Primera parte · Fundar, medir, trazar
XIV
Del rancho a la estancia capitalista
El caso de Sol Argentino
Los objetos no ilustran una historia ya escrita: conservan en su materialidad los accesos, las jerarquías y las disciplinas que organizaron la estancia.
El caso de Sol Argentino
La estancia como símbolo espacial de un orden productivo
01Archivo material · Avenida de la estancia
La avenida arbolada convierte el acceso en perspectiva ordenada: separa, orienta y conduce la circulación.
Ilustración 6 ‘Establecimiento Sol Argentino’. Visita del ex Presidente Bartolomé Mitre, una de las avenidas, lleva su nombre. Estanciero y visitante recorren una de sus avenidas arboladas, emblema de la racionalidad productiva y simbólica del orden capitalista que consolidó la pampa bonaerense. El espacio ordenado de la estancia se opone al rancho criollo, inscribiendo en la tierra una nueva lógica de propiedad, jerarquía y control.
La Estancia Sol Argentino, fundada por Mariano Roldán hacia 1870, puede ser leída no solamente como una unidad productiva de gran escala, sino como un nodo fundacional del orden capitalista en la región pampeana, materialización territorial de un nuevo régimen de propiedad, trabajo y sociabilidad. Declarada Monumento Histórico Nacional en 1994, no sólo condensa una parte importante de la historia institucional del Partido de Benito Juárez — siendo su propietario el primer juez de paz y principal gestor de su fundación —, sino que encarna un tipo de espacialidad y racionalidad económica radicalmente distinta de la que predominaba en los años previos a la consolidación del modelo agroexportador.
Desde su misma disposición, Sol Argentino expresa un proyecto de control y optimización del espacio. El ingreso al predio está dominado por el escritorio: no es sólo una habitación, sino un símbolo del poder patriarcal y racionalizador del patrón sobre la tierra y las personas. Allí Roldán, incluso cuando residía en otras ciudades — Azul primero, Buenos Aires después — mantenía el control de la producción, delegando la ejecución, pero no la planificación ni la vigilancia. El "modelo estancia" se basa, como señala Marx al describir el pasaje del feudalismo al capitalismo rural, en la separación entre la propiedad y el trabajo, y en el establecimiento de jerarquías funcionales al capital: capataces, administradores, peones.
La estancia no es un hogar, como lo era el rancho criollo, sino una institución productiva. Está organizada en torno a tres avenidas, todas ellas con nombres cargados de sentido: Bartolomé Mitre (figura del liberalismo militar), Ignacio Rivas (apellido ligado a la elite, militar que participó en las guerras civiles, en la guerra del Paraguay y secundó a Bartolomé Mitre en la revolución de 1874) y 25 de Mayo (símbolo del origen nacional). Desde allí se accede a zonas con funciones específicas: la productiva (galpón de esquila, matera, casa del capataz), la agrícola (huerta, tambo), la residencial (casas de visita, comedor principal), e incluso la recreativa (laguna El Hunco). En esta disposición se revela el principio fundamental del espacio capitalista: segmentación, vigilancia y rendimiento.
La escala también es significativa. Con sus 13.000 hectáreas, Sol Argentino no sólo consolidó la concentración de la tierra — rasgo central del agro pampeano pos-Conquista del Desierto —, sino que posibilitó la aplicación de tecnologías específicas (crianza de razas laneras, instalaciones para esquila, mejoras habitacionales selectivas). La visita del general Bartolomé Mitre, quien pasó un mes en la estancia en 1898, consolida esa dimensión de centro del poder: la estancia no es solo un lugar de producción, sino también de representación simbólica y política de la elite terrateniente.
Contrasta fuertemente con esta espacialidad ordenada, elocuente y jerárquica la descripción que William Mac Cann hace, tan sólo unas décadas antes, de los paisanos de la campaña. En su capítulo VII, el viajero británico describe un paisaje humano y territorial donde la vida transcurre sin relojes ni planos, con escasa o nula intervención técnica, sin segmentación del tiempo ni especialización del espacio[37]. Las chozas de barro y paja de los criollos pobres eran construcciones rudimentarias, funcionales a una vida basada en la movilidad, el autoconsumo y la repetición de rutinas mínimas. El rancho no era un lugar de acumulación ni de estrategia productiva, sino un refugio improvisado ante la intemperie. Los días, iguales entre sí, eran estructurados por el sol, el mate, el caballo y el azar de la faena.
Mac Cann enfatiza que el paisano "no trabaja a pie", "no toma arado", "no cultiva", y "no cuenta el tiempo por horas, sino por días". Esta forma de vida nómada, "en un eterno mañana"[38], es incompatible con la lógica del capital, que requiere trabajadores asentados, tareas especializadas, valorización del tiempo y subordinación del cuerpo a ritmos exógenos. Allí donde el gaucho vive a caballo, cuidando ganado y comiendo lo que ofrece el entorno, el peón de la estancia debe cumplir jornadas, ser supervisado, generar productos vendibles (lana, carne, chacinados) y aceptar la disciplina del trabajo asalariado.
Disciplinamiento, control social y domesticación del paisaje
Si el paisano criollo descrito por William Mac Cann representa un sujeto relativamente autónomo, sin vinculación estable con el capital ni con el Estado, la estancia Sol Argentino cristaliza el proceso de transformación estructural que lo convierte en peón, en fuerza de trabajo regulada, asentada, vigilada y explotada. El cambio no es sólo físico, espacial o técnico: es una reorganización profunda de las relaciones sociales.
Para que la tierra cercada funcionara como capital no alcanzaba con delimitarla: era necesario producir una fuerza de trabajo disponible, estable y regular. El gaucho, habituado a desplazarse, alternar tareas y sostener saberes ligados a la pampa abierta, debía ser separado de las condiciones que permitían esa autonomía relativa. El alambrado restringió recorridos; las leyes contra la vagancia castigaron la vida sin patrón; el reloj, la planilla y la supervisión de la estancia reorganizaron el tiempo del trabajo.
Esta es la otra cara del cercamiento: no sólo encierra una parcela, sino que deja afuera a quienes antes hacían uso del territorio. La libertad jurídica del peón coexistió con una dependencia material creciente. Libre de vínculos serviles personales, pero también privado de tierra y de medios propios de subsistencia, quedó obligado a vender su fuerza de trabajo. La domesticación del paisaje y el disciplinamiento del gaucho fueron, por lo tanto, momentos de un mismo proceso histórico.
La separación respecto de los medios de producción no afectó únicamente la economía. También modificó el tiempo, el espacio, los vínculos comunitarios y las formas de autoridad. Una familia que conservaba tierra, herramientas y derechos de uso poseía cierto control sobre sus ritmos laborales. La proletarización subordinó esos ritmos al tiempo abstracto del salario, la productividad y las necesidades de una producción destinada al mercado.
La jornada dejó de organizarse principalmente de acuerdo con las necesidades domésticas, las estaciones o las costumbres locales. El cercamiento territorial anticipó así otros cercamientos: la cerca delimitó el espacio; el reloj delimitó el tiempo; el contrato delimitó las obligaciones; la vigilancia delimitó los movimientos del cuerpo. La expropiación económica abrió el camino para una reorganización más amplia de la experiencia social.
El trabajador no sólo debía carecer de medios propios. También debía aceptar horarios, jerarquías, sanciones y criterios de rendimiento. La fuerza de trabajo pudo convertirse en mercancía regular cuando el cuerpo y el tiempo ingresaron de manera previsible en el proceso productivo. Por eso, el disciplinamiento no fue un complemento moral de la estancia capitalista: constituyó una de sus condiciones materiales.
La planilla salarial, el capataz, la división de tareas y la organización jerárquica de los espacios de Sol Argentino permiten observar esa transformación en objetos y prácticas concretas. Cada salario asignó un valor; cada puesto fijó una función; cada llave reguló un acceso; cada horario convirtió una porción de vida en tiempo de trabajo. La estancia produjo mercancías, pero también produjo hábitos, obediencias y diferencias sociales adecuadas al nuevo orden.
En el corazón del sistema, la figura del capataz: habitando cerca del sector productivo, con amplias comodidades, el capataz se convierte en el intermediario entre el patrón ausente y la peonada. No es casual que la casa del capataz esté contigua al galpón de esquila, espacio neurálgico del boom lanero. Allí, donde se crían razas selectas (Lincoln, Rambouillet), el trabajo se intensifica y se sistematiza, siguiendo lógicas exportadoras. El acto de esquilar, enfardar y preparar la lana para su venta se vuelve ritual repetido, ajeno a los tiempos naturales y profundamente alineado con las demandas del mercado mundial.
En este escenario, el espacio doméstico y el productivo se separan y jerarquizan, rompiendo con la fusión típica del rancho campesino, donde cocinar, dormir, trabajar y descansar ocurrían en el mismo entorno. La casa principal, donde se alojan visitantes ilustres como Mitre, está cuidadosamente preservada; tiene comedor formal, retratos, servicios de agua caliente, baño principal y huerta especializada. En cambio, el personal de servicio dispone de espacios menores, diferenciados, relegados a la funcionalidad mínima. Se consagra así una separación simbólica entre quienes producen y quienes mandan, entre los que habitan el país y quienes lo administran.
01Archivo material · Lavabo
La grifería distingue agua caliente, fría y de lluvia. El confort doméstico depende de una infraestructura organizada.
Ilustración 7 El lavabo de la estancia Sol Argentino encarna la transformación del espacio doméstico en un dispositivo de orden, jerarquía y confort, integrando higiene y previsión en la lógica de domesticación capitalista de la pampa. Pieza del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez pertenecientes a su fundador Mariano Roldán.
La experiencia del "día de baño" semanal, o el énfasis en los productos seleccionados (chacinados artesanales, verduras de semilla importada), muestra cómo la estancia también funciona como dispositivo de domesticación del paisaje. Allí donde Mac Cann observaba un campo sin árboles, sin pan, sin baños, sin aseo, sin más fuego que el que pudiera hacerse con grasa animal, la estancia instala confort, previsión y control. La naturaleza, desordenada y abundante, es aquí regulada, cultivada, procesada. El rancho, que se abastecía de la hospitalidad itinerante y de las bondades del entorno, es reemplazado por un espacio planificado, con infraestructura y jerarquía.
Leer la historia en los objetos
Toda cultura deja huellas. Algunas se inscriben en documentos, otras en relatos orales, y muchas, de forma silenciosa pero perdurable, en los objetos. Así como la tierra conserva las cicatrices del alambrado, las estancias resguardan, en sus piezas materiales, una memoria social que es tanto individual como colectiva. En el caso de la Estancia Sol Argentino, ese archivo se despliega en múltiples formas, pero pocas son tan elocuentes como el llavero histórico, el tintero, el sable y la vajilla para las comidas, piezas del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez[39].
Así como Ginzburg descifraba mentalidades a través de los libros prohibidos de un molinero del siglo XVI (El queso y los gusanos), la cultura material, leída con lupa, delata lo que los discursos oficiales ocultan: la microfísica del poder inscrita en los gestos más triviales[40]. La cultura material debe ser entendida como un sistema simbólico que expresa, conserva y transmite los modos de vida de un grupo social. Los objetos, lejos de ser inertes o neutrales, forman parte del entramado cultural que define una época, una clase, una visión del mundo. Desde esta perspectiva, un llavero como el de la estancia Sol Argentino no es un simple instrumento para organizar accesos; es un artefacto de poder. Cada llave abre no sólo una puerta física, sino un espacio socialmente determinado, asignado con nombre propio según la función de quien lo habita: el mayoral, la cocinera, el mucamo, el patrón.
Siguiendo el método conjetural de Ginzburg, cada llave —etiquetada con nombres como "mayoral", "cocinera" o "patrón"— opera como un emblema que codifica roles, accesos y exclusiones. Estos pequeños objetos, aparentemente banales, son huellas materiales de un orden social que se naturaliza en lo cotidiano. Este orden no es aleatorio ni práctico: es ideológico. Jerarquiza no solo habitaciones, sino vidas, cuerpos, labores, posibilidades. Del mismo modo que el plano de la estancia divide funciones, el llavero reproduce y naturaliza la estructura social de la estancia capitalista pampeana. Un espacio para la familia, otro para los trabajadores, y otro para los servicios: así se modela también una visión del mundo, donde cada quien tiene "su lugar".
La mirada indiciaria que propone Ginzburg permite ampliar esta lectura. Para este autor, los objetos no son solo testimonios del pasado, sino formas condensadas de experiencia histórica, lenguajes que pueden y deben ser leídos. Su análisis no se limita al contenido material, sino que considera también el contexto social, la función simbólica, la carga afectiva. En este sentido, el llavero —junto con otros artefactos conservados en el museo— constituye un verdadero archivo alternativo, desde donde se puede reconstruir no solo el funcionamiento de una estancia, sino las relaciones de poder, género, trabajo y clase que la sostenían.
Este tipo de lectura se inscribe en una historia crítica: una historia que no se contenta con fechas fundacionales ni con biografías oficiales, sino que interroga los silencios, los márgenes, los objetos menores. La estancia ya no es solo un edificio; es un dispositivo. El llavero, un plano de dominación. El museo, una oportunidad de relectura. Leer la historia en los objetos es, por tanto, un acto político de interpretación, una forma de hacer visible lo que el relato hegemónico tiende a desdibujar: la materialidad de la desigualdad, la arquitectura del orden, la memoria de la exclusión.
En suma, los objetos que hoy pueblan las vitrinas del museo juarense, lejos de ser meros adornos o curiosidades del pasado, constituyen puertas abiertas hacia una lectura profunda de la historia local. Una historia donde el capital no solo se expresó en hectáreas, sino también en llaves, piezas, galpones y avenidas. Y donde el poder no solo se impuso con leyes, sino también con cerrojos, jerarquías espaciales y memorias selectivas.
01Archivo material · Llavero
Las llaves aparecen clasificadas por piezas de familia, empleados y dependencias de servicio.
Ilustración 8 Llavero de la estancia Sol Argentino: artefacto de poder cotidiano que revela la microfísica disciplinaria del espacio doméstico. Cada llave —catalogada por función— codifica y reproduce roles sociales, accesos y jerarquías en un régimen de gobierno capilar, donde los mecanismos más sutiles operan como tecnologías eficaces de control. Pieza del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez pertenecientes a su fundador Mariano Roldán.
La preservación del llavero de Sol Argentino, cuidadosamente clasificado en tres categorías —"Piezas de familia", "Piezas de empleados" y "Dependencias de servicio"— constituye una evidencia concreta de lo que hemos definido como la separación simbólica y funcional del espacio en la estancia capitalista. Este llavero, convertido hoy en pieza museística, sintetiza visualmente una organización social basada en la desigualdad, la vigilancia y la segmentación del espacio. Es, en términos foucaultianos, una tecnología menor del poder, pero no por ello menos eficaz.
Cada número remite a una habitación, una función, una vida cotidiana diferenciada. En la sección A (Piezas de Familia), figuran estancias destinadas al ocio, la intimidad, la representación y la comodidad: la sala, el comedor, el cuarto de baño, la cocina (como espacio doméstico y no productivo), la biblioteca, la cochera. Es el espacio del patrón, del administrador del territorio, del anfitrión ilustrado que recibe a Mitre. Este primer grupo expresa la esfera del confort, del ocio burgués, del poder sin esfuerzo visible.
La sección B (Piezas de Empleados) incluye habitaciones que no solo están claramente numeradas, sino que también identifican roles específicos dentro del engranaje productivo: la cocinera, el mayoral, el capataz, el mozo, el mucamo, el peón. Cada pieza no es sólo un lugar físico, sino una función laboral, una identidad subordinada, una vida encuadrada. El hecho de que los empleados estén alojados cerca del trabajo y sus llaves figuren como categoría intermedia entre la familia y las dependencias refuerza su rol de engranaje funcional entre el patrón y la maquinaria productiva.
Por último, la sección C (Dependencias de Servicio), que incluye la despensa, la fiambrería, el galpón de frutos, el galpón de esquila, el taller de útiles, la herrería y hasta la carpintería y el palomar, señala los espacios materiales donde el trabajo se realiza, la materia prima se transforma, el cuerpo se esfuerza. Es el espacio del capital fijo y del capital variable. El hecho de que estas llaves estén clasificadas y centralizadas en el mismo panel sugiere no sólo control sobre el acceso, sino una gestión centralizada del movimiento, de las funciones y de los cuerpos.
Este llavero, entonces, opera como una cartografía jerárquica del poder doméstico y productivo. A diferencia del rancho criollo —donde el dormir, cocinar, trabajar y descansar se daban en un mismo ámbito, sin distinción precisa entre funciones—, la estancia de Roldán jerarquiza, separa, nombra y clausura el espacio, delimitando claramente quién puede ingresar a dónde y para qué. Las llaves no abren habitaciones: regulan el acceso a roles, a jerarquías, a formas de vida.
En esta estructura, el patrón tiene acceso a todas las puertas, pero sus propias piezas están protegidas. El empleado accede solo a su cuarto, a su función, a su dependencia. El peón no accede al comedor principal ni al baño con agua caliente. Esta diferenciación física se vuelve social, y la repetición cotidiana naturaliza esa segmentación, como si el orden espacial no fuera una construcción histórica sino una necesidad funcional.
Así, el llavero no es una simple herramienta de organización: es una representación material del orden estamental impuesto por el capitalismo rural bonaerense, con su frontera visible entre los que mandan y los que obedecen, entre los que descansan y los que trabajan, entre los que administran el tiempo y los que lo sufren.
Escritura, poder y territorialidad: el escritorio como centro de mando
Entre los objetos conservados por el museo de Benito Juárez que nos permite leer la historia se encuentran los tinteros, frascos, sellos, plumas y recipientes de vidrio que conformaban el conjunto de escritura utilizado por Mariano Roldán. Estas piezas, de apariencia modesta, resultan fundamentales para comprender el funcionamiento simbólico y operativo de la estancia Sol Argentino como núcleo de poder territorial. Si el llavero organizaba el acceso físico a los espacios, el tintero organizaba el acceso al lenguaje del poder: la ley, la orden, el reclamo, el decreto.
01Archivo material · Tinteros y sellos
Tinteros, plumas, frascos y sellos conforman el conjunto material de la escritura administrativa.
Ilustración 9 Tintero y sellos de Mariano Roldán. La palabra se convertía en orden y la letra en ley: el escritorio como núcleo de mando donde la escritura organizaba el territorio, administraba cuerpos y fijaba límites en la estancia capitalista pampeana. Piezas del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez pertenecientes a su fundador Mariano Roldán.
En el universo estatal decimonónico, escribir era gobernar. Roldán no era simplemente un estanciero productivo; era juez de paz, administrador local, interlocutor político. Desde el escritorio de su estancia redactó cartas dirigidas a figuras centrales del liberalismo bonaerense como Dardo Rocha, Adolfo Alsina, Antonio Cambaceres, entre otros. Desde allí gestionó la creación del partido, organizó pedidos de armamento, resolvió conflictos rurales y elevó informes al poder central. En este contexto, el tintero no es un objeto decorativo ni un instrumento burocrático menor: es una herramienta de gobierno.
La presencia del tintero, junto con otros elementos de escritorio, debe leerse como símbolo de la palabra institucionalizada, es decir, del pasaje de la oralidad rural dispersa a la escritura reguladora del Estado liberal. No es casual que este proceso se diera simultáneamente con la expropiación de tierras indígenas, la conversión del gaucho en peón y la organización de los partidos como unidades político-administrativas. La letra escrita fija, codifica, delimita y ordena. La palabra del patrón-juez se convierte en documento, y el documento en ley.
La cultura material aquí nos muestra, una vez más, el entrelazamiento entre propiedad y representación, entre espacio y discurso. Así como el galpón de esquila estructuraba el trabajo físico, el escritorio de Roldán —con sus tinteros, plumas y sellos— estructuraba el trabajo simbólico. Desde allí se delineaban límites, se distribuían roles, se fundaba autoridad. El objeto no sólo permite escribir: permite hacer que algo sea, jurídicamente y socialmente, a través del acto de escribirlo.
La teoría de Carlo Ginzbug sobre cultura y memoria se vuelve nuevamente pertinente. Estos objetos, leídos en su contexto, no sólo remiten a un pasado administrativo: son huellas vivas del modo en que se construyó el poder local. No eran herramientas cualquiera, sino instrumentos de inscripción del orden, que a su vez produjeron exclusiones, silenciamientos y jerarquías. El tintero no sirve solo para redactar: sirve para excluir, legitimar, castigar o garantizar.
Integrar estos elementos al relato histórico no implica embellecerlo con detalles, sino restituir el espesor simbólico y político de la cultura material. Frente al imaginario romántico de la estancia como espacio noble de progreso, estos objetos revelan la densidad del poder que allí se ejercía, en sus formas más visibles y más sutiles. Leer el pasado en estos artefactos es, entonces, un ejercicio crítico: implica desnaturalizar lo heredado, interrogar lo conservado y resignificar lo que hoy se exhibe tras una vitrina.
El sable y la forma armada del orden
A diferencia del tintero o el llavero —ligados al orden administrativo y doméstico—, el sable ceremonial que conforma el patrimonio histórico de la estancia Sol Argentino, hoy preservado por el museo municipal, introduce la dimensión militar del poder y remite a la genealogía bélica del Estado liberal, así como a la figura del fundador no solo como juez o estanciero, sino también como combatiente y agente armado del orden territorial.
La pieza, finamente trabajada, conserva una empuñadura ornamentada y restos de una dragona de hilo trenzado, indicios tanto de su posible uso funcional como de su carácter simbólico. Según la documentación que obra en el museo, este sable fue un obsequio del general Ignacio Rivas a Mariano Roldán. Este dato agrega otra capa de lectura: el sable no es simplemente un arma o una reliquia, sino una condensación material de vínculos políticos, de una biografía compartida y de un momento en que las redes personales y las lealtades políticas se trenzaban con la violencia fundacional del Estado.
Ignacio Rivas había combatido en la Guerra del Paraguay y participado, junto a Bartolomé Mitre, del levantamiento de 1874, inscribiéndose en las guerras civiles que dieron forma al Estado argentino. Roldán, enrolado en las filas unitarias a los 19 años, había participado del sitio de Buenos Aires en 1853 como segundo jefe y secretario de comandante de los cantones porteños. Ese conflicto, lejos de ser una anécdota personal, lo inscribía en la guerra civil que dio origen al Estado moderno argentino y lo vinculaba directamente con figuras como Mitre, con quien forjaría una amistad y afinidad política duraderas. El regalo de Rivas a Roldán simboliza la continuidad de esas alianzas y el entramado de lealtades y violencias sobre las que se constituyó el orden liberal en la provincia.
La carta que Raymundo Roldán escribió a Mariano el 21 de septiembre de 1866, analizada en el capítulo XVI, permite precisar esa relación. Raymundo afirma que visitó a Rivas en Corrientes y en Paso de la Patria, que le escribió para recomendarle a su socio y que el militar se mostró solícito en recordar a Mariano. La carta prueba, por lo tanto, que el vínculo entre Rivas y los Roldán existía durante la Guerra del Paraguay. No demuestra que el sable se originara en aquellos encuentros ni permite fechar el obsequio en 1866; sí devuelve al objeto una trama de relaciones personales, comerciales y políticas anterior al levantamiento de 1874.[41]
Aunque no sabemos con certeza si este sable fue utilizado en combate o si cumplió una función de representación, su presencia convoca una dimensión fundacional de la estancia y del partido: la violencia que participó en la ocupación del espacio y en la formación del Estado liberal. El sable remite a un tiempo en el cual el poder estatal todavía se afirmaba mediante guerras, levantamientos y campañas de frontera. A diferencia del escritorio o del galpón de esquila, el sable no organiza ni produce: impone. Representa la capacidad de decidir sobre cuerpos y territorios mediante la fuerza. También recuerda la advertencia de Walter Benjamin: todo documento de cultura es, al mismo tiempo, un documento de barbarie.[42]
Al pasar de los cantones porteños al despacho en Sol Argentino, Roldán transita de la guerra a la administración, del combate a la escritura, pero ese paso no elimina la violencia: simplemente la transforma y la formaliza. El poder de la estancia se asienta tanto en la pluma como en la espada, tanto en el tintero como en el sable. Ambos objetos coexisten en el museo y en la historia: uno traza la frontera simbólica, el otro la protege o la impone.
La exhibición del sable en el presente, bajo una vitrina azul, nos habla también del modo en que la memoria social elige conservar, encuadrar, estetizar o neutralizar ciertos símbolos del poder. Recuperar su significado en el contexto de esta historia crítica no implica celebrarlo, sino leerlo como parte del archivo material que narra el orden armado del capitalismo rural bonaerense.
01Archivo material · Sable
El sable reúne uso posible, representación ceremonial y memoria de un vínculo político.
Ilustración 10 Sable obsequiado por el general Ignacio Rivas a Mariano Roldán. Más que un objeto, una trama de lealtades políticas, violencias fundadoras y redes de poder que inscriben al Partido en la historia armada del Estado liberal argentino. Pieza del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez pertenecientes a su fundador Mariano Roldán.
Leer el poder en la trama: el poncho, el traje y la política del vestir
01Archivo material · El traje
La pose, el traje y la distribución de los cuerpos producen una escena de respetabilidad política.
Ilustración 11 En el año 1898 visitó la estancia Sol Argentino, el ex Presidente Bartolomé Mitre, recibido por el fundador de nuestro partido, Mariano Roldan. Foto: Miguel De Santi
La fotografía tomada en la estancia Sol Argentino muestra a Mariano Roldán sentado junto a Bartolomé Mitre, rodeado de jóvenes vestidos de etiqueta, probablemente familiares o allegados políticos. Es una puesta en escena cuidadosamente orquestada. Roldán no aparece como paisano ni como capataz, sino como miembro de una elite ilustrada: traje claro, chaleco, pañuelo de seda, sombrero al tono. Nada hay en su indumentaria que lo vincule a las formas tradicionales del vestir rural. La foto, como toda imagen pública, produce un mensaje: este es un hombre civilizado, moderno, confiable, republicano. Su cuerpo no desentona junto al de Mitre; al contrario, lo legitima.
Sin embargo, el museo que conserva la memoria material de Roldán guarda, entre otros objetos, un poncho. Lo que la foto no muestra, el poncho lo evoca. No solo por lo que fue, sino por lo que dejó de ser. En este contraste visual —poncho frente a traje— se condensa una transformación profunda del orden social: el disciplinamiento del cuerpo y de la identidad a través de las formas del vestir.
01Archivo material · Poncho
El poncho reúne abrigo, trabajo, movilidad y adaptación a la vida rural.
Ilustración 12 Poncho conservado en el museo local de Benito Juárez. Prenda de trabajo, abrigo y símbolo, este poncho evoca la pampa heterogénea desplazada por la ‘civilización del traje’. Más que un resto textil, es un archivo de memorias silenciadas en la historia del orden capitalista rural. Pieza del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez pertenecientes a su fundador Mariano Roldán.
Como plantea Camilo Retana en su análisis sobre el poder disciplinario del vestido, la vestimenta no es un mero adorno, sino una tecnología de ordenamiento social[43]. El uso del traje implicaba no solo una elección estética, sino una toma de posición política y cultural. En un contexto en el que el Estado nacional intentaba "blanquear" y "europeizar" la figura del gaucho, el uso del poncho se asociaba cada vez más al atraso, la barbarie o la amenaza del desorden rural. A la inversa, el traje representaba una adecuación al ideal civilizatorio que se buscaba consolidar: sobriedad, racionalidad, higiene, modernidad. Como dice Retana, "las ropas civilizan los cuerpos; los someten a una narrativa visual de obediencia".
El poncho, en tanto, cargaba otras memorias. Era abrigo y refugio, prenda de trabajo y de combate, escudo y mortaja. Había sido parte del vestuario habitual del gaucho, del peón rural, del baqueano. Su uso en la pampa no respondía a criterios estéticos, sino de funcionalidad y supervivencia. Pero también era símbolo: de la vida nómade, de la resistencia indígena, del criollo no integrado al orden estatal. En el poema de Hernández, Fierro viste poncho; en las campañas militares, lo llevan tanto unitarios como federales; en la cotidianeidad de la estancia, era la prenda que unía a capataces, peones y puesteros.
Carlo Ginzburg nos propone "leer la historia en los objetos" no como un complemento visual de los grandes relatos, sino como un punto de partida para comprender cómo se vive, se imagina y se disputa el poder en lo cotidiano[44]. En ese sentido, el poncho no es una reliquia del pasado, sino un archivo de memorias silenciadas: la del gaucho desplazado, la del peón marginado, la de la pampa heterogénea que fue reducida a una retícula de orden productivo.
La fotografía de Roldán, en contraste, testimonia una voluntad de integración al nuevo régimen. Su cuerpo vestido de traje —como el de Mitre, como el de los jóvenes del fondo— no es solo un cuerpo individual: es un cuerpo codificado para representar un tipo de masculinidad, de liderazgo, de pertenencia. En esta escena no hay caballos ni alpargatas, ni cuchillos ni ponchos. Hay zapatos lustrados, moños, bastones y posturas correctas. Es una coreografía visual del orden burgués.
Podemos leer aquí lo que Michel Foucault llamó una "microfísica del poder": la forma en que el poder opera no solo desde arriba, mediante leyes e instituciones, sino también desde abajo, en los gestos, en los objetos, en las formas de estar, de vestir, de mirar[45]. El poncho plegado, conservado, aislado en una vitrina, ya no abriga ni nombra: está allí como testimonio de lo que fue desplazado.
El traje, en cambio, aún se proyecta: en los códigos de vestimenta, en los modos de representación pública, en las reglas tácitas del buen gusto. El tránsito del poncho al traje, entonces, no fue neutro. Fue parte de un proceso mayor de reconfiguración del espacio rural argentino, que implicó también el alambrado, el despojo, la disciplina del trabajo, la escolarización obligatoria, el reemplazo del rancho por la estancia racional.
En ese marco, la imagen de Roldán y el poncho se convierten en dispositivos pedagógicos. No para exhibir un pasado muerto, sino para interrogar un presente naturalizado. ¿Qué cuerpos quedan por fuera de la escena oficial? ¿Qué saberes fueron excluidos junto con las ropas? ¿Qué relatos aún podemos hilvanar a partir de las tramas que la historia dominante quiso destejer?
El plato del patrón: poder, estética y domesticación del comedor estanciero
El plato de losa con el sello de la Estancia Sol Argentino y el nombre de Mariano Roldán ofrece una de las más potentes manifestaciones de la dimensión simbólica de la cultura material en el ámbito rural bonaerense del siglo XIX. En este objeto cotidiano y aparentemente neutro, se concentran significaciones densas sobre propiedad, domesticidad, jerarquía, prestigio y civilización.
01Archivo material · Plato
El sello de la estancia y el nombre del propietario inscriben la propiedad incluso en el acto cotidiano de comer.
Ilustración 13 Plato de loza con el sello de la estancia Sol Argentino y el nombre de Mariano Roldán. Este objeto cotidiano se convierte en marca de propiedad y disciplina, inscribiendo en cada comida la jerarquía del orden estanciero y la pedagogía del autocontrol en la pampa liberal del siglo XIX. Pieza del Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez pertenecientes a su fundador Mariano Roldán.
El plato no es sólo un utensilio. Es una marca. Su inscripción transforma el acto de comer en una declaración de pertenencia y dominio. En él se inscriben dos afirmaciones simultáneas: la pertenencia del plato a la estancia, y la identificación de la estancia con el nombre de su fundador. Se come, literalmente, bajo el signo del patrón. El comensal, sea visitante o miembro de la familia, reproduce con cada comida un ritual de jerarquización simbólica. El plato es, en este sentido, una miniatura del orden estanciero.
En la lógica de la estancia moderna, el comedor ya no es una extensión del fogón, sino un espacio cuidadosamente diseñado, con vajilla, mobiliario, normas de etiqueta y separación de funciones. En la arquitectura del Sol Argentino, el comedor principal aparece como un ámbito central de sociabilidad política y familiar, donde Roldán y Mitre compartían almuerzos, cenas y conversaciones de Estado. La vajilla, el retrato, la disposición espacial, el servicio: todo configura una escena de autoridad y buen gusto, legitimada por su estética.
Aquí es donde el contraste con el mundo rural de Mac Cann cobra fuerza. En el Capítulo IV de su Viaje a caballo[46], el viajero británico señala con agudeza que el tenedor es el verdadero índice del progreso en las costumbres. Al hacer noche en un rancho, Mac Cann observa:
"Hay aquí otro índice de civilización, acaso más evidente, y es el tenedor. El tenedor no se usa jamás entre las clases pobres, y, en realidad, creo que no se usa porque exigiría la adopción de otros hábitos domésticos que resultarían fastidiosos: un cuchillo y un tenedor requieren un plato, el plato requiere una mesa. Sentarse en el suelo con un plato resultaría inconveniente y ridículo. Una mesa, pide, a la vez, una silla y así las consecuencias del uso del tenedor, importarían una completa revolución en las costumbres domésticas."
Su razonamiento es brillante: el tenedor exige plato, el plato exige mesa, la mesa exige silla, y todo ello implica una revolución doméstica que separa el comer del suelo, de la improvisación, del cuerpo inmediato. Lo que Mac Cann está describiendo —sin llamarlo así— es un proceso civilizatorio: la transformación del comer en un ritual regulado, mediado, contenido.
El plato de Roldán, con su sello y su diseño, no sólo contiene los alimentos: contiene el cuerpo, las emociones, los gestos. No hay aquí espacio para el gaucho que come con la mano un cacho de carne al pie del fogón. Hay cubiertos, hay mantel, hay formas. El cuerpo debe estar recto, los modales controlados, las porciones medidas. Lo que se impone no es sólo una estética, sino una pedagogía del autocontrol.
Lo que William Mac Cann observaba con asombro en la ausencia de tenedores en la campaña argentina —esa crudeza del acto de comer "a la barbarie" como signo de atraso civilizatorio—, Norbert Elias lo transforma en categoría teórica. En su monumental obra El proceso de civilización[47], Elias estudia cómo, desde la Edad Media en adelante, las clases dominantes europeas fueron desarrollando formas progresivas de autocontrol corporal, emocional y gestual, ligadas a la consolidación de una estructura social más compleja, interdependiente y jerarquizada.
El plato de porcelana —como el tenedor, la servilleta o la silla— no es un simple utensilio, sino una tecnología de la conducta, un dispositivo para contener el cuerpo, ordenar el espacio y sujetar los impulsos. Elias muestra cómo la mesa se convierte en el escenario central de ese proceso: no solo se come, se escenifica el dominio de uno sobre sí mismo, se distingue al "civilizado" del "vulgar", al señor del sirviente, al europeo del bárbaro. Es en ese marco donde debemos leer el plato de la Estancia Sol Argentino: no como una pieza de vajilla, sino como una superficie sobre la que se proyectan siglos de disciplina del cuerpo y del gusto.
Este patrón de comportamiento —propio de la aristocracia cortesana europea— es transplantado al campo argentino por las elites terratenientes liberales del siglo XIX, que se ven a sí mismas como herederas del proyecto civilizador. En la estancia de Roldán no se come en el suelo, ni con la mano, ni en ronda, ni en comunidad. Se come en plato individual, con cubiertos, en comedor segmentado, con jerarquía espacial. El patrón y sus visitas —Mitre incluido— reproducen ese ritual civilizatorio que naturaliza la desigualdad como forma de buen gusto.
En este sentido, el plato con la inscripción de la estancia y el nombre del patrón no solo organiza el espacio físico de la comida, sino también el espacio simbólico de la autoridad. El nombre impreso recuerda a cada comensal —incluso a los niños de la familia— que el acto de comer no es sólo una necesidad fisiológica: es cultura, es identidad, es clase. Y también es propiedad. El plato dice: "esto es mío", "esto representa una casa", "aquí se come según normas".
A diferencia del gaucho de Mac Cann, que come lo que encuentra, cuando puede, donde puede, el habitante de la estancia come según horarios, porciones, protocolos. Se trata, diría Elias, de una creciente regulación de la vida cotidiana, donde la espontaneidad da lugar a la previsibilidad, y el cuerpo salvaje es sustituido por un cuerpo sujeto, higienizado, estetizado.
La cultura material, entonces, nos revela que el poder no solo se ejerce con sables o decretos, sino en el modo de servirse una comida, en cómo se toma la cuchara, en cuándo se calla para dejar hablar al patrón. El plato no es solo huella del pasado: es espejo de un orden social, archivo de un proyecto político, síntoma de una pedagogía del control. En el museo, tras el vidrio, puede parecer inofensivo. Pero leído en contexto, como propusimos aquí, se vuelve clave para entender cómo se forjaron las subjetividades obedientes, moderadas y jerárquicas del mundo estanciero.
Sol Argentino, como ya hemos dicho, no es una estancia más: es un nodo del poder estatal y económico, una instancia de control del espacio, del cuerpo y del tiempo. Y en esa lógica, el llavero es una miniatura del todo. Podría incluso decirse que es el archivo espacial de la estancia, el índice material del mundo que Roldán fundó.
Esta transformación no es sólo material: es política. En el modelo criollo previo, Mac Cann detecta una ausencia de clase media, una sociedad escindida entre grandes propietarios y peones. En la estancia, ese patrón se reproduce, pero ahora bajo una forma más sistemática. La clase terrateniente se vincula al Estado, lo representa (como lo hizo Roldán al ser juez de paz), construye una territorialidad propia y fija en el espacio las relaciones de dominación. Sol Argentino no es un campo cualquiera: es un centro logístico, un nodo de poder, una pieza del engranaje estatal en el sur del Salado.
Esta nueva territorialidad no surge sin conflicto. El gaucho, como el indio, es un obstáculo a domesticar o eliminar. Mientras la Conquista del Desierto define la avanzada militar sobre los pueblos originarios, la estancia modela la avanzada económica y cultural sobre las formas populares de habitar el espacio. El paisano criollo, con sus hábitos morosos, su desdén por la acumulación, su sentido comunitario, es antitético al capitalismo. Es por eso que debe ser reemplazado por el peón asalariado, vigilado por el capataz, alojado en cuartos funcionales, y controlado por la racionalidad del patrón, ausente pero omnipresente.
01Archivo material · Idilio criollo
La comida aparece sin mesa ni vajilla, en contacto directo con la tierra y fuera del protocolo estanciero.
Ilustración 14 Jean Pierre Léon Pallière, Idilio criollo (c. 1860). Una escena de la pampa abierta donde el comer se vive sin mesa ni plato, sin horarios ni protocolo: el cuerpo en contacto con la tierra, la comida compartida, la intimidad sin jerarquías. Este idilio contrasta con la lógica de la estancia moderna, donde la vajilla, la mesa y el comedor segmentado instauran la pedagogía del autocontrol y la jerarquía del orden estanciero.
La estancia Sol Argentino, entonces, es mucho más que un establecimiento rural. Es una estructura de poder que modela el espacio, disciplina cuerpos, organiza el tiempo y naturaliza la desigualdad. Frente al mundo abierto, incierto y horizontal del gaucho de Mac Cann, se levanta el mundo cerrado, jerárquico y vertical de Roldán. No es un pasaje evolutivo: es una conquista social, una reconfiguración histórica del territorio en función de la lógica del capital.
Interrogar el orden, escuchar sus márgenes
Al cerrar estas páginas, no buscamos consagrar un modelo, sino abrir la posibilidad de pensar en sus tensiones no resueltas. La estancia aún nos habla, no solo por lo que conserva, sino por lo que omite: ¿qué tipo de subjetividad se produjo bajo ese orden? ¿Qué memorias o estéticas fueron expulsadas en el tránsito de la vida nómade a la estancia disciplinada? ¿Qué otras formas de habitar, de trabajar o de compartir fueron silenciadas bajo la lógica del capital? Su arquitectura, sus objetos, sus nombres inscritos, sus habitaciones divididas, nos siguen preguntando: ¿quién manda? ¿Quién sirve? ¿Quién recuerda? ¿Y quién no tiene ni voz ni plato en la mesa?
Preguntas para continuar la lectura
Estas preguntas no cierran el capítulo: prolongan sus problemas más allá del texto.
- 01
¿Qué cambia en nuestra comprensión de la estancia cuando un llavero, un sable, un poncho o un plato dejan de ser curiosidades del pasado y se leen como huellas de relaciones sociales?
- 02
¿Qué cuerpos, prácticas y sensibilidades quedaron desplazados por el orden doméstico, productivo y cultural que los objetos de Sol Argentino ayudaron a construir?
Notas del capítulo
(Op. cit. Cap. VII)
Volver al texto ↑(Op. cit. Cap. VII)
Volver al texto ↑El Museo Municipal del Patrimonio Cultural y Natural de Benito Juárez, creado por la Ordenanza Municipal 4767/2013, también conocido como Museo Municipal Mariano Roldán, se dedica a la preservación, conservación y difusión del patrimonio cultural y natural del partido de Benito Juárez. Funciona bajo la dependencia de la Dirección Municipal de Cultura.
Volver al texto ↑Ginzburg explica cómo el paradigma indicial se originó en el rastreo cinegético y se extendió a la medicina, la historia del arte y el psicoanálisis, resaltando que detalles aparentemente insignificantes (una oreja, un lóbulo, una mancha) permiten inferir realidades más complejas. Esto habilita el trabajo con objetos materiales (fotos, objetos de la vida cotidiana, imágenes, documentos) para inferir significados históricos o sociales. El autor menciona que el paradigma indicial se basa en rastrear huellas mínimas (un plato, un tanque de agua) para recons- truir historias. Esto ofrece una puerta para actividades de exploración del entorno rural o urbano: Relevar objetos en el área urbana (construcciones, herrajes antiguos, placas en casas, señalizaciones ferroviarias) para inferir cambios en el espacio urbano. Analizar marcas de uso en herramientas o en utensilios antiguos conservados en el ámbito rural para reflexionar sobre oficios y la distribución social del trabajo. (Ginzburg, Mitos, emblemas e indicios. Morfología e historia, 2008, págs. 144-157)
Volver al texto ↑Santa Cruz, Fernando Saúl, Historia de mi pago chico, Buenos Aires, Dunken, 2017, págs. 41-46. Carta de Raymundo Roldán a Mariano Roldán, Corrientes, 21 de septiembre de 1866.
Volver al texto ↑Benjamin, 2009, Tesis VII, pág. 50. La tesis no identifica cultura y barbarie como términos excluyentes. Benjamin sostiene que todo documento de cultura participa, al mismo tiempo, de la barbarie y de una transmisión histórica que tampoco permanece libre de ella. El sable, por ejemplo, puede ser valorado como símbolo de identidad, de coraje o de pertenencia a una élite. Pero Benjamin nos obliga a preguntarnos a costa de quién fue posible esa construcción cultural: ¿quiénes fueron silenciados o desposeídos en nombre de ese orden? Lo mismo podríamos aplicar al llavero, al tintero, a la vajilla o a la imagen de Roldán junto a Mitre: objetos cargados de autoridad que solo se vuelven legibles en toda su densidad si los miramos desde los márgenes de la historia.
Volver al texto ↑(Retana, 2014)
Volver al texto ↑Carlo Ginzburg, en El hilo y las huellas, destaca la importancia de los restos materiales como fuentes legítimas para la investigación histórica. Señala que, desde el siglo XVI, la historiografía comenzó a incorporar inscripciones, monedas, medallas, edificios y otros vestigios materiales como elementos capaces de testimoniar el pasado, superando la dependencia exclusiva del relato textual y del testimonio ocular. Esta incorporación de la cultura material a la práctica historiográfica no implicó un abandono de la narración, sino la conformación de un método que combina análisis de rastros materiales con interpretación crítica, permitiendo interrogar tensiones, exclusiones y silencios de las fuentes escritas (Ginzburg, El hilo y las huellas: lo verdadero, lo falso, lo ficticio, 2010, págs. 19-54). En este sentido, leer la historia en los objetos de la estancia Sol Argentino se inscribe en esta tradición que reconoce a la cultura material como archivo alternativo, capaz de iluminar las lógicas de poder, las jerarquías y las transformaciones del espacio en la provincia de Buenos Aires. Siguiendo a Ginzburg, los objetos no solo constituyen testigos mudos del pasado, sino huellas materiales que abren interrogantes y permiten construir interpretaciones críticas sobre las formas de vida, los procesos de domesticación y las violencias fundacionales que configuraron la identidad bonaerense.
Volver al texto ↑(Foucault, Microfísica del poder, 1979, págs. 103-111)
Volver al texto ↑(Op. cit. Cap. IV)
Volver al texto ↑(Elias, 1987, pág. 129 Capítulo segundo. IV La compostura en la mesa)
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El poder de la estancia se inscribió en la arquitectura y en los objetos cotidianos: cada llave, sello, prenda, arma y plato organizó una forma de habitar el orden.