Capítulo VII

Segunda parte · Memorias desobedientes

VI

José Gerónimo Iraola

O el rostro del orden terrateniente

Clave de lectura

El retrato de un propietario permite leer las redes familiares, jurídicas y estatales que transformaron la tierra en patrimonio y el patrimonio en capital.

El rostro del orden terrateniente

01

El retrato como documento

Retrato de José Gerónimo Iraola realizado por Prilidiano Pueyrredón

Leer la pintura

El retrato como declaración de clase

La figura de Iraola ocupa el centro de un interior estable y ordenado. El cuadro transforma una posición histórica particular en imagen de autoridad legítima y duradera.

Ilustración 46 Prilidiano Pueyrredón, Retrato de José Gerónimo Iraola. El retrato como emblema de la élite terrateniente que, entre alianzas políticas, redes familiares y violencia de frontera, consolidó la propiedad privada en la pampa.

Prilidiano Pueyrredón retrata a José Gerónimo Iraola como emblema de la élite terrateniente que, entre alianzas políticas, redes familiares y violencia de frontera, consolidó la propiedad privada en la pampa, transformando la tierra en mercancía bajo la promesa del orden y el progreso.

En esta pintura, Prilidiano Pueyrredón —hijo del Brigadier y uno de los máximos exponentes de la retratística decimonónica— nos presenta a José Gerónimo Iraola no solo como individuo, sino como emblema de una clase social que consolidó su poder a través de la tierra, el parentesco y la violencia de frontera.

Con su mano apoyada sobre el respaldo de una silla, el cuerpo de Iraola se inscribe en un salón ornamentado, entre mobiliario afrancesado y simetrías serenas. Su postura no expresa una autoridad ostentosa, sino un control que parece asegurado: un pie adelantado, el chaleco blanco en contraste con la levita oscura y el reloj de bolsillo como signo de una vida regulada. El reloj remite a la disciplina temporal que el capitalismo extendió sobre el trabajo y la circulación. Otra operación, vinculada con ella pero conceptualmente distinta, aparece en la crítica de Benjamin al tiempo homogéneo y vacío: la representación histórica que convierte cada transformación en una etapa necesaria de un progreso continuo. Iraola participa de ese orden material y también de la imagen histórica que lo presenta como destino inevitable de la pampa.[118]

02

El hombre, la tierra y las leyes

Si en la imagen que conservamos, pintada por Prilidiano Pueyrredón, José Gerónimo Iraola nos mira con la severidad de quien encarna el rostro de la posesión terrateniente, en su biografía late el pulso de las transformaciones estructurales que describen Banzato, Infesta y Valencia en Las elites de propietarios rurales en el siglo XIX[119]. Iraola no es un propietario abstracto: su figura condensa el tránsito del desorden de la frontera a la consolidación de la propiedad privada como forma de poder, y del desarraigo forzado de pueblos originarios a la expansión de la ganadería y el ciclo lanar bajo el signo del mercado mundial.

Nacido en 1810, José Gerónimo Iraola se vinculó con el espacio político unitario y con Juan Lavalle. Su trayectoria militar y su emigración a Chile durante el rosismo impiden presentarlo como un beneficiario lineal de la fidelidad federal. A la vez, su historia posterior tampoco puede reducirse a una oposición sin matices: la formación de su patrimonio dependió de una red familiar y comercial que mantuvo vínculos estrechos con el poder rosista. Iraola encarna, precisamente, la movilidad de unas élites capaces de combinar adhesiones políticas, parentescos y negocios en una época de guerras civiles y fronteras cambiantes.[120]

En Santiago de Chile, donde vivió en casa de su cuñado Luis Pereyra Arguibel, Iraola preservó y reconfiguró relaciones mientras en Buenos Aires se afianzaba la dominación rosista. La fuente académica consultada fecha su regreso en 1846. La diferencia con la fecha de 1843 consignada en reconstrucciones previas aconseja no identificar automáticamente el indulto con un retorno inmediato y exige mantener abierta la verificación documental. Lo decisivo para este relato es que su reinserción patrimonial se produjo a través de la asociación con su cuñado Simón Pereyra.[121]

Pereyra ocupaba una posición casi inversa y, al mismo tiempo, complementaria. Era pariente político de Rosas, fue diputado de la Junta de Representantes entre 1836 y 1846, integró comisiones legislativas y sus comercios abastecieron al ejército. Esa proximidad no convierte a Iraola en rosista, pero sí muestra que los negocios familiares podían atravesar las divisiones facciosas. La sociedad Pereyra-Iraola enlazó a un emigrado unitario con un empresario inserto en las estructuras del régimen.[122]

Esta trama obliga a abandonar una imagen demasiado simple de vencedores y vencidos. Las redes de parentesco funcionaban como reservas de confianza, información y capital capaces de sobrevivir a persecuciones, exilios y cambios de gobierno. El rosismo podía sancionar a un individuo y, al mismo tiempo, mantener relaciones con miembros de su familia o con sus socios. Después de Caseros, esos mismos vínculos facilitaron la continuidad y expansión de los negocios territoriales.[123]

Algunas reconstrucciones locales vinculan a Iraola con los Libres del Sur. La asociación es verosímil por su cercanía a Lavalle, su identificación unitaria y su exilio, pero todavía no puede afirmarse como un hecho demostrado por las fuentes utilizadas en este borrador. El estudio de Germinario no lo incluye entre los iniciadores y dirigentes principales. Esto no prueba su ausencia de toda colaboración; establece, sencillamente, el límite actual de la evidencia. Una futura consulta de expedientes de embargo, listas de emigrados, correspondencia y mensuras permitiría confirmar o corregir la hipótesis.[124]

Como subrayan Banzato, Infesta y Valencia, la apropiación de tierras en Buenos Aires durante el siglo XIX no fue una simple "colonización del desierto", sino un proceso de concentración de tierras en manos de un grupo reducido de familias ligadas por redes de parentesco, capital y política, donde el Estado actuó como garante del orden jurídico y militar necesario para convertir las tierras en propiedad. Iraola fue un engranaje en ese mecanismo: mientras Pereyra adquiría tierras estratégicas en zonas de frontera o en regiones en proceso de valorización, Iraola se encargaba de "poblarlas" y administrarlas, asegurando su explotación ganadera y su integración progresiva al mercado exportador.

La historia de Iraola es la de un hombre que pasó de la lanza al arriendo y de la política de las armas a la política de las escrituras. La estancia de Tandil le permitió administrar establecimientos en Quilmes, Ramallo, Ayacucho y Juárez. Las noticias impresas de 1838 y 1839 registran su nombre junto a una extensión de doce leguas, pero esa coincidencia no autoriza todavía a identificar sin mediaciones dichas tierras con San Antonio. La afirmación previa —según la cual Iraola habría recibido en 1837 doce leguas de San Antonio por una ley de enfiteusis de ese año— debe quedar, por lo tanto, en suspenso hasta contrastar la mensura y el expediente de la parcela. Lo que sí puede sostenerse es su temprana participación en el régimen de tierras públicas y, más tarde, la inserción de San Antonio en la red patrimonial Pereyra-Iraola.[125]

La tragedia de San Antonio de Iraola en 1855, cuando Yanquetruz arrasó con el contingente de Otamendi y expuso la fragilidad de la frontera bonaerense, obligó a Iraola a abandonar temporalmente su establecimiento. Sin embargo, en 1860, invocando la pérdida sufrida, solicitó al gobierno provincial la renovación de su arrendamiento, en un ejemplo claro del mecanismo que Banzato describe: la capacidad de la élite de utilizar las crisis como argumento para fortalecer su posición y mantener el control sobre tierras estratégicas en la pampa.

La alianza entre capital, parentesco y Estado es visible en cada paso de Iraola. Lo que para el peón era frontera, para Iraola era patrimonio en construcción. Lo que para los pueblos originarios era espacio de circulación y subsistencia, para la familia Pereyra-Iraola era inversión a futuro. Lo que para las instituciones estatales era frontera insegura, para la élite agroexportadora era un espacio en proceso de ordenamiento, donde el avance de las estancias y del alambrado significaba la expansión del mercado de cueros, tasajo y lana. De este modo, el ciclo de vida de José Gerónimo Iraola se integra a la lógica estructural descripta por Marx en los cercamientos, por Hobsbawm en la Era del Imperio, y por Banzato en la historia de la apropiación de tierras en Buenos Aires: la transformación del espacio en propiedad y de la propiedad en capital. La apropiación de tierras que se realizó a través de mecanismos como la enfiteusis (usufructo), donaciones, premios y compras a bajo precio, favoreció a quienes tenían información privilegiada y capacidad de inversión, en particular tras la privatización masiva entre 1836 y 1880. Se estima que alrededor de 300 personas adquirieron cerca de 4 millones de hectáreas, con concentraciones significativas (37% en manos de 34 personas), en un proceso que consolidó a los llamados "especialistas en el negocio" de tierras.

En este capítulo, la figura de José Gerónimo Iraola no es simplemente la de un individuo: es la condensación de una racionalidad histórica que convirtió la pampa en superficie de valorización capitalista. Su retrato, pintado por Prilidiano Pueyrredón, no es solo una obra de arte; es un testimonio de poder. Su biografía no es únicamente el relato de un terrateniente; es la historia de cómo el capital y el Estado, de la mano de redes familiares como los Pereyra-Iraola, arraigaron en la pampa, imponiendo un orden que subsiste en cada alambrado y en cada hectárea, hasta nuestros días.

03

Retrato de una clase, no de un individuo

Pueyrredón logra, con la sobriedad de la pose y la prolijidad de las pinceladas, congelar en la imagen un orden social y económico. Los detalles del mobiliario, el mármol de la mesa y la lámpara europea no son meros ornamentos: son el lenguaje visual que indica el acceso de Iraola al capital cultural y económico de su época. El retrato, como dispositivo de legitimación, convierte al terrateniente en un sujeto digno de ser perpetuado, inscribiendo su figura en la narrativa del progreso mientras oculta los mecanismos de desposesión que permitieron construir esa escena.

En este sentido, el retrato puede leerse también como un acto de borramiento: la pampa que Iraola controló no está en el cuadro, ni las tolderías de Yanquetruz, ni los gauchos que huían de las levas forzadas. El salón burgués sustituye al campo y en ese acto lo conquista simbólicamente.

04

La estancia que nunca vio, la violencia que sí habilitó

Como señala la documentación, es poco probable que Iraola haya conocido personalmente los campos de San Antonio que figuraban bajo su nombre. Su mundo era el de las estancias de lujo en Ensenada, con parques diseñados por el propio Pueyrredón, reflejando una pampa domesticada que existía como idea, como capital, no como experiencia vivida.

Pero esa distancia no implica neutralidad. Desde la comodidad de su casa en "Las Hermanas", Iraola reclamó ante el Estado la tenencia y administración de tierras que, según argumentaba, no podía poblar de forma efectiva por las incursiones indígenas. Este argumento, utilizado como justificación, forma parte de lo que Feierstein conceptualiza como genocidio reorganizador: una estructura que legitima la violencia y el desplazamiento de poblaciones en nombre de un orden superior.

05

El arte como testimonio del capital

El retrato de Pueyrredón, con su maestría técnica, también es parte de esta historia. La pintura, como la cartografía de Muñiz o los planos de la traza urbana del Pueblo de Benito Juárez, se convierte en un dispositivo de poder. Sirve para construir una memoria oficial que celebra al terrateniente, mientras silencia a quienes habitaban esas tierras antes de que se convirtieran en estancias.

Frente a la serenidad de la imagen, resuenan los ecos de la frontera, el combate de San Antonio de Iraola, las huellas de los caballos de Yanquetruz y las protestas de los gauchos empujados a la marginalidad. El capital, como el óleo, deja su huella indeleble, incluso cuando se disfraza de elegancia y civilidad.

Lectura abierta

Preguntas para continuar la lectura

Estas preguntas no cierran el capítulo: prolongan sus problemas más allá del texto.

  1. 01

    ¿Qué revela la trayectoria de Iraola sobre las redes familiares, políticas y económicas mediante las cuales las élites convirtieron la tierra pública y fronteriza en patrimonio privado?

  2. 02

    ¿Cómo puede una biografía iluminar relaciones estructurales de poder sin reducir la historia a las decisiones de un individuo excepcional?

Referencias

Notas del capítulo

  1. Benjamin, 2009, Tesis XIII y XIV.

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  2. (Banzato, Infesta, & Valencia, Las elites de propietarios rurales en el siglo XIX, 2011)

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  3. Reguera, 2004, págs. 117-119. La autora identifica a Iraola como unitario, señala su emigración a Chile y fecha su regreso en 1846; también reconstruye su sociedad con Simón Pereyra.

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  4. Reguera, 2004, págs. 117-119. La autora identifica a Iraola como unitario, señala su emigración a Chile y fecha su regreso en 1846; también reconstruye su sociedad con Simón Pereyra.

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  5. Reguera, 2004, págs. 117-119. Pereyra fue diputado entre 1836 y 1846, integró comisiones legislativas, proveyó al ejército y estuvo emparentado con Rosas.

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  6. Reguera, 2004, págs. 109-129.

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  7. Germinario, 2021, págs. 14-24. Iraola no integra la nómina de iniciadores y dirigentes reconstruida en este estudio. La ausencia no demuestra que haya permanecido ajeno a toda colaboración, pero obliga a no afirmar su participación sin una fuente específica.

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  8. La Gaceta Mercantil publicó en 1838 y 1839 nóminas en las que José Gerónimo Iraola aparece asociado a doce leguas. Esas menciones prueban su intervención en el régimen de tierras, pero, sin la mensura y el expediente correspondientes, no permiten identificar por sí solas esas doce leguas con San Antonio ni reconstruir toda la cadena de tenencia.

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La hipótesis del capítulo

El retrato de Iraola naturaliza una autoridad que se sostuvo sobre redes familiares, garantías estatales y violencia de frontera: la imagen de un individuo condensa la formación histórica de una clase terrateniente.

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