Esta sección lee los cantos XI–XIII del poema. Ir al Canto XI o seguir el índice para navegar.
La voz de Cruz amplía la denuncia y también exige examinar su responsabilidad. Los cantos XI y XII incorporan otra trayectoria al relato. Cruz comparte con Fierro la pobreza, la pérdida del amparo y la subordinación ante jueces y mandos militares, pero su historia no repite la de su compañero. El baile, la herida del guitarrero, el nombramiento como sargento y la conversación sobre los campos de frontera muestran que una persona puede sufrir la desigualdad y, al mismo tiempo, participar de relaciones que dañan a otras. Escuchar su voz permite comprender el orden que la condiciona sin convertir esa comprensión en absolución.
Salir de las poblaciones interrumpe la persecución, pero no devuelve el mundo perdido. En el canto XIII, Fierro y Cruz buscan entre los pueblos indígenas un espacio que imaginan fuera del alcance del gobierno. La decisión expresa una crítica al orden que los persigue y una esperanza de autonomía, aunque se apoya en saberes parciales y representaciones sobre un territorio que no está vacío. En diálogo con Tan sólo hallé la tapera, la partida permite examinar la frontera como una trama de poblaciones, recursos, conflictos y formas de autoridad. La fotografía final de Francisco Ayerza retoma la que abrió el canto I: entre aquella reunión junto a la carreta y el jinete situado junto al agua, el recorrido del poema muestra voces que buscan conservar una relación con la tierra mientras cambian las condiciones para habitarla. (Darrigrand, 2026, caps. VII–VIII, pp. 171–189)
Canto XI
El canto entre la compañía y la humillación
¿Qué ocurre cuando una persona que perdió su hogar busca un lugar de encuentro y descubre que su desgracia se ha convertido en motivo de burla?
Una voz que pide atención
Cruz había terminado el canto X con el abandono del rancho y un juicio resentido sobre las mujeres. El canto XI retoma su historia, pero antes de contar qué hizo después de aquella partida, presenta su relación con la palabra. Las coplas surgen de una experiencia que necesita comunicar. Su voz reclama atención porque no quiere quedar reducida al episodio que otros pueden repetir como una anécdota graciosa. La diferencia entre contar una pena y convertirla en burla organiza el conflicto de este canto.
La pregunta central del libro encuentra aquí un problema de la vida común. Las condiciones de existencia cambian cuando una persona pierde una vivienda y, además, no puede regresar a un espacio de reunión sin que su desgracia se vuelva una marca pública. Cruz busca un encuentro después de su aislamiento en el campo. La pulpería contiene música, baile y otras personas; por un momento, ofrece la posibilidad de participar. El relato muestra cómo esa posibilidad se quiebra mediante una burla y una respuesta que deja a otro hombre gravemente herido.
Tan sólo hallé la tapera permite leer esa escena dentro de un territorio que ya contenía formas de sociabilidad antes de la consolidación del orden de la gran estancia. El rancho, el fogón y la pulpería reunían necesidades materiales, noticias y relaciones. La formación de San Antonio y Sol Argentino no introdujo vida social en una pampa vacía. Reorganizó un mundo habitado, con desigualdades, prácticas de ayuda y conflictos. El poema permite preguntar qué ocurre con quienes quedan fuera de un hogar y encuentran dificultades para sostener un lugar entre los demás. (Darrigrand, 2026, cap. XIV, pp. 65–85)
Las coplas y el derecho a contar
El comienzo del canto utiliza dos comparaciones para presentar la abundancia de la palabra. Las coplas brotan como agua y salen como ovejas de un corral. Cruz afirma que sus versos no valen, pero esa modestia no le impide sostener una capacidad para expresarse. El relato de su vida requiere un espacio, aunque él no se considere un cantor de prestigio.
A otros les brotan las coplascomo agua de manantial;pues a mí me pasa igual,aunque las mías nada valen:de la boca se me salencomo ovejas del corral.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1885–1890.
La imagen del corral continúa en la sextilla siguiente. Una oveja abre el paso y las demás se atropellan detrás. El canto incorpora una experiencia cotidiana del manejo de animales para explicar el movimiento de las palabras. La comparación no presenta una falta absoluta de orden. Muestra una abundancia que cuesta contener y una secuencia en la que el primer verso permite la aparición de otros.
La palabra se apoya en saberes que el personaje reconoce. No necesita una explicación abstracta del lenguaje para decir qué le ocurre cuando empieza a hablar. El corral, las ovejas y el hocico de un animal vuelven comprensible su relación con las coplas. El mundo del trabajo rural no queda fuera del pensamiento: le ofrece imágenes con las que puede comunicar una experiencia interior.
La modestia también cumple una función ante quien escucha. Cruz no exige reconocimiento por un título ni por una fama previa. Pide que su relato sea atendido. Esa solicitud importa dentro de un poema que ha mostrado cuánto cuesta a los pobres hacer valer sus razones. Contar no repara por sí mismo la pérdida, pero permite discutir la versión que reduce una vida a una falta, una desgracia o una condición social.
La semejanza entre dos voces
Yo no soy cantor letraomas si me pongo a cantarno tengo cuándo acabary me envejezco cantando:las coplas me van brotandocomo agua de manantial.El gaucho Martín Fierro, canto I, versos 49–54.
Cruz recoge esa relación entre la falta de formación letrada y una palabra abundante. El efecto de semejanza corresponde a la organización del poema. Los personajes no necesitan haberse escuchado antes para compartir una imagen que Hernández distribuye entre sus voces. La lectura puede reconocer una cercanía sin atribuirles un conocimiento imposible de demostrar ni convertirla en un acontecimiento sobrenatural.
El vínculo amplía lo que el canto IX había iniciado. Cruz había reconocido una valentía que no quería ver sacrificada por la partida. Ahora su manera de hablar presenta una proximidad con Fierro. Ambos hacen del canto una forma de relatar padecimientos y sostener una capacidad propia frente a la descalificación. La semejanza de los procedimientos permite escuchar una condición compartida, mientras las historias mantienen sus diferencias.
También hay un cambio en la posición de quien recibe la palabra. Fierro había pedido atención a quienes escuchaban su relato; ahora debe escuchar a Cruz. El protagonista no ocupa solamente el lugar del hombre que cuenta. El encuentro exige que admita otra experiencia, con sus penas y sus juicios. El poema convierte la compañía en una relación que incluye la escucha.
La distinción resulta importante para el tono ensayístico de esta obra. Una interpretación puede explorar el efecto de espejo entre los personajes, pero necesita señalar qué lo sostiene. Aquí lo sostienen una imagen común, la modestia ante el canto y el reclamo de atención. El texto no demuestra una identidad completa entre Fierro y Cruz. Permite examinar cómo dos trayectorias adquieren cercanía sin perder su forma particular.
La ignorancia que se paga con sangre
Cruz atribuye dificultades a su ignorancia. Dice que le cuesta explicarse y, sin embargo, insiste en que sus versos aparecen apenas abre la boca. La tensión entre esa descalificación y la abundancia de su palabra desemboca en una afirmación más grave: el gaucho paga la ignorancia con la sangre.
Y empréstemé su atención,me oirá relatar las penasde que traigo la alma llena,porque en toda circunstanciapaga el gaucho su inoranciacon la sangre de las venas.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1903–1908.
La sextilla no enumera qué conocimientos le faltan. Tampoco establece una explicación suficiente para cada desgracia. Presenta el modo en que Cruz entiende la vulnerabilidad de su condición. Quien carece de recursos para interpretar una orden, sostener una razón o anticipar una consecuencia puede quedar expuesto a decisiones que comprometen su cuerpo y su vida.
Su relato, no obstante, muestra capacidades que esa palabra no alcanza a reconocer. Cruz sabe montar, recorrer el territorio, evitar ataques y producir una narración con comparaciones precisas. La ignorancia que declara convive con saberes prácticos y con una capacidad expresiva. La lectura necesita conservar esa diferencia para que la descalificación del personaje no se convierta en nuestra descripción de él.
Tan sólo hallé la tapera examina un problema semejante cuando distingue los saberes de la pampa de los conocimientos reconocidos por la administración de la propiedad. La huella orienta, pero el documento registra y certifica. La destreza del jinete resulta indispensable, aunque no le asegura la capacidad de decidir sobre el territorio. La escritura del escritorio puede convertir una relación de fuerzas en una disposición reconocida como legítima. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
Ese diálogo permite ampliar la frase de Cruz sin atribuirle una teoría que no formula. Su canto señala una desigualdad en los costos de la vida. La obra local permite preguntar cómo se distribuyeron los recursos para evitar esos costos: tierra, papeles, vínculos, autoridad y oportunidades de aprendizaje. La sangre no constituye el precio natural de una supuesta incapacidad del gaucho. En el poema, aparece dentro de relaciones que vuelven más vulnerable a quien carece de amparo.
El campo sin guarida
Después de abandonar el rancho, Cruz se refugia entre pajales y cardales. El territorio que puede recorrer no le ofrece una casa. La comparación con un animal sin guarida vuelve a mostrar la diferencia entre moverse y disponer de condiciones para habitar. El hombre conserva capacidad para alejarse, pero no encuentra un lugar donde sostener su vida con continuidad.
Después de aquella desgraciame refugié en los pajales,anduve entre los cardalescomo bicho sin guarida;pero, amigo, es esa vidacomo vida de animales.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1909–1914.
La escena continúa un problema que Fierro había desarrollado en el canto IX. La tapera o la vizcachera podían ofrecerle un refugio ocasional, mientras los animales permanecían junto a sus crías y él carecía de alguien ante quien expresar su pena. Cruz también conoce un territorio donde puede ocultarse y, aun así, experimenta la pérdida de un lugar propio. El saber rural permite sobrevivir, pero no sustituye las relaciones que hacían posible una vida doméstica.
El «callo en el corazón» que menciona después expresa una defensa frente al padecimiento. El dolor repetido parece endurecer una parte de sí mismo. La imagen puede sugerir que ya no siente tanto; el conflicto posterior muestra, sin embargo, una sensibilidad intensa ante la humillación. La defensa no elimina la herida. La reorganiza y puede volver más difícil soportar una palabra que la expone.
El aislamiento tampoco debe confundirse con una elección plena de independencia. Cruz se apartó del rancho después de un enfrentamiento y lleva consigo las consecuencias de esa historia. Su permanencia en el campo no representa una libertad anterior a toda relación social. Es una salida precaria de un conflicto que todavía lo acompaña.
La pulpería como posibilidad de regreso
La noticia de una milonga lo lleva a la pulpería. El desplazamiento introduce una expectativa distinta de la vigilancia solitaria: allí puede haber música y baile. Cruz sale del campo para aproximarse a un lugar donde otras personas se reúnen. La búsqueda no resuelve sus dificultades, pero expresa que el endurecimiento del corazón no anuló su deseo de participar.
Ansí andaba como guachocuando pasa el temporal.Supe una vez, pa mi mal,de una milonga que había,y ya pa la pulperíaenderecé mi bagual.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1921–1926.
La expresión «pa mi mal» anticipa el resultado desde el presente del narrador. Cruz conoce ya lo que ocurrió y presenta el encuentro bajo el signo de otra desgracia. Quienes leemos, en cambio, podemos detenernos en la posibilidad que la reunión ofrecía antes de que se cerrara. No fue al baile para continuar escondido. Buscó un espacio común.
Tan sólo hallé la tapera presenta la pulpería como una institución ambivalente. En la lectura que propone del viaje de William MacCann, hay allí mercancías, crédito y alcohol, pero también noticias, trato y descanso. La reunión puede producir ayuda, endeudamiento o conflicto. Su existencia permite advertir que la dispersión territorial no equivalía a una ausencia de sociabilidad. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
La perspectiva resulta constitutiva para la historia local. Antes y durante la formación de las grandes estancias, el territorio contenía recorridos, fogones y lugares de encuentro. San Antonio se inscribió desde la década de 1830 en esa región habitada y disputada. Sol Argentino expresó más tarde una organización que distribuyó trabajo, accesos y funciones. El contraste no opone una comunidad sin conflictos a una estancia que inventa toda desigualdad. Pregunta cómo cambiaron las condiciones de la reunión y quiénes conservaron capacidad para participar con seguridad.
La pulpería del canto XI no posee una localización que permita atribuirla a Benito Juárez. El vínculo con la historia del territorio se construye mediante problemas y relaciones, no mediante la identificación literal de una casa. La escena literaria permite examinar una experiencia; la obra local aporta el marco para estudiar históricamente las formas de sociabilidad rural.
Un baile entre cuerpos y estrecheces
El rancho del baile está lleno. Cruz dice que las personas se empujan y que nunca faltan encontrones cuando el pobre se divierte. La reunión contiene una densidad corporal que contrasta con su vida entre los cardales. Ahora hay gente cerca, aunque la cercanía no garantiza una relación amable.
El detalle de las botas introduce otra incomodidad. Los verdugones le lastiman los talones y la voz recuerda ese padecimiento con humor. El cuerpo que sabe evitar un ataque también puede sufrir por una prenda inadecuada. La escena vuelve material la participación en el baile: llegar no alcanza; hace falta sostenerse entre el calzado, los empujones y la atención de los demás.
El gato, el fandanguillo y el pericón nombran prácticas musicales y de baile que el relato reúne. La variedad importa porque evita reducir el encuentro a un único emblema de la tradición. El poema conserva formas de una cultura compartida, con músicos, parejas y espectadores. Cruz sale a bailar con una moza y, por un momento, ocupa un lugar distinto del hombre que había declarado su rechazo a todas las mujeres.
Ese gesto no demuestra que su resentimiento haya terminado. Sí muestra que la conducta del personaje no queda encerrada en la conclusión del canto X. Puede formular una condena general y después buscar una interacción concreta. La contradicción forma parte de su experiencia. La narración permite observarla sin forzar una coherencia que el texto no ofrece.
La burla que reúne a un público
Cruz interpreta las coplas del guitarrero como una alusión a su historia. Dice que el hombre lo reconoció y que cantó para reírse de él. Esa identificación pertenece a su versión de la escena. El texto no presenta una explicación independiente de las intenciones del cantor, pero muestra con claridad el contenido de la burla que Cruz escucha.
«Las mujeres sontodas como las mulas;yo no digo que todas,pero hay algunas quea las aves quevuelan les sacan plumas».El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1957–1962.
La copla combina una generalización con una retirada aparente. Afirma que todas las mujeres son de cierta manera y enseguida dice que no se refiere a todas. El procedimiento permite insinuar sin precisar y ofrecer al público un motivo de risa. La comparación animal participa de una descalificación que el canto anterior había colocado también en la voz de Cruz.
La siguiente copla se dirige a los gauchos que presumen de tener compañeras y terminan abandonados. La herida privada adquiere una forma pública. El cantor no necesita nombrar a Cruz para que éste se sienta señalado. En un espacio donde las personas pueden conocer noticias y antecedentes, la insinuación alcanza para afectar una reputación.
Aquí se transforma la función del canto. La palabra que al comienzo permitía pedir atención para las penas se vuelve un recurso para exponerlas. La música reúne oyentes y hace circular una interpretación del otro. Quien ocupa el lugar del guitarrero dispone, en esa ocasión, de una capacidad para fijar el sentido de lo que ocurrió. Cruz queda ante un público que no controla.
El problema no consiste en suponer que toda broma conduce a la violencia. El canto muestra una situación concreta, con un hombre herido por una pérdida, una burla que él interpreta como personal y un modo de responder ligado a la defensa del honor. Comprender esas condiciones no equivale a considerar inevitable ni justa la respuesta.
La paciencia que Cruz declara tener
Antes del conflicto, Cruz presenta una regla semejante a las que Fierro había utilizado para explicar su conducta: no se atreve contra nadie, pero responde a quien lo toca. Su voz sostiene una imagen de reacción frente a una ofensa. La frase «cuando no debo» introduce el criterio con el que decide qué puede tolerar.
Había sido el guitarreroun gaucho duro de boca.Yo tengo pacencia pocapa aguantar cuando no debo:a ninguno me le atrevopero me halla el que me toca.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1945–1950.
La afirmación no ofrece una medida compartida de la gravedad de cada ofensa. Presenta el límite que Cruz atribuye a su propia paciencia. Por eso, la lectura necesita contrastar la explicación con las acciones. El guitarrero utiliza palabras; Cruz corta las cuerdas de la guitarra. La respuesta modifica la clase de conflicto y amenaza un objeto que sostiene la música de la reunión.
Las mujeres se hablan en secreto y Cruz se irrita. El narrador interpreta ese intercambio dentro de la humillación que siente, aunque no reproduce lo que ellas dicen. La ausencia de sus palabras impide atribuirles una intención cierta. Su presencia funciona en el relato como parte de un público ante el cual el personaje percibe que pierde valor.
El corte de las cuerdas vuelve visible un ataque contra la capacidad de cantar. Al comienzo, Cruz había celebrado la abundancia de sus coplas; ahora interrumpe por la fuerza las de otro hombre. La semejanza entre ambos usos del canto acentúa la contradicción. Reclamar un lugar para la palabra propia no asegura respetar el lugar de la palabra ajena, sobre todo cuando esa palabra lastima.
La oscuridad y la pelea
Después del corte de las cuerdas, sale de adentro un hombre con un fusil. Cruz lo llama «gringo», pero el canto no precisa su identidad, su función ni su procedencia. Tampoco cuenta que haya disparado. La presencia del arma introduce una amenaza que el protagonista responde con una maniobra: arroja la manta sobre el candil y busca la puerta.
Al punto salió de adentroun gringo con un jusil;pero nunca he sido vil,poco el peligro me espanta:ya me refalé la mantay la eché sobre el candil.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1975–1980.
La acción aprovecha el conocimiento de las cosas y del espacio. La manta puede cubrir la luz; la oscuridad puede facilitar una salida. El recurso recuerda las maniobras que el poema había presentado en los combates anteriores. Los objetos cotidianos no quedan limitados a una función estable: el personaje los incorpora a una estrategia corporal.
La maniobra tiene consecuencias para todas las personas del baile. El espacio lleno queda a oscuras y se produce confusión entre mujeres y hombres. La respuesta que permite a Cruz alcanzar la puerta vuelve más insegura la reunión. Su relato conserva la escena desde su necesidad de escapar; la lectura puede advertir, además, cómo su acción altera las condiciones de quienes no participan directamente en la pelea.
El guitarrero sale primero y se aproxima a Cruz. El narrador afirma que conserva el tino, incluso después de beber, y se presenta como alguien reconocido por su astucia. El relato no detalla todos los golpes. Sí establece un resultado: el cantor queda con una herida abdominal que la comparación final describe de manera brutal.
Las cuerdas y el cuerpo herido
El canto vincula las cuerdas cortadas con las entrañas del guitarrero. La imagen transforma el cuerpo del adversario en una prolongación del instrumento que Cruz había destruido. Su humor agrava la exposición de la violencia porque presenta una herida extrema dentro de una frase que puede sonar ingeniosa.
Para prestar sus socorroslas mujeres no son lerdas:antes que la sangre pierdalo arrimaron a unas pipas.Ahi lo dejé con las tripascomo pa que hicieran cuerdas.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 1999–2004.
La sextilla permite distinguir lo que el poema afirma de lo que podríamos suponer. Cruz deja al cantor gravemente herido y otras personas intentan socorrerlo. El canto no confirma su muerte. La gravedad de la descripción no autoriza a reemplazar ese resultado por uno que el texto no establece.
Las mujeres adquieren aquí una función distinta de la que el resentimiento había fijado al final del canto X. Actúan para asistir al herido y evitar que pierda sangre. La voz que las había condenado en conjunto reconoce ahora su capacidad para prestar ayuda. La escena no elimina sus juicios anteriores, pero muestra una práctica que no cabe en aquella descalificación.
También permite observar una red de cuidado que aparece en medio del conflicto. Mientras Cruz abandona el lugar, ellas atienden a quien quedó herido. El poema distribuye de manera desigual la voz: conocemos la explicación del agresor y no la experiencia del cantor ni las palabras de quienes lo socorren. Sin embargo, sus acciones permiten recuperar una parte de la vida común que la narración de la destreza podría dejar en segundo plano.
La burla del guitarrero fue una forma de humillación. La respuesta de Cruz produjo un daño corporal mucho mayor. El ensayo puede estudiar la relación entre ambas sin equipararlas ni aceptar que la ofensa elimina la responsabilidad de quien responde. La pena del personaje explica una sensibilidad; no convierte toda violencia posterior en una necesidad sin alternativa.
La libertad sin un lugar donde quedarse
La partida de Cruz vuelve a utilizar una imagen de libertad. Monta y sale a los campos con la ligereza de las nubes. Pero la misma sextilla nombra lo que esa salida no contiene: un nido, un rancho y un asiento. El movimiento permite escapar y confirma, a la vez, una vida sin permanencia.
Monté y me largué a los camposmás libre que el pensamiento,como las nubes al vientoa vivir sin paradero;que no tiene el que es matreronido, ni rancho, ni asiento.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 2005–2010.
El contraste vuelve central la diferencia entre desplazarse y habitar. Cruz puede alejarse de la pulpería, pero su capacidad de movimiento no restituye el hogar perdido. La vida del matrero depende de salidas repetidas, refugios inciertos y una atención constante a los riesgos. La libertad que proclama contiene una experiencia material precaria.
San Antonio y Sol Argentino permiten examinar históricamente cómo cambiaron las condiciones de esa movilidad. La obra local presenta la concentración de la tierra, los límites de la propiedad y el disciplinamiento del trabajo como dimensiones de una transformación que redujo autonomías. Los saberes del jinete continuaron necesarios, aunque quedaron cada vez más subordinados a relaciones de mando. El caballo conserva utilidad; su presencia no garantiza un derecho a permanecer.
La relación con el canto exige evitar una causalidad demasiado rápida. El texto no dice que Cruz abandone el baile por un alambrado ni que el conflicto tenga origen directo en una estancia. La escena presenta una violencia interpersonal y una nueva fuga. La historia local permite situar esa experiencia dentro de un proceso más amplio de reorganización territorial y social, sin sustituir los hechos que el personaje cuenta.
Las faltas y los perdones desiguales
El final del canto combina una explicación fatalista con una observación social. Cruz afirma que no hay fuerza contra el destino y enseguida señala que las faltas no tienen las mismas consecuencias para todos. El gaucho desgraciado queda expuesto a la persecución; otras personas encuentran a quien las perdone.
Con el gaucho desgraciaono hay uno que no se entone;la menor falta lo esponea andar con los avestruces:faltan otros con más lucesy siempre hay quien los perdone.El gaucho Martín Fierro, canto XI, versos 2017–2022.
La sextilla no especifica todas las personas incluidas entre quienes tienen «más luces». Su alcance es una comparación entre posiciones desiguales. Unos pueden contar con recursos, reconocimiento o protección; otros quedan solos frente a las consecuencias de una falta. El personaje vuelve a reunir el problema del saber con el del amparo.
La desigualdad de los perdones no convierte en insignificante el daño que acaba de narrar. Cruz describe como pequeña una falta que, en el episodio del baile, incluye una herida extrema. Esa distancia entre la conclusión general y los hechos exige atención. Podemos reconocer que las sanciones se distribuyen de manera desigual y, al mismo tiempo, discutir la reducción que su voz hace del daño ajeno.
La perspectiva de Tan sólo hallé la tapera permite ampliar la pregunta por los recursos de protección. En la formación del orden local, la propiedad, la escritura y la autoridad no actuaron como dimensiones separadas. San Antonio, El Porvenir y Sol Argentino presentan trayectorias para examinar sus articulaciones. Algunas personas podían convertir una necesidad en una gestión respaldada por relaciones; otras conservaban razones que no encontraban un lugar equivalente en la administración de la vida común. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
El canto no pide que el lector o la lectora elijan entre absolver a Cruz y desatender la desigualdad. Permite sostener ambas preguntas: qué condiciones vuelven vulnerable su vida y qué responsabilidad conserva frente al daño que produce. La lectura ensayística gana profundidad cuando evita que una de ellas anule la otra.
Una reunión perdida y otra escucha posible
Cruz había buscado un espacio donde bailar después de su vida entre los cardales. El encuentro terminó en una fuga. La música que podía incorporarlo a la reunión expuso una herida, y su respuesta destruyó la posibilidad de permanecer. El poema muestra así que la pérdida de un hogar puede continuar en dificultades para sostener un lugar público, sin que esas dificultades tengan una única causa ni una respuesta inevitable.
Frente a Fierro, el personaje encuentra ahora otra situación. Puede narrar la historia con una voz propia y reclamar atención. Esa escucha no borra el cuerpo herido del guitarrero ni las acciones de quienes lo socorrieron. Permite conocer cómo Cruz interpreta su trayectoria y discutir sus explicaciones con los elementos que el relato ofrece.
La historia local resulta constitutiva de esta ampliación porque repone las condiciones materiales de la vida común. El territorio no contenía sólo extensiones de tierra y establecimientos productivos. Contenía lugares para encontrarse, saberes para desplazarse y prácticas para cuidarse. La formación de San Antonio y Sol Argentino modificó esas relaciones dentro de un orden que concentró recursos y distribuyó capacidades de mando. El canto XI permite preguntar qué significa participar en ese mundo cuando se ha perdido el amparo de una casa.
Cruz conserva el caballo, la destreza y el canto. Ninguno de esos recursos le asegura todavía un lugar donde quedarse. Su relato continuará en el canto XII y mostrará otra forma de relación con la autoridad. Por ahora, la experiencia compartida con Fierro permite escuchar una vida que la burla había reducido a una desgracia, aunque esa palabra también debe hacerse cargo de las otras vidas que su propia historia dejó heridas.
Canto XII
El favor del juez y el negocio de la frontera
¿Cómo puede la autoridad convertir a un hombre perseguido en agente de su propio poder, y qué revela Cruz sobre la relación entre el sufrimiento del gaucho y la riqueza que promete la expansión territorial?
El mismo mundo desde otra posición
El canto XII completa el tramo en que Cruz sostiene la voz principal del poema. Su historia llega hasta el encuentro con Fierro y permite comprender cómo un hombre sin paradero terminó dentro de la partida que buscaba detenerlo. La explicación introduce un cambio que no depende de una reparación del hogar perdido: un amigo interviene ante el juez y éste incorpora a Cruz al servicio de policía. La relación con la autoridad cambia, aunque la desigualdad que el personaje denuncia permanece.
La pregunta central del libro encuentra aquí una dimensión política concreta. Las condiciones de vida cambian cuando una autoridad puede decidir quién será perseguido, quién recibirá un cargo y quién deberá defender una tierra que otros esperan convertir en riqueza. Cruz conoce esa capacidad desde una posición distinta de la de Fierro: estuvo junto al juez, recibió un nombramiento y oyó una conversación que lo inquietó. Su cercanía con el poder no lo convirtió en propietario ni le aseguró una autonomía equivalente.
Tan sólo hallé la tapera aporta una perspectiva constitutiva para esa lectura. La formación del Partido de Benito Juárez, el juzgado instalado en El Porvenir y las trayectorias de San Antonio y Sol Argentino muestran, según esa obra, que propiedad y autoridad estatal crecieron de manera articulada. El poema permite escuchar el reverso de esa transformación: el hombre cuyo cuerpo puede ser reclutado y cuya experiencia no se convierte en beneficio propio. El vínculo exige distinguir la escena literaria de los hechos documentados. Cruz no testimonia un episodio de la vida de Mariano Roldán; su relato permite formular preguntas sobre relaciones que la historia local presenta en una escala concreta. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
La compañía dentro de la miseria
El comienzo vuelve sobre los meses sin una casa. Cruz no sabe cuánto duró esa vida y reconoce que la miseria lo obligó a comer potro junto a otros hombres. La incertidumbre acerca del tiempo expresa una existencia sin acontecimientos que ordenen una continuidad estable. Los días se acumulan bajo la necesidad de encontrar alimento y evitar riesgos.
Yo no sé qué tantos mesesesta vida me duró; a vecesnos obligó la miseriaa comer potro: me habíaacompañao con otrostan desgraciaos como yo.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2023–2028.
La sextilla añade una relación que conviene conservar. Cruz no permaneció siempre solo. Encontró hombres con desgracias semejantes y compartió con ellos una forma precaria de supervivencia. Esa compañía no restituye el rancho ni demuestra la existencia de una organización permanente. Sí impide imaginar la vida del matrero como un aislamiento absoluto, sin intercambios ni prácticas de ayuda.
La distinción amplía lo que el canto anterior había mostrado. La pulpería ofrecía una reunión que terminó en violencia; el campo podía contener, además de refugios, encuentros entre quienes carecían de un lugar propio. La exclusión de las formas reconocidas de convivencia no elimina toda relación social. Puede producir vínculos bajo condiciones de urgencia, con recursos escasos y una vulnerabilidad compartida.
La alimentación pertenece a esas condiciones. El poema no invita a contemplar el potro como una costumbre pintoresca ni desarrolla aquí un inventario de comidas rurales. Cruz atribuye esa elección a la miseria. Lo decisivo es la necesidad que limita lo que pueden elegir. La supervivencia conserva saberes y recursos, pero su aprovechamiento ocurre dentro de una pérdida de condiciones materiales.
El favor como puerta de entrada
Cruz presenta la intervención de un amigo como el acontecimiento que modifica su situación. El favor lo «compone» con el juez. La expresión señala un arreglo que vuelve posible otra relación con la autoridad, sin que el relato explique los términos precisos de ese acuerdo.
Pero como no hay desgraciaque no acabe alguna vez,me aconteció que despuésde sufrir tanto rigorun amigo, por favor,me compuso con el juez.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2035–2040.
El poema no describe un juicio, una sentencia ni una absolución fundada en pruebas. Tampoco permite afirmar qué recibió el amigo a cambio o qué condiciones puso el juez. La escena presenta una mediación personal que altera la posición de Cruz. El relato pasa de la vida errante a la posibilidad de servir junto a quien representa la autoridad.
El mecanismo importa porque diferencia el favor de un derecho que cualquier persona podría reclamar en condiciones iguales. Cruz encuentra una salida por medio de alguien capaz de intervenir. Quien carece de esa relación no tiene necesariamente el mismo acceso. La protección aparece como un recurso distribuido de manera desigual, con consecuencias directas sobre la vida de quien lo recibe.
La sextilla también modifica la conclusión del canto XI. Allí Cruz había señalado que otros encontraban quien los perdonara. Ahora cuenta una mediación que le permitió acercarse al juez. No sabemos si su situación equivale a la de aquellas personas, pero el relato incorpora un matiz: el personaje que denuncia la desigualdad de las protecciones también puede beneficiarse de una relación particular. Su experiencia no queda fuera de la trama que critica.
La historia local permite estudiar esa trama desde otra posición. Tan sólo hallé la tapera presenta las redes políticas y personales de Mariano Roldán como parte de su capacidad para actuar ante las autoridades provinciales. El favor de Cruz y las gestiones del propietario no constituyen hechos idénticos. Permiten, sin embargo, preguntar cómo una relación personal abre un acceso que una necesidad aislada no consigue. La diferencia de recursos decide también el alcance de ese acceso.
Un pago que pierde a sus habitantes
Entre el favor y el nombramiento, Cruz introduce una observación sobre su pago: quedan pocos criollos. La muerte, la fuga y la guerra aparecen como causas de una pérdida de población. Su voz no ofrece un padrón ni una cifra verificable; expresa una percepción de la vida rural desde la experiencia de quienes padecieron esas salidas.
Le alvertiré que en mi pagoya no va quedando un criollo:se los ha tragao el hoyoo juido o muerto en la guerra,porque, amigo, en esta tierranunca se acaba el embrollo.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2041–2046.
La palabra «criollo» pertenece al modo en que el personaje identifica una cercanía. No equivale a todos los habitantes del territorio y no permite borrar la presencia indígena ni la de otras poblaciones. El canto expresa el daño que Cruz reconoce en un grupo con el que se identifica. La lectura puede atender a esa experiencia y conservar el alcance limitado de su mirada.
Su observación ayuda a comprender la vulnerabilidad del trabajo rural frente al reclutamiento y la guerra. Quienes conocen los animales y los caminos pueden convertirse en soldados o policías; quienes huyen pierden la posibilidad de sostener una presencia estable. El pago no cambia sólo por la llegada de edificios, cercos o caminos. También se transforma cuando algunas personas desaparecen de las relaciones cotidianas que lo hacían reconocible.
Tan sólo hallé la tapera permite vincular esa dimensión con la expansión estatal en varios frentes. La carta de Raymundo Roldán a Mariano, fechada el 21 de septiembre de 1866 y recuperada por la obra local, conecta las noticias de la Guerra del Paraguay con negocios y relaciones familiares cuyo otro extremo estaba en El Porvenir. La fuente muestra una red que podía recibir información y evaluar oportunidades mientras la guerra movilizaba cuerpos y recursos. No demuestra que los criollos del pago de Cruz hayan participado en esa campaña. Aporta un contraste histórico entre posiciones distintas frente a la movilización militar. (Darrigrand, 2026, caps. VII–VIII, pp. 171–189)
La proclama que cambia una reputación
Cruz supone que la escasez de criollos pudo influir en la convocatoria del juez. El verbo con que presenta esa relación expresa una conjetura, no una certeza. Después reproduce las palabras que lo reconocen como valiente y decente, y anuncia el nombramiento que le permitiría mandar a otros.
Y me largó una ploclamatratándomé de valiente,que yo era un hombre decente,y que dende aquel momentome nombraba de sargentopa que mandara la gente.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2053–2058.
La autoridad puede transformar el reconocimiento público de una persona. Cruz no narra una adquisición reciente de valentía: el juez atribuye un valor institucional a una capacidad que ya poseía. Lo que antes podía sostener una fuga o un enfrentamiento se vuelve útil para el servicio. La proclama lo sitúa dentro de una jerarquía y modifica el nombre social de su conducta.
Esa incorporación no debe confundirse con una reparación de lo perdido. El juez no le devuelve la casa ni restituye su relación afectiva. Le ofrece una posición subordinada dentro de una fuerza. El cambio puede aliviar la persecución y abrir otra forma de existencia, pero depende de la obediencia que el cargo exige.
La escena permite comprender cómo el poder no actúa únicamente mediante castigos. También selecciona, reconoce e incorpora. Una persona puede pasar de estar fuera del orden a ejercer una parte de su fuerza sobre otros. La capacidad de integración resulta especialmente significativa cuando el relato ya ha mostrado que ese orden contribuyó a separar al gaucho de las condiciones de una vida propia.
En la perspectiva de Tan sólo hallé la tapera, la formación del mercado de trabajo y de las instituciones locales no ocurrió por una simple decisión libre de individuos con recursos equivalentes. El control de la tierra, la regulación de las circulaciones y las obligaciones militares limitaron alternativas. El nombramiento de Cruz permite explorar, desde la literatura, una incorporación que conserva esa desigualdad de fondo. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
Mandar a la gente y obedecer en la partida
La promesa del nombramiento encuentra enseguida una respuesta irónica. Cruz dice que estuvo en la partida, pero pone en duda que realmente mandara. El cargo no equivale a una capacidad plena para decidir. La noche del encuentro con Fierro le ofreció una ocasión para modificar su lugar, y él la tomó.
Ansí estuve en la partida,pero ¡qué había de mandar!Anoche al irlo a tomarvide güena coyontura,y a mí no me gusta andarcon la lata a la cintura.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2059–2064.
La expresión acerca de la «lata a la cintura» desacredita la apariencia del servicio y sugiere un rechazo al lugar que ocupaba. No explica por sí sola todos los motivos de su intervención. El canto IX había destacado la negativa a consentir que mataran a un valiente; el XII añade la oportunidad que Cruz reconoce en la escena y su distancia respecto del cargo.
Ambos pasajes pueden leerse juntos sin reducir la decisión a una causa única. Cruz reconoce a Fierro, rechaza un resultado de la pelea y encuentra una posibilidad de salir de una relación que no aprecia. La solidaridad adquiere una forma concreta porque otro hombre también necesita modificar su situación.
La diferencia entre rango y poder permite un diálogo con las jerarquías de Sol Argentino. La obra local presenta al capataz como un intermediario entre el propietario y la peonada, con recursos y funciones que no eliminan su subordinación. El sargento y el capataz no desempeñan la misma tarea ni ocupan instituciones equivalentes. El vínculo reside en una pregunta: ¿qué capacidad de decisión conserva quien recibe autoridad para dirigir a otros, pero depende de un mando superior?
Ese problema evita una división demasiado simple entre quienes mandan y quienes obedecen. Las jerarquías contienen posiciones intermedias. Pueden conceder ventajas y exigir que una persona ejerza sobre otra una disciplina que ella misma no controla. Cruz había ingresado en una de esas posiciones y decide abandonarla en el momento del encuentro con Fierro.
El abrigo que puede buscarse entre dos
Cruz vuelve entonces al presente de la conversación. Su historia no queda como una memoria cerrada: sostiene una promesa de compañía. Pide confianza, afirma que no abandonará a Fierro y propone buscar un mismo abrigo. La palabra modifica la escala del problema. El hombre que había perdido el rancho no promete una casa asegurada, pero ofrece que la búsqueda deje de ser solitaria.
Ya conoce, pues, quien soy;tenga confianza conmigo:Cruz le dio mano de amigoy no lo ha de abandonar.Juntos podemos buscarpa los dos un mesmo abrigo.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2065–2070.
La promesa se apoya en una identidad que el relato acaba de ampliar. Fierro conoce ahora algo más que el gesto de la partida. Sabe que Cruz tuvo un hogar, padeció una relación desigual, produjo daños y encontró una salida por medio del juez. La confianza no nace de una vida sin contradicciones. Nace de una palabra que busca sostener un compromiso después de exponer esas experiencias.
Los recursos que Cruz enumera conservan un alcance modesto: un caballo para huir, un pajal donde dormir y carne para alimentarse. La compañía puede mejorar las condiciones de supervivencia, aunque no convierte la precariedad en estabilidad. Ambos mantienen el riesgo de vivir como matreros y carecen de una restitución de los medios que antes sostenían sus hogares.
El cuero que podría convertirse en poncho añade un saber material. Cruz imagina una respuesta a la falta de ropa mediante una técnica que conoce. El conocimiento permite improvisar abrigo, pero la necesidad que lo activa sigue presente. El canto reúne capacidad y desposesión sin que una elimine a la otra.
Tan sólo hallé la tapera permite leer esa combinación dentro de una historia de los modos de habitar. El caballo, el poncho, el recado y el rancho no son simples emblemas. Sostienen movimientos, trabajo, descanso y relaciones. La pérdida de las condiciones para permanecer no vuelve inútiles esos saberes; puede reducirlos a recursos para resolver la urgencia de cada día. (Darrigrand, 2026, cap. XIV, pp. 65–85)
La espera de otro mando
Cruz propone aguantar hasta la muerte o hasta que un criollo llegue a mandar. La esperanza conserva el lenguaje de una pertenencia que él reconoce como propia. Su respuesta imagina un cambio en quienes ocupan el poder, aunque no desarrolla qué relaciones deberían transformarse para que el sufrimiento termine.
Y dejo rodar la bolaque algún día se ha de parar.Tiene el gaucho que aguantarhasta que lo trague al hoyoo hasta que venga algún criolloen esta tierra a mandar.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2089–2094.
La frase no autoriza a suponer que todo gobernante criollo protegería a los pobres. El propio canto acaba de mostrar autoridades que actúan dentro de la campaña y utilizan recursos locales para sostener su mando. La identificación compartida puede expresar una esperanza del personaje, pero no constituye por sí misma una garantía de justicia.
La historia de Benito Juárez permite formular esa pregunta con precisión. Tan sólo hallé la tapera presenta a Roldán como un propietario que ocupa una posición decisiva en la institucionalización del partido. Su pertenencia al territorio y sus vínculos con el vecindario no eliminan la diferencia entre los recursos del estanciero y los de quienes carecen de tierra. En esa perspectiva, el problema no se resuelve con la proximidad cultural de la autoridad. Exige estudiar qué propiedad protege, qué obligaciones impone y qué posibilidades ofrece a las distintas personas. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
Cruz tampoco atribuye los males sólo al destino. Aunque utiliza expresiones de resignación, afirma que las cosas continúan así porque lo quieren quienes mandan. La denuncia identifica decisiones humanas y relaciones de poder. La espera y la acusación conviven en su voz: soporta un orden que reconoce como dañino, mientras imagina una salida que todavía no puede precisar.
La conversación que achica el corazón
El personaje cuenta que oyó al juez conversar con otro hombre. Esa cercanía le permite conocer palabras que la proclama del nombramiento no había expresado. La autoridad que lo llamó valiente y decente aparece ahora dentro de una expectativa de enriquecimiento vinculada con el avance de la frontera.
Hablaban de hacerse ricoscon campos en la frontera;de sacarla más ajueradonde había campos baldidosy llevar de los partidosgente que la defendiera.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2107–2112.
Comer bajo el signo del patrón

La conversación que Cruz escucha relaciona dos movimientos: unos hombres proyectan hacerse ricos con los campos de la frontera y otros deberán abandonar sus partidos para defenderlos. El plato de Sol Argentino pertenece a una etapa posterior y no ilustra de manera literal esa charla. Permite observar, en la escala de un objeto, cómo la riqueza territorial podía adquirir una forma doméstica, visible y duradera. El sello reúne el nombre de la estancia, las iniciales y el nombre de Mariano Roldán. La propiedad no queda fuera de la mesa: se imprime sobre la superficie destinada a recibir el alimento.
Tan sólo hallé la tapera propone leer esta pieza como una miniatura del orden estanciero. El plato no sólo contiene comida; también identifica a quién pertenece la vajilla y asocia el establecimiento con la figura del patrón. El acto cotidiano de comer queda rodeado por signos de dominio, prestigio y disciplina. La mesa de la estancia, con sus objetos individuales, sus reglas y sus jerarquías, se distancia del fogón y de las formas más precarias o compartidas de alimentación que atraviesan el poema. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
La oposición resulta especialmente intensa dentro de este canto. Cruz había recordado que la miseria lo obligó a comer potro junto a otros hombres desgraciados; ahora revela una conversación sobre el enriquecimiento mediante la frontera. Entre aquella comida impuesta por la necesidad y este plato marcado con el nombre del propietario se abre una desigualdad material. El objeto no prueba quién comió en él ni quién produjo cada alimento. Sí permite preguntar cómo la apropiación de la tierra se prolongaba en una cultura doméstica que presentaba el mando como una presencia normal, incluso a la hora de sentarse a la mesa.
La sextilla organiza una relación precisa. El avance territorial ofrece campos que pueden enriquecer a unos y requiere personas que los defiendan. La gente de los partidos no aparece en la conversación como futura beneficiaria de esa riqueza. Su función consiste en sostener con el cuerpo la apropiación que otros proyectan.
La expresión «campos baldidos» pertenece a esa conversación, tal como Cruz la reproduce. No demuestra que el territorio estuviera vacío. Tan sólo hallé la tapera permite discutir el lenguaje que vuelve disponible una tierra habitada. Nombrar una extensión como baldía o desierta puede borrar usos, recorridos, poblaciones y formas de autoridad anteriores. La palabra prepara una apropiación al presentar el espacio como algo que espera un dueño legítimo.
La formación de San Antonio permite reconocer una trayectoria temprana de articulación entre gran propiedad, frontera y control territorial. Establecida a mediados de la década de 1830, según la obra local, la estancia se inscribió en una región de relaciones y conflictos con poblaciones indígenas. El Porvenir muestra más tarde cómo la autoridad del nuevo partido podía ejercerse desde una propiedad rural. Sol Argentino, formada hacia 1870, expresa una organización productiva y espacial que profundiza las jerarquías del orden en expansión.
No se trata de ubicar la conversación del poema en alguno de esos establecimientos. La lectura establece un diálogo entre dos escalas. El canto presenta la experiencia de quien escucha que su servicio puede alimentar una riqueza ajena. La historia local examina la materialización de relaciones entre tierra, autoridad, trabajo y fuerza armada. Cada fuente aporta algo que la otra no puede reemplazar.
Colonias y carriles frente a la paga del soldado
Cruz continúa con una crítica a los proyectos de colonización y ferrocarril. La denuncia contrapone el dinero destinado a esos planes con lo que se quita al soldado. Su voz expresa una percepción desigual de la inversión: abundancia para una promesa de transformación y privación para quien sostiene el servicio.
Todo se güelven proyectosde colonias y carriles,y tirar la plata a milesen los gringos enganchaos,mientras al pobre soldaole pelan la chaucha, ¡ah viles!El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2113–2118.

La fotografía extiende de lado a lado una cosecha organizada. Los carros cargados de haces, los caballos sujetos al trabajo y las figuras distribuidas sobre el rastrojo componen una escena de abundancia. Algunas personas aparecen en lo alto de las parvas y otras permanecen junto a los animales. En el centro, una mujer avanza con una carga sobre la cabeza. Su presencia impide reducir la colonia a una empresa exclusivamente masculina: las mujeres también participaron del trabajo agrícola y sostuvieron la vida familiar en condiciones inciertas.
La escena dialoga con los “gringos enganchaos” de la copla sin confirmar la explicación de Cruz. El personaje observa recursos destinados a colonias y carriles desde la pobreza del soldado, y dirige parte de su enojo hacia quienes imagina favorecidos. La experiencia luxemburguesa de San Antonio muestra otra posición. El proyecto impulsado en 1888 atrajo familias con promesas de trabajo, estabilidad y acceso a la tierra, pero las instaló dentro de una gran estancia y bajo contratos de arrendamiento que limitaron su autonomía. La inmigración podía recibir apoyo y, al mismo tiempo, quedar sometida a las decisiones del propietario.
La fecha de la imagen, 1891, también obliga a distinguir los tiempos: la colonia es posterior a la publicación de El gaucho Martín Fierro. Su valor no reside en convertirla en la colonia exacta que Cruz denuncia, sino en mostrar una realización histórica de aquellas promesas de poblamiento. Ese mismo año, según Tan sólo hallé la tapera, la experiencia se disolvió después de conflictos contractuales, crisis sanitarias y malas cosechas, y muchas familias buscaron otro destino. La fotografía conserva la apariencia de una cosecha próspera; la historia que la rodea revela cuánto trabajo, dependencia y fracaso podían ocultarse detrás de la palabra “colonia”. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
El resentimiento hacia los «gringos enganchaos» exige conservar la posición del hablante. Cruz no presenta una descripción completa de las experiencias inmigrantes. Percibe que reciben recursos que a él y a otros les faltan. La denuncia puede revelar una desigualdad y, al mismo tiempo, dirigir el enojo hacia personas cuya situación no conoce por entero.
Tan sólo hallé la tapera permite ampliar esa mirada mediante la historia de San Antonio y las familias luxemburguesas. La obra relaciona las promesas de poblamiento con regímenes de arrendamiento y nuevas formas de subordinación. La llegada de inmigrantes no garantiza que todas esas personas participen de los beneficios de la gran propiedad. Los hombres y las mujeres que trabajan en la campaña pueden quedar bajo dependencias distintas de las que afectan al soldado, pero igualmente vinculadas con la organización capitalista del territorio. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
La crítica a los carriles tampoco demuestra que Cruz rechace toda comunicación ni que la obra deba presentar el ferrocarril como una tecnología dañina por naturaleza. El problema que formula es la distribución de recursos y costos. La obra local sitúa la llegada del Ferrocarril Sud a Benito Juárez en 1885 dentro de la articulación de la producción con los mercados. El tren transforma distancias, horarios y circulación; sus efectos dependen de las relaciones de propiedad y de quiénes controlan la riqueza que transporta.
La fecha permite ordenar el diálogo. El gaucho Martín Fierro apareció en 1872. El ferrocarril de Juárez pertenece a una realización posterior y no puede convertirse en la infraestructura que Cruz describe como presente. El canto habla de proyectos; la historia local permite examinar una concreción ulterior. La comparación ilumina una trayectoria, sin atribuir al personaje conocimiento de lo que ocurriría en Benito Juárez.
Las fechas y los alcances de la frontera
La diferencia impide tratar las coplas de Cruz como una referencia literal a una obra militar posterior. El personaje denuncia un proyecto de avance y enriquecimiento que el poema pone en escena. La historia de la frontera permite examinar cómo iniciativas sucesivas articularon ocupación, defensa y reorganización de la tierra. La relación resulta más precisa cuando se construye como proceso y no como identificación entre una sextilla y un único acontecimiento.
La obra local presenta, además, la frontera como un espacio de interacción, negociación y conflicto. Esa perspectiva devuelve presencia a las poblaciones indígenas que el lenguaje de la disponibilidad territorial tiende a borrar. La expansión no ocurre sobre un vacío social. Modifica relaciones entre comunidades, autoridades, trabajadores y propietarios, con consecuencias desiguales para sus posibilidades de permanecer.
El canto permite escuchar una denuncia del costo que pagan los gauchos; no contiene todas las voces afectadas. La lectura histórica necesita conservar esa limitación. Reconocer el sufrimiento de Cruz no exige convertirlo en representante de cada población del territorio. Su experiencia literaria aporta una perspectiva situada dentro de una transformación más amplia.
El desierto como resultado temido
La advertencia de Cruz invierte el sentido de la promesa de progreso. Si las cosas continúan, imagina un campo desierto donde sólo se vean huesos. La palabra ya no nombra una tierra disponible para la riqueza; nombra el resultado de una política que consume vidas.
Pero si siguen las cosascomo van hasta el presentepuede ser que redepenteveamos el campo disierto,y blanquiando solamentelos güesos de los que han muerto.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2119–2124.
La sextilla formula una posibilidad, no un registro estadístico de despoblación. Su fuerza procede de la relación entre las palabras del proyecto y el costo humano que el narrador teme. La riqueza futura puede dejar fuera a quienes debían defenderla, hasta convertir sus cuerpos en restos sobre el mismo territorio.
Tan sólo hallé la tapera permite leer esa inversión desde la crítica del «desierto» como categoría política. Declarar vacío un espacio habitado puede legitimar su ocupación; una mirada desde las vidas afectadas vuelve visible lo que esa declaración omite. El poema añade una imagen extrema: el desierto puede ser algo que se produce mediante la muerte, y no una condición anterior que justifica la intervención. (Darrigrand, 2026, caps. VII–VIII, pp. 171–189)
La lectura no necesita sostener que toda la campaña quedó literalmente despoblada ni que el personaje anticipó cada consecuencia de las ofensivas posteriores. La advertencia permite preguntar qué destrucciones quedan ocultas cuando una transformación territorial se evalúa sólo por el aumento de producción, la superficie incorporada o los edificios que perduran. Los huesos nombran el costo que no aparece en la celebración de la riqueza.
El trabajo que no permite avanzar
En el tramo final, Cruz afirma que el gaucho trabaja y no mejora su situación. La imagen del lazo representa una interrupción externa que lo vuelve a derribar cuando parecía encontrar una oportunidad. La desgracia no procede aquí de la falta de esfuerzo. El problema consiste en que otros pueden apropiarse de sus resultados o disponer de su cuerpo.
Hace mucho que sufrimosla suerte reculativa:trabaja el gaucho y no arriba,pues a lo mejor del casolo levantan de un sogasosin dejarle ni saliva.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2125–2130.
La afirmación reúne experiencias que el poema ha distribuido entre Fierro y Cruz: la leva, las obligaciones de servicio, los mandados del comandante, la paga que no llega y las dificultades para sostener un hogar. El trabajo conserva valor, pero no ofrece por sí mismo una salida cuando las condiciones para aprovecharlo dependen de una autoridad ajena.
La perspectiva de Tan sólo hallé la tapera sitúa esa relación dentro de la separación entre quienes controlan la tierra y quienes aportan su trabajo. En San Antonio y Sol Argentino, los saberes rurales continúan necesarios para la producción. La concentración de recursos permite, sin embargo, que su utilidad se organice dentro de jerarquías que los trabajadores y las trabajadoras no deciden. La capacidad personal no equivale al control de sus resultados. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
El favor del juez había ofrecido a Cruz una salida individual, pero no resolvió ese problema general. El cargo lo incorporó a una institución y lo acercó a la conversación del poder. Allí escuchó que el avance territorial podía enriquecer a otros. Su relato termina con una crítica que excede la pérdida amorosa y reconoce una organización desigual del trabajo, del servicio y de la riqueza.
Los teros y las explicaciones que desvían la mirada
Cruz compara a los puebleros con los teros: gritan en un sitio y mantienen los huevos en otro. La imagen expresa una distancia entre el lugar donde se habla del problema y el lugar donde se sostienen los intereses. La denuncia apunta a una explicación que parece atender la desgracia, pero evita reconocer las relaciones que la producen.
De los males que sufrimoshablan mucho los puebleros,pero hacen como los terospara esconder sus niditos:en un lao pegan los gritosy en otro tienen los güevos.El gaucho Martín Fierro, canto XII, versos 2131–2136.
La última sextilla prolonga esa crítica con una enfermedad cuya cura se equivoca. La autoridad apura al gaucho, mientras otros no encuentran, o aparentan no encontrar, la coyuntura del problema. El poema no identifica cada discurso al que Cruz responde. Su voz señala una operación reconocible: hablar del sufrimiento sin examinar el poder que interviene sobre la vida de quienes lo padecen.
El canto permite formular una exigencia para nuestra propia lectura. Si explicamos la desgracia sólo por ignorancia, temperamento o malas decisiones, dejamos fuera las obligaciones y las expropiaciones que el relato ha mostrado. Si atribuimos todo a una estructura impersonal, también perdemos las acciones y responsabilidades de los personajes. La interpretación necesita examinar sus relaciones sin convertir una dimensión en sustituto de la otra.
La historia local sostiene ese trabajo porque aporta trayectorias concretas, fechas, documentos y cosas. La formación del partido, San Antonio, El Porvenir y Sol Argentino permiten estudiar cómo se organizó el territorio y qué posiciones se consolidaron dentro de él. La lectura del poema añade experiencias que no pueden deducirse de una fecha fundacional: la pérdida del hogar, la necesidad de un favor, la ambivalencia del cargo y el dolor de reconocer que el propio servicio sostiene una riqueza ajena.
Una confianza que abre el canto siguiente
Cruz termina su intervención con una denuncia que reúne padecimiento y poder. Su historia ha permitido conocer otro recorrido dentro del mundo que Fierro había presentado. No ofrece una vida ejemplar ni una explicación sin contradicciones. Ofrece una cercanía fundada en pérdidas, saberes y decisiones que ambos pueden reconocer.
La promesa de buscar un mismo abrigo permanece abierta. Cruz y Fierro todavía no recuperaron una casa ni una relación segura con el territorio. La compañía introduce otra posibilidad, pero debe desenvolverse dentro del orden que ambos denuncian. El canto XIII devolverá la voz principal a Fierro y pondrá esa posibilidad frente a una decisión sobre el lugar donde intentar vivir.
Canto XIII
Cruzar la frontera, perder el pago
¿Qué significa buscar una vida fuera del alcance del gobierno cuando el territorio que se abandona también guarda los vínculos, los saberes y los afectos de quienes lo habitan?
Una decisión después de la pérdida
El gaucho Martín Fierro termina con dos hombres que cruzan la frontera y con una pregunta que queda sin respuesta: qué será de ellos al otro lado. No existe una reparación del hogar, una sentencia que reconozca la injusticia ni un regreso a las condiciones de vida evocadas en los primeros cantos. Fierro y Cruz se alejan de un orden que los persigue. La posibilidad de sobrevivir exige, para ellos, abandonar el espacio donde antes habían podido vivir. El cierre conserva esa contradicción: la salida promete alivio, pero también profundiza la pérdida.
La historia de Benito Juárez constituye una entrada a ese problema. La formación de San Antonio, la articulación entre propiedad y autoridad en El Porvenir y la organización de Sol Argentino muestran una región cuya historia no comienza con la fundación del partido. Antes del límite administrativo existían recorridos, aguadas, viviendas, establecimientos ganaderos y poblaciones con relaciones distintas con la tierra. La expansión estatal y estanciera reorganizó ese mundo. El poema ofrece una perspectiva literaria sobre la experiencia del desarraigo; el libro de historia local examina relaciones y procesos que permiten comprender sus condiciones.
Fierro no sale de una geografía vacía hacia otra geografía vacía. Deja un pago donde han quedado su casa perdida, la ausencia de su mujer y de sus hijos, su experiencia de trabajo y una memoria de pertenencia. Busca una toldería que imagina como ámbito de amparo. Entre ambos lugares existe una frontera que separa poderes y, al mismo tiempo, permite relaciones. La decisión final interesa porque hace visible ese espacio político y vivido, más complejo que una línea sobre un mapa.
Astillas del mismo palo
Ya veo que somos los dosastilla del mesmo palo:yo paso por gaucho maloy usté anda mesmo modo,y yo, pa acabarlo todo,a los indios me refalo.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2143–2148.
La expresión «astilla del mesmo palo» vuelve sobre la cercanía que el relato de Cruz había hecho posible. Ambos reconocen experiencias de persecución, pérdida y violencia. La semejanza no suprime sus diferencias: Cruz había recibido un cargo de la autoridad y Fierro había resistido a la partida que lo buscaba. Tampoco vuelve iguales todas sus responsabilidades. Pero permite que dejen de encontrarse como policía y perseguido y se reconozcan como compañeros de una condición compartida.
El comienzo del canto necesita esa transformación del vínculo. La partida había reunido a hombres bajo una jerarquía; la compañía de Fierro y Cruz se funda en otra relación. Nadie los nombra para que permanezcan juntos. Cruz ofrece su mano y Fierro reconoce una cercanía que el poder había separado mediante funciones contrarias. La amistad adquiere una dimensión material: dos caballos, dos cuerpos, dos experiencias y una posibilidad de ayuda frente al peligro.
«Yo paso por gaucho malo» introduce, además, una distancia entre la persona y la reputación que pesa sobre ella. Fierro no dice solamente que es malo: dice que pasa por tal. El juicio social aparece como algo que circula y contribuye a fijar su posición. El lector y la lectora conocen hechos que impiden aceptar una inocencia completa, pero también conocen injusticias que impiden reducir toda la historia a ese rótulo. La experiencia exige más de una explicación.
La decisión de irse se apoya en esa cercanía. No surge de una aventura que dos hombres emprenden para conocer otro paisaje. Surge después de que las alternativas se han estrechado. La fuga no constituye una libertad sin condiciones: es una decisión dentro de un campo de posibilidades que la persecución ha reducido. Fierro todavía puede elegir un rumbo, pero ya no puede elegir con la misma amplitud una vida en su pago.
El corazón, la palabra y el valor
Antes de explicar la travesía, Fierro pide perdón a Dios y enumera dones que considera propios de la humanidad: el corazón, el entendimiento, la palabra y el valor. El pasaje interrumpe la inmediatez de la fuga. Un hombre que ha sufrido se pregunta qué recursos recibió para afrontar la existencia. La reflexión no ofrece una explicación histórica de sus desgracias, pero prepara el sentido que atribuye a su respuesta.
Pido perdón a mi Dios,que tantos bienes me hizo;pero dende que es precisoque viva entre los infieles,yo seré cruel con los crueles:ansí mi suerte lo quiso.Dios formó lindas las flores,delicadas como son;les dio toda perfecióny cuanto Él era capaz,pero al hombre le dio máscuando le dio el corazón.Le dio claridá a la luz,juerza en su carrera al viento,le dio vida y movimientodende la águila al gusano,pero más le dio al cristianoal darle el entendimiento.Y aunque a las aves les dio,con otras cosas que inoro,esos piquitos como oroy un plumaje como tabla,le dio al hombre más tesoroal darle una lengua que habla.Y dende que dio a las fierasesa juria tan inmensa,que no hay poder que las vensani nada que las asombre,¿qué menos le daría al hombreque el valor pa su defensa?El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2149–2178.
El corazón permite sentir la pérdida y reconocer al compañero; el entendimiento permite examinar un peligro y buscar un camino; la lengua permite narrar lo vivido; el valor permite defenderse. En la voz de Fierro, esos recursos se encuentran con unas penas que parecen exigirlos. El canto reúne así capacidades que el relato ha puesto a prueba desde su comienzo. No sólo sobrevivió un cuerpo: también persistió una voz capaz de contar lo que le ocurrió.
La religiosidad de ese razonamiento no elimina las jerarquías de su lenguaje. Fierro llama «infieles» a quienes habitan el lugar donde espera refugiarse y distingue al «cristiano» dentro de su reflexión sobre los dones divinos. Esa pertenencia es parte de su modo de comprender el mundo. El ensayo debe escucharla sin convertirla en una clasificación propia de los pueblos y las personas. La humanidad de las comunidades indígenas no depende de la fe que el personaje considera verdadera.
El pedido de perdón también deja una tensión: Fierro acepta la necesidad de vivir entre personas que su lenguaje sitúa fuera de la comunidad religiosa que reconoce como propia. Busca amparo en ese mundo y, al mismo tiempo, anuncia que será cruel con los crueles. La posibilidad de encuentro no aparece libre de prejuicio ni de violencia. El canto conserva esas contradicciones dentro de una misma decisión.
Fuera del alcance del gobierno
Y yo empujao por las míasquiero salir de este infierno;ya no soy pichón muy tiernoy sé manejar la lanza,y hasta los indios no alcanzala facultá del gobierno.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2185–2190.
«La facultá del gobierno» nombra una capacidad de intervenir sobre la vida. Para Fierro, el poder público se ha manifestado como leva, servicio de frontera, trabajo bajo órdenes ajenas, castigo, incumplimiento y persecución. No abandona solamente una jurisdicción: trata de sustraer su cuerpo a unas autoridades cuya acción ha conocido de manera dolorosa. La salida territorial responde a una experiencia política.
En los cantos iniciales había recordado una vida que podía sostener mediante su trabajo y los vínculos del pago. Después, el gobierno lo arrancó de ese ámbito bajo el argumento del servicio. Cuando volvió, ya no encontró las condiciones para recuperar el hogar. La frontera que ahora quiere cruzar tiene un sentido diferente de aquella a la que lo llevaron por la fuerza. Antes fue destino impuesto; ahora se vuelve un límite que espera atravesar para que la imposición no continúe.
El verso expresa una expectativa del personaje. No demuestra que toda intervención criolla termine en un punto fijo ni que las sociedades indígenas permanezcan fuera de cualquier relación con Buenos Aires. Tan sólo hallé la tapera presenta la frontera como una región de conflictos, intercambios, acuerdos y poderes móviles. Desde esa perspectiva, salir del alcance inmediato de la autoridad no significa entrar en un mundo sin autoridad. Significa buscar una relación con otros actores y otras reglas.
La historia local permite reconocer el espesor de ese problema. En torno de San Antonio, el cantón y la estancia articularon infraestructura militar y propiedad rural. El libro describe un dispositivo cuya defensa podía depender del resguardo que ofrecía el establecimiento ganadero. La presencia del Estado no siempre adoptó la forma de una institución separada y distante: podía entrelazarse con instalaciones, recursos y decisiones del orden estanciero.
El Porvenir muestra otra articulación. Desde una propiedad rural, Mariano Roldán ejerció funciones de juez de paz durante la organización del partido. Sol Argentino, formada hacia 1870, permite examinar la distribución jerárquica de espacios y funciones productivas. Estos casos no identifican a Roldán con el juez del poema ni a San Antonio con el destino particular de Fierro. Permiten preguntar por unas relaciones entre tierra, trabajo y autoridad que adquieren formas concretas en la región.
La decisión de Fierro ilumina el reverso de esas formaciones. Allí donde una escritura, una jurisdicción o una organización productiva prometen estabilidad, él experimenta la pérdida de su propia estabilidad. El mismo territorio puede ofrecer continuidad a quien concentra recursos y producir incertidumbre para quien depende de ellos sin controlarlos. Por eso, la expansión del orden no puede evaluarse sólo por su capacidad de fundar instituciones: también importa qué posibilidades de vida reconoce y cuáles restringe.
Buscar hermanos en la toldería
Yo sé que allá los caciquesamparan a los cristianos,y que los tratan de «hermanos»cuando se van por su gusto.¿A qué andar pasando sustos?Alcemos el poncho y vamos.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2191–2196.
La frase «Yo sé» otorga firmeza a la esperanza. Fierro imagina un amparo que los caciques ofrecen a los cristianos que llegan por voluntad propia. La elección importa: no piensa en una captura, sino en una llegada que permitiría otra clase de vínculo. El tratamiento de «hermanos» ofrece una relación distinta de la que había encontrado bajo quienes lo mandaban.
No conviene reducir ese pasaje a una inversión simple: aquí sólo crueldad y allá sólo hospitalidad. El propio canto reconoce peligros y no asegura que la travesía termine bien. La afirmación expresa una confianza que sostiene la decisión. El poema no la convierte todavía en una experiencia comprobada de Fierro y Cruz dentro de una comunidad indígena. Al final de esta primera parte, el ingreso permanece más allá del relato que se cuenta.
Tan sólo hallé la tapera permite ampliar la lectura porque reconoce a los caciques como actores políticos. Las comunidades indígenas negociaron, resistieron, comerciaron y establecieron alianzas según relaciones de fuerza variables. No fueron un fondo inmóvil para la expansión criolla. La posibilidad de recibir a alguien debe pensarse dentro de esa agencia: quien busca refugio llega a un territorio donde otras personas deciden, organizan vínculos y ejercen autoridad. (Darrigrand, 2026, caps. VII–VIII, pp. 171–189)
El episodio de San Antonio de 1855, que el libro local examina en relación con Otamendi y Yanquetruz, ofrece una vía para comprender esa dimensión política. La reconstrucción presta atención a las posibilidades de parlamento y a la violencia que clausuró la negociación. El vínculo con el canto no consiste en hacer de aquel combate el antecedente directo de esta fuga. Consiste en reconocer que la frontera admitía decisiones, emisarios y acuerdos que el vocabulario de una guerra entre civilización y barbarie suele ocultar.
Fierro necesita que esa capacidad de relación exista. Si los indígenas fueran sólo la amenaza absoluta que su propio lenguaje reproduce en otros momentos, no podría imaginar entre ellos ningún amparo. El refugio vuelve visible una fisura en aquella representación. Su necesidad lo acerca a unas personas que había colocado del lado del peligro, aunque no borra automáticamente las palabras que las descalifican. La experiencia altera su expectativa sin resolver toda su mirada.
Un rumbo sin garantía
Si hemos de salvar o no,de esto naides nos responde.Derecho ande el sol se escondetierra adentro hay que tirar;algún día hemos de llegar…después sabremos adónde.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2203–2208.
La seguridad del propósito convive con la incertidumbre del resultado. Nadie responde por ellos. El rumbo hacia el poniente no equivale a un destino identificado con precisión. Fierro quiere llegar a un lugar fuera de la persecución, pero admite que sólo después sabrán adónde han llegado. Esa diferencia entre rumbo y destino concentra una condición de la partida: saben de qué necesitan alejarse más que dónde podrán quedarse.
El lenguaje del destino aparece cerca de estas palabras. Sin embargo, Fierro también toma decisiones, evalúa capacidades y busca convencer a Cruz. La referencia a la suerte no vuelve inútil la acción humana. Permite narrar una existencia cuyos resultados no están bajo el control completo de quien actúa. El hombre decide partir, pero no puede disponer por sí mismo de la hospitalidad, la seguridad o la continuidad de la vida que espera encontrar.
La compañía modifica esa incertidumbre. «Los dos somos güena yunta» presenta una cooperación que tiene sentido en el trabajo y adquiere aquí sentido en la travesía. El vínculo no garantiza la llegada, pero amplía los recursos frente al peligro. Cruz aporta una presencia que rompe la soledad del matrero. Fierro deja de imaginar la supervivencia únicamente como prueba de su destreza individual.
El cierre del poema no presenta un mapa detallado de la ruta. Tampoco permite dibujar un trayecto exacto desde Benito Juárez a una toldería determinada. La historia local puede aportar recorridos y lugares documentados; la voz literaria aporta la experiencia de una orientación incierta. Ambos registros permiten comprender el territorio, pero lo hacen mediante preguntas y alcances diferentes.
Leer la tierra para seguir con vida
No hemos de perder el rumbo,los dos somos güena yunta;el que es gaucho va ande apunta,aunque inore ande se encuentra;pa el lao en que el sol se dentradueblan los pastos la punta.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2209–2214.
La orientación no depende aquí de una superficie abstracta. Fierro reconoce señales de la tierra y del cielo. El pasto, el sol y la experiencia del recorrido forman parte de un conocimiento que el cuerpo puede poner en práctica. La frase «aunque inore ande se encuentra» no celebra la ignorancia: distingue el conocimiento de una ubicación formal de la capacidad de mantener un rumbo.
Tan sólo hallé la tapera distingue la tierra vivida de la tierra medida. El conocimiento de vados, aguadas, barro, caballadas y reparos no comenzaba con la mensura. Existía antes del plano y podía orientar jornadas, intercambios y decisiones. La mensura instaló otra legibilidad, ligada a lotes, títulos y límites. El conflicto histórico no opone personas sin conocimientos a personas que por fin los poseen: involucra formas de saber con distinta capacidad para adquirir reconocimiento y poder. (Darrigrand, 2026, caps. XIII–XV, pp. 47–96)
La propiedad puede servirse del baqueano sin reconocerle por eso un derecho a permanecer. La estancia necesita al jinete que sabe tratar el ganado, pero esa necesidad no le entrega el control de la tierra. En San Antonio y Sol Argentino, según la interpretación del libro local, las capacidades rurales se integran en relaciones de producción y mando que otros organizan. El saber continúa; su posición social cambia.
El canto permite observar la persistencia de una capacidad después de la pérdida de las condiciones que antes la acompañaban. Fierro conserva experiencia, valor y herramientas, aunque ya no conserva el hogar. Puede orientarse y, sin embargo, no encontrar un lugar donde su permanencia sea segura. Esa separación entre capacidad personal y condiciones de vida constituye uno de los problemas centrales de toda esta primera parte.
Comer, beber, atravesar
Fierro enumera animales que podrían alimentarlos: gamas, matacos, mulitas, avestruces y quirquinchos. La enumeración presenta una tierra con recursos, pero también con conocimientos necesarios para obtenerlos. La subsistencia exige destreza, herramientas y trabajo corporal. El alimento no aparece como una recompensa que la naturaleza entrega de manera automática a quien llega.
Cuando se anda en el desiertose come uno hasta las colas;lo han cruzao mujeres solasllegando al fin con salú,y ha de ser gaucho el ñandúque se escape de mis bolas.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2221–2226.
La mención de mujeres que han cruzado solas introduce una presencia que conviene no perder. La travesía no pertenece exclusivamente a dos varones ni el conocimiento de la llanura es, por definición, masculino. Fierro apela a esa experiencia para sostener su confianza. El verso no permite identificar a esas mujeres, reconstruir sus viajes ni convertir el relato en un registro documental de cada cruce. Sí permite advertir que, dentro del argumento del personaje, ellas existen como referencia de una capacidad de atravesar el territorio.
La boleadora adquiere en este punto su función material. En lugar de quedar como símbolo de una identidad, aparece como herramienta que conecta destreza y alimento. La relación con el caballo, el animal perseguido y el espacio exige cálculo y práctica. El libro local insiste en esa lectura de las cosas: el recado, el poncho, el lazo y las boleadoras revelan tareas y modos de vida antes que una esencia nacional.
Tampoco a la sé le temo,yo la aguanto muy contento,busco agua olfatiando al viento,y dende que no soy mancoande hay duraznillo blancocabo y la saco al momento.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2227–2232.
El agua forma parte del mismo mundo de señales. El viento y la vegetación orientan una búsqueda que exige experiencia. Estos versos deben leerse como representación literaria de un saber histórico, no como instrucciones actuales para hallar agua potable. Lo que importa al problema del canto es la relación que Fierro afirma con un ambiente donde cree reconocer indicios de supervivencia.
La aguada vincula este pasaje con la historia de San Antonio. Tan sólo hallé la tapera presenta la laguna y su entorno como espacios de circulación, vigilancia y disputa. El agua no es sólo un componente del paisaje: sostiene animales, recorridos y posibilidades de permanencia. Su acceso tiene una dimensión social y política. Saber dónde encontrarla no equivale a poder disponer siempre de ella.
Desde esta perspectiva, el territorio que Fierro llama «desierto» posee animales, plantas, rutas posibles y experiencias previas de quienes lo atravesaron. La palabra no debe convertirse en prueba de ausencia humana. El propio discurso que la utiliza deja ver capacidades y relaciones que contradicen la idea de una superficie sin historia. La llanura es difícil de atravesar, pero no por eso carece de mundo.
Un toldo que sea sala y cocina
Allá habrá siguridáya que aquí no la tenemos,menos males pasaremosy ha de haber grande alegríael día que nos delcolguemosen alguna toldería.Fabricaremos un toldo,como lo hacen tantos otros,con unos cueros de potro,que sea sala y seacocina. ¡Tal vez no falte unachina que se apiade de nosotros!El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2233–2244.
La seguridad esperada desemboca en una imagen doméstica. Fierro no piensa sólo en alejarse de la partida: piensa en fabricar un toldo que pueda reunir funciones de una vivienda. Después del rancho perdido, intenta imaginar otra forma de abrigo. La sala y la cocina expresan una aspiración de vida cotidiana que excede la fuga. El cuerpo necesita comida y reparo, pero también un lugar donde la jornada pueda adquirir continuidad.
Tan sólo hallé la tapera permite leer ese deseo desde la diferencia entre ocupar un punto y habitar. Una casa se sostiene mediante vínculos, trabajos y objetos que reúnen la existencia. La tapera mostró que el suelo podía permanecer mientras el hogar desaparecía. El toldo imaginado propone una nueva reunión, todavía incierta, de las condiciones que Fierro perdió. El material puede ser modesto; la aspiración no lo es. (Darrigrand, 2026, cap. XIV, pp. 65–85)
La frase final introduce una desigualdad dentro de ese deseo. Fierro espera que una mujer indígena, a quien llama «china», se apiade de ellos. Su voz imagina compañía y cuidado, pero no ofrece la perspectiva de esa mujer ni su decisión. La palabra pertenece al lenguaje del personaje; el ensayo debe reconocer a la persona que ese lenguaje reduce a una función esperada. La hospitalidad no puede darse por supuesta como una obligación femenina.
La ausencia de la mujer de Fierro también pesa sobre esta escena. El poema no explica qué vida podrá reconstruir ella ni qué decisiones tomó después de la disolución del hogar. El deseo de un nuevo abrigo no repara aquella pérdida. Leer el canto con atención a hombres y mujeres exige conservar esa asimetría: la voz masculina expresa sus necesidades con amplitud, mientras otras experiencias quedan en el margen o fuera del relato.
La comparación con Sol Argentino precisa otro problema. La estancia distribuye espacios de familia, empleados y servicio, y el llavero conservado hace visible esa clasificación. El toldo que Fierro imagina reúne sala y cocina en una construcción que ellos mismos fabricarán. La diferencia no enfrenta dos arquitecturas puras, una libre y otra opresiva. Permite examinar qué relaciones organizan cada lugar, quién decide sobre él y a quién corresponde el trabajo que hace posible vivir allí.
La promesa de no trabajar y la violencia que continúa
Allá no hay que trabajar,vive uno como un señor;de cuando en cuando un malón,y si de él sale con vidalo pasa echao panza arribamirando dar güelta el sol.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2245–2250.
El personaje imagina una vida sin el trabajo que lo ha sometido. El descanso «como un señor» expresa una inversión del lugar que ocupó bajo quienes mandaban. Después de tareas sin recompensa y servicio impuesto, desea una existencia donde su tiempo no dependa de esas órdenes. Su promesa puede leerse como rechazo de una relación laboral y política que conoce por sus daños.
Pero los versos no demuestran que las sociedades indígenas vivan sin trabajo. El mismo Fierro acaba de prever caza, búsqueda de agua y construcción de vivienda. La subsistencia supone actividades que su frase borra cuando identifica el trabajo con aquello de lo que quiere huir. La imaginación del alivio se apoya en una simplificación del mundo al que piensa llegar. Esa simplificación debe permanecer visible para que la lectura no la reproduzca como una descripción histórica.
El malón entra en la promesa y vuelve imposible presentar la salida como abandono completo de la violencia. Fierro admite que su participación podría darle recursos y que también podría costarle la vida. Más adelante afirma que en los malones pueden «aviarse de algo». No se trata de una fuga hacia la paz asegurada. La estrategia desplaza el vínculo con la autoridad criolla, pero no garantiza una existencia fuera de los conflictos de frontera.
El libro local sitúa los malones dentro de disputas territoriales, circuitos ganaderos y estrategias políticas. Esa perspectiva permite superar la representación de una violencia indígena sin historia. No obliga a negar daños concretos ni vuelve legítima de manera automática cualquier acción. Exige comprender quiénes actúan, qué relaciones están en juego y qué posibilidades se abren o se cierran en cada contexto.
La denuncia de las injusticias contra Fierro conserva fuerza aunque el personaje no sea un modelo de convivencia. La comprensión de su decisión necesita reunir la persecución que sufrió y la violencia que todavía contempla como medio de subsistencia. Una explicación que borre cualquiera de esas dimensiones empobrece el poema. El canto no termina con la purificación del héroe, sino con una decisión que conserva las marcas del mundo que la produjo.
Todas las tierras, ningún lugar asegurado
Y ya que a juerza de golpesla suerte nos dejó a flus,puede que allá veamos luzy se acaben nuestras penas.Todas las tierras son güenas:vámosnós, amigo Cruz.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2251–2256.
«Todas las tierras son güenas» concentra una esperanza que contradice la experiencia de la pérdida. Si cualquier tierra puede sostener una vida, tal vez la partida permita encontrar otra oportunidad. La frase recobra confianza después de un relato donde casi todo recurso terminó bajo control ajeno. Fierro trata de abrir una posibilidad cuando el pago ya no ofrece protección.
Sin embargo, el problema que recorre el poema no depende únicamente de la calidad de la tierra. Depende de quién puede acceder a ella, con qué vínculos y bajo qué autoridad. Una extensión fértil no asegura alimento para quien no puede usarla; una región productiva no asegura permanencia para quien es arrancado de su casa. La confianza final deja una distancia entre las posibilidades del ambiente y las relaciones sociales que permiten convertirlas en una vida.
San Antonio hace visible esa distancia mediante la concentración temprana de tierra, ganado y poder. Sol Argentino permite examinar una organización que distribuye trabajo, habitaciones y accesos. El territorio puede adquirir más infraestructura y capacidad productiva mientras una parte de sus habitantes pierde control sobre sus condiciones de existencia. La pregunta central del libro encuentra aquí una formulación concreta: qué transforma una tierra habitable en un lugar del que alguien necesita irse.
La secuencia histórica no debe comprimirse en el instante de la fuga. San Antonio se estableció hacia mediados de la década de 1830; el partido se organizó en 1867; Sol Argentino se formó hacia 1870. El gaucho Martín Fierro apareció en 1872. Las fotografías de Ayerza corresponden a un registro posterior de ese mundo rural. Cada fuente ilumina un tramo de la transformación. El diálogo no convierte la partida de dos personajes en resumen literal de todas esas fechas.
Un jinete junto al agua

La imagen reúne a un hombre sobre su caballo, un perro y un espejo de agua. El horizonte ocupa una parte amplia del encuadre. El agua del primer plano refleja las figuras y hace visible una proximidad entre seres vivos y ambiente que el canto XIII presenta mediante la palabra. El jinete no aparece separado de las condiciones materiales de su movilidad: el caballo sostiene su posición y el agua forma parte del lugar donde se encuentra.
Tan sólo hallé la tapera interpreta esta fotografía como una huella de los saberes y de una relación con la pampa cuya autonomía se reduce bajo la expansión capitalista. Esa perspectiva permite situar la escena dentro de la historia de San Antonio. La figura rural no pertenece a una naturaleza exterior a las relaciones sociales: el lugar es una estancia, con una trayectoria de propiedad, trabajo y frontera que el libro examina. (Darrigrand, 2026, caps. VII–VIII, pp. 171–189)
La fotografía no permite concluir por sí sola que el hombre sea dueño de su caballo, que pueda desplazarse sin restricciones o que esté al margen de una relación salarial. Tampoco demuestra qué conocimientos posee. El vínculo con los versos surge de una pregunta compartida: qué relación existe entre destreza, ambiente y condiciones de vida. El análisis histórico necesita la identificación y el contexto que la obra local aporta, además de lo que el encuadre permite observar.
La mirada de Ayerza también participa en la construcción de una imagen del mundo rural. La cámara conserva una presencia y puede convertirla, para espectadores y espectadoras posteriores, en figura pintoresca. Si el caballo, el perro y la laguna quedan reducidos a emblemas de una pampa eterna, desaparece la historia que hizo posible esa escena. Recuperar la estancia, la propiedad y las relaciones de trabajo devuelve a la fotografía su tiempo social.
La comparación con Sol Argentino amplía la pregunta. El jinete permite pensar la vida desde un cuerpo situado junto al agua; el llavero permite pensarla desde una clasificación de accesos. Ambas entradas remiten a un mismo problema territorial, aunque registran aspectos diferentes. Una muestra una presencia; la otra, una organización de espacios. Ninguna autoriza a sustituir a las personas concretas por personajes del poema.
Fierro y Cruz no están en esta fotografía. La imagen no documenta su partida ni ilustra una madrugada de su historia. Aporta otra perspectiva sobre una región donde los animales, el agua y el conocimiento de la tierra sostuvieron formas de vida que la expansión estanciera reorganizó. Ese diálogo permite que la imagen tenga una función analítica dentro del ensayo.
La guitarra hecha astillas
Después de afirmar que sale de sus «pelegrinaciones», Fierro deja de hablar. Una línea de puntos marca el cambio y una voz narrativa toma a su cargo la escena. El poema desplaza la atención desde lo que el hombre declara hacia lo que el cantor hace. Ese relevo resulta decisivo: la conclusión no llega únicamente mediante la promesa de quien prepara la fuga, sino mediante una relación que cuenta qué ocurrió después de su intervención.
En este punto, el cantorbuscó un porrón pa consuelo,echó un trago como un cielo,dando fin a su argumento,y de un golpe al instrumentolo hizo astillas contra el suelo.«Ruempo —dijo— la guitarra,pa no volverme a tentarninguno la ha de tocar,por siguro ténganló; puesnaides ha de cantarcuando este gaucho cantó».El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2269–2280.
El gesto no tiene un sentido único que el poema explique de manera definitiva. Puede expresar voluntad de no volver a cantar, necesidad de cerrar una experiencia o afirmación orgullosa de una voz que no admite relevo. Las palabras «pa no volverme a tentar» y «naides ha de cantar» sostienen esa tensión entre renuncia y desafío. Conviene conservarla antes que asignar al golpe una intención completa que el relato no declara.
Las astillas del instrumento permiten volver al comienzo del canto. Fierro y Cruz se reconocieron como astillas del mismo palo; ahora la guitarra queda hecha astillas contra el suelo. La repetición de la imagen no vuelve equivalentes los hechos. Invita, sin embargo, a escuchar una resonancia: la fragmentación acompaña tanto el reconocimiento entre dos hombres heridos como la clausura de la voz del cantor.
La narración continúa después del golpe. La destrucción del instrumento no destruye la posibilidad del relato. Otra voz cuenta la partida y admite lo que no sabe de su desenlace. Ese desplazamiento permite que la historia sobreviva al silencio de quien la cantó. La experiencia compartida no depende ya sólo de la permanencia de una persona frente a su guitarra.
La tropilla y las últimas poblaciones
Cruz y Fierro, de una estanciauna tropilla se arriaron;por delante se la echaroncomo criollos entendidosy pronto, sin ser sentidos,por la frontera cruzaron.Y cuando la habían pasao,una madrugada clarale dijo Cruz que miraralas últimas poblaciones;y a Fierro dos lagrimonesle rodaron por la cara.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2287–2298.
La partida necesita caballos. Después de un relato donde la pérdida del moro había significado pérdida de movilidad, la tropilla se vuelve condición material del cruce. La voz narrativa dice que se la arriaron de una estancia; no describe una compra, un permiso ni un acuerdo con su propietario. Ese detalle impide convertir la fuga en un tránsito sin conflicto con el orden de la propiedad. Los hombres obtienen los animales que hacen posible su salida dentro de un mundo donde las relaciones con esos recursos siguen en disputa.
El caballo conserva, a lo largo de toda la primera parte, una función más amplia que el transporte. Permite trabajar, buscar amparo, huir, combatir y recorrer distancias. Su presencia liga cuerpo y territorio. Tan sólo hallé la tapera recupera esa relación para explicar por qué la privación de un animal puede destruir capacidades que no se reemplazan con facilidad. En el cierre, la caballada devuelve una posibilidad de movimiento, pero no devuelve un hogar. (Darrigrand, 2026, cap. XIV, pp. 65–85)
Cruz pide a Fierro que mire las últimas poblaciones. El gesto obliga a detener la vista cuando la marcha ya avanzó. El compañero no le muestra sólo la salida: le muestra lo que queda atrás. La madrugada clara permite reconocer la distancia entre el lugar abandonado y el espacio que todavía deben atravesar. La claridad del paisaje contrasta con la incertidumbre del destino.
Las lágrimas interrumpen cualquier lectura de la fuga como triunfo completo. Fierro había afirmado que todas las tierras eran buenas; ahora llora al mirar unas poblaciones precisas. El territorio no es intercambiable sólo porque otro suelo pueda ofrecer recursos. El pago guarda una singularidad hecha de relaciones, recuerdos y pérdidas. Quien se aleja del gobierno también se aleja de lugares donde su vida había tenido sentido.
La historia local puede comenzar por una fundación, un plano o la formación de una estancia. Esta lectura propone que también comience por la pregunta sobre quiénes pudieron permanecer. San Antonio y Sol Argentino no desaparecen bajo esa pregunta; adquieren otro espesor. Sus trayectorias deben examinarse junto a quienes trabajaron, circularon, negociaron o perdieron condiciones de autonomía en el territorio que esos establecimientos contribuyeron a organizar.
Un telar de desdichas y una historia sin desenlace
Y siguiendo el fiel del rumbose entraron en el desierto.No sé si los habrán muertoen alguna correría,pero espero que algún díasabré de ellos algo cierto.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2299–2304.
La voz que cuenta no sabe qué ocurrió después. Admite la posibilidad de la muerte y expresa la esperanza de recibir noticias. El final no confirma la seguridad que Fierro había prometido ni la refuta mediante una desgracia ya conocida. Deja a los hombres en un espacio abierto y al lector y la lectora ante la insuficiencia de las noticias.
Ese límite forma parte del sentido del cierre. El poema no ofrece una salida que repare las injusticias ni una garantía de que el alejamiento pueda hacerlo. La primera parte termina en 1872 con esa incertidumbre. La vuelta de Martín Fierro, publicada en 1879, permitirá leer otra elaboración de la experiencia. No conviene trasladar anticipadamente sus hechos para convertir la duda de este final en una información que aquí todavía no existe.
Y ya con estas noticiasmi relación acabé;por ser ciertas las conté,todas las desgracias dichas:es un telar de desdichascada gaucho que usté ve.Pero ponga su esperanzaen el Dios que lo formó;y aquí me despido yo,que he relatao a mi modomales que conocen todospero que naides contó.El gaucho Martín Fierro, canto XIII, versos 2305–2316.
El «telar de desdichas» transforma la sucesión de episodios en una imagen de trama. La desgracia no aparece como hecho aislado: cada gaucho que el interlocutor puede ver reúne una historia. El cierre invita a reconocer una condición que excede a Fierro, aunque la lectura no deba volver idénticas todas las experiencias rurales. El singular conserva una voz; el plural abre el problema social.
«Por ser ciertas las conté» pertenece a la afirmación de esa voz narrativa. No convierte el poema en expediente ni demuestra que cada personaje y cada episodio tengan una correspondencia histórica literal. La certeza que el cierre reclama debe leerse junto a su declaración anterior de desconocimiento sobre el destino de los hombres. El relato afirma los males que contó y reconoce un límite acerca de aquello que ocurrió fuera de su alcance.
Cierre de la primera parte
La primera parte concluye, entonces, con una partida y una tarea. La partida pertenece a Fierro y Cruz. La tarea corresponde también a quienes leen: examinar qué relaciones hicieron precaria una forma de vida, qué poder contribuyó a deshacerla y qué voces quedan fuera de la narración. La historia de Benito Juárez aporta una escala concreta para ese examen. El poema aporta una experiencia literaria de sus costos. Su encuentro permite comprender que fundar, producir y organizar un territorio también puede significar, para una parte de sus habitantes, perder las condiciones para seguir en él.
La vuelta de Martín Fierro abrirá otra etapa de esta experiencia. El regreso exigirá volver sobre la posibilidad de permanecer, los vínculos familiares, el trabajo y las relaciones con la autoridad. La lectura continuará canto a canto, con la misma pregunta por las transformaciones de las condiciones de vida. Quedan, por ahora, las lágrimas de Fierro ante las últimas poblaciones: una memoria del pago que la partida no consigue borrar y una pertenencia que el orden no ha sabido proteger.