, castigos y violencias que concentran medios de producción y obligan a otros a depender de la venta de su fuerza de trabajo.[7]

En la pampa bonaerense, el proceso no repite exactamente los cercamientos ingleses. Pero comparte una operación fundamental: transformar tierras habitadas y recorridas de modos diversos en propiedad concentrada; reducir los márgenes de subsistencia independientes; producir una población disponible para el trabajo rural; garantizar, mediante el Estado, que la relación resultante sea reconocida como normal y legítima.

La figura del vago revela esa operación con particular crudeza. Vago no era, necesariamente, quien no trabajaba. Con frecuencia era quien no podía demostrar que trabajaba para alguien. La diferencia es decisiva. El hombre que combinaba tareas, se movía por la campaña, vivía de saberes diversos o no estaba sujeto a un patrón estable podía ser convertido en sospechoso. La ley no castigaba una falta previa: contribuía a fabricar una nueva condición social. Obligaba a elegir entre la subordinación laboral, la persecución o la leva.

Martín Fierro da a esa violencia una voz que los papeles oficiales no registran. Fierro no va a la frontera por decisión propia ni por patriotismo. Es llevado. La leva transforma su cuerpo en recurso militar del Estado y, al mismo tiempo, deshace las condiciones de su vida doméstica. Mientras él está en el fortín, el rancho queda sin sostén; la familia se dispersa; el pago se vuelve irreconocible. La frontera no es un paréntesis en su historia: es el mecanismo que hace posible la tapera.

San Antonio permite ver que la frontera y la estancia no pertenecían a historias separadas. La gran propiedad de Iraola funcionaba como enclave territorial en una región atravesada por las tensiones de la frontera. El ganado, la tierra, las redes políticas y la defensa se articulaban. La expansión de la estancia requería seguridad; la seguridad estatal protegía una forma de apropiación que volvía rentable la expansión. El avance militar sobre los pueblos originarios y el disciplinamiento de los gauchos no fueron escenas laterales respecto de la economía rural: contribuyeron a crear las condiciones de su consolidación.

El ciclo lanar intensificó esa necesidad. La oveja no fue sólo una fuente nueva de riqueza. Requirió organización de majadas, galpones, capataces, peones, animales seleccionados, trabajo regular y conexión con mercados de exportación. El campo debía ser más previsible; el trabajo, más estable; la producción, más mensurable. En Sol Argentino, la cercanía entre la casa del capataz y el galpón de esquila revela esa racionalidad: el trabajo se concentra, se supervisa y se orienta hacia una mercancía destinada a circular más allá de la pampa.

La proletarización del gaucho no fue instantánea. Un mismo hombre podía alternar entre la estancia, el arreo, el servicio militar, el trabajo ocasional y la huida. Las familias combinaban recursos; los saberes rurales no desaparecían; el caballo seguía siendo indispensable. Pero la dirección del proceso es visible: cuanto más se concentraba la tierra y más se cerraban los accesos a medios propios de subsistencia, más dependía el trabajador de vender su fuerza de trabajo.

La estancia necesitó del gaucho y, a la vez, deshizo las condiciones que habían permitido su autonomía relativa. Necesitó su habilidad para montar, enlazar, arrear y conocer el terreno. Pero procuró que esas destrezas se ejercieran bajo supervisión, dentro de un establecimiento, a cambio de un salario o una ración, y no como saberes que habilitaban una relación más abierta con la campaña.

El capital entró a caballo porque no podía prescindir de los cuerpos y conocimientos que ya habitaban la pampa. Pero no cabalgaba como el gaucho porque su destino no era recorrer: era fijar. No buscaba un rumbo; buscaba una propiedad. No seguía una huella; trazaba una línea. No encontraba un mundo; lo reorganizaba para que pudiera rendir.

Desde la tapera, el progreso pierde su inocencia. El alambrado deja de ser sólo una mejora técnica; la estancia, una empresa privada; el juzgado, una oficina de justicia; el ferrocarril, una promesa de comunicación. Todo aparece como parte de una transformación que convirtió el espacio pampeano en geografía del capital y dejó a muchos de quienes lo habitaban sin lugar al cual volver.

V

Del tiempo de la intemperie al tiempo del patrón de estancia

Transformar el espacio es transformar el tiempo. La mensura, el cerco, la estancia y el pueblo no sólo cambian la forma de la tierra: cambian las maneras de trabajar, esperar, descansar, trasladarse y regresar. El capitalismo necesita tierra, animales y cuerpos; necesita también disponer del tiempo de esos cuerpos.

La pampa que describe MacCann estaba lejos de ser una vida sin trabajo. Había que cuidar hacienda, ensillar, arrear, reparar un apero, buscar agua, preparar comida, domar un potro, atravesar una distancia o encontrar refugio antes de la noche. Pero esas tareas no aparecían todavía enteramente separadas de la vida cotidiana. Su ritmo dependía de la luz, del clima, de los animales, de la estación, del cansancio y de las urgencias de cada familia. El día no se dividía con precisión en horas de trabajo y horas de descanso: se organizaba alrededor de la intemperie.

La intemperie no era libertad pura. Podía ser frío, lluvia, enfermedad, aislamiento y peligro. Pero tampoco era abandono. Era el medio en el que se aprendía a vivir. El hombre de a caballo sabía que una tormenta podía cambiar la jornada, que un arroyo crecido obligaba a modificar el rumbo, que una caballada requería cuidado y que el fuego debía encenderse antes de que cayera la noche. La vida no era segura, pero conservaba una temporalidad ligada a los cuerpos y al paisaje.

El patrón de estancia introduce otra forma de tiempo. No inventa el trabajo rural: lo ordena de acuerdo con la producción, la vigilancia y el rendimiento. La esquila debe hacerse en determinada temporada; la majada debe reunirse; el animal debe ser marcado; el peón debe estar disponible; la tarea debe ser distribuida y supervisada. El día deja de obedecer sólo a las exigencias de la vida inmediata y comienza a responder, de manera creciente, a las necesidades de una empresa.

Sol Argentino permite ver esa reorganización. El galpón de esquila, la casa del capataz próxima al sector productivo, los espacios diferenciados para familia y empleados, el escritorio desde el cual se administraba la estancia y los objetos de escritura conservados muestran que no se trataba sólo de un campo con más ganado. Era una organización del tiempo. El capataz mediaba entre el patrón de estancia y la peonada; cada puesto definía una función; cada salario daba un precio al trabajo; cada horario convertía una parte de la vida en tiempo disponible para otro.

El llavero de la estancia vuelve a decirlo desde las cosas. No sólo establece quién entra a cada habitación; fija ritmos de presencia y ausencia. Hay cuartos para descansar, lugares para servir, dependencias para trabajar y puertas que sólo algunos pueden abrir. La jerarquía no se expresa únicamente cuando el patrón ordena. Se vuelve cotidiana en la arquitectura, en la distribución de los cuerpos y en el acceso desigual al confort.

La diferencia entre el tiempo del patrón de estancia y el tiempo de la intemperie no debe pensarse como una oposición absoluta. En el mundo rural anterior ya había patrones, obligaciones y dependencias; en la estancia capitalista persisten ritmos de clima, estaciones y animales que ningún reloj puede eliminar. Pero cambia la relación dominante. El trabajador ya no se ocupa solamente de hacer aquello que permite sostener su vida y la de los suyos. Debe, cada vez más, vender su capacidad de trabajar a quien controla la tierra, el ganado y los medios de producción.

El salario parece una relación simple: tiempo de trabajo a cambio de dinero. Sin embargo, transforma la vida entera. Quien depende del salario no vende sólo una tarea; vende horas, fuerza, destreza y disponibilidad. Su jornada pertenece en parte a otro. El producto de su trabajo también. Puede conservar su caballo, su mate, sus conocimientos y su modo de hablar; pero la dirección de la producción no está en sus manos. El patrón de estancia decide qué se produce, para quién, con qué ritmo y bajo qué reglas.

La leva muestra la forma más violenta de esa expropiación del tiempo. Fierro no pierde su hogar únicamente porque lo aparten físicamente de él. Lo pierde porque el Estado dispone de años de su vida. Mientras permanece en la frontera, el rancho se deteriora, la familia se dispersa y los animales se pierden. La ausencia no puede recuperarse cuando termina el servicio. El regreso llega tarde. La tapera es el resultado de un tiempo robado.

La frontera cumple, así, una doble función. Sirve a la expansión estatal sobre territorios indígenas y disciplina una población rural cuya movilidad resulta incómoda. El gaucho puede ser considerado sospechoso cuando circula sin patrón, pero indispensable cuando el Estado necesita hombres para los cantones. Su tiempo no le pertenece ni como trabajador ni como soldado. Puede ser reclamado por la estancia a través de la necesidad económica o por la autoridad mediante la fuerza.

El sable de Sol Argentino adquiere aquí otro sentido. No representa solamente una distinción militar ni un recuerdo de élite. Junto a los tinteros y sellos, permite leer la coexistencia de dos formas de ordenar el tiempo y el espacio: la pluma que registra, solicita y dispone; la espada que protege, reprime o impone. La estancia, el juzgado y la frontera no son instituciones separadas. Participan de una misma producción de disponibilidad.

Harvey insiste en que el capital busca reducir los tiempos de circulación. La mercancía debe viajar, venderse y retornar convertida en más capital. Por eso importan los caminos, el transporte, la información, la conexión con los puertos. Pero la rapidez de las cosas exige una disciplina sobre los cuerpos. Si la lana de San Antonio o de Sol Argentino debe llegar a los mercados con mayor eficacia, alguien tiene que esquilar, enfardar, cargar, cuidar y transportar bajo tiempos cada vez más previsibles. La compresión del espacio y del tiempo no beneficia a todos por igual. El propietario puede saber con mayor rapidez cuánto vale su producción. El comerciante puede recibir noticias de precios. La autoridad provincial puede enviar una orden o solicitar un contingente. Para el trabajador, en cambio, la aceleración puede tener otro rostro: la convocatoria ante el juez de paz, el llamado a una partida, la presión de la jornada, la obligación de presentarse, la pérdida del tiempo necesario para cuidar una casa o acompañar a una familia.

La modernización produce, así, una desigualdad de ritmos. Algunos pueden proyectar el futuro, esperar una ganancia, ampliar un establecimiento o comprar más tierra. Otros viven en la urgencia: conseguir un trabajo, evitar la leva, alimentar a los hijos, recuperar un caballo, pagar una deuda o encontrar un lugar donde pasar la noche. Para el patrón de estancia, el porvenir puede ser expansión. Para el peón, puede ser la incertidumbre del próximo día. Para la familia de un reclutado, puede ser una espera sin fecha.

Heidegger permite nombrar una pérdida que las estadísticas del crecimiento no alcanzan a registrar. Cuando el tiempo se vuelve sólo recurso, rendimiento y cálculo, resulta más difícil reconocer los tiempos que necesita una vida: el de la crianza, el descanso, la conversación, el duelo, el aprendizaje y el regreso. La estancia puede medir horas, tareas y salarios; no el daño de una ausencia que deshace una familia.[4]

La tapera conserva ese tiempo que no vuelve. Sus paredes caídas muestran que nadie pudo repararlas. Su puerta ausente recuerda que no hubo quien regresara a abrirla. El fogón apagado señala una vida doméstica interrumpida. No se trata de una ruina producida por la naturaleza: es una ruina histórica. La hicieron posibles la leva, la concentración de la tierra, la dependencia laboral y un Estado que, mientras fundaba el orden, disponía de la vida de quienes no tenían propiedad ni autoridad.

El tiempo del patrón de estancia se presenta como previsión y productividad. El tiempo estatal, como deber y administración. El tiempo del mercado, como circulación y oportunidad. Pero vistos desde el rancho que se vuelve tapera, esos tiempos revelan otra cosa: una expropiación de la presencia. Se expropia el tiempo de estar con los propios, de decidir los movimientos, de cuidar una casa y de volver a encontrarla en pie.

VI

El Estado no llega después: funda el mercado

El relato liberal suele imaginar una secuencia sencilla: primero aparece la riqueza; después llega el Estado para protegerla. Primero un propietario trabaja, mejora sus campos, reúne ganado y funda una estancia; luego la ley garantiza el contrato, castiga el delito y asegura la paz.

En el sudeste bonaerense ocurrió algo menos inocente. La propiedad no fue solamente protegida por el Estado: fue producida junto con él. El mercado rural no se formó por la acción espontánea de propietarios emprendedores sobre tierras disponibles. Necesitó mensuras, títulos, jueces de paz, policías rurales, milicias, campañas militares, registros y una autoridad capaz de decidir quién podía ocupar, circular, trabajar y reclamar.

Fundar el Partido de Benito Juárez no fue, por eso, un acto administrativo menor. Significó establecer una jurisdicción sobre una geografía ya habitada; fijar autoridades; ordenar contribuciones; certificar derechos; organizar la policía y extender una legalidad que favorecía determinadas formas de propiedad. El partido no vino a poner nombre a un espacio neutral. Contribuyó a convertir el territorio en una unidad administrable, dividida y apta para la valorización de la tierra.

La estancia El Porvenir permite ver cómo se produjo esa articulación. Antes de la consolidación de un centro urbano, fue asiento del juzgado de paz y de funciones municipales. El hecho importa menos como anécdota que como estructura. Desde una propiedad rural se ejercían atribuciones judiciales, administrativas, policiales y políticas. La distancia entre interés privado y autoridad pública no desaparecía: se volvía difícil de separar.

Mariano Roldán no debe ser leído sólo como fundador, ni únicamente como propietario. Su trayectoria concentra ambas posiciones. Como juez de paz, podía intervenir en conflictos, certificar, informar, organizar; como estanciero, participaba del régimen de tierra que esas decisiones ayudaban a consolidar. El Porvenir no era un simple campo desde el cual un vecino prestaba servicios públicos. Era un lugar donde la propiedad se volvía Estado y donde el Estado reforzaba la propiedad.

El tintero y los sellos conservados de Roldán permiten nombrar esa relación sin convertirla en abstracción. Desde el escritorio se escribían cartas a funcionarios, se elevaban informes, se gestionaban pedidos de armamento y se tramitaban asuntos rurales. La tinta no era un ornamento de la autoridad: era uno de sus instrumentos. Un documento podía volver legítimo un título, ordenar una medida, certificar una ocupación o transformar una demanda de los propietarios en asunto público.

El sable, conservado junto a esos objetos, impide imaginar que la escritura hubiera reemplazado por completo a la fuerza. La pluma y el arma pertenecen a la misma constelación. Una organiza y formaliza; la otra recuerda el trasfondo armado de ese orden. La campaña bonaerense del siglo XIX no fue pacificada por la ley: la ley se asentó sobre una violencia que no desapareció, sino que cambió de forma. La ocupación militar, la frontera y el reclutamiento prepararon el terreno para que después el expediente, la mensura y la escritura consolidaran lo conquistado.

Marx llamó acumulación originaria al proceso por el cual los productores son separados de sus condiciones de existencia. La fórmula permite abandonar la ficción de que la gran propiedad nace de un trabajo originario y pacífico. Para que algunos concentren tierra, otros deben perder acceso a ella; para que exista una población obligada a vender su fuerza de trabajo, debe estrecharse la posibilidad de vivir por fuera de esa dependencia. Las leyes, los castigos y las instituciones públicas forman parte de ese proceso.[7]

En la pampa bonaerense, la acumulación originaria tuvo formas propias. No se trató de copiar los cercamientos ingleses. Hubo apropiación de tierras fiscales, reparto y concentración de extensiones, avance militar sobre territorios indígenas, control de los caminos, persecución de pobladores sin patrón y organización de la autoridad rural. Cada operación tenía su lenguaje: propiedad, orden, seguridad, progreso, civilización. Pero todas contribuían a una misma transformación: convertir la tierra en capital y a quienes no la poseían en población dependiente.

La palabra "desierto" fue decisiva para esa transformación. Si el territorio aparecía vacío, la ocupación podía ser llamada fundación. Si los pueblos originarios aparecían como amenaza, la guerra podía presentarse como defensa. Si el gaucho sin patrón era nombrado vago, la persecución podía ser llamada moralización del trabajo. La violencia se hacía aceptable al convertirse en lenguaje administrativo y político.

La frontera fue el laboratorio de ese orden. No era una línea fija entre civilización y barbarie, sino una zona de contactos, intercambios, combates, cautiverios, alianzas y resistencias. Allí convivían pueblos originarios, gauchos, soldados, comerciantes, familias y propietarios. Sin embargo, el Estado necesitaba convertir esa complejidad en borde. Debía avanzar sobre ella, vigilarla, administrarla y, finalmente, volverla tierra disponible para una economía rural en expansión.

San Antonio de Iraola expresa esa unión entre gran propiedad y frontera. Su importancia no se agota en la extensión de sus campos ni en la figura de José Gerónimo Iraola. Funcionó como núcleo territorial en una región donde la defensa, el ganado y la ocupación estaban estrechamente ligados. La estancia no era sólo lugar de producción: podía ser punto de apoyo para redes de poder económico y político, base de operaciones y anticipación de una geografía que el Estado terminaría de formalizar. Sol Argentino muestra una fase posterior y más organizada de esa misma lógica. Allí la jerarquía ya no depende sólo de la posición pública de un gran propietario. Está inscripta en la distribución del espacio, en el galpón de esquila, en la cercanía del capataz al trabajo, en las llaves, en la vajilla, en el escritorio y en las avenidas. El orden se vuelve visible en las cosas. La estancia no es únicamente una gran unidad económica: es una institución que administra cuerpos, tiempos y accesos.

La figura del vago permite entender cuál era el costo humano de esa administración. No se llamaba vago solamente a quien no trabajaba. Podía llamarse así a quien no demostraba trabajar para un patrón. El problema no era la ausencia de esfuerzo, sino la falta de subordinación verificable. El hombre que recorría la campaña, alternaba tareas o vivía de recursos diversos resultaba difícil de clasificar. La ley intervenía para forzarlo a entrar en una relación estable de dependencia o para convertirlo en objeto de persecución.

Martín Fierro narra esa experiencia desde abajo. La leva lo arranca de su pago, lo vuelve soldado forzado y lo devuelve a una vida destruida. La frontera no le otorga ciudadanía ni reconocimiento: le quita tiempo, hogar y familia. Mientras el Estado se afirma sobre el territorio, Fierro pierde el lugar donde su vida tenía continuidad.

En ello reside la violencia más persistente del orden. No se limita a expulsar mediante un acto visible. También produce exclusión a través de documentos, deudas, registros, cercos y obligaciones. El golpe puede convertirse en expediente; la ocupación militar, en mensura; la desigualdad, en derecho de propiedad. La violencia se vuelve más duradera cuando adquiere apariencia de normalidad.

El Estado no llega, entonces, después del capital para limitarlo. En la formación del orden pampeano, lo acompaña, lo organiza y lo hace posible. El juzgado de El Porvenir, los objetos de Sol Argentino y la presencia temprana de San Antonio permiten leer esa trama sin necesidad de abstraerla: la tierra concentrada, la escritura, la autoridad y la fuerza se reúnen para producir una nueva geografía.

Lo que se presenta como fundación tiene un reverso. Mientras algunos obtienen títulos, poder local y reconocimiento, otros pierden movilidad, acceso a la tierra y capacidad de sostener un hogar. La tapera no es ajena a la fundación del partido. Es una de sus huellas.

VII

Las familias de la tapera

La historia del gaucho suele contarse en singular. Un hombre a caballo frente al horizonte, con un poncho, un facón, una guitarra y un caballo. La imagen tiene fuerza, y Martín Fierro le dio una forma perdurable. Pero puede ocultar aquello que el propio poema deja ver: ningún gaucho vivía realmente solo.

Antes de ser llevado a la frontera, Fierro tenía mujer, hijos, hacienda y pago. La enumeración parece breve, pero contiene una economía de la vida cotidiana. Hay una casa que debe mantenerse, animales que deben cuidarse, comida que debe prepararse, niños que deben criarse, objetos que deben guardarse, enfermedades que deben atenderse y ausencias que deben soportarse. Cuando el gaucho es arrancado de ese mundo, no queda sólo un hombre sin libertad: queda una familia en condiciones de mayor vulnerabilidad. Más tarde, Fierro sabrá que su mujer murió después de ir al pueblo en procura de uno de sus hijos y de terminar "a un hospital", casi moribunda. El poema no permite identificar con certeza la institución, pero la imagen remite a un refugio final de pobres y desamparados: la dispersión de la familia culmina en una muerte fuera del pago y lejos del rancho.[1]

La tapera es, por eso, una ruina familiar. No se derrumba únicamente el refugio de Fierro. Se pierde el sitio donde se cocinaba, se dormía, se reparaban las cosas necesarias, se protegía a los niños de la lluvia y se esperaba a quien volvía a caballo. El rancho podía ser frágil y pobre, pero era el centro desde el cual una familia organizaba su existencia. Cuando se convierte en tapera, no quedan solamente paredes caídas: se interrumpe una trama de cuidados.

Las fuentes suelen dificultar la reconstrucción de esa trama. Los documentos administrativos registran con mayor facilidad al propietario, al juez de paz, al comandante, al peón contratado, al hombre detenido o al vecino que firma una petición. Las mujeres aparecen menos y, a menudo, sólo como esposas, madres, viudas o herederas. Los niños aparecen menos todavía. El archivo conserva con precisión las extensiones de una estancia, la compra de animales, un título o un nombramiento; conserva mucho menos los trabajos que hacían posible que una familia atravesara el día.

Sin embargo, la escasez documental no equivale a ausencia histórica. Sin mujeres, niños y trabajos de cuidado no habría persistido ningún rancho, ninguna estancia, ningún fortín ni ninguna comunidad rural. Cocinar, lavar, curar, remendar, cuidar a los enfermos, criar, administrar lo poco disponible, cultivar un pequeño espacio o sostener el fuego eran labores indispensables. La campaña no se hacía sólo con arreo, esquila, doma y guerra. Se hacía también en esa economía íntima que sostiene los cuerpos antes de que vuelvan al trabajo.

La estancia capitalista interviene en esa economía. Cuando la tierra se concentra y se cercan los accesos a recursos antes disponibles, una familia depende más del salario, de la ración o de la tolerancia del patrón de estancia. Cuando la leva aparta a un hombre de su casa, aumenta la precariedad de quienes quedan. Cuando el trabajo se vuelve más regular y disciplinado, el tiempo de cuidado debe adaptarse a ritmos decididos por otro. El despojo no ocurre solamente en una expulsión visible: también se infiltra en la comida que escasea, en el caballo que se pierde, en el rancho que no puede repararse y en la distancia que ya no se puede recorrer.

La estancia San Antonio permite observar esa dimensión desde otra experiencia histórica. La llegada de familias luxemburguesas a fines de la década de 1880 fue presentada como promesa de tierra, trabajo y estabilidad. La fotografía de Francisco Ayerza de 1891 muestra mujeres y hombres reunidos en la cosecha: haces de trigo, carros, caballos y cuerpos trabajando en un paisaje que parece ordenado y fecundo. La imagen puede leerse como celebración de la colonización y de la labor agrícola. Pero, vista con atención, también permite preguntar por las condiciones de esa promesa.

Aquellas familias no llegaban a una tierra propia, sino a un régimen de arrendamiento condicionado dentro de la estancia. El proyecto de poblamiento se inscribía en la estructura de poder estanciero. Mujeres, hombres y niños no eran sólo inmigrantes en busca de futuro: eran fuerza de trabajo incorporada a una economía orientada por la gran propiedad y el mercado. La fotografía conserva una escena de labor compartida; no dice por sí sola quién decidía sobre la tierra, quién controlaba las condiciones del arrendamiento, quién retenía los frutos principales de la producción ni qué ocurría cuando la promesa de prosperidad no se cumplía.

La escena obliga a ampliar la pregunta. La transformación capitalista de la pampa no afectó únicamente a los gauchos criollos expulsados o disciplinados. También alcanzó a las familias inmigrantes que llegaban atraídas por una promesa de ascenso y propiedad. El sistema podía recibirlas como trabajadoras y desecharlas cuando sus expectativas de autonomía entraban en conflicto con la estructura de la estancia. La pampa agroexportadora necesitaba población; no necesitaba, necesariamente, pequeños propietarios libres.

Esa continuidad no borra las diferencias entre el gaucho de Fierro y la familia luxemburguesa retratada por Ayerza. Sus trayectorias, lenguas, expectativas y formas de inserción son distintas. Pero ambas experiencias revelan que el orden capitalista organiza la vida familiar desde una relación desigual con la tierra. Unos son separados violentamente de sus condiciones de existencia; otros llegan esperando acceder a ellas y descubren que el acceso está subordinado a quienes ya controlan el suelo. Sol Argentino permite ver otra cara de esa desigualdad. La clasificación de las habitaciones entre familia, empleados y servicio señala que la estancia no era sólo un espacio productivo: era una forma de ordenar vidas domésticas. La vajilla, el lavabo, el comedor y el mobiliario de la familia propietaria muestran una experiencia del hogar fundada en comodidad, intimidad y distinción. Las dependencias de empleados revelan una experiencia distinta, más próxima al trabajo, a la función y a la vigilancia. La desigualdad no se expresa solamente en el salario: se vuelve arquitectura, hábitos, acceso al agua, tiempo de descanso y posibilidad de privacidad.

No hay que imaginar que las familias rurales fueron víctimas inmóviles de estas transformaciones. Buscaron recursos, cambiaron de lugar, se apoyaron en parientes, organizaron trabajos, conservaron saberes y rehacieron hogares en condiciones difíciles. Las mujeres, en particular, debieron tomar decisiones que los documentos registran mal: cómo alimentar a los hijos, a quién pedir ayuda, cuándo abandonar un puesto, qué guardar, qué vender, dónde encontrar refugio. Reconocer esa capacidad de acción no disminuye la violencia de las condiciones. Muestra el esfuerzo que requiere sobrevivir cuando la tierra, el trabajo y el tiempo están controlados por otros.

El silencio de las fuentes debe convertirse, entonces, en una pregunta de escritura. No corresponde inventar voces ni atribuir experiencias que no pueden demostrarse. Pero tampoco conviene reproducir el silencio del archivo. Cada vez que en esta historia se hable de una leva, de un desalojo, de una estancia o de un campo cercado, debe preguntarse qué sucede con las familias. ¿Quién queda a cargo del rancho? ¿Quién sostiene la comida y el cuidado? ¿Quién carga con la incertidumbre? ¿Qué memoria se corta cuando una casa se abandona?

La tapera guarda esas preguntas. En ella faltan Fierro, su mujer y sus hijos; faltan los animales, el fuego y los objetos cotidianos. Pero no está vacía. Está llena de la vida que no pudo continuar allí. El rancho destruido no es un detalle sentimental de la historia nacional. Es el lugar donde la gran transformación de la pampa se vuelve íntima: la propiedad concentrada, la leva, el trabajo dependiente y el orden estatal alcanzan el cuerpo de una familia.

Por eso, cuando Fierro vuelve y encuentra la tapera, su dolor no debe leerse como el drama de un individuo aislado. En esa ruina doméstica se condensa una experiencia colectiva: la de quienes perdieron no sólo tierra, trabajo o libertad de movimiento, sino la posibilidad elemental de reunir una vida alrededor de una casa.

VIII

Desde la tapera hacia el mundo

La tapera parece pequeña frente a la historia. Un rancho derruido en una llanura extensa; unos restos de barro, madera y silencio; un lugar que no figura en los grandes mapas del comercio ni en las genealogías de la riqueza. Sin embargo, mirar desde allí permite ver conexiones que los relatos generales suelen ocultar. La tapera no está fuera del mundo. Es uno de los lugares donde el mundo capitalista se hizo pampa.

La lana producida en las estancias del sudeste bonaerense no terminaba su historia en el galpón de esquila. El vellón debía ser enfardado, transportado, vendido y embarcado. Su recorrido unía el trabajo de un peón, el cuidado de una majada, el precio de una estancia y las necesidades de mercados lejanos. San Antonio y Sol Argentino no eran sólo establecimientos situados en una geografía local: participaban de una economía que conectaba la pampa con Buenos Aires, los puertos del Atlántico, los capitales británicos y la industria europea.

Ésa es una de las claves del siglo XIX. El capitalismo no produce un mundo uniforme, sino una red desigual de regiones especializadas. Algunos espacios concentran finanzas, comercio, manufacturas y decisiones; otros son reorganizados para proveer materias primas, alimentos, ganado o fuerza de trabajo. La integración al mercado mundial no equivale a una participación igualitaria en la riqueza.[8]

La pampa bonaerense fue incorporada a esa división como región agropecuaria. Sus pastos, su extensión y sus animales no bastaban para explicar esa incorporación. Hicieron falta propiedad concentrada, seguridad para la inversión, infraestructura, trabajo disponible, expansión militar y una administración estatal capaz de organizar el territorio. La riqueza natural se vuelve riqueza capitalista sólo cuando una relación social permite apropiarla, medirla, transportarla y venderla.

Por eso la estancia no debe ser pensada como unidad aislada. En San Antonio, la frontera, la gran propiedad y la producción ganadera se articularon tempranamente. El Porvenir muestra luego cómo esa racionalidad se extendió hacia el juzgado de paz y la administración partidaria. En Sol Argentino, finalmente, las avenidas, el galpón de esquila, la división interna de los espacios y los objetos de administración revelan una forma más elaborada de control y rendimiento.

Cada una de estas estancias pertenece a una historia local, pero ninguna se explica sólo en la escala local. El precio de la lana, la llegada de capitales, la posibilidad de exportar, la demanda de productos rurales y el desarrollo de los transportes influyen sobre el uso del suelo, el tipo de ganado y la organización del trabajo. La pampa se vuelve parte de una red más amplia sin dejar de ser pampa: los mercados lejanos se inscriben en el galpón, en el cerco, en el salario, en el capataz y en el ritmo de la esquila.

Hobsbawm permite comprender el carácter contradictorio de esa expansión. El período de crecimiento del comercio mundial, de los ferrocarriles, del capital financiero y de los imperios ofreció oportunidades efectivas para las élites terratenientes argentinas. Hubo inversiones, aumento de exportaciones, fundación de pueblos y cambios visibles en el paisaje. Negar esa materialidad sería reemplazar una historia crítica por una negación abstracta del progreso.

Pero el ensayo debe preguntar siempre: ¿qué se construyó y sobre qué despojos? La estación ferroviaria, el pueblo en cuadrícula y la estancia modernizada pueden ser signos de un futuro abierto para unos; para otros, son parte de un proceso que cierra accesos a la tierra, disciplina el trabajo y vuelve más difícil sostener una vida autónoma. La prosperidad exportadora no llega a todos bajo la misma forma. Mientras un propietario puede ampliar su campo o mejorar su casa, un gaucho puede perder su pago; mientras una familia inmigrante llega con promesas de tierra, puede encontrarse trabajando bajo condiciones de arrendamiento que no controlan.

La colonia luxemburguesa de San Antonio muestra esa ambivalencia. El proyecto convocó familias con la promesa de estabilidad, trabajo y poblamiento. La fotografía de Ayerza registra una cosecha y parece condensar una escena de futuro: hombres y mujeres trabajando, carros cargados, caballos y trigo. Pero la promesa de poblamiento se organiza dentro de una estancia y bajo un régimen de arrendamiento condicionado. La imagen no debe ser negada; debe ser interrogada. ¿Qué porción de la cosecha pertenecía a quienes la trabajaban? ¿Quién decidía sobre el suelo? ¿Qué margen de autonomía tenía una familia cuya existencia dependía de las condiciones fijadas por el gran propietario? La diferencia entre esa familia inmigrante y el gaucho de Fierro es decisiva, pero ambos quedan alcanzados por una misma lógica. El primero puede ser expulsado de un mundo que ya habita; la segunda puede llegar a un mundo nuevo con la expectativa de hacerse propietaria. En los dos casos, la tierra permanece bajo control de quienes concentran capital y autoridad. El capitalismo agrario puede integrar poblaciones diversas, pero lo hace de manera desigual: incorpora fuerza de trabajo, no necesariamente derechos sobre la tierra.

Harvey permite comprender esa desigualdad como producción capitalista del espacio. El capital necesita fijarse en infraestructuras, estancias, caminos, pueblos y transportes; pero se fija para volver a moverse. Invierte en tierra y construcciones duraderas para acelerar luego la circulación de mercancías, información y ganancias. La estancia se vuelve capital fijo: una forma estable de paisaje organizada para que la producción pueda salir hacia mercados distantes.[5]

El contraste entre la estación ferroviaria y la tapera condensa esa historia. La estación anuncia conexión, movimiento, comercio y futuro. La tapera anuncia interrupción, pérdida y abandono. Pero no pertenecen a historias separadas. La vía necesita un territorio previamente organizado para producir mercancías exportables. La tapera puede ser uno de los resultados de esa misma organización: la casa que ya no puede sostenerse cuando la tierra se concentra, el trabajo se subordina y la familia pierde las condiciones de su continuidad.

Mirar ambas imágenes juntas evita dos errores: celebrar la modernización como fuerza naturalmente benéfica o condenar toda transformación técnica como si el pasado pudiera permanecer intacto. La pregunta decisiva es histórica: quién controló los medios de la transformación, quién obtuvo sus beneficios, quién soportó sus costos y qué alternativas fueron clausuradas.

La pampa no fue arrastrada pasivamente por intereses extranjeros. Propietarios, comerciantes, militares y funcionarios locales participaron activamente en su integración al capitalismo mundial. Buscaron vínculos, defendieron privilegios, organizaron instituciones y promovieron un modelo territorial que los favorecía. La conexión con mercados externos no elimina esa responsabilidad; explica el horizonte en el que sus decisiones adquirieron sentido.

Desde la tapera se ve, entonces, una historia de escalas superpuestas. Se ve el rancho abandonado y la familia dispersa; se ve al patrón de estancia y al juez de paz; se ve el galpón de esquila y la majada; se ve la colonia de San Antonio y el trigo reunido en carros; se ve la lana emprendiendo un camino hacia el puerto. La historia local no es una versión menor de la historia mundial. Es el punto donde la economía mundial se vuelve cuerpo, paisaje, trabajo y pérdida.

La tapera no es pequeña porque pertenezca a una historia menor. Es pequeña como una puerta. Pero detrás de ella se abre el mundo.

IX

La tapera como archivo y como acusación

Toda ruina corre el riesgo de ser domesticada por la mirada. Puede volverse paisaje, curiosidad, objeto pintoresco o simple prueba de que el tiempo pasó. La tapera corre ese riesgo. A la distancia parece apenas una pared vencida, unas maderas, un hueco donde hubo puerta. Quien la mira puede imaginar vagamente una vida anterior y seguir camino.

Pero la tapera no es muda. Está hecha de una ausencia que no termina de desaparecer. Señala que hubo casa donde ahora sólo quedan restos; que hubo una familia, un fuego, objetos, animales, conversaciones y esperas. No entrega una historia completa de quienes la habitaron. No da nombres, fechas ni títulos. Pero impide que la historia comience con el plano, con la escritura de propiedad, con la fundación del partido o con el retrato del estanciero.

La tapera es archivo, aunque sea un archivo roto. Conserva indicios y silencios. Obliga a preguntar qué formas de vida existieron antes de que el territorio fuera organizado según el título, el cerco y la jurisdicción. Obliga a confrontar la historia registrada con la historia vivida.

Benjamin enseñó a interrumpir el relato continuo del progreso y a leer, en sus restos, la historia de aquello que fue vencido o dejado atrás. Desde esa perspectiva, la tapera no devuelve una totalidad perdida ni promete restaurarla: forma una constelación con el presente. Obliga a mirar la fundación, la estancia y el mercado desde la ruina que esos procesos produjeron.[9]

El archivo estatal tiene otra forma. Guarda leyes, mensuras, padrones, cartas, registros de marcas, planos, expedientes y títulos. Es indispensable: sin él no podría reconstruirse cómo se creó el Partido de Benito Juárez, cómo se distribuyó la tierra, cómo se organizó la frontera ni cómo se consolidaron ciertas autoridades locales. Pero es también un archivo producido desde el poder. Registra con mayor facilidad al propietario, al juez de paz, al funcionario, al soldado y al contribuyente. Conserva menos de quienes habitaban sin título, de las familias rurales, de los trabajos de cuidado y de los saberes que no podían traducirse a la escritura administrativa.

Los objetos de Sol Argentino permiten hacer visible esa diferencia. El llavero clasificado, el tintero, los sellos, la vajilla y el sable constituyen, también, un archivo. Pero no cuentan la misma historia que la tapera. El llavero habla de accesos regulados; la vajilla, de una mesa y una domesticidad diferenciadas; el tintero, de la escritura que organiza y legitima; el sable, de la fuerza que sostiene el orden. Juntos muestran cómo una estancia podía producir jerarquías en los gestos más cotidianos: quién abre, quién entra, quién escribe, quién come, quién manda y quién obedece.

No corresponde mirar esos objetos como reliquias de una grandeza local ni como simples piezas de museo. Tampoco se trata de condenarlos por sí mismos. Su potencia está en las preguntas que hacen posibles. ¿Qué puerta abría esa llave? ¿Qué habitación permanecía cerrada? ¿Qué escritura salió de ese escritorio? ¿Qué órdenes, reclamos o títulos ayudaron a producir? ¿Qué vínculos políticos condensa el sable? ¿Qué mundo doméstico representa la vajilla y quiénes quedaban fuera de él?

Leídos junto con El Porvenir, esos objetos devuelven una imagen concreta de la articulación entre propiedad y Estado. La estancia que alojaba funciones de juzgado y administración no era un escenario privado aislado de la historia pública. Era un centro desde el cual se podía ejercer autoridad territorial. El documento, la llave y el arma no son episodios separados: integran una misma maquinaria de ordenamiento.

Ayerza ofrece, además, otra imagen decisiva de la transformación pampeana: la del arado de discos que abre la tierra bajo el mando de un trabajador sentado en un pequeño asiento de hierro y tirado por cuatro mulas. La fotografía no registra una faena aislada ni una escena pintoresca; muestra una mecanización todavía apoyada en la fuerza animal, donde el hierro, las riendas y el cuerpo del trabajador reorganizan el suelo para la producción. El arado corta e invierte la superficie, prepara el campo para el ciclo agrícola y vuelve visible el pasaje desde una pampa recorrida y pastoreada hacia una pampa sometida a la productividad, al cálculo y a las demandas del mercado. La cámara fija así un momento en que la tierra deja de ser sólo paisaje o condición de vida y aparece como materia que debe ser trabajada, medida y valorizada.

Las fotografías de gauchos tomadas por Ayerza plantean otra pregunta. El gaucho junto a su caballo, su perro o una carreta queda preservado como imagen en el momento mismo en que se estrechan las condiciones de su autonomía. La cámara guarda una presencia que el orden capitalista puede convertir en tipo pintoresco, en tradición o en emblema nacional. El gaucho ya no aparece como problema político ni como habitante de un mundo que disputa la tierra: puede convertirse en figura estética de una pampa que ha comenzado a dejarlo atrás.

Ése es uno de los modos más eficaces del olvido. Primero se disciplina, se expulsa o se subordina; después se conserva la imagen de aquello que fue desplazado. La fotografía, el museo y la conmemoración pueden preservar sin incomodar. El desafío de esta historia consiste en invertir esa operación: leer las imágenes y los objetos no como decoración del pasado, sino como huellas de relaciones sociales conflictivas.

La tapera interviene en ese trabajo de memoria. Frente al llavero que clasifica espacios, recuerda una casa sin llave. Frente al tintero que vuelve orden la escritura, recuerda vidas que no dejaron documentos. Frente al sable que conserva la forma armada de la autoridad, recuerda los cuerpos sobre los que esa autoridad se impuso. Frente a la vajilla de la estancia, recuerda el fogón y la comida precaria de quienes no disponían de mesa, servicio ni resguardo. Frente al retrato del fundador, recuerda a quienes no podían convertir su presencia en un legado.

No se trata de oponer una memoria verdadera de los vencidos a una memoria falsa de los vencedores. Las cosas no hablan por sí solas y ninguna fuente entrega una inocencia completa. El llavero, la tapera, la fotografía y el expediente exigen interpretación. Lo decisivo es impedir que una sola memoria se imponga como si fuera la historia entera. El orden se vuelve más sólido cuando puede nombrar sus propias huellas como patrimonio y dejar fuera de la memoria las huellas de aquello que deshizo. La tapera es también acusación. Acusa a la idea de desierto, porque muestra que hubo vivienda donde se dijo que no había nada. Acusa al relato de la fundación, porque recuerda que toda jurisdicción se impuso sobre tierras ya recorridas y habitadas. Acusa a la idea de progreso, porque obliga a preguntar qué fue necesario destruir para que unos pocos pudieran llamar riqueza, orden y civilización a la nueva pampa.

Esa acusación no exige nostalgia. El mundo gaucho no fue una comunidad igualitaria ni libre de violencia; la vida de las familias rurales estuvo atravesada por pobreza, patriarcado, dependencia y conflicto. Pero había otros vínculos con la tierra, otros márgenes de movilidad y otras formas de sostener la vida que fueron subordinados o anulados por la expansión de la propiedad concentrada y del trabajo dependiente.

La pregunta de Heidegger por el habitar permite nombrar una parte de esa pérdida. Cuando la tierra aparece sólo como reserva productiva, el animal como capital, el cuerpo como fuerza disponible y el tiempo como rendimiento, el mundo se empobrece. Una aguada deja de ser lugar de vida y se vuelve recurso; un caballo deja de ser compañero de camino y se vuelve instrumento de trabajo; una casa deja de ser morada y se vuelve construcción sin valor.[4]

Harvey obliga a devolver esa pérdida a la historia. El mundo no se empobrece solo. Hay relaciones de propiedad, estrategias de acumulación, instituciones estatales y decisiones de clase que convierten la tierra en mercancía y a los habitantes en trabajadores dependientes o poblaciones desplazables. La crítica del habitar sólo adquiere fuerza histórica cuando pregunta quién organiza ese empobrecimiento, quién se beneficia y quién soporta sus consecuencias.[6]

La tapera está en el punto donde ambas preguntas se encuentran. Dice que se ha perdido un mundo, y obliga a preguntar quién lo deshizo. Dice que hubo una casa, y obliga a preguntar por qué ya no pudo seguir siendo hogar. Dice que el paisaje conserva restos, y obliga a leer esos restos como huellas de cercamientos, levas, fronteras, concentración de la tierra y trabajo subordinado.

El siglo XIX no ha quedado atrás porque sus lógicas continúen sin cambios, sino porque dejó una pregunta abierta. Cada vez que una condición común de vida queda bajo control exclusivo de quienes pueden cobrar por ella o decidir su acceso, reaparece el problema del cercamiento. Cada vez que un territorio se organiza sólo según lo que puede rendir, exportar o valorizar, reaparece el problema del habitar. Las formas contemporáneas no son idénticas al alambrado pampeano, pero pueden ser interrogadas desde su memoria.

Este ensayo no busca restaurar el rancho de Fierro ni devolver una pampa anterior al capital. Busca impedir que el orden se convierta en olvido. Busca leer la historia local desde las cosas que permanecen y desde las ausencias que esas cosas señalan.

Cuando Fierro vuelve y encuentra la tapera, no descubre una desgracia privada al margen de la historia nacional. Encuentra el reverso de una nación que se estaba fundando. Mientras unos consolidaban estancias, títulos, juzgados, caminos y mercados, otros perdían el lugar donde su vida tenía continuidad.

No estaba vacía la pampa cuando el orden vino a medirla.

Vacía quedó, en cambio, la casa de quienes la habían sabido habitar.

Referencias
  1. José Hernández, El gaucho Martín Fierro, canto III.

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  2. Fermín A. Rodríguez, Un desierto para la nación. La escritura del vacío, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2010.

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  3. William MacCann, Viaje a caballo por las provincias argentinas, especialmente caps. I, IV y VII.

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  4. Martin Heidegger, «Building Dwelling Thinking», en Poetry, Language, Thought.

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  5. David Harvey, La condición de la posmodernidad, especialmente tercera parte y caps. 14 y 16.

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  6. David Harvey, Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia.

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  7. Karl Marx, El capital, libro I, cap. XXIV.

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  8. Eric Hobsbawm, La era del imperio, 1875-1914.

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  9. Walter Benjamin, «Sobre el concepto de historia», tesis V, VI y XVII.

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