Primera parte · Fundar, medir, trazar
IX
De la promesa al desencanto
La inmigración bajo la lupa
La inmigración no fue una marcha uniforme hacia el progreso: articuló trabajo precario, disciplinamiento cultural y formas comunitarias de cuidado y resistencia.
La inmigración bajo la lupa
"Cuando el país era gaucho, la oligarquía le opuso el mito gringo. Ahora que es gringo, la oligarquía le opone el mito gaucho." Ramón Doll
El mito del progreso: inmigración y exclusiones en la pampa bonaerense
La inmigración, tantas veces narrada bajo la épica del "crisol de razas" y el "progreso agrario", se revela, bajo la lupa crítica, como un dispositivo de transformación del espacio y de los cuerpos, un engranaje en la maquinaria de la Argentina liberal y agroexportadora que en el último cuarto del siglo XIX buscaba consolidar su dominio sobre el territorio y sobre la fuerza de trabajo necesaria para su proyecto de modernización capitalista.
Como en toda esta historia crítica del sudeste bonaerense, los rieles del ferrocarril, la cuadrícula del pueblo, la plaza, la escuela, la iglesia y la comisaría se entrelazan con la llegada de las comunidades inmigrantes, que traen consigo sus saberes, lenguas, prácticas, esperanzas y conflictos, mientras la oligarquía terrateniente y el Estado los incorporan bajo un régimen de disciplinamiento, precariedad e integración subordinada.
El proyecto de poblar: de la Generación del 80 a la traza local
Entre 1880 y 1914 ingresaron a la Argentina más de 4,2 millones de inmigrantes, y la provincia de Buenos Aires fue la principal receptora de estos flujos. Se trató de un proyecto estatal deliberado que ligaba el poblamiento con el "progreso" y la "civilización", pero que se topó con sus propias contradicciones: los inmigrantes llegaron en su mayoría como braceros, peones y arrendatarios, mientras la tierra permanecía concentrada en grandes estancias.
El mito del "colono europeo", idealizado por la élite liberal como pilar del orden y el progreso, se confrontó con una realidad donde los inmigrantes se insertaron bajo condiciones de inestabilidad laboral, con arriendos precarios y migraciones internas permanentes, integrando al mercado a bajo costo la fuerza de trabajo necesaria para el modelo agroexportador.
En Benito Juárez, la llegada de inmigrantes se articuló con la traza ferroviaria y la fundación del pueblo en 1874. El ferrocarril, que ya hemos analizado como herramienta de estandarización del tiempo y de homogeneización del espacio, también funcionó como canal de ingreso de las familias inmigrantes, que se distribuían en los cuarteles rurales, en el pueblo cabecera y en las incipientes colonias agrícolas que nunca terminaron de consolidarse plenamente.
Una inmigración masiva, pero no propietaria
Las políticas de pasajes subsidiados y la propaganda estatal en Europa aspiraban a traer agricultores que colonizaran la campaña bonaerense, pero la estructura latifundiaria y el mercado de tierras impidieron que la mayoría accediera a la propiedad. Los inmigrantes se insertaron como mano de obra joven masculina en el laboreo rural, en las quintas suburbanas y en los oficios urbanos emergentes, pero bajo una lógica de precariedad y movilidad, que reforzaba el dominio del terrateniente y la inestabilidad de la población trabajadora.
Esta inserción estuvo mediada por redes de paisanaje y de familia, que permitieron algunas trayectorias de ascenso, pero que también fueron funcionales al sistema, ya que facilitaron el reclutamiento de mano de obra y su reproducción generacional.
Cuerpos que llegan, cuerpos que deben ser disciplinados
El ingreso de miles de inmigrantes al sudeste bonaerense fue visto inicialmente con esperanza por la oligarquía: serían "clases laboriosas" que sustituirían al gauchaje rebelde. Sin embargo, la inserción de ideologías anarquistas y socialistas, el surgimiento de demandas laborales y la resistencia al disciplinamiento generaron el pasaje de la figura del inmigrante trabajador a la del "inmigrante peligroso", habilitando un doble proceso de integración y control.
Frente a estos sujetos extranjeros, el Estado se desplegó con sus instituciones ya analizadas en capítulos previos: la escuela para homogeneizar las infancias, la iglesia para moralizar costumbres, la policía para vigilar cuerpos y prácticas, la plaza para nacionalizar festividades, y el ferrocarril para insertarlos en la lógica productiva del agroexportador.
La plaza como escenario, la escuela como taller de homogeneización
Las fiestas patrias en la plaza de Juárez, con banderas argentinas y marchas militares, servían para inculcar un sentido de pertenencia a la "nación" entre hijos de inmigrantes. La escuela, con su régimen disciplinario, su currículum nacional y su vigilancia cotidiana, funcionó como espacio de integración cultural forzada, mientras las celebraciones religiosas católicas reforzaban las jerarquías morales impuestas por la iglesia. Como señaló Ramón Doll, cuando el país era "gaucho", la oligarquía le opuso el mito del inmigrante gringo trabajador, civilizado y productivo. Cuando el país se "hizo gringo" y comenzaron las huelgas y las demandas laborales, la misma oligarquía reactivó el mito gaucho, asociando al gaucho con valores de orden, tradición y sumisión frente al inmigrante rebelde. Este juego ideológico permitió mantener el orden de clase y el control sobre el territorio, justificando el disciplinamiento y las expulsiones bajo la Ley de Residencia y otros mecanismos represivos.
Persistencias de esta primera oleada inmigratoria
La inmigración masiva que atravesó el sudeste bonaerense dejó marcas en los apellidos, en las costumbres culinarias, en las fiestas locales, pero también en las tensiones y desigualdades persistentes. Los inmigrantes se convirtieron en trabajadores invisibles del proyecto agroexportador, facilitadores del progreso ajeno, y rara vez propietarios de su propio destino.
Los hombres y mujeres fueron acogidos por el Estado mientras fueron útiles, y rechazados cuando se tornaron críticos. Sus lenguas fueron toleradas en el hogar, pero censuradas en el aula. Sus sindicatos y mutuales serían vigilados.
Sus hijos serían disciplinados en la escuela y en la plaza, donde se entonaría el himno a la bandera mientras el hambre y el desarraigo seguían marcando sus vidas.
Redes, sociedades y sociabilidad inmigrante
Si la inmigración fue un dispositivo de poblamiento y disciplinamiento al servicio del proyecto agroexportador, su despliegue en el sudeste bonaerense no se limitó a los surcos del arado, las jornadas de laboreo o las paredes austeras de la vivienda rural. Las comunidades inmigrantes se agruparon, resistieron el desarraigo, tejieron redes de cuidado y solidaridad, y crearon instituciones propias en las que se condensaron sus anhelos de dignidad y pertenencia.
En Benito Juárez, como en tantos pueblos atravesados por los rieles y la traza liberal, las sociedades de socorros mutuos, los clubes y las organizaciones comunitarias se convirtieron en espacios de apoyo mutuo frente a la enfermedad, la muerte y el desempleo, pero también en territorios simbólicos donde se negociaban identidades, se sostenían memorias colectivas y se gestaban resistencias cotidianas al disciplinamiento.
El mutualismo como resistencia silenciosa
Frente a un Estado que exigía obediencia, trabajo y asimilación cultural, pero que negaba derechos y protección efectiva, los inmigrantes organizaron sus propias instituciones de ayuda mutua. Así surgieron, hacia finales del siglo XIX, sociedades de socorros que ofrecían asistencia médica, subsidios por enfermedad o muerte, apoyo funerario y, en ocasiones, espacios de recreación, lectura y sociabilidad.
En 1879, se fundó una de las primeras sociedades mutualistas de la región, con el objetivo de proteger a los inmigrantes ante la enfermedad y la precariedad económica. Este tipo de instituciones articulaba la solidaridad comunitaria y reforzaba el sentido de pertenencia entre compatriotas, mientras que tejía lazos de apoyo mutuo que servían de sostén ante un Estado ausente o indiferente.

Promesa, exclusión y organización
Fratellanza Italiana · 1879
La inmigración aparece asociada con trabajo, progreso y poblamiento del territorio.
Ilustración 40 La sede de la Fratellanza Italiana de Socorro Mutuo, fundada en 1879 en Benito Juárez, representa el esfuerzo de las comunidades inmigrantes por construir espacios de solidaridad y cuidado colectivo frente a la precariedad, mientras resguardaban sus lenguas, costumbres y memorias en un territorio modelado por el orden liberal y estatal.
El 20 de abril de 1879 se fundó en Juárez la primera institución mutualista de la ciudad, bajo el nombre de "Fratellanza Italiana de Socorro Mutuo"
Las sociedades mutuales inmigrantes no solo funcionaban como refugio frente a las contingencias de la vida cotidiana, sino también como espacios de construcción cultural, en los que se conservaban lenguas, costumbres y festividades propias, resistiendo la homogeneización cultural que la escuela, la plaza y la iglesia intentaban imponer en cada festividad patria, cada misa dominical y cada manual escolar.
La arquitectura de la sociabilidad
Estas instituciones se transformaron en nodos de sociabilidad comunitaria. Las reuniones en sus sedes, las veladas culturales, los bailes de carnaval y las celebraciones patrias de los países de origen construían un territorio simbólico donde los inmigrantes podían narrar sus propias historias, reconocerse en sus prácticas culturales y tejer redes de contención.

Promesa, exclusión y organización
Sociedad Cosmopolita · 1882
El nombre cosmopolita propone una integración que trasciende una única procedencia nacional.
Ilustración 41 La sede de la Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos, fundada en 1882 en Benito Juárez, testimonia la fuerza de las comunidades inmigrantes para construir espacios de encuentro, cultura y cuidado colectivo, mientras tejían redes de solidaridad que resistieron el disciplinamiento del orden estatal y la homogeneización cultural.
Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos, fundada en el año 1882. La asociación nucleaba inmigrantes de todas las nacionalidades (italianos, españoles, ingleses y otras), pero principalmente a los franceses.
En el pueblo de Juárez, estas sociedades mutuales adquirieron edificios que se convirtieron en hitos arquitectónicos locales, recordando que la inmigración no fueron solamente brazos que araron la tierra, sino también manos que levantaron paredes, proyectaron teatros, fundaron bibliotecas y organizaron tertulias. Los teatros y cines gestionados por estas instituciones pasaron a ser espacios de proyección cultural y de disputa simbólica, donde se presentaban obras en lenguas de origen, se proyectaban películas que narraban historias lejanas y se reforzaba la memoria colectiva.
Los márgenes de la integración
Sin embargo, estas organizaciones no estuvieron exentas de tensiones y contradicciones. Si por un lado reforzaban la solidaridad comunitaria, también podían reproducir jerarquías internas según la región de origen, el capital social o el nivel de integración al mercado local. En ocasiones, los sectores más acomodados de la colectividad utilizaban estas sociedades para afianzar sus redes de poder económico y social.
Además, el propio Estado observaba con recelo a estas instituciones, sospechando en ellas espacios de organización política, resistencia sindical y difusión de ideas que podían alterar el orden liberal. La amenaza del "inmigrante peligroso" se proyectaba sobre estos espacios, justificando la vigilancia, la represión selectiva y la presión para que se alinearan con las festividades y valores nacionales.

Promesa, exclusión y organización
Sociedad Española · 1910
La reunión pública exhibe pertenencia colectiva y confianza en la integración local.
Ilustración 42 La Sociedad Española de Socorros Mutuos, fundada en Benito Juárez en 1910, se erige como un testimonio de la solidaridad inmigrante, la defensa de la dignidad trabajadora y la construcción de espacios culturales y comunitarios en un pueblo que crecía al ritmo del ferrocarril y la agricultura.
La sociabilidad árabe: entre la diáspora y la dignidad
Hacia finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, llegaron también inmigrantes árabes, quienes, enfrentados a la guerra, el desarraigo y la pobreza, se insertaron en el comercio ambulante, recorriendo el pueblo y la campaña, vendiendo de casa en casa, soportando la precariedad, el racismo y la soledad del exilio.
En este contexto, fundaron en 1924 una sociedad de socorros mutuos que articuló la ayuda sanitaria con la contención emocional y comunitaria, sosteniendo una diáspora que buscaba dignidad y arraigo en un territorio que les exigía integración, pero ofrecía rechazo y precariedad. Este mutualismo árabe, como en otros casos, representaba la dignidad del migrante frente a la adversidad, la construcción de una comunidad en el exilio y la resistencia al disciplinamiento cultural.

Promesa, exclusión y organización
Unión Siria · 1924
La inserción comercial ofrece arraigo, aunque convive con prejuicios y vulnerabilidad.
Ilustración 43 La fundación de la Unión Siria en 1924 en Benito Juárez simboliza la dignidad de la diáspora árabe frente al desarraigo y la precariedad, sosteniendo redes de ayuda mutua y arraigo cultural en un territorio que exigía integración mientras ofrecía exclusiones.
Entre la nostalgia y la esperanza
Estas sociedades de socorros mutuos en Benito Juárez fueron islas de solidaridad en un mar de precariedad. Fueron también espacios de negociación cultural, en donde se construía identidad mientras se resistía la homogeneización, se tejían lazos de confianza en un territorio de extraños y se soñaba con la posibilidad de un futuro distinto.
En un pueblo que crecía al ritmo del ferrocarril, las trillas, las cosechas y las promesas de la Argentina agroexportadora, los inmigrantes organizados en sociedades mutuales tejieron la trama de una historia invisible, donde la dignidad, el trabajo y la solidaridad cotidiana se convirtieron en formas de resistencia frente a un sistema que los recibía como fuerza de trabajo, pero los desechaba cuando ya no los necesitaba.
Un experimento fallido de orden y poblamiento: el caso de la colonia luxemburguesa en San Antonio de Iraola
En el paisaje del sudeste bonaerense de fines del siglo XIX, marcado por las retóricas del progreso y el orden liberal, la experiencia de la colonia luxemburguesa en la estancia San Antonio de Iraola ofrece un prisma privilegiado para interrogar el mito de la inmigración como promesa de prosperidad y armonía social. Este episodio, breve pero significativo, revela las tensiones entre los ideales de poblamiento, las estructuras de poder estanciero y las condiciones materiales de quienes llegaron con expectativas de tierra y trabajo.
La cosecha custodiada: trabajo inmigrante y orden estanciero en la pampa

Promesa, exclusión y organización
Colonia luxemburguesa · 1891
La fotografía presenta la cosecha como prueba de una colonización agrícola exitosa.
Ilustración 44 Luxemburgueses trabajando en San Antonio de Iraola (1891) Fotografía tomada por Francisco "Paco" Ayerza. Traducción: Los agricultores aprecian la cosecha.
En esta imagen detenida de 1891, la cámara de Francisco "Paco" Ayerza captura un instante de la cosecha en la estancia San Antonio de Iraola, donde la comunidad luxemburguesa, apenas dos años antes llegada a la Argentina con sueños de libertad y tierras propias, realiza las labores agrícolas que sustentan el engranaje de la economía exportadora del agro pampeano.
Lo que a primera vista parece una escena bucólica de esfuerzo compartido, con mujeres y hombres moviendo haces de trigo, carros cargados con la cosecha y caballos esperando la próxima orden, es en realidad la representación material del disciplinamiento del trabajo inmigrante bajo el orden liberal de la Argentina agroexportadora[95][96]. En el centro de la composición, una mujer transporta sobre su cabeza un manojo de espigas, recordándonos que en estas escenas no hay neutralidad de género: las mujeres también cargaron sobre sus cuerpos el peso de este proyecto migratorio, trabajando junto a sus familias mientras sostenían las estructuras domésticas en un entorno desconocido y muchas veces hostil.
La maquinaria social de la estancia se refleja en la organización de los cuerpos, alineados en una coreografía de la producción que ordena tiempos y movimientos en función del mercado mundial, mientras los terratenientes y administradores supervisaban la escena desde una distancia que aquí, paradójicamente, la cámara difumina pero no suprime. Este trabajo, que debía ser sinónimo de prosperidad y redención social bajo el mito inmigratorio[97], se desarrollaba bajo contratos de arrendamiento que limitaban la autonomía de las familias, imponiendo cuotas de producción y relaciones de dependencia[98].
Podemos observar en esta imagen el eco de lo que David Harvey describe como la homogeneización del espacio en función de las necesidades del capital: la pampa se convierte en un escenario uniforme, disciplinado para la agricultura intensiva, donde las yuntas de bueyes, los carros y las trilladoras en perspectiva se alinean con el horizonte bajo la promesa de productividad, mientras que el tiempo de quienes trabajan se subordina a los ritmos de la cosecha, la exportación y el mercado de granos en Europa.
La fotografía, bajo la autoría de un miembro de la elite terrateniente, también nos recuerda que el registro visual de estos procesos está mediado por una mirada de poder[99]. La cámara de Ayerza celebra el progreso de la estancia, inmortalizando una "cosecha abundante" mientras silencia las tensiones que carcomían a la comunidad luxemburguesa: las deudas impagas, las epidemias que diezmaban a sus hijos y las fricciones con las autoridades locales, que denunciaban la autonomía y la supuesta insubordinación de estos inmigrantes que, paradójicamente, habían sido convocados para poblar y "civilizar" el espacio pampeano.
En su aparente sencillez, esta fotografía encierra la paradoja de una época: la inmigración como promesa de integración y progreso, y la realidad de un orden agrario que disciplinaba el trabajo y organizaba la vida bajo el signo de la renta y la exportación, dejando a las familias en una posición de vulnerabilidad estructural, aun cuando ellas mismas se convirtieran en engranajes imprescindibles del proceso de acumulación.
La colonia proyectada: planes de poblamiento y disciplinamiento del trabajo
En 1888, el ingeniero Rómulo Ayerza, vinculado a la familia Iraola y a los círculos clericales católicos, impulsó un proyecto de colonización agrícola en sus tierras de San Antonio, en el partido de Juárez. La propuesta, respaldada por redes eclesiásticas, incluía la radicación de cientos de familias luxemburguesas bajo un régimen de arrendamiento condicionado. El cura redentorista Jean Pierre Didier, junto con su sobrino designado como mayordomo del establecimiento, articuló las gestiones para reclutar a las familias que se comprometieron a viajar a la Argentina, atraídas por la promesa de estabilidad económica y de la construcción de un "pueblo auténticamente luxemburgués" en la pampa.
El arribo de estas familias, acompañadas de un sacerdote y un maestro, en 1889 tras un largo viaje en el buque Strassbourg, se inscribía en la lógica del Estado y las élites terratenientes de la época: poblar la pampa, disciplinar el espacio rural y modernizar la producción agrícola a través de la inmigración europea. La colonia contaba con viviendas estandarizadas, una pequeña iglesia, carnicería, almacén y maquinaria agrícola que permitía avanzar en la mecanización del cultivo de cereales, en línea con las transformaciones del capitalismo agrario en el Cono Sur.
El desencanto: tensiones internas, abusos y crisis sanitaria
Sin embargo, pronto emergieron las fisuras en la experiencia colonizadora. Las condiciones de arrendamiento resultaron onerosas para las familias luxemburguesas, quienes desconocían las complejidades económicas y jurídicas de la Argentina. Las rentas y obligaciones impuestas, el control del cultivo de hectáreas bajo la supervisión del cura y la sospecha de manejos arbitrarios en la administración del proyecto generaron descontento y desconfianza hacia las autoridades religiosas y hacia Ayerza.
Las crisis sanitarias, con brotes de sarampión y viruela que provocaron la muerte de más de una veintena de colonos sin atención adecuada, se sumaron a las malas cosechas de una década marcada por la inestabilidad económica. Mientras tanto, las crónicas locales señalaban la fricción entre la colonia y las autoridades de Juárez, acusando a los luxemburgueses de no someterse a las leyes nacionales y de mantener prácticas de aislamiento que chocaban con la pretendida integración al orden estatal argentino.
La sustitución del sacerdote a cargo, la llegada de un nuevo mayordomo autoritario que debió huir tras intentos de agresión de los colonos y la ruptura de la cohesión interna de la comunidad precipitaron el colapso del proyecto.
El final de un mito: fracaso de la colonia y dispersión de las familias
En 1891, apenas dos años después de su fundación, la colonia luxemburguesa de San Antonio de Iraola se disolvió. La familia Ayerza, inicialmente reticente a liberar a los colonos de sus compromisos contractuales, accedió finalmente a rescindir los contratos, entregándoles herramientas y caballos para que pudieran buscar un nuevo destino. Muchas de estas familias migraron hacia el partido de Tres Arroyos, mientras que otras se dispersaron en busca de mejores oportunidades.
El experimento de San Antonio de Iraola revela las contradicciones de la inmigración como política de poblamiento: bajo el ropaje de la promesa de libertad y prosperidad, se estructuraron dispositivos de control laboral y disciplinamiento de los sujetos migrantes en beneficio de las dinámicas de acumulación agraria del capitalismo pampeano. Las estructuras estancieras no solo pretendieron poblar el espacio físico, sino también organizar el tiempo y las formas de vida de las familias migrantes, encorsetándolas en relaciones de dependencia que chocaron con sus aspiraciones de autonomía.
En el arco de nuestra historia crítica, este caso permite iluminar las tensiones entre el discurso estatal y terrateniente de la "inmigración civilizadora" y las condiciones materiales de existencia de quienes llegaron con la esperanza de fundar un futuro mejor, solo para enfrentar las lógicas de la renta, la explotación y el disciplinamiento del trabajo en la pampa.
Epílogo: Del orden impuesto a los espacios disputados
La primera parte de esta historia crítica ha relativizado el relato fundacional tradicional y ha presentado la fundación del pueblo no como un nacimiento puro, sino como el cierre de procesos de disciplinamiento espacial y social. Allí donde la narrativa oficial habla de pioneros, progreso y voluntad civilizatoria, hemos reconocido el avance de un orden estatal y capitalista que necesitaba abstraer el espacio, regular los tiempos de vida y codificar el territorio mediante escrituras de mensura y traza. Las nociones de espacio abstracto y aniquilación del espacio por el tiempo, desarrolladas por Harvey, el tiempo homogéneo y vacío criticado por Benjamin, y la acumulación originaria analizada por Marx permiten desnaturalizar la idea de fundar como acto exclusivamente heroico. En su lugar aparece una transformación conflictiva que afectó prácticas comunales, ciclos naturales y sociabilidades anteriores.[100]
El ferrocarril ha cerrado este ciclo, conectando la localidad a las redes de circulación de mercancías y personas, y anudando el territorio a la lógica de la valorización y la explotación de la tierra. De este modo, hemos asistido a la creación de un espacio de orden, una plaza de geometría precisa, instituciones disciplinarias (escuela, policía, iglesia) y líneas férreas que consolidan la ocupación territorial.
Sin embargo, la historia no comienza allí. El territorio que el liberalismo quiso reescribir como espacio vacío era ya un espacio vivido, narrado, disputado. La segunda parte de esta obra se adentrará en esa historia previa, en esas memorias de resistencia, de existencia indígena y mestiza, de tolderías como forma de organización no estatal, y de guerras que fueron resistencias al despojo.
Allí, en ese territorio que se quería vacío, nos encontraremos con Yanquetruz, con Otamendi, con la estancia San Antonio como umbral entre el mundo premoderno y la estancia capitalista. El relato se descentra, se llena de otros tiempos y otras voces. Porque toda historia local, si quiere ser crítica, debe atreverse a volver atrás para escuchar las voces que el orden fundacional silenció.
Así, cerramos esta primera parte que ha investido a la fundación como imposición de orden, para abrir la segunda, donde la historia previa se revela como un espacio en disputa, cargado de conflictos, memorias y luchas por habitar la tierra en términos no dictados por el capital y el Estado Liberal.
La historia previa a la fundación; la pampa como espacio en disputa
Preguntas para continuar la lectura
Estas preguntas no cierran el capítulo: prolongan sus problemas más allá del texto.
- 01
¿Qué revela la experiencia de los inmigrantes de Benito Juárez sobre las distancias entre la promesa nacional de acceso a la tierra y las condiciones concretas del orden agroexportador?
- 02
¿Cómo modifican las asociaciones mutuales, las redes comunitarias y el fracaso de la colonia luxemburguesa una historia de la inmigración narrada sólo como integración y progreso?
Preguntas para continuar la primera parte
Tres preguntas para relacionar los capítulos y cambiar la escala de observación.
- 01
¿Qué relaciones pueden establecerse entre la guerra, la escritura administrativa, la mensura, el alambrado, la estancia, las instituciones y el ferrocarril como formas de producción del territorio?
- 02
¿Cómo se articularon los intereses de los propietarios con las instituciones estatales en la formación del orden local, y qué márgenes de autonomía o conflicto existieron dentro de esa articulación?
- 03
¿Qué permite descubrir la historia de Benito Juárez que una explicación general sobre el modelo agroexportador argentino podría dejar oculto?
Notas del capítulo
(Doll, 1939)
Volver al texto ↑(Germani, 1955) Obra pionera de la sociología empírica argentina, aporta un análisis sistemático de la estructura demográfica y de clases del país a mediados del siglo XX. Varios de sus supuestos acerca de la modernización fueron revisados o discutidos por corrientes posteriores (teoría de la dependencia, marxismo, teorías críticas de la cultura), que han enriquecido el diálogo historiográfico.
Volver al texto ↑(Hora, Los terratenientes de la pampa argentina. Una historia social y política, 1860-1945, 2015, págs. 193-248)
Volver al texto ↑(Devoto, 2002, págs. 247-293)
Volver al texto ↑(De Cristóforis, 2016, págs. 71-86 Cap. 4 La inserción de los inmigrantes en el tránsito del siglo XIX al XX)
Volver al texto ↑(Berger, 2000)
Volver al texto ↑Benjamin, 2009, Tesis XIII y XIV.
Volver al texto ↑
El proyecto inmigratorio produjo fuerza de trabajo antes que pequeños propietarios; las asociaciones comunitarias disputaron esa subordinación mediante redes de cuidado, memoria y dignidad.