Tercera parte
El paisaje como archivo
Ansí me hallaba una noche
contemplando las estrellas,
que le parecen más bellas
cuanto uno es más desgraciao
y que Dios las haiga criao
para consolarse en ellas.Les tiene el hombre cariño
y siempre con alegría
ve salir las Tres Marías,
que, si llueve, cuanto escampa
las estrellas son la guía
que el gaucho tiene en la pampa.Aquí no valen dotores:
sólo vale la esperencia;
aquí verían su inocencia
esos que todo lo saben,
porque esto tiene otra llave
y el gaucho tiene su cencia.El Gaucho Martín Fierro, canto IX (1872)
Esta tercera parte explora la prehistoria pampeana como un “tiempo largo” en el sentido de Braudel, en el que las pampas se revelan no como un vacío, sino como un archivo viviente de movimientos climáticos, desplazamientos de fauna y flora, extinciones y presencias humanas que se superponen en capas de tiempo.
La visita de Charles Darwin a la región se convierte en un hilo conductor que nos permite leer las pampas como un laboratorio natural donde se entrecruzan huesos de megafauna, rastros de antiguos cazadores y registros sedimentarios que cuentan una historia profunda, mucho antes de la fundación de los pueblos y del avance del alambrado.
Lejos de ser un escenario pasivo, el paisaje pampeano actúa aquí como archivo: un archivo que guarda, con paciencia geológica, las huellas de otras temporalidades y formas de habitar, invitándonos a repensar la historia desde una perspectiva que desborda los límites de la escritura y del tiempo humano.
Tercera parte · El paisaje como archivo
II
De fósiles y gauchos
Darwin y la historia en la larga duración
Fósiles, cuadernos y documentos estatales revelan temporalidades superpuestas: la pampa es un archivo natural, social y político antes que un escenario vacío.
Un papel que abre la frontera
Darwin y la historia en la larga duración
Gobierno de Buenos Aires · 1833Leer el documento
Un papel que abre la frontera
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Sellos, firmas y fórmulas administrativas convierten el tránsito en un acto autorizado. El papel no acompaña el viaje: hace posible una movilidad que el poder decide habilitar.
Ilustración 58 Pasaporte otorgado por el gobierno de Juan Manuel de Rosas a Charles Darwin en 1833, documento que habilitó su tránsito por la frontera pampeana. Este pliego, con sus sellos y firmas, simboliza la autoridad estatal que regulaba el acceso y control de un territorio en proceso de apropiación y transformación bajo un proyecto agroexportador.
Sobre la mesa, bajo la luz amarillenta de un museo o un archivo que respira polvo y tiempo, reposa este pasaporte extendido por el gobierno de Juan Manuel de Rosas a Charles Darwin en 1833. Una hoja, apenas un pliego delgado y amarillento, donde la tinta que se ha corrido en algunos trazos y las firmas que se superponen con distintas caligrafías recuerdan que la historia no se escribe únicamente en libros: se imprime en papeles frágiles, en sellos que sellan trayectorias, en firmas que validan un tránsito y, al hacerlo, inscriben un cuerpo extranjero en el paisaje en disputa de la pampa sudeste.
Este documento, que a simple vista podría parecer apenas un trámite administrativo, es en realidad un artefacto político de primera magnitud, un testimonio material del cruce de dos proyectos de mundo: de un lado, el joven naturalista inglés, observador implacable de fósiles y de gauchos, de megafauna extinta y de la violencia en los fortines, de la infinita llanura y de las puntas de boleadoras arrojadas en la persecución de un avestruz. Del otro lado, el Estado rosista, emergente en la frontera pampeana, empeñado en consolidar su poder sobre un territorio ‘desierto’ pero que no era vacío sino atravesado por la presencia persistente de pueblos originarios, de comerciantes, de gauchos pobres, de soldados, de pulperías aisladas y de indios "mansos" cooptados en la lógica de la guerra de frontera.
Este pasaporte legitima la presencia de Darwin en un espacio que ya estaba siendo estructurado por el alambrado invisible de la autoridad estatal, permitiéndole observar los estratos de la tierra y las capas de la sociedad mientras cabalga por los campos que, tiempo después, serían alambrados y divididos en estancias, estructurando un modelo agroexportador que transformaría radicalmente el paisaje y la sociedad pampeana.
El sello del gobierno de Buenos Aires, visible en el ángulo superior, y las rúbricas que se despliegan a lo largo del documento, son símbolos de una autoridad que se proyecta sobre el espacio, pero también sobre la movilidad de los cuerpos: sin este pasaporte, Darwin habría sido un extranjero más, expuesto a la sospecha y al control en un territorio de frontera. Con él, se convierte en un testigo privilegiado de un territorio en transición, habilitado para atravesar postas y fortines, para detenerse a observar la Sierra de la Ventana, para compartir fogones con gauchos y baqueanos, para registrar en sus diarios las tensiones que latían bajo la superficie de la pampa.
El pasaporte, con su tipografía elegante y su lenguaje administrativo, se convierte así en un dispositivo de inscripción política y colonial, un documento que autoriza a un representante del imperio británico a recorrer tierras en disputa bajo la mirada vigilante del Estado rosista. Este papel que hoy yace inmóvil en un archivo es el testimonio de una circulación que no era libre, sino condicionada por estructuras de poder que regulaban quién podía transitar, observar y narrar el paisaje.
Este documento no es un residuo muerto: es un testigo de la historia larga de la pampa, de la transformación de un espacio geológico en un territorio político, de la conversión de la tierra en propiedad y del paisaje en recurso. El pasaporte que Rosas otorgó a Darwin es también un símbolo de la confluencia de temporalidades: la del tiempo geológico que Darwin buscaba descifrar en las toscas y fósiles; la del tiempo biológico de las especies en lenta transformación; y la del tiempo político de la frontera, de la guerra, de las alianzas y las traiciones, de la violencia estructural que preparaba el terreno para la expansión del capital y del Estado.
Cuando Darwin recibe este pasaporte, su viaje por las pampas se convierte en un viaje autorizado, pero también en un recorrido vigilado. Su cuaderno de notas, sus instrumentos de medición y sus observaciones sobre la extinción de especies y el paisaje de la pampa se entrelazan con la violencia de una frontera que buscaba borrar la presencia indígena mientras avanzaba con el coraje y la brutalidad de los cuerpos armados, imponiendo el orden de un Estado que soñaba con la homogeneidad.
Este pasaporte, en su aparente neutralidad burocrática, es un documento que conecta la historia natural con la historia política. Entre las líneas de este papel se encuentra la historia de un territorio en transformación, donde el suelo fértil y los pastizales ondulados se preparaban para ser convertidos en mercancía, mientras el joven Darwin, que cabalgaba por esos campos, recogía las pistas que le permitirían pensar un mundo sin teleología, gobernado por el azar y la selección natural, donde la armonía no era más que el resultado de una lucha perpetua por la existencia.
Así, este pasaporte es un portal hacia ese momento de mutación, cuando la pampa, habitada por gauchos, indios y soldados, se convertía en escenario de las observaciones que cimentarían una de las revoluciones científicas más importantes de la historia, al tiempo que el Estado avanzaba sobre el territorio, preparando el espacio para la fundación de pueblos, para la traza de caminos y para el alambrado, inscribiendo en la tierra el orden que aún hoy configura nuestro presente.
La naturaleza en disputa: Darwin, la pampa y el umbral de la modernidad
El viaje de Charles Darwin a las pampas del sur bonaerense en 1833, recorriendo territorios que más tarde serían alambrados y nombrados como Partido de Azul, Partido de Benito Juárez, Partido de Tres Arroyos, etc. se inscribe en un tiempo largo, en el sentido braudeliano, donde las capas geológicas y los procesos biológicos se entrelazan con los pasos de un joven naturalista que interroga la tierra, el hueso y el sedimento con el mismo afán de lectura con el que un paleógrafo interroga un manuscrito antiguo[151].
En estas llanuras, Darwin se convierte en un lector de un paisaje que se le ofrece como archivo: cada fragmento de tosca, cada fósil emergido de la erosión, cada roca y cada huella de megafauna extinta se configuran como signos de una historia inmensa y silenciosa, anterior a toda escritura humana, pero que se deja escribir en sus cuadernos con el pulso de quien percibe en los detalles materiales las pistas de un mundo en transformación.
La pampa que Darwin recorre no es un vacío, sino un escenario de procesos de lenta mutación. El espacio, a primera vista monótono, se revela ante su mirada como un laboratorio de transformaciones graduales, donde los movimientos imperceptibles de placas, las acumulaciones de loess, los cambios climáticos y las extinciones de especies actúan como agentes de modificación constante. Como señala Janet Browne, el tema subyacente que recorrería toda la obra de Darwin es el gradualismo: "todo sucedía poco a poco"[152]. Influido por Charles Lyell, Darwin sostiene que el tiempo, el azar y la reproducción gobiernan la Tierra y que los cambios que modelan el mundo no responden a cataclismos extraordinarios sino a la suma de procesos mínimos, repetidos de manera persistente, que generan efectos profundos a lo largo de milenios.
Este principio, observado en el ondulado paisaje pampeano, se cristalizaría más tarde en la formulación de su teoría de la selección natural. La naturaleza, como un criador silencioso e insensible, examina cada ligera variación, elimina las desfavorables, conserva y acumula las que son beneficiosas, operando "cada día y cada hora, en todo el mundo", como escribiría Darwin, por el mejoramiento de cada ser orgánico en relación con sus condiciones de vida. En esta perspectiva, las pampas, con sus suelos fértiles, su fauna de guanacos, venados, ñandúes y sus vestigios de megafauna pleistocénica, se convirtieron en un espacio de observación privilegiado de esta lucha silenciosa por la existencia, donde cada brizna de pasto, cada insecto y cada ave eran piezas de un entramado de competencia y de adaptación sin final predeterminado.
Darwin abandonó el "misterio de los misterios", sustituyendo la noción de adaptación perfecta de la teología natural de Paley por la imperfección y el azar, afirmando con claridad que las especies "no son inmutables". Frente a la creencia en un diseño divino que otorgaba utilidad a cada rasgo, Darwin propuso una naturaleza sin meta, sin teleología, sin finalidad trascendente, donde los organismos cambian al azar, y donde un insecto puede estar tan perfectamente adaptado como un ser humano, pero sin que ello implique jerarquía ni progreso inevitable.
La pampa que Darwin recorrió se transformó así en un escenario de lectura de la naturaleza histórica, donde las leyes naturales reemplazaban a las explicaciones sobrenaturales. El orden aparente de la naturaleza, que durante siglos había reforzado la convicción de armonía y utilidad divina, se desmoronaba en las observaciones de Darwin, dando paso a la concepción de un mundo gobernado por leyes de competencia, de lucha por la supervivencia y de azar. Como recuerda Browne, tras Darwin, "nadie podía contemplar el mundo orgánico y su marco natural de un modo que recordara a la mirada anterior"[153].
La teoría de la selección natural, que Darwin bosquejaba mentalmente mientras cabalgaba por las pampas, establecía una analogía poderosa entre la cría artificial en granjas y la selección que realiza la naturaleza. Del mismo modo que los humanos modelan las especies domésticas, la naturaleza "escoge" a los mejor adaptados, siendo ellos los progenitores de la generación siguiente. Sin embargo, a diferencia de Lamarck, Darwin no postulaba un avance necesario ni una fuerza interna de perfección: no hay dirección obligatoria ni meta final en la historia de la vida, solo variaciones, azar y selección.
En la perspectiva de Darwin, la pampa se convirtió en un espacio donde lo visible se articulaba con lo invisible: en cada capa de sedimento, en cada fósil de gliptodonte, en cada hueso de megaterio se leían las huellas de extinciones y adaptaciones, procesos que se prolongaban en el tiempo con un ritmo ajeno al pulso humano. Mientras cabalgaba junto a tropas de Rosas, observando las distancias interminables, Darwin percibía ese "placer negativo" que la inmensidad produce, como si la escala de la llanura revelara un tiempo geológico indiferente a la historia humana, pero en el cual esta historia debía inscribirse.
Este paisaje, que más tarde sería parcelado, alambrado y convertido en soporte del orden capitalista agroexportador, era, en el momento de Darwin, un escenario de procesos biológicos, geológicos y climáticos en plena mutación, poblado por grupos humanos cuyas presencias quedaban invisibilizadas por la narrativa del desierto, pero cuyas huellas, como las de los animales y las rocas, persistían en el archivo profundo del paisaje.
Así, la pampa que Darwin recorrió en 1833 es el prólogo de la historia crítica de la fundación del Partido de Benito Juárez: un espacio que no era un vacío, sino un territorio vivo y mutable, un archivo de huesos, sedimentos y transformaciones graduales, donde las observaciones de un joven naturalista británico tejieron, sin saberlo, un relato de cambio y lucha que resonaría en las explicaciones de la vida y del mundo, abriendo paso a una modernidad científica que leería la tierra y la vida sin necesidad de un orden trascendente.
Darwin, los gauchos y la política del espacio pampeano
Este viaje de Charles Darwin por las pampas del sur bonaerense, no fue solamente un ejercicio de observación científica de huesos fósiles, rocas y megafauna extinta: fue también un encuentro con un espacio habitado, con sujetos concretos que moldeaban, con sus vidas y prácticas cotidianas, un territorio en constante tensión política y social. Este paisaje, que a ojos europeos se presentaba como un desierto disponible para ser interpretado y clasificado, era en verdad un espacio en disputa, donde las huellas de pueblos originarios, gauchos, soldados y comerciantes se cruzaban con la violencia y la promesa de orden que la frontera colonial buscaba imponer.
El joven Darwin, ilustrado y británico, cargado de sus prejuicios de clase y de época, se encuentra en este espacio con indios, criollos y gauchos, registrando en sus diarios observaciones que, sin proponérselo, retratan un mundo complejo, lejos de la imagen simplificada de un territorio vacío. Describe a los "cerca de seiscientos indios aliados de Rosas" como hombres de "fina raza", mujeres que cabalgan con destreza y realizan tareas pesadas en los campamentos, y observa con atención sus prácticas de caza con boleadoras, su orgullo por los objetos de plata y la organización social que distingue roles entre hombres y mujeres en el campamento. Sin embargo, no escapa a la visión eurocéntrica que asocia la "ausencia de cultura" con las condiciones materiales precarias de estos grupos, invisibilizando las estructuras simbólicas, sociales y espirituales que organizaban sus vidas.
En este paisaje, Darwin percibe el temor constante al "peligro indígena" que impregnaba las conversaciones de gauchos y soldados en las postas y en los caminos. Registra con minuciosidad el miedo de sus compañeros de viaje al divisar jinetes a lo lejos, el escrutinio de cada movimiento en el horizonte, la tensión que se resuelve, en ocasiones, en la revelación de que aquellos "posibles indios" eran mujeres en busca de huevos de avestruz. Estas escenas, que podrían leerse como anécdotas de viaje, revelan en cambio la cotidianeidad del miedo en la frontera, un miedo que justificaba la violencia y naturalizaba la idea de que el espacio pampeano debía ser "pacificado" para la expansión de la civilización y el capital[154].
Darwin también documenta los relatos de los combates en la Sierra de la Ventana, donde las mujeres indígenas, perseguidas, se refugiaban en las cumbres arrojando piedras para defenderse, y la brutalidad de los campamentos de "indios mansos" al servicio del ejército de Rosas, donde la embriaguez y la sangre coagulada eran parte de una cotidianidad salvaje a ojos del naturalista inglés. Estas descripciones exponen la complejidad de un espacio donde los pueblos originarios eran aliados y enemigos al mismo tiempo, funcionales al orden de la frontera y, a la vez, víctimas de la violencia estructural que impulsaba la expansión del Estado sobre sus territorios[155].
La figura del gaucho, tan central en las crónicas de Darwin, se presenta cargada de ambigüedad: por un lado, lo retrata como un sujeto cortés, hospitalario y valiente, diestro en el uso del lazo y las boleadoras, capaz de atrapar avestruces o vacas a galope tendido, con un sentido de la dignidad y el coraje que Darwin reconoce como superior al de los habitantes de las ciudades. Por otro lado, observa con preocupación la violencia cotidiana, el uso constante del cuchillo, los asesinatos por disputas menores, el alcohol, el juego, y la aparente falta de una estructura de justicia eficaz. Registra con asombro cómo las disputas a cuchillo buscaban desfigurar al adversario, dejando cicatrices como marcas de la violencia social, y cómo el acceso abundante a caballos y alimentos minaba la laboriosidad de estos hombres, alimentando una cultura de la espera, de la inmediatez y de la dependencia de los ciclos lunares y los feriados que interrumpían la continuidad del trabajo.
Darwin describe una sociedad donde la justicia era relativa y el poder económico determinaba las consecuencias de los delitos, donde el viajero debía confiar en sus armas y en su astucia para protegerse, en un espacio donde la autoridad estatal era frágil y se sostenía precariamente en la presencia militar y en la alianza circunstancial con caciques locales. Esta descripción deja entrever una estructura social fragmentada, donde las lealtades personales, las redes de favores y la violencia regulaban el orden en ausencia de instituciones estables, un retrato que anticipa las dificultades que enfrentaría el Estado argentino en su expansión sobre las pampas.
A través de estos registros, Darwin deja ver que la pampa que atravesó no era un vacío inerte, sino un espacio densamente habitado, cargado de tensiones políticas, económicas y culturales. Las pampas eran recorridas por pueblos originarios que resistían y negociaban su supervivencia, por gauchos que representaban un sujeto social ambivalente, portador de habilidades únicas y de una cultura autónoma, pero también de prácticas de violencia cotidiana que la mirada europea interpretaba como signos de barbarie.
En esta pampa, donde las huellas fósiles de la megafauna extinta se mezclaban con las huellas de caballos, boleadoras y fogones, Darwin observa un paisaje en transformación, donde la naturaleza y la historia humana se entrelazan, donde la violencia de la frontera acompaña la expansión de la cría de ganado y la apertura de rutas, donde el avance de Rosas se superpone con la extinción de especies y el desplazamiento de pueblos. Este escenario de tensiones y cambios se convertirá en el soporte material de la futura expansión del alambrado, de la estancia y del capital agroexportador, configurando la base territorial sobre la que se fundará, décadas más tarde, el Partido de Benito Juárez.
Así, el paso de Darwin por la pampa bonaerense se convierte en un testimonio de un momento de mutación histórica, donde un territorio que será cartografiado, alambrado y ordenado bajo el signo del capital y del Estado, se presenta aún como un espacio de resistencias, de adaptaciones, de estrategias de sobrevivencia y de violencias cotidianas que configuran una sociedad heterogénea y compleja.
En sus descripciones, se adivina ya el giro epistemológico que su obra impondrá a la ciencia, desplazando la interpretación de la naturaleza y la vida hacia una lectura secular, materialista y sin finalidad, al tiempo que documenta, con el candor de quien no sospecha la magnitud de su propia revolución, el latido de una pampa que palpita con presencias humanas, conflictos sociales y naturalezas en disputa.
La pampa que Darwin recorrió y describió, en el umbral de la modernidad capitalista y de la construcción estatal, es la misma pampa que sostendrá el alambrado, la traza de caminos y la fundación de pueblos como Benito Juárez. Sus anotaciones, cargadas de asombro, temor y juicio, componen un archivo involuntario de presencias y conflictos, recordándonos que antes del orden del loteo, hubo vidas, tensiones y prácticas que tejieron las primeras redes de un espacio que jamás fue un vacío.
Epílogo: naturaleza, historia y frontera
La pampa que Darwin recorrió en 1833 no era un vacío, sino un territorio ondulado por presencias, huellas y tensiones, donde las capas de tosca guardaban fósiles de megafauna y las rutas eran surcadas por gauchos, pueblos originarios y tropas de frontera. Allí, entre huesos antiguos, boleadoras lanzadas a galope y fogones que iluminaban las noches frías, el joven naturalista británico tomó notas que hilaban el tiempo largo de la geología con la fragilidad de la vida humana, inscribiendo en sus cuadernos un relato de mutación que transformaría para siempre la manera de leer la naturaleza y su historia.
Hoy, este paisaje nos interroga: ¿Qué significa para nuestra memoria local saber que Darwin cruzó estas tierras antes de que se convirtieran en alambrados y estancias, dejando en sus cuadernos la impresión de un espacio vivo, habitado, en transformación? ¿Cómo se entrelaza en nuestra historia la coexistencia de tiempos geológicos y tiempos sociales allí donde se superponen fósiles de megaterios, rastros indígenas y las huellas de caballos gauchos en el barro de la llanura? ¿Qué nos dice la lectura darwiniana de la pampa, con su énfasis en la competencia, la adaptación y el azar, sobre los modos en que este territorio fue interpretado, ocupado y ordenado bajo la lógica del capital y del Estado? ¿Cómo incide en nuestra forma de mirar el espacio pampeano reconocer que antes de toda frontera y de toda traza urbana existieron otras formas de habitar, otras presencias y memorias que resisten bajo cada pastizal y cada piedra?
Porque la pampa que recorrió Darwin no fue un escenario vacío para la expansión del capital, sino un archivo de temporalidades superpuestas que aún hoy nos interpelan, recordándonos que el suelo que habitamos contiene otras historias, otras voces y otros tiempos que siguen reclamando ser escuchados.
Preguntas para continuar la lectura
Estas preguntas no cierran el capítulo: prolongan sus problemas más allá del texto.
- 01
¿Qué relaciones aparecen entre historia natural e historia social cuando el recorrido de Darwin se sitúa en una pampa atravesada por conflictos territoriales, presencias indígenas y políticas de frontera?
- 02
¿Cómo cambia la historia de Benito Juárez cuando el paisaje deja de funcionar como simple escenario y se reconoce como un archivo que conserva temporalidades anteriores al Estado, la estancia y el alambrado?
Notas del capítulo
Fernand Braudel explica en La historia y las ciencias sociales su propuesta de distinguir tres niveles de temporalidad en la historia: el tiempo largo de las estructuras casi inmóviles (geografía, mentalidades colectivas), el tiempo medio de las coyunturas socioeconómicas y el tiempo corto de los acontecimientos y decisiones políticas. Esta concepción, conocida como larga duración, permite al historiador y a la historiadora analizar procesos históricos atendiendo tanto a los cambios profundos como a los hechos inmediatos, integrando así diferentes escalas de análisis en la investigación histórica. (Braudel, 1968, págs. 60-106 Cap. III La larga duración)
Volver al texto ↑(Browne, 2007, págs. 45-69 Cap. II Una teoría sobre la cual trabajar)
Volver al texto ↑(Browne, 2007, pág. 60)
Volver al texto ↑(Darwin, 1921, págs. 59-90 Cap. IV De Río Negro a Bahía Blanca)
Volver al texto ↑(Op. cit. Pág. 151-155 Cap. VI De Bahía Blanca a Buenos Aires)
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La pampa que Darwin recorrió no era naturaleza sin historia. En sus fósiles, sus cuerpos y sus documentos convivían el tiempo profundo de la Tierra y la violencia inmediata de una frontera que preparaba el territorio para el Estado y el capital.