Capítulo XIV

Primera parte · Fundar, medir, trazar

XIII

La estancia como forma de organización capitalista temprana

Trabajo, cooperación y jerarquías en Sol Argentino

Clave de lectura

La estancia no fue una forma económica precaria: coordinó recursos, dividió tareas y subordinó la cooperación colectiva a la valorización privada.

Trabajo, cooperación y jerarquía

Samuel Amaral discute con eficacia la idea de que las estancias del siglo XIX representaban una forma "precaria" o "precapitalista" de organización económica[48]. Por el contrario, su análisis muestra que las estancias fueron firmas agropecuarias modernas, adaptadas a los cambios en la demanda externa, capaces de coordinar recursos, asumir riesgos y reproducir capital en un marco institucional inestable.

Amaral rechaza tanto la visión nostálgica que celebraba la estancia como emblema nacional, como aquella que la presentaba como expresión de un latifundismo estéril o improductivo. En cambio, propone verla como núcleo funcional del capitalismo rioplatense, basado en:

el ajuste productivo a estímulos del mercado internacional (lana, cueros, carnes),

una organización jerárquica del trabajo, y

la racionalización creciente del espacio rural.

La esquila, la oveja y la lógica del capital: el ciclo lanar como transformación del espacio y del trabajo

El crecimiento de la estancia Sol Argentino durante las décadas finales del siglo XIX no puede comprenderse en toda su densidad sin referirnos al fenómeno más decisivo de la economía agraria bonaerense del período: el auge del ciclo lanar. Esta fase expansiva de la ganadería ovina — que desplazó temporalmente a la vacuna y transformó las estructuras sociales, productivas y territoriales de la provincia — encuentra en estancias como Sol Argentino su expresión más contundente y paradigmática.

Cuando se menciona que la estancia contaba con más de 30.000 ovejas de razas Lincoln y Rambouillet, no se está aludiendo meramente a una cifra productiva: se está dando cuenta de una mutación estructural en la lógica de la producción agropecuaria pampeana. Frente a la escasa tecnificación y a la producción extensiva del ganado criollo de comienzos de siglo, el desarrollo del lanar implicó una inversión decidida en genética, infraestructura, trabajo calificado y planificación a gran escala. En términos marxistas, se trata de un momento avanzado de la subsunción real del trabajo al capital, donde no solo los productos, sino los cuerpos, los tiempos y los espacios son reorganizados en función del rendimiento económico.

Tipos de ovejas de la campaña bonaerense publicados en 1853

Fuente visual

Clasificar para producir

La lámina compara razas y convierte al animal en objeto de observación productiva.

Ilustración 15 El ciclo lanar. ‘Tipos de ovejas de la campaña bonaerense’. Revista del Plata, noviembre de 1853.

La esquila, como práctica concentrada y periódica, exigía una organización productiva nueva. El galpón de Sol Argentino, por su tamaño y equipamiento, constituía una unidad fabril rural, en la que se procesaban diariamente miles de kilos de lana. La faena implicaba tareas previas (reunión de majadas, clasificación por lotes), acciones técnicas específicas (esquila, limpieza, selección, atado) y etapas logísticas posteriores (acopio, empaquetado, transporte). Tal complejidad dio lugar al surgimiento de una división del trabajo que no existía en el universo del paisano tradicional. Mujeres, niños, peones y técnicos extranjeros ocupaban puestos diferenciados: el campo se volvía una fábrica horizontal, donde cada quien tenía una función específica dentro de una cadena productiva más amplia.

Este nivel de organización productiva resulta impensable en el mundo gaucho que retrata William Mac Cann. Aquel paisano "moroso", que "rehúye todo trabajo cuyo éxito dependa del transcurso del tiempo", que "vive a caballo" y que "no cultiva, no arrea ni esquila salvo por necesidad inmediata", es, para el capital, un sujeto improductivo[49]. La lógica lanar, por el contrario, exige sujetos disponibles, disciplinados, insertos en un régimen de tareas regulares y rendimiento medible. El gaucho es reemplazado por el peón. El pastoreo autónomo da paso al cuidado intensivo. El rodeo abierto cede ante el corral segmentado. El tiempo circular del campo se convierte en tiempo lineal del capital.

Además, este ciclo lanar se inserta plenamente en el mercado mundial. A diferencia de las formas de vida autosuficientes o semi-cerradas de los paisanos preexistentes, los productos de la estancia — especialmente la lana — no están destinados al consumo local sino a una red de exportación global, con epicentro en los mercados textiles europeos. En la década de 1860, los envíos de lana representaban casi el 50% del total de las exportaciones argentinas, y Bélgica y Francia eran los principales compradores. Sol Argentino, por su tamaño, especialización y capital invertido, no era una excepción sino una pieza clave de este engranaje internacional de acumulación.

Esta dimensión internacional refuerza la transformación territorial. Ya no se trata de una estancia ubicada en el "interior" o la "frontera" en sentido estricto, sino de un territorio integrado a las lógicas del capital global. La laguna El Hunco, las avenidas internas, las rutas hacia Azul, los caminos hacia los puertos de embarque: todo el entorno se reconfigura en función de la movilidad del producto y la eficiencia de la extracción. El territorio ya no es un lugar, sino un dispositivo de valorización.

División del trabajo, jerarquías y valorización capitalista en la estancia Sol Argentino (1910)

Peones de la estancia Sol Argentino reunidos en una avenida

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El trabajo como cuerpo colectivo

La fotografía reúne a los trabajadores, pero no identifica sus tareas ni salarios.

Ilustración 16 Los peones de la estancia Sol Argentino, registrados en la planilla de sueldos de 1910, reflejan la jerarquía y la segmentación del trabajo rural bajo el capitalismo, donde cada cuerpo, cada tarea y cada salario ordenan el espacio productivo y naturalizan la desigualdad.

Una planilla de sueldos correspondiente al mes de septiembre de 1910, hallada entre los registros administrativos de la estancia Sol Argentino, permite acceder a una radiografía detallada de las relaciones laborales que organizaban el mundo rural bonaerense en los albores del siglo XX[50]. Si bien esta información se encuentra ya fuera del período fundacional estricto del Partido de Benito Juárez, no cabe duda de que constituye una prolongación estructural del orden social instituido en la etapa de la acumulación originaria, y de sus dispositivos jurídicos y materiales. Esta continuidad refuerza la hipótesis de que la estancia no fue una forma transicional, sino una estructura estable de organización capitalista del espacio, del tiempo y de los cuerpos.

La nómina salarial está compuesta por veinticuatro cargos remunerados en pesos moneda nacional, cuya distribución permite observar con claridad el carácter jerárquico y funcionalmente segmentado del trabajo rural en una unidad capitalista madura, articulada en torno a la producción lanar y la explotación intensiva del suelo.

1. División técnica y social del trabajo: la jerarquía del salario como reflejo de la valorización

En la cima de la estructura se encuentran el capataz ($100) y el escribiente ($70). Este último ocupa un lugar notable, no solo por el monto que percibe, sino por el rol que encarna: la administración, el control, la contabilidad. No produce con las manos, pero garantiza la circulación del valor, el registro, la supervisión. Es, en términos de Marx y de Harvey, el trabajador que internaliza funciones del capitalista, reemplazando su presencia física pero operando bajo su lógica. La centralidad del "escribiente" da cuenta del grado de formalización administrativa alcanzado por la estancia hacia 1910: ya no basta con producir —es necesario ordenar, clasificar, medir, documentar.

Le sigue el capataz general, que encarna la mediación directa con el mundo del trabajo físico. En términos marxistas, podríamos decir que la subordinación real del trabajo al capital ya no se expresa solamente en la apropiación de la plusvalía, sino en la estructuración concreta de funciones diferenciales al interior del proceso productivo.

El segundo capataz ($50), los galponeros ($60 y $35), el carpintero y cocinera ($90) y el quintero ($40) configuran un cuerpo intermedio de oficios especializados y tareas logísticas, cuya función es mantener en funcionamiento el aparato productivo en sentido amplio: esquila, mantenimiento, cocina, horticultura. Aquí aparece lo que Marx —y luego Harvey— analizan como división técnica del trabajo, es decir, una fragmentación planificada de funciones que permite al capital controlar el proceso y aumentar su rendimiento sin ceder autonomía al trabajador.

2. La reproducción de la fuerza de trabajo: la lógica del mínimo vital

Un segundo conjunto de trabajadores recibe salarios menores: peones de campo ($30), peones de herrería ($15), cuidadores de capones ($20), cocineros ($30), aradores ($25 a $40), sembradores ($40), puesteros ($40), y peones de a pie ($35). Estos sueldos corresponden a tareas directamente asociadas con la fuerza física, la tracción animal, el laboreo de la tierra, el mantenimiento del rodeo y la alimentación de los trabajadores.

En este segmento se expresa con nitidez lo que Harvey define como el cálculo capitalista del tiempo socialmente necesario de reproducción, es decir, el costo mínimo indispensable para que esa fuerza de trabajo pueda regenerarse día a día, sin que eso implique una mejora en sus condiciones de existencia. El salario, aquí, no retribuye la totalidad del valor generado, sino apenas el valor de la fuerza de trabajo misma, lo cual garantiza la apropiación de plusvalía por parte del patrón sin interrupciones.

La amplia brecha entre los sueldos del capataz y el del peón herrero, por ejemplo, no responde a una simple diferencia de destreza, sino a un diseño económico que jerarquiza funciones según su cercanía con la gestión del capital, y devalúa las tareas manuales y repetitivas cuya única función es sostener la acumulación.

3. El salario como tecnología de control y segmentación

La planilla no solo informa sobre ingresos: también reproduce un orden simbólico y político. Al dividir, diferenciar, calcular y remunerar de manera desigual, el salario naturaliza jerarquías sociales, impone un ritmo de trabajo y desactiva solidaridades horizontales. No hay allí "trabajadores del campo" en bloque, sino una constelación ordenada de funciones, rangos y precios humanos, ajustados a las necesidades de un modo de producción capitalista en expansión.

Harvey señala que el espacio bajo el capitalismo no es homogéneo ni neutro, sino producido. En esta planilla puede leerse también esa producción del espacio: el galpón, el taller, la cocina, la caballeriza, el monte, el huerto, cada uno con su trabajador asignado, su tarea pautada, su paga establecida. La estancia ya no es territorio rural: es una empresa territorial.

4. Género, invisibilidad y reproducción social

Un dato llamativo en la planilla es el registro de "carpintero y cocinera" con un pago conjunto de $90, correspondiente a una pareja que residía en la estancia y cumplía funciones complementarias: él como trabajador técnico especializado, ella en las tareas de cocina. Este pago por unidad doméstica y no por individuo revela la persistencia de una lógica patriarcal en la estructura salarial: el ingreso es registrado como "familiar", pero las funciones están sexualmente diferenciadas.

La mujer, en este esquema, trabaja, pero no figura como sujeto asalariado autónomo: su contribución está subsumida dentro de la figura masculina y su visibilidad queda absorbida en la unidad conyugal. Este tipo de registro refuerza lo que la historiografía ha identificado como invisibilización estructural del trabajo femenino, especialmente en el ámbito rural, donde las tareas de cocina, cuidado, limpieza y sostenimiento eran fundamentales para la reproducción del orden estanciero, pero raramente reconocidas en términos salariales.

La inclusión de esta familia trabajadora en la nómina permite, sin embargo, observar cómo el capital utilizaba las relaciones familiares como forma de organización laboral, beneficiándose de la naturalización de esas tareas como "deberes de género", sin necesidad de retribuirlas plenamente.

Valor, cooperación y mando: anatomía del trabajo en Sol Argentino

Desde el punto de vista empírico, la planilla de sueldos de la estancia Sol Argentino en 1910 permite observar una división técnica y jerárquica del trabajo plenamente consolidada. Sin embargo, una mirada más fina, atenta a las lecturas de Marx que propone David Harvey[51], nos permite complejizar esta escena más allá de su dimensión funcional y económica. Lo que emerge en el corazón de la estancia no es solamente una segmentación del trabajo orientada a la extracción de plusvalía, sino también —y esto es clave— una forma embrionaria de cooperación social que revela una potencia humana colectiva aún no realizada.

Marx no condena en sí misma ni la cooperación ni la división del trabajo. Por el contrario, reconoce en ambas una capacidad generativa y emancipadora del género humano[52]. La cooperación, señala, permite que los trabajadores se desprendan de sus limitaciones individuales y desarrollen su potencia como especie: lo que llama la "capacidad de la especie". En esa dimensión, el trabajo colectivo organizado puede ser fuente de plenitud, dignidad y expansión de las capacidades humanas.

Lo que critica Marx —y Harvey refuerza— no es la cooperación en sí, sino la forma en que el capital se apropia de esa potencia y la subsume a su lógica particular de valorización. Es decir, transforma una facultad universal y creativa en una herramienta de explotación. Bajo el régimen capitalista, la cooperación se vuelve cooperación alienada, y la división del trabajo, una cadena de subordinaciones donde el trabajador queda reducido a una función mínima, repetitiva y fragmentada, lejos de la conciencia del conjunto.

En la estancia Sol Argentino, esta dinámica se expresa con nitidez. La producción lanar, las faenas agrícolas, el cuidado del rodeo, la administración de la huerta, la cocina, la herrería, la esquila, el transporte y el mantenimiento: todas esas tareas no son posibles sin un elevado grado de cooperación planificada. Los cuerpos están articulados en una red de interdependencias, donde cada uno sostiene el funcionamiento del conjunto. Y sin embargo, esa cooperación no les pertenece: es dirigida, gestionada y apropiada por el capitalista —en este caso, el patrón de la estancia—, que obtiene del trabajo común una ganancia privada.

Más aún, la planilla misma actúa como dispositivo de invisibilización del carácter colectivo del proceso: al listar salarios individuales, oculta las tramas de cooperación, los vínculos laborales horizontales, los aprendizajes compartidos, las reciprocidades cotidianas. Es decir, separando las cifras separa también los cuerpos. Lo que aparece como un conjunto de individuos asalariados es, en realidad, una maquinaria humana ensamblada por la cooperación planificada del trabajo. Pero esa maquinaria está regida por un principio ajeno: la valorización del capital, no la realización de la humanidad.

Esta es, en términos de Harvey, la gran paradoja marxiana: el capital necesita del trabajo cooperativo para funcionar, pero al mismo tiempo estrangula su potencia emancipadora, impidiendo que esa forma de organización se vuelva democrática, equitativa o deliberada[53]. En lugar de liberar a los trabajadores de su aislamiento, los atrapa en funciones parciales, fragmentadas y subordinadas. Así, la posibilidad de desarrollo de la especie queda aplazada, diferida hacia un horizonte aún no alcanzado: el del socialismo o comunismo, donde esa misma cooperación podría ser reapropiada por los productores y transformada en fuente de emancipación.

‘Aquello no era trabajo’: la memoria ambigua del trabajo rural

En este punto, vale recuperar una voz fundamental del siglo XIX argentino, no por su valor documental, sino por su densidad simbólica y su potencia crítica: el gaucho Martín Fierro. Fiel a su propósito inicial, José Hernández construye en los primeros cantos una pampa mítica, casi idílica, que evoca la edad de oro pastoril: "Aquello no era trabajo / Más bien era una junción". Allí, el trabajo no está impuesto ni fragmentado; no se impone como tiempo del capital, sino que fluye como parte del ritmo natural de la vida. "Era una delicia el ver / Cómo pasaba los días", dice Fierro, y con ello celebra no el ocio, sino una forma de trabajo no separada del placer, no sometida a la ley ni al mercado.

Pero esa edad de oro es breve. Lo que la destruye no es el progreso técnico ni el alambrado en sí: es el ingreso de la autoridad estatal, la ley, el tintero, es decir, el proceso por el cual el capital y el Estado comienzan a organizar racionalmente la tierra y los cuerpos. "Estaba el gaucho en su pago / Con toda seguridá; / Pero aura… barbaridá! / La cosa anda tan fruncida, / Que gasta el pobre la vida / En juir de la autoridá". La estancia ya no es solo espacio de trabajo y comida compartida, sino escenario de disciplinamiento, de vigilancia, de sometimiento.

Sin embargo —y esta es la ambigüedad más profunda del texto—, en medio de esa crítica, asoma la figura del patrón, no como enemigo, sino como parte del mundo perdido. "Después de un güen tirón… solía llamarlo el patrón", recuerda Fierro. El patrón no es aún representación del capital abstracto, sino figura ambigua del mando tradicional, a mitad de camino entre el vínculo paternal y el mando autoritario. No es aún el juez con tintero, pero ya no es solo un criollo más.

Esta evocación no puede tomarse al pie de la letra. Como bien recuerda la crítica, la estancia sigue siendo el marco, el centro del orden simbólico, y la nostalgia que el poema condensa es una nostalgia de la armonía perdida, no del igualitarismo radical. Es una edad de oro sin ley, pero con Dios y con patrón. Es, en cierto sentido, la memoria melancólica de una cooperación prealienada, idealizada y contradictoria.

Frente al presente del capital —registrado en listas, salarios, papeles, sueldos y cercamientos—, Martín Fierro ofrece una imagen pasada de la cooperación como "junción", como encuentro, como trama vital, que ya no existe, pero cuya ausencia ilumina la naturaleza profundamente violenta del orden estanciero moderno.

Así, el poema de Hernández no desmiente el análisis histórico: lo humaniza, lo tensa, lo complica. Frente a la racionalidad del valor y del salario, nos recuerda que hubo otra forma de trabajar, otra forma de vivir el tiempo rural, aunque fuera incompleta, desigual o mitificada. Lo que se perdió no fue solo el rancho o el potrero: fue una relación más densa, más vital y menos fragmentada entre el trabajo y la vida.

En la matriz productiva de la estancia capitalista, como vimos en la planilla de sueldos de 1910, cada función tiene precio, cada cuerpo tiene tarea, y cada tarea tiene una medida. Pero en esa organización racional del trabajo, ciertos saberes quedan fuera de toda valorización posible. No porque no produzcan, sino porque no pueden ser capturados por el régimen del valor. Tal es el caso del saber del gaucho —su "cencia", como dice Fierro—, una forma de conocimiento experiencial, poético, práctico y no letrado, que el capital y el Estado consideraron inútil, subversivo o directamente peligroso.

Cuando José Hernández pone en boca de Fierro aquellos versos —"Aquí no valen Dotores: / Solo vale la esperencia"— no está solamente celebrando una sabiduría popular. Está marcando una diferencia epistemológica radical. El gaucho no sabe como el doctor, el agrimensor, el juez o el escribiente. Sabe de otro modo: lee el viento, escucha los ruidos, interpreta el suelo, compara con animales. Su saber no está codificado ni registrado. Circula de boca en boca, de cuerpo en cuerpo, de generación en generación. Y es por eso mismo que resulta inútil para el orden productivo capitalista, que necesita transformar todo conocimiento en instrucción, en técnica, en mercancía.

Este saber oral, metafórico, fragmentario, ligado al cuerpo y al territorio, no puede entrar en la planilla de sueldos. No tiene función asignada ni salario fijo. El baqueano que orienta en la inmensidad del desierto, el rastreador que descifra huellas en el barro, el gaucho que nombra al zorro, al tigre, al bagre o al carancho para hablar de sí mismo: todos ellos producen sentido, producen vínculo, producen orientación, pero no producen valor para el capital.

Esta "zoología popular" que estructura el Martín Fierro —donde lo humano se piensa a través de lo animal— no es decoración poética, sino la forma concreta que adquiere un saber minoritario, excluido de la academia y del mercado. Es, también, una manera de nombrar el mundo que se aleja radicalmente de la neutralidad ilustrada y del discurso técnico. Comparar a un patrón con un puma o a un gaucho perseguido con un tigre cebado no es una licencia literaria, sino una etnografía campesina oral que resiste a la racionalización estatal y mercantil.

En este punto, podemos retomar el concepto que David Harvey elabora a partir de Marx: el capital necesita homogeneizar el espacio y estandarizar el tiempo para poder valorizar. Necesita convertir el desierto en lote, el rancho en parcela, el nombre en número, la experiencia en función. Pero el saber del gaucho resiste esa operación. Porque es intransferible, localizado, muchas veces inefable. Porque no puede ser enseñado sin ser vivido. Y porque no sirve para lo que el capital espera del trabajo rural: producir mercancías, generar excedente, ser contabilizado.

Como observa Martínez Estrada —con tono mordaz pero certero—, no hay nada sublime en el Martín Fierro: todo está puesto sobre la tierra, entre detritus, animales, pasto y viento[54]. Es un mundo sucio, húmedo, real. Un mundo que el capital necesita limpiar simbólicamente para poder colonizar materialmente. Por eso, en la nueva estancia racionalizada, el saber del gaucho es reemplazado por el agrónomo. Su memoria, por el inventario. Su voz, por el plano. Su "cencia", por la ciencia.

La operación que se produce, entonces, no es solo económica: es epistemológica y cultural. El capital no solo reordena el trabajo y la tierra: también reordena el saber, decide qué conocimiento es válido y qué otro debe ser silenciado, folklorizado o expulsado. La "cencia" del gaucho no desaparece: queda como residuo, como relato, como refrán. Pero ya no organiza el mundo. Ya no sirve.

Lo que no figura en la planilla

El final de este capítulo no es un cierre: es una pausa inquieta. Porque repensar la estancia como forma de organización del capital no implica solo releer el pasado, sino reconocer los cimientos olvidados del presente. Todo lo que hoy parece legítimo —la propiedad, la división del trabajo, la administración racional del territorio— fue alguna vez objeto de disputa, de exclusión, de violencia normalizada. Y todavía lo es. Un conjunto de preguntas quedan abiertas, como heridas que el relato historiográfico no debe cerrar con apuro: ¿Qué formas de desigualdad se consolidaron en nombre del orden? ¿Qué capacidades humanas fueron desarrolladas —y cuáles sofocadas— en el marco de una cooperación subordinada? ¿Qué saberes, qué tareas, qué cuerpos quedaron por fuera de los registros contables, pero fueron esenciales para que todo funcionara? ¿Qué memoria se impone cuando el patrón aparece como figura benévola en el relato, y qué otras memorias quedan anuladas? ¿Qué subjetividad se formó al calor de la obediencia, la tarea repetida, el llamado del capataz?

Lectura abierta

Preguntas para continuar la lectura

Estas preguntas no cierran el capítulo: prolongan sus problemas más allá del texto.

  1. 01

    ¿Qué relaciones de clase, género y autoridad permite reconstruir la planilla de salarios de Sol Argentino y qué dimensiones del trabajo permanecen fuera de sus registros?

  2. 02

    ¿Hasta qué punto las jerarquías salariales y la división de tareas de la estancia pertenecen sólo al pasado, y qué persistencias podrían reconocerse en las actuales formas de organización del trabajo rural?

Referencias

Notas del capítulo

  1. (Amaral, 1998)

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  2. (Op. cit. Cap. VII)

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  3. (Santa Cruz, 2017, pág. 86)

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  4. (Harvey, Guía de El Capital de Marx, 2014, págs. 187-210)

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  5. "Cuando numerosos obreros trabajan juntos, de un modo planificado, en el mismo proceso de producción o en procesos conexos, su trabajo adopta la forma de cooperación. [...] La cooperación permite realizar lo que el trabajo individual aislado nunca podría lograr, tanto en la extensión (ej.: grandes obras) como en la intensidad (ej.: reducir tiempos de producción)." (Marx, 2004, págs. 333-334 Cap. XII)

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  6. (Harvey, 2014, pág. 192)

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  7. (Estrada, 1948)

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La hipótesis del capítulo

La cooperación amplió la potencia productiva colectiva, pero la planilla salarial la fragmentó en funciones, rangos y precios apropiados por el capital.

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