Segunda parte · Memorias desobedientes
IV
De la tierra al mercado
La tecnificación agrícola y el orden del capital en la pampa
Rodeo, arado y cosechadora no representan una sucesión neutral de avances: muestran cómo la técnica reorganizó territorio, trabajo y capital.
El horizonte del capital
La tecnificación agrícola y el orden del capital en la pampa
San Antonio · ca. 1883 · Francisco AyerzaLeer la modernización
El rodeo ordenado
La densidad del rodeo supone potreros delimitados, aguadas y una superficie organizada. El alambrado no aparece, pero estructura la escena.
Ilustración 50 Francisco Ayerza retrata en la estancia San Antonio, hacia 1883, un rodeo prolijo de ganado europeo bajo la vigilancia de dos jinetes y dos perros, simbolizando la transformación de la pampa en territorio de producción capitalista, ordenado por alambrados, ferrocarriles y mercados de exportación.
Una pradera densamente poblada de ganado se extiende hasta el horizonte, apenas interrumpida por las siluetas de dos jinetes y un perro que, en posición de vigía y control, delimitan el espacio simbólico de esta escena en la estancia San Antonio hacia 1883, registrada por el lente atento de Francisco "Paco" Ayerza.
La imagen no captura solamente un paisaje; documenta un momento de consolidación del orden capitalista en la pampa bonaerense que Roy Hora estudia con minuciosidad: la transición de la primitiva ganadería vacuna de subsistencia hacia una producción especializada, integrada y orientada al mercado mundial. El rebaño fotografiado aquí simboliza, en su inmensidad y densidad, la transformación de la tierra y del ganado en capital en movimiento.
En esta escena, el ganado vacuno, prolijo, de razas europeas y cruzas con mejoramiento genético, se presenta como resultado de un proceso de varias décadas en el que la estancia San Antonio, al igual que otras grandes propiedades del sudeste bonaerense, abandonó progresivamente las prácticas extensivas y rústicas de la ganadería criolla para adoptar métodos de selección, pasturas mejoradas y control sanitario.
La historia que Roy Hora describe revela cómo la ganadería argentina, tras un largo predominio de la lana, recuperó centralidad hacia fines del siglo XIX con el desarrollo de frigoríficos, redes ferroviarias y la irrupción del mercado de carnes refrigeradas, elementos que afectaron directamente a estancias como San Antonio[131]. La imagen de Ayerza se inscribe en esta coyuntura: el ganado que aquí se observa no es solo alimento, es mercancía destinada al puerto, al vagón frigorífico, a los mataderos de Berisso y Dock Sud y, en última instancia, a las mesas de Londres, Liverpool o Hamburgo.
La inmensidad del rodeo representa también la concentración de la tierra y la especialización productiva que caracterizaron la fase exportadora agropecuaria de Argentina. Roy Hora señala que hacia 1895 existían más de 25 millones de cabezas de ganado vacuno en el país, de las cuales una parte significativa se encontraba en Buenos Aires, y que el auge exportador generó un proceso de intensificación del trabajo y la producción, con la incorporación de alambrados, aguadas y subdivisiones de potreros, así como el uso de veterinarios y vacunas, mejorando la sanidad y el peso de los animales[132].
Aquí, la figura del gaucho a caballo, que vigila y arrea, condensa las tensiones del trabajo rural bajo el orden estanciero: el gaucho, integrado ahora al sistema productivo como peón asalariado o mediero, pasa de la autonomía nómada al control disciplinario de la estancia alambrada, sincronizado con los ciclos del mercado y el ferrocarril. El perro, presente en la imagen, es símbolo del control del rebaño y del espacio, extensión de la autoridad del capataz o del estanciero, quien no aparece en la foto pero cuya presencia se impone en cada hectárea medida y alambrada.
La elección de Ayerza de capturar esta imagen no es neutral: como miembro de las elites terratenientes, vinculado a los Pereyra-Iraola a través de su matrimonio con Josefina Jacobé Iraola, Ayerza comparte el proyecto de modernización que este cuadro busca documentar. La fotografía se convierte en un dispositivo de legitimación de la ocupación del espacio pampeano, mostrando orden, productividad y dominio técnico sobre la naturaleza.
Asimismo, esta imagen puede leerse como la culminación de las dinámicas de cercamiento descritas por Marx: tierras previamente comunitarias, transitadas por pueblos originarios y por gauchos con lógicas autónomas, se convierten en superficies productivas integradas al mercado global, al mismo tiempo que el paisaje se llena de ganado mejorado, alambrados y divisiones de potreros. El cercamiento no es solo un acto físico, sino una transformación de la relación social con la tierra, que deviene mercancía, renta y capital en expansión.
La estancia San Antonio, que en décadas anteriores había sido escenario de malones, tolderías y conflictos fronterizos, se presenta ahora como espacio pacificado, domesticado por la técnica y el capital, en donde el horizonte de vacas es también el horizonte del capital en expansión en la pampa. El alambrado, invisible en la imagen pero presente en la organización del rebaño, es el límite físico y simbólico que transforma la tierra en propiedad privada, y al animal en mercancía.
Finalmente, esta fotografía de Ayerza, tomada con la calma de quien contempla un orden naturalizado, es en realidad testimonio de un proceso histórico violento y transformador, que inscribe el territorio en las lógicas del mercado mundial, articulando ferrocarril, frigoríficos, capital británico e inmigración como ejes de un proceso que transforma a la pampa en granero y carnicería del mundo.
Así, la estancia San Antonio, capturada en este instante detenido, se convierte en escenario y síntesis del ciclo ganadero moderno en la Argentina, mientras los gauchos, el perro y el ganado, enmarcados por el cielo infinito de la llanura bonaerense, son protagonistas y testigos de la fase ascendente del capitalismo agroexportador que moldeó la historia de Benito Juárez y del país.
Los surcos que traza el capital
San Antonio · ca. 1883 · Francisco AyerzaLeer la modernización
Los surcos del capital
El arado convierte el pastizal en una superficie regular, medible y repetible. Cada surco incorpora la tierra a una cuadrícula productiva.
Ilustración 51 Francisco Ayerza fotografía hacia 1883 a un campesino inmigrante arando con mulas en la estancia San Antonio, testimonio de la transformación de la pampa en territorio agrícola bajo el orden del capital, donde el surco marca la tierra como mercancía y cada jornada de trabajo se inserta en las cadenas globales de valor.
Esta fotografía, también tomada por Francisco Ayerza en la estancia San Antonio, retrata a un campesino inmigrante maniobrando un arado de mancera guiado por una yunta múltiple de mulas, condensa en una escena inmóvil las profundas transformaciones que la pampa bonaerense atravesó hacia fines del siglo XIX. Lejos de representar un acto individual de trabajo campesino, esta imagen visualiza el momento en que el capital conquista la tierra y la transforma en mercancía, en tiempo de trabajo abstracto, en productividad que se conecta con las demandas del mercado mundial.
El hombre, de espaldas, vestido con ropas de trabajo gastadas y un sombrero que lo protege del sol pampeano, se sienta en un pequeño asiento de hierro, dominando con riendas y látigo la fuerza animal de cuatro mulas que, con sus músculos tensos, tiran de un arado de discos que rompe la superficie de la tierra, la invierte, la airea y la prepara para el ciclo agrícola. Aquí, el arado no es solo un instrumento técnico: es un vector del capital que modela el paisaje pampeano, transformando el pastizal en surco, la pradera en sembradío y la tierra en valor de cambio.
Como señala Roy Hora, el auge de la agricultura cerealera en la pampa, sostenido por la expansión del mercado mundial de granos y la construcción de la red ferroviaria, transformó al sudeste bonaerense en una pieza clave del engranaje exportador argentino[133]. El trabajo de este inmigrante al mando de su arado forma parte de un proceso en el que la tierra se integra al circuito del capital mediante una "agricultura capitalista extensiva" que, aunque con técnicas rudimentarias comparadas con la maquinaria a vapor y las trilladoras mecánicas, representa un paso decisivo hacia la modernización agrícola.
Los inmigrantes italianos y españoles, en calidad de peones o en menor medida como arrendatarios, medieros o pequeños productores, se insertaron en esta economía agroexportadora, convirtiéndose en la fuerza de trabajo esencial para la expansión del trigo y otros cultivos de rotación en las estancias bonaerenses. Este campesino inmigrante, con su arado y sus mulas, forma parte de la transición que Roy Hora describe como el paso de la "ganadería pastoril" al "modelo mixto agro-ganadero", impulsado por los precios internacionales de la agricultura y el avance del capital británico en el financiamiento de ferrocarriles y la compra de grano.
En términos marxistas, esta imagen representa una fase de la acumulación originaria en la pampa: los cercamientos previos (visibles en las divisiones de potrero que segmentan la estancia), la apropiación privada de tierras previamente comunales o de uso colectivo y la transformación de esas tierras en campos de producción cerealera, constituyen la base material sobre la cual el trabajo vivo del campesino es subordinado a la lógica del capital. Aquí, el arado marca el surco, pero también la temporalidad del capital que disciplina la naturaleza bajo ciclos de siembra y cosecha que coinciden con los embarques en el puerto, las tarifas ferroviarias y las fluctuaciones de la Bolsa de Londres.
Además, como advierte David Harvey, la homogeneización del espacio y la estandarización del tiempo son condiciones de posibilidad del capital para valorizarse. La cuadrícula invisible que este campesino traza con su arado convierte cada metro de suelo en superficie contable, en parcela productiva, en "espacio abstracto" apto para la rotación del capital. Lo que parece una escena bucólica es, en realidad, la consolidación de un orden productivo que inserta a la pampa en las cadenas globales de valor.
El trabajo humano, en este contexto, es a la vez medio de subsistencia del campesino inmigrante y vehículo del capital agrario: el cansancio del hombre, el sudor de su camisa y la tensión de sus brazos en las riendas son traducidos en valor, renta de la tierra y ganancias para el terrateniente ausentista y para los exportadores de granos. Las semillas que aquí se preparan para sembrar terminarán como harina o alimento animal en mercados europeos, cerrando un circuito que transforma cada jornada de este hombre en un eslabón de la economía-mundo.
La fotografía de Ayerza, cargada de intencionalidad estética y política, funciona como un documento de la modernización agraria en clave liberal. Presenta un orden visual de la tierra trabajada, de la disciplina en el trabajo, de la eficiencia del esfuerzo humano y animal subordinado a la productividad y al mercado. A la vez, invisibiliza las violencias previas de despojo de tierras a los pueblos originarios, la precariedad de las condiciones de vida de los arrendatarios y medieros, y la dependencia estructural de la economía argentina de los vaivenes del mercado internacional.
En síntesis, esta imagen, tomada en la estancia San Antonio, condensa la transición de la pampa de un espacio de frontera y tolderías a un espacio de capital y producción agroexportadora, en la que el campesino inmigrante con su arado simboliza la apropiación de la tierra, la extensión del mercado mundial y la subordinación de la naturaleza al capital. La línea que dibuja el arado en el surco pampeano es también la línea de la historia: un trazo firme que marca el avance del capitalismo agrario en la Argentina de fines del siglo XIX.
La cosecha mecanizada: tecnología, capital y trabajo en la pampa bonaerense
San Antonio · ca. 1890 · Francisco AyerzaLeer la modernización
La cosecha mecanizada
La máquina exige campos despejados y surcos rectos. Montes, lagunas y accidentes se convierten en obstáculos para la productividad.
Ilustración 52 Francisco Ayerza documenta hacia 1890 la irrupción de la cosechadora mecánica en la estancia San Antonio, símbolo de la mecanización agraria que acelera la producción cerealera y transforma la pampa en espacio de valorización capitalista bajo ciclos de mercado, estandarizando tiempo, espacio y trabajo.
La imagen que nos ofrece Francisco Ayerza, capturada hacia finales del siglo XIX en la estancia San Antonio, inmortaliza un momento de profunda transformación en la estructura productiva pampeana: el ingreso de la cosechadora mecánica en los campos de trigo, traccionada aún por caballos, pero inscripta ya en la lógica de la mecanización que imponía ritmos y escalas productivas hasta entonces desconocidas en el paisaje agrario.
Allí, tres figuras se recortan sobre la planicie interminable, dominando la máquina que corta, trilla y separa el grano del rastrojo en un solo movimiento, acelerando un proceso que antes demandaba días de labor manual intensiva, reduciendo cuerpos a la repetición agotadora de los ciclos de cosecha bajo el sol. El avance tecnológico, analizado por Roy Hora, se revela aquí como vector de modernización capitalista, permitiendo ampliar la escala de producción de los cereales, reducir costos y aprovechar las coyunturas del mercado mundial que impulsaban la demanda de trigo argentino[134].
Pero como bien advierte David Harvey, la tecnología no se limita a un progreso neutral: constituye un mecanismo para homogeneizar el espacio y estandarizar el tiempo de trabajo, condiciones necesarias para que el capital pueda valorizarse con mayor eficacia en el espacio pampeano. Cada hectárea se mide, se arrienda o se vende en función de su aptitud para ser atravesada por la cosechadora; cada surco recto, cada campo libre de montes o lagunas se convierte en un módulo repetible de explotación agrícola.
Lo que en las imágenes previas se plasmaba como la esquila en galpones prolijamente dispuestos, el arado profundo arrastrado por mulas y las carretas cargadas de bolsas de lana y trigo avanzando hacia la estación del ferrocarril, encuentra aquí una síntesis técnica: la cosechadora como culminación de un ciclo que integra tierra, trabajo y tecnología bajo la lógica de la ganancia. El trigo, una vez cortado, se embolsará y será llevado en las mismas carretas hacia las estaciones, desde donde el tren lo transportará al puerto, enlazando la estancia con el mercado atlántico en una secuencia que visibiliza la inserción dependiente de la economía pampeana en el mercado mundial.
Carretas con trigo · Francisco AyerzaLeer la modernización
El grano en circulación
El camino une campo y estación. La geografía productiva se organiza alrededor de los puntos que permiten sacar la cosecha.
Ilustración 53 Las carretas cargadas de trigo avanzan hacia la estación del ferrocarril, completando el circuito que conecta la tierra pampeana con el puerto y el mercado mundial, y revelan cómo cada surco y cada bolsa de grano forman parte de una economía dependiente que articula campo, transporte y exportación bajo la lógica del capital.
Sin embargo, este progreso encierra contradicciones profundas: la mecanización contribuyó a acentuar las diferencias sociales, permitiendo a los estancieros con mayor capital adquirir estas máquinas y ampliar su superficie cultivada, mientras pequeños arrendatarios y colonos quedaban subordinados a arrendar tierras con alquileres crecientes o a vender su fuerza de trabajo en condiciones precarias durante las cosechas. Como advertía Marx al analizar los procesos de cercamiento y proletarización en Inglaterra, la tecnología en el agro no emancipa al trabajador, sino que transforma su relación con la tierra en una relación mediada por el capital, que subordina el cuerpo y el tiempo del campesino a los ciclos de la producción para la ganancia.
Esta tensión entre progreso y violencia social remite a la advertencia de Walter Benjamin en su Tesis sobre la historia: la historiografía tradicional, al narrar el pasado desde la perspectiva de los vencedores, oculta las huellas de la opresión. En la Tesis VII, Benjamin escribe: "Nunca hay un documento de cultura que no lo sea, a la vez, de barbarie. Y así como él no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro. Por eso el materialista histórico se aleja de él en la medida de lo posible. Considera su tarea cepillar la historia a contrapelo"[135]. La fotografía de Ayerza, en su aparente celebración de la modernización, es también un documento de esa barbarie: el desplazamiento de peones, la expulsión de comunidades originarias y la proletarización de los gauchos son el reverso silenciado de la cosechadora que avanza sobre el trigal. Leer esta imagen "a contrapelo" exige, como propone Benjamin, desenterrar las voces de los vencidos por este orden agrario, cuyas huellas no aparecen en el encuadre pero sin las cuales el progreso técnico no habría sido posible.
En el caso de San Antonio, la adopción de cosechadoras, sumada al alambrado, al molino de viento y a la subdivisión parcelaria, produjo un paisaje ordenado, racionalizado y estandarizado, donde el capital encontró las condiciones para su valorización acelerada. Los campos que antes fueron espacios de disputa entre tolderías, gauchos y peones transitorios, se convirtieron en superficies controladas, surcadas por maquinaria que imponía nuevos ritmos y que, a su paso, reorganizaba las relaciones laborales y sociales.
Este momento de la cosecha mecanizada, entonces, no es solo una imagen de progreso técnico: es la expresión visual de un orden económico y social que se consolidaba en la pampa, anudando la lógica del mercado mundial, la concentración de la propiedad de la tierra y el avance de las fuerzas productivas en una trama que, como ha subrayado Roy Hora, definiría por décadas el perfil agroexportador argentino, dejando tras de sí una estructura agraria profundamente desigual, sobre la que se levantaron las bases del desarrollo capitalista en el país.
Así, la fotografía de Ayerza se convierte en documento histórico: testimonio del momento en que la cosechadora ingresó a los campos de la estancia San Antonio, marcando el tránsito de un agro extensivo dominado por la ganadería y las prácticas tradicionales, hacia un modelo agrícola tecnificado, subordinado al capital, donde la tierra y el trabajo se transformaron en mercancías sometidas a los vaivenes de los precios internacionales, configurando la pampa como espacio de valorización capitalista en la periferia del sistema mundial.
Epílogo: surcos del capital
La estancia San Antonio, fotografiada por Francisco Ayerza en distintos momentos de su transformación, es mucho más que un escenario de progreso técnico y productivo: es un testigo de las mutaciones profundas que el capitalismo agroexportador impuso sobre la pampa bonaerense, reorganizando el espacio, disciplinando cuerpos y subordinando la tierra y el trabajo a los ciclos del mercado mundial. Entre alambrados invisibles, surcos abiertos por arados y cosechadoras, rebaños de ganado mejorado y gauchos transformados en peones asalariados, la estancia se convierte en un archivo donde se leen las tensiones entre naturaleza, técnica y capital.
Hoy, estas imágenes interpelan nuestra lectura de la historia local: ¿Qué significa reconocer que el "progreso" registrado en estas fotografías fue posible por procesos de despojo, cercamiento y subordinación de la tierra y el trabajo al capital? ¿Cómo leemos el paso del gaucho nómada al peón asalariado bajo el control estanciero, en sincronía con el tren y el frigorífico, como parte de una transformación estructural que reconfiguró cuerpos, tiempos y espacios en la pampa? ¿Qué nos revela la presencia de la cosechadora en la llanura, vista no solo como avance técnico, sino como símbolo de una mecanización que intensificó las desigualdades sociales, desplazando a pequeños productores y proletarizando a los trabajadores rurales? ¿De qué manera las huellas de las tolderías, las rutas de arreo y las resistencias indígenas persisten bajo los surcos rectos del arado y de la cosechadora, recordándonos que este paisaje ordenado fue antes espacio de disputa, negociación y violencia? ¿Cómo nos interpela esta historia al pensar nuestras formas actuales de habitar la pampa, donde el alambrado y la división parcelaria siguen organizando el espacio, mientras el mercado global continúa modulando los ritmos de la vida rural?
Porque la estancia San Antonio, en cada fotografía y en cada surco, no es solo un capítulo cerrado del pasado: es un espacio vivo de memoria y disputa, donde los rastros del capital y de las resistencias siguen marcando el horizonte de la llanura.
Preguntas para continuar la lectura
Estas preguntas no cierran el capítulo: prolongan sus problemas más allá del texto.
- 01
¿Qué cambia en nuestra valoración de la maquinaria agrícola cuando el progreso técnico se analiza junto con la concentración de la propiedad, la transformación del trabajo y el desplazamiento de otras formas de producción?
- 02
¿Toda innovación técnica conduce necesariamente a una mayor desigualdad o son las relaciones de propiedad y poder las que determinan quiénes reciben sus beneficios y quiénes soportan sus costos?
Notas del capítulo
(Hora, Historia económica de la Argentina en el siglo XIX, 2012, págs. 165-208 Cap. VI El boom exportador)
Volver al texto ↑(Íbid. Pág. 184-189)
Volver al texto ↑(Íbid. Pág. 189-194)
Volver al texto ↑(Íbid. Pág. 194-198)
Volver al texto ↑(Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, 2009, pág. 50 Tesis VII)
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La tecnificación convirtió la pampa en un espacio homogéneo y calculable: amplió la producción, pero también profundizó la concentración de la tierra y subordinó cuerpos, tiempos y naturaleza a los ciclos del mercado mundial.